Cuando descubras la verdad Capítulo 27
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Capítulo 27

El pacto y el desastre

Después de la confesión de Jana, algo cambió.

La verdad había entrado en la habitación como un animal herido, dejando sangre por todas partes. Nos había obligado a mirar donde ninguna de las dos quería mirar. Había abierto una grieta entre lo que éramos antes y lo que íbamos a ser a partir de ahora.

Pero, aun así, de alguna forma imposible de entender, también nos había unido.

Había ocurrido algo horrible. Algo que no se podía deshacer y que iba a quedarse para siempre en un rincón de nuestra historia, aunque pasaran años.

Ya no había capas. No había silencios, ni preguntas esquivadas.

La había visto rota, culpable, asustada.

Había escuchado la versión más oscura de aquella noche.

Y aun así me había quedado. Porque, incluso con todo aquello, cuando Jana me miraba, yo seguía viendo a una mujer que había intentado salir de una habitación donde alguien quiso hacerle daño y que, después, se quedó atrapada allí, aunque su cuerpo consiguiera escapar.

Pasamos la noche juntas. Nos quedamos abrazadas en su cama.

Jana se despertó varias veces sobresaltada.

Por la mañana, fuimos a desayunar, y mientras me sentaba en la mesa, mientras fingía escuchar a Pol contando no sé qué, solo podía pensar en una cosa: La cinta.

La grabadora seguía en la habitación de Ramón.

La única prueba que podía situar a Jana en el despacho de Marcos aquella noche.

Ramón todavía no lo había entendido. No había reconocido los cuatro cierres. Para él seguía siendo una incógnita, una pista incompleta. Pero Ramón era imprevisible. Hoy no se había dado cuenta. Mañana podía hacerlo. O podía llevarle la grabadora a la policía en un arrebato de lucidez o de pánico.

Y entonces se acabaría todo. No podía permitirlo.

Terminé el desayuno y cuando todos empezaron a levantarse, Ramón se quedó hablando con Teresa. Era el momento. No lo pensé mucho.

—Ahora vuelvo —le dije a Jana.

Me marché antes de que pudiera preguntarme nada.

Caminé intentando parecer una persona normal y no alguien a punto de robar una prueba de una investigación por homicidio. Me di cuenta de que me estaba volviendo demasiado buena haciendo cosas así.

Entré en la habitación de Ramon. La grabadora estaba allí. A la vista. Junto a un vaso de plástico, dos bolígrafos y un papel lleno de flechas.

La cogí y durante unos segundos me quedé con ella en la mano, sintiendo el plástico frío bajo los dedos. Había una parte de mí que necesitaba escucharla otra vez. Me senté en la silla de Ramón, puse la grabadora sobre la mesa y apreté el play.

Pasos lejanos. Música de fiesta al fondo. El eco distorsionado de risas. Aquella normalidad de una noche que, para todos los demás, había sido solo una fiesta que se fue un poco de las manos. Para Jana, en cambio, había sido el principio de una pesadilla.

Adelanté con cuidado hasta el punto que ya conocía.

—Pasa, por favor.

Cerré los ojos.

Ahora sabía quién estaba entrando.

Jana con la respiración alterada, seguramente todavía confundida por lo que casi había pasado entre nosotras en la sala.

—He visto lo que ha pasado esta noche. Tenemos que hablar.

La voz de Marcos sonaba peor sabiendo lo que vendría después. Más sucia. Antes me había parecido solo pastosa, quizá bebido. Ahora escuchaba otra cosa. La seguridad. La trampa. Esa falsa calma de quien cree que tiene ventaja.

—Cierra la puerta.

Y entonces Jana.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cada cierre me dolió más que la vez anterior. Porque ya no era una pista. Era ella intentando sentirse segura en el lugar menos seguro del mundo.

El ruido de la cinta se cortó poco después.

Esa cinta no contaba la verdad. Contaba la peor parte posible.

La parte que la situaba allí, pero no grababa lo que él le hizo.

No grababa las manos sobre su cuerpo. No grababa el miedo, ni la vergüenza, ni el momento exacto en el que Jana lo empujó para sobrevivir.

En manos de la policía quizás era suficiente para destruirla.

Abrí la parte trasera de la grabadora. La cinta estaba dentro, la saqué con cuidado y la sostuve en la palma de la mano.

Mi primer impulso fue romperla allí mismo.

Estirarla hasta que se partiera. Quemarla si encontraba la manera.

Hacerla desaparecer antes de que nadie pudiera usarla contra ella.

Pero me detuve. Porque no era solo mi decisión.

Proteger a Jana no podía significar decidir por ella.

Si iba a enterrar aquella verdad, si íbamos a cruzar ese límite, tenía que saberlo y tenía que elegirlo conmigo.

Me guardé la cinta en el bolsillo. Salí de la habitación de Ramón y cuando llegué a nuestra habitación, Jana estaba dentro.

—¿Dónde estabas?

Jana me miró y algo en mi cara debió de alertarla.

—Ares…

Saqué la cinta del bolsillo. Jana se quedó completamente pálida.

—¿Qué es eso?

—La cinta de la grabadora de Ramón.

Su respiración cambió.

—¿La has…?

—Sí

—No sale nada más —dije rápido—. Solo Marcos entrando contigo. Pidiéndote que cierres la puerta. Y luego se corta.

—Entonces…

—Entonces no cuenta lo que pasó de verdad.

Jana abrió los ojos. Nos miramos y en ese silencio las dos entendimos lo mismo. Se sentó en la cama, yo me senté frente a ella y dejé la cinta entre las dos.

—Si te parece bien, la voy a romper.

—¿Por qué haces esto?

No contesté enseguida, porque había muchas respuestas.

Porque te creo.

Porque esa cinta no cuenta la verdad.

Porque Marcos ya te quitó suficiente.

Porque no voy a dejar que un trozo de plástico decida quién eres.

Al final dije la más simple.

—Porque te quiero.

—No puedes cargar con esto por mí.

—No lo estoy haciendo por ti.

—Sí.

—Lo estoy haciendo con vosotras dos en la cabeza —dije, señalando la cinta—. Con la Jana que entró en ese despacho y con la Jana que salió de allí sin saber cómo seguir viva. Esa grabación no habla de ninguna de las dos.

Jana miró la cinta.

—Quizá debería entregarla.

Sentí un golpe de miedo, pero no la interrumpí.

—Quizá debería contarlo todo.

—Si quieres hacerlo, estaré contigo.

Jana levantó la mirada.

—¿De verdad?

Asentí, aunque cada parte de mi cuerpo gritaba lo contrario.

—Sí.

Porque era verdad. Si ella decidía hablar, yo no iba a impedirlo. La acompañaría. Me sentaría a su lado frente a la policía si hacía falta y repetiría todas las veces que pudiera que Marcos la atacó, que ella se defendió, que no era una asesina.

Pero Jana volvió a mirar la cinta. Y vi la respuesta antes de que la dijera.

—No puedo —susurró.

No hubo alivio en su voz. Solo horror.

—No puedo, Ares. No puedo volver a contarlo delante de desconocidos.

Me acerqué un poco más.

—Entonces no lo haremos.

—¿Y si algún día…?

—Esto no saldrá de aquí.

—Hay que destruirla.

La miré.

—¿Estás segura?

—Sí.

Cogí la cinta. Me temblaban las manos. Jana puso las suyas sobre las mías. Durante un momento la sostuvimos las dos.

—Si hacemos esto… —dijo Jana.

—Lo sé.

—No hay vuelta atrás.

—Y no significa que no haya pasado.

—No. No significa eso.

—Significa que no vamos a dejar que lo cuenten por nosotras.

Nos levantamos y fuimos al baño. Cogí la cinta y empecé a tirar del hilo negro, que empezó a desenrollarse entre mis dedos, fino, brillante, interminable. Jana lo cogió de un extremo. Yo del otro. Tiramos con fuerza y se partió. La rompimos en trozos cada vez más pequeños y los tiramos al váter.

Jana apoyó las manos en el lavabo y bajó la cabeza. Yo me quedé detrás de ella, mirándola en el espejo.

—Ya está —susurré.

Me acerqué y apoyé una mano en su espalda.

—Ya está.

Jana levantó la vista y nuestros ojos se encontraron en el espejo.

—Esto nos une para siempre.

—Para siempre.

Nos quedamos en el baño, abrazadas, con los restos de la cinta desapareciendo por las tuberías y la verdad hundiéndose en algún lugar inaccesible.

No éramos inocentes, pero estábamos juntas. Esa mañana entendí que algunas decisiones no te salvan del infierno, pero sí te enseñan con quién estás dispuesta a atravesarlo.

Más tarde, Ramón me abordó en mitad del pasillo.

—Ares.

—¿Qué pasa?

Ramón miró a ambos lados del pasillo, comprobando que nadie estuviera demasiado cerca, y me agarró del brazo con fuerza.

—Ha desaparecido.

Me obligué a no reaccionar.

—¿De qué hablas?

Sus dedos se apretaron más sobre mi brazo.

—La cinta.

—¿Cómo?

—La cinta, Ares. La cinta de la grabadora. La saqué para revisarla y ahora no está. Alguien ha entrado en mi habitación.

Mantuve la cara lo más neutra posible.

—Lo sabía —susurró, soltándome de golpe para llevarse ambas manos a la cabeza—. Lo sabía. Nos han seguido. Nos escucharon. El asesino sabe que la teníamos.

—Baja la voz.

—¡La ha robado!

Varios metros más allá, una auxiliar giró la cabeza.

Le cogí del antebrazo y tiré de él hacia una zona más apartada del pasillo, junto a una ventana. No quería que montara una escena.

—Ramón, mírame.

Seguía respirando rápido, pasando la mirada de una puerta a otra como si el asesino pudiera salir de cualquiera de ellas.

—Ramón, tenemos que pensar. Si de verdad el asesino ha entrado en tu habitación y ha cogido la cinta, lo peor que podemos hacer es ponernos nerviosos y empezar a hablar.

Estaba intentando usar su propio desorden contra él.

Hacerle dudar de sí mismo. Empujarle hacia la explicación más cómoda para mí, no hacia la más justa para él.

Y durante un segundo me vi desde fuera: allí, delante de Ramón, mintiendo con la misma cara con la que le había prometido que le ayudaría.

Sentí vergüenza, pero no podía hacer otra cosa.

—Piénsalo. Si alguien la ha robado, es porque no quiere que se sepa nada. Si tú vas ahora a la policía o a Sanz diciendo que existía una cinta que ya no tienes, lo único que vas a conseguir es meternos a los dos en un problema enorme.

—Pero—

—Entramos en el despacho, Ramón. Robamos una llave. Manipulamos el precinto policial. Sacamos una prueba de una escena investigada por homicidio. ¿Tú crees que si contamos esto nos van a felicitar por la iniciativa?

—No.

—Exacto.

—Pero la verdad—