Cuando descubras la verdad Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Y entonces lloré yo también. No pude evitarlo.

Porque había demasiadas cosas que llorar.

Lo que Marcos le había hecho. Lo que ella había tenido que hacer para salir de allí.

Todas las noches que había dormido a mi lado con aquello dentro mientras yo no veía nada.

Todas las veces que le había pedido explicaciones por sus rarezas sin saber que estaba sobreviviendo a algo que ni siquiera podía nombrar.

—Lo siento —murmuró Jana contra mí—. Lo siento muchísimo.

—No —dije, apretándola más—. No me pidas perdón por eso.

—Te mentí.

—Ya lo sé.

—Te miré a la cara y te mentí.

—Y hablaremos de eso —dije—. Pero ahora no.

—No sabía cómo decirlo. No podía. Cada vez que intentaba pensar en aquella noche… era como si se me cerrara todo. Como si mi cabeza estuviera bloqueada.

Me separé para mirarla, pero ella no levantó la vista.

—Desde que pasó —continuó—, he vivido como… no sé. Como en una burbuja. Una burbuja horrible. Hacía cosas, hablaba con la gente, iba a terapia, comía, dormía… pero había una parte de mí que seguía allí. En ese despacho.

Se le quebró la voz.

—Y otra parte intentaba no recordar nada. Nada de nada. Ni su voz, ni sus manos, ni el golpe, ni la sangre. Sobre todo, la sangre.

La abracé otra vez antes de que siguiera deshaciéndose sola.

—Jana…

—No quería mentirte —insistió—. Te lo juro. Pero si lo decía en voz alta, era real.

Cerré los ojos, apoyando la mejilla sobre su cabeza.

—Te entiendo.

—No puedes entenderlo.

—Sí puedo. No todo. No como tú. Pero entiendo por qué te callaste. Entiendo por qué te bloqueaste. Entiendo que tu cabeza intentara meterte lejos de ahí para que pudieras seguir respirando.

Sus dedos se cerraron más fuerte en mi camiseta.

—Y también entiendo lo que hiciste —añadí, con la voz más firme—. Yo habría hecho exactamente lo mismo.

—No digas eso.

—Lo digo porque es verdad.

—Ares, murió.

—Porque él te atacó.

—Pero murió.

—Porque él te atacó —repetí, clavando los ojos en los suyos—. Porque te acorraló en su despacho, borracho, abusando de su posición, de tu miedo, de tu vulnerabilidad. Porque intentó tocarte y obligarte a demostrarle una mierda enfermiza que solo existía en su cabeza.

Jana temblaba.

—No fue culpa tuya.

Volvió a negar, pero esta vez con menos fuerza.

—Marcos era un hijo de puta —dije, sintiendo cómo la rabia me volvía, directa—. Y si yo hubiera sabido lo que pretendía hacerte aquella noche, si hubiera visto una sola parte de eso…

La voz se me endureció.

—Le habría matado con mis propias manos.

Jana me miró, rota y asustada.

—No digas eso.

—Lo digo porque lo siento.

—No quiero que cargues con eso.

—No estoy cargando con nada. Estoy diciéndote que lo que pasó no nació de ti. Nació de él. De lo que él decidió hacerte.

—He tenido tanto miedo… —susurró—. Todo este tiempo. Miedo de que lo descubrieran. Miedo de que no me creyeran. Miedo de que tú me odiaras. Miedo de mirarte y que supieras que había algo mal en mí.

—No hay nada mal en ti.

—Sí lo hay.

—No.

—Me fui —repitió—. No llamé a nadie. No pedí ayuda. Solo me fui. Le dejé morir.

Respiré hondo. Esa parte era la más difícil. No porque no la entendiera, sino porque la entendía demasiado bien: el pánico, la vergüenza, el cuerpo saliendo de una amenaza antes de que la mente pueda decidir nada. La supervivencia no siempre es bonita ni justa.

—Estabas en shock —dije.

—¿Y ahora qué?

No respondí enseguida. Porque no tenía una respuesta. Y no quería mentirle con un “todo irá bien” que podía romperse en la primera esquina.

—No lo sé —admití.

Sus ojos se llenaron otra vez.

—Pero ya no estás sola —añadí.

La abracé de nuevo, y esta vez Jana se dejó caer contra mí con todo el peso del cansancio. Se aferró a mi cintura, llorando más bajo, sin tanta desesperación, como si por fin hubiera dejado de luchar.

—Siento mucho que hayas pasado por todo esto sola —le dije—. Siento no haberlo visto. Siento que hayas tenido que despertarte cada día con eso dentro y fingir que podías seguir.

—No tenías por qué saberlo.

—Aun así.

—Yo no te dejé saberlo.

Nos quedamos abrazadas. No sé cuánto tiempo.

El suelo empezaba a resultarme incómodo, tenía una pierna dormida y la espalda apoyada en la cama en una postura horrible, pero no me moví.

No mientras Jana siguiera llorando así. No mientras cada respiración suya pareciera un poco menos rota que la anterior.

Al cabo de un rato, murmuró:

—Pensé que, si lo enterraba, desaparecería.

—Ya.

—Pero no desaparece.

—No.

—Está todo el tiempo.

—Entonces habrá que sacarlo de ahí poco a poco.

Jana cerró los ojos.

—Me da miedo.

—A mí también.

—No me odies, por favor.

—No te odio, Jana.

—Todavía no has tenido tiempo de pensarlo.

No sabía qué pasaría cuando me quedara sola, cuando la adrenalina bajara, cuando todo aquello se asentara de verdad. No sabía cómo íbamos a manejar la grabadora, ni a Ramón, ni la policía, ni el peso legal de lo ocurrido. Pero sí sabía una cosa.

Le cogí la cara entre las manos, con cuidado.

—Estoy enfadada porque me mentiste —dije.

Jana cerró los ojos, como si esperara el golpe.

—Y estoy asustada. Mucho. No voy a fingir que no. Pero no te odio.

Abrió los ojos despacio.

—Te quiero —añadí—. Y ahora mismo eso también me da miedo, porque todo es enorme y complicado y no sé qué hacer. Pero te quiero.

Jana empezó a llorar otra vez, pero esta vez no se rompió igual. Se inclinó hacia mí y apoyó la frente en la mía.

—Yo también te quiero.