Capítulo 26 #2
—Que me había visto contigo. Que había visto cómo te miraba. Que ese tipo de confusión era habitual en pacientes vulnerables. Que a veces, cuando una mujer está perdida, se aferra a otra mujer porque le parece más seguro.
La voz empezó a temblarle de rabia, no solo de miedo.
—Me preguntó si alguna vez me había sentido atraída por mujeres. Me dijo que no tenía que avergonzarme, que él podía ayudarme a corregir esos pensamientos. Los llamó obscenos.
Sentí náuseas otra vez.
—Jana…
—Yo no respondía. No podía. Estaba sentada ahí, con las manos en las piernas, pensando que, si no me movía, si no decía nada, quizá se cansaría. —Soltó una risa rota—. Qué absurdo, ¿no?
Se quedó callada. Después siguió.
—Caminaba detrás de mí, rodeando la silla, y yo no podía verle todo el tiempo. Eso era lo peor. Oírle moverse detrás. Sentir que estaba demasiado cerca. Me tocaba el pelo mientras me hablaba, fingiendo que me colocaba un mechón. También pasaba sus dedos por mis hombros.
Se abrazó a sí misma.
—Me decía que yo no era así. Que seguramente estaba confundida. Que una mujer como yo necesitaba estabilidad, un hombre, una vida correcta. Que Robert era bueno para mí. Que lo que me estaba pasando contigo era malo, pero podía corregirse.
Noté cómo me ardían los ojos.
—Luego dijo que él no tenía por qué contar nada —continuó—. Que podía guardar mi secreto.
Su voz se volvió más pequeña.
—Pero que necesitaba saber que yo entendía lo que estaba en juego.
El silencio que vino después fue horrible. Porque ya sabía hacia dónde iba.
—Se acercó por delante —dijo Jana—. Me puso la mano en la cara. Yo me aparté, pero poco. No sé por qué tan poco. Me odié por eso después. Por no levantarme antes, por no gritar.
—No.
—Ares—
—No empieces por ahí. No te hagas eso.
Jana se cubrió los ojos con una mano.
—Me dijo que podía demostrarle que solo estaba confundida. Que él sabía que yo sí deseaba a los hombres. Que solo necesitaba una prueba para sellar su silencio.
Me llevé una mano a la boca.
—Y entonces empezó a tocarme.
No lo explicó con detalle. No hizo falta. Lo vi en la forma en que su cuerpo se encogió, en cómo sus dedos se clavaron en su propia ropa, en la vergüenza que no era suya y aun así llevaba encima.
—Me bajó un tirante del sujetador —susurró—.
Las lágrimas le caían sin pausa.
—Ahí me levanté. Le dije que tenía que irme. Que no quería hablar más. Pero entonces me agarró. Me empujó contra la pared. Me dijo que adónde iba con tanta prisa. Que todavía no le había demostrado nada.
Me levanté sin darme cuenta. Necesitaba moverme. Si me quedaba quieta, iba a romper algo.
—Intenté apartarlo. Le dije que parara varias veces. Pero estaba fuerte. Y bebido. Y… desinhibido. No parecía él, o quizá sí era él y hasta entonces solo había fingido.
Se le escapó un sollozo.
—Me tocó. Yo intenté ir hacia la puerta, pero me agarró otra vez.
Me puso contra la mesa. Yo no podía moverme bien.
Estaba muy asustada. No sabía si gritar.
Pensé que, si gritaba, si alguien entraba, todo el mundo iba a saberlo.
Lo mío contigo. Lo que él estaba diciendo.
Todo. Y me dio vergüenza. En ese momento me dio mucha vergüenza.
—La vergüenza era suya —dije.
Jana negó, llorando.
—Ya. Pero la sentí yo.
Suspiré.
—Empezó a desabrocharse el pantalón —continuó, apenas audible—. Y ahí… ahí entendí que no iba a parar.
Me quedé sin aire.
—No sé cómo lo hice. Creo que me soltó una mano un segundo, o yo conseguí moverla… no lo sé. Solo sé que empujé. Con todo. Con desesperación. Él se tambaleó, me agarró otra vez, yo intenté salir corriendo, llegué casi a la puerta, pero me cogió del brazo.
Jana cerró los ojos.
—Forcejeamos.
Su voz se volvió casi un hilo.
—Yo solo quería que me soltara. No quería hacerle daño. No pensé. No había pensamiento. Solo quería salir.
Las lágrimas le caían sobre las manos.
—Le empujé otra vez. Y cayó. Se dio contra el pico de la mesa. Aquí —se tocó un lado de la cabeza sin mirarme—. Fue un golpe brusco. Horrible. Cayó al suelo y no se movió.
Jana empezó a respirar más rápido.
—Al principio pensé que se iba a levantar. Me quedé mirándolo. Esperando. Pero no se movía. Y luego vi la sangre.
Se tapó la boca, como si volviera a verla.
—Empezó a salirle de la cabeza. Cada vez más. Yo no sabía qué hacer. No sabía si estaba muerto. No sabía si llamar a alguien. Pensé que, si llamaba, tendría que explicarlo todo. Pensé que nadie me creería, que dirían que yo había ido allí con él y que la culpa era mía.
—Jana…
—Y me fui.
Lo dijo con asco hacia sí misma.
—Me fui, Ares. Lo dejé allí. Cerré la puerta y me fui. Volví a la fiesta como si nada. Me lavé las manos. Me arreglé la ropa. Me quedé al lado de Robert porque pensé que, si estaba con él, nadie me miraría. Y cuando tú me viste… yo no podía ni respirar.
Todo encajó de golpe. Su palidez. Su mirada perdida aquella noche. El TOC disparado. La forma en que evitaba mis ojos. Todo. Había pasado todo ese tiempo pensando que Jana estaba así por lo que había pasado entre nosotras, pero la realidad era mucho peor.
Jana me miró completamente rota.
—No quería matarlo. Te lo juro. Te lo juro, Ares. No quería. Solo quería que parara. Solo quería salir de allí.
Durante unos segundos no pude hablar. No porque no la creyera.
La creía. Y esa era precisamente la magnitud del golpe.
Porque la verdad era demasiado dura. Marcos estaba muerto.
Jana lo había empujado. Había huido. Había mentido.
Había dormido a mi lado con eso dentro. Y, al mismo tiempo, Marcos había abusado de ella.
La había acorralado. La había convertido en una presa sin salida.
No había sitio en mi cuerpo para tantas emociones a la vez.
Rabia.
Horror.
Dolor.
Amor.
Miedo.
—Ahora ya lo sabes. Fui yo, Ares. Yo maté al doctor Marcos Pardo. Si quieres alejarte de mí, lo entiendo.
Me acerqué a ella. No sabía qué hacer. No había una forma correcta de tocar a alguien después de algo así. Pero tampoco podía quedarme lejos.
Me arrodillé delante de ella.
—Mírame —dije.
Negó con la cabeza.
—No puedo.
—Jana.
Tardó, pero levantó los ojos. Tenía la cara empapada.
—Lo que hizo Marcos no fue culpa tuya.
Se rompió otra vez al oírlo.
—No digas eso.
—Lo voy a decir todas las veces que haga falta.
—Pero yo lo maté.
Respiré hondo.
—Tú te defendiste.
—Y murió.
—Sí.
No podía negarlo. No podía convertirlo en algo menos grave.
—Pero eso no cambia quién eres.
Jana lloraba en silencio, mirándome como si necesitara creerme y no pudiera.
—Pero me mentiste —añadí, y me dolió decirlo.
Cerró los ojos.
—Lo sé.
—Me has estado mintiendo todo este tiempo.
—Lo sé.
—Y eso también me duele.
Asintió, rota.
—Lo sé.
Me quedé mirándola. La quería. La quería tanto que dolía.
Pero quererla no borraba el miedo ni el horror de lo que acababa de escuchar.
—No sé qué hacer con esto —admití.
Jana abrió los ojos.
—Yo tampoco.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Durante un rato ninguna de las supo qué decir.
La verdad se había quedado en medio de la habitación como algo enorme, imposible de apartar, y yo no sabía por dónde tocarla sin hacerme daño.
Jana seguía sentada en el suelo, con la espalda contra la cama y las manos temblando.
Parecía agotada. No solo cansada, sino vaciada por completo, como si al contármelo hubiera arrancado de sí misma algo que llevaba días clavado.
Tenía los ojos rojos, los labios apretados para no volver a romperse. Y, de repente, todo lo que había sentido antes —el miedo, la sospecha, la rabia por la mentira— empezó a mezclarse con otra cosa mucho más grande.
Dolor por ella. Un dolor inmenso que me subió hasta la garganta.
—Ven aquí —dije, casi sin voz.
Abrí los brazos.
Entonces se vino abajo. Se lanzó hacia mí con desesperación y yo la abracé con fuerza, hundiendo la cara en su pelo, cerrando los ojos cuando sentí cómo empezaba a llorar otra vez contra mi pecho. Jana se agarró a mi camiseta con las dos manos.