Cuando descubras la verdad Capítulo 26
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Capítulo 26

Toda la verdad

Pasé la noche en la enfermería. O, mejor dicho, pasé la noche tumbada en una camilla, con una manta áspera hasta el pecho, fingiendo de vez en cuando que dormía para que Javi dejara de acercarse a preguntarme si necesitaba algo.

No dormí casi nada. Cerraba los ojos y aparecía la grabadora.

Los abría y aparecía Jana. Volvía a cerrarlos y lo único que escuchaba era la puerta.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Al amanecer, Javi me tomó la temperatura, me preguntó si seguía con náuseas y, como ya no había vuelto a vomitar, me dejó volver a la habitación con la recomendación de desayunar algo suave.

No tenía claro qué cara iba a poner cuando viera a Jana. Ese era el problema. Una parte de mí quería entrar, abrazarla y preguntarle directamente qué hacía en el despacho de Marcos aquella noche. Pero otra parte quería observarla, esperar, medir cada gesto y cada palabra.

Cuando abrí la puerta, Jana estaba terminando de ponerse la camiseta. Se giró en cuanto me oyó entrar.

—Ares. ¿Dónde estabas?

Me quedé en el umbral un segundo, como si la habitación se hubiera vuelto más difícil de cruzar.

—En la enfermería.

—¿En la enfermería? ¿Por qué?

Dejé la chaqueta sobre mi cama, evitando mirarla demasiado rato.

—Me empecé a encontrar mal anoche. Vomité en el pasillo y Javi pensó que podía ser por la cena, así que me dijo que pasara allí la noche.

Jana se acercó.

—¿Vomitando? ¿Y no me avisaron?

—Les dije que no hacía falta.

—¿Por qué?

Porque no podía mirarte a la cara. Porque llevaba toda la noche escuchando cómo cerrabas una puerta que no deberías haber cerrado. Porque si venías a verme, quizá te habría preguntado algo que no estaba preparada para oír.

—Porque estabas dormida —respondí—. Y no quería preocuparte.

No sonó tan convincente como esperaba.

Jana me observó con atención, como si algo en mi tono no terminara de encajarle.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí, Jana. Ya estoy bien.

Se acercó aún más, con intención de tocarme la cara o el brazo, no lo sé. Fue un gesto pequeño, automático, de preocupación. Y yo di medio paso hacia la cama, como si estuviera simplemente dejando espacio, pero las dos supimos que me había apartado. Su mano se quedó a medio camino.

—Ares…

—No pasa nada. Estoy cansada, eso es todo.

—Estás muy rara.

—No te preocupes, en serio.

—Te he echado de menos esta noche.

La frase me llegó con una facilidad injusta.

Durante un segundo casi cedí, casi dejé que la ternura le ganara a la sospecha.

Porque la había echado de menos yo también, incluso con todo lo que tenía en la cabeza.

Había echado de menos el peso de su cuerpo, su respiración cerca, sus cuatro besos antes de dormir.

Jana bajó un poco la mirada, como si esperara algo más. Una explicación. Un beso. Un gesto. Cualquier cosa que confirmara que seguíamos donde lo habíamos dejado.

Miré hacia el reloj de la pared.

—Deberíamos ir a desayunar —dije—. Se nos va a hacer tarde.

—Sí… claro.

Cogió su chaqueta y revisó la puerta antes de salir. Una. Dos. Tres. Cuatro. Yo escuché cada cierre con una atención insoportable, sintiendo cómo se me apretaba el estómago otra vez.

Ahora el sonido tenía otro significado. Y odié que lo tuviera.

Salimos juntas al pasillo, Jana caminaba a mi lado, mirándome de reojo de vez en cuando. Yo fingía no darme cuenta.

El día siguió avanzando, pero yo no podía estar igual.

Se notaba en cada vez que Jana me buscaba con la mirada y yo tardaba medio segundo de más en devolvérsela.

En cada ocasión en la que se acercaba a mí por costumbre —para decirme algo en voz baja, para rozarme la mano, para sentarse a mi lado— y yo encontraba una excusa para mantener un poco de distancia.

Durante las clases dirigidas intenté comportarme con normalidad, pero cada vez que Jana hacía algún ritual, se me encogía el estómago.

Y eso me enfadaba conmigo misma. Porque era suyo.

Porque formaba parte de ella. Porque hasta hacía apenas veinticuatro horas me parecía una de las cosas más tiernas y reconocibles del mundo.

Y ahora, de repente, se había convertido en una especie de sonido maldito que me perseguía por los pasillos.

Al terminar la última actividad de la mañana, salí con la libreta bajo el brazo sin esperar a nadie. No había avanzado ni medio pasillo cuando Jana me alcanzó.

—Ares.

Seguí caminando dos pasos más antes de pararme.

—¿Qué pasa?

Me giré.

—Nada.

—No me digas “nada”.

Suspiré, mirando hacia un lado.

—Estoy cansada.

—También me dijiste eso esta mañana.

—Pues sigo cansada.

—Llevas todo el día rara conmigo.

Me miraba con preocupación, pero también con miedo. Y eso me hizo daño. Porque una parte de mí seguía queriendo protegerla incluso de la pregunta que estaba a punto de hacerle.

—Necesito que hagas algo —dije al fin.

—¿Qué?

La miré y noté cómo se me secaba la boca.

—Mírame a los ojos y dime que estás siendo totalmente sincera conmigo.

—¿Qué?

—Eso.

—Ares, no entiendo a qué viene esto.

—Dímelo.

—Claro que estoy siendo sincera contigo.

Negué con la cabeza, decepcionada.

—¿Qué te pasa? —preguntó, más bajo.

—¿Confías en mí? —le pregunté.

—Sí.

—Entonces dime la verdad.

—¿Sobre qué?

—No puedo seguir así contigo si no vas a ser totalmente sincera y transparente conmigo, Jana.

—¿Seguir así cómo?

Me giré con intención de marcharme.

—Ares, espera.

Jana me cogió del brazo.

—Espera —repitió.

Al final giré la cabeza.

Jana me soltó despacio. Nos quedamos frente a frente y supe que ya no podía seguir rodeándolo.

—¿Dónde estuviste la noche de la fiesta? —pregunté.

—¿Qué?

—Después de que Robert apareciera. Estábamos juntas y de repente desapareciste por completo. ¿Dónde estabas?

Jana abrió la boca, pero inmediatamente la cerró. Y entonces sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Fue como ver cómo una verdad le subía desde algún sitio demasiado hondo hasta quedarse atrapada en su mirada.

—Ares… —dijo, casi sin voz.

—Vamos a la habitación —dije.

Le cogí la mano y la noté helada. Sus dedos estaban rígidos, casi sin fuerza, pero se cerraron alrededor de los míos como si, aun sabiendo que yo estaba a punto de pedirle algo imposible, no pudiera soportar que la soltara.

Yo no sabía si la llevaba o si me estaba arrastrando ella hacia una verdad que llevaba días esperándonos al fondo de todas las conversaciones.

Cuando entramos, Jana tenía la cara pálida y los ojos llenos de lágrimas que aún no terminaban de caer. Parecía a punto de romperse, pero también parecía como si llevara tanto tiempo rota que ya ni supiera por dónde empezar.

—¿Vas a contarme toda la verdad? —pregunté.

Jana abrió la boca, pero no dijo nada.

—Ramón tenía una grabadora —continué—. En el despacho de Marcos. La dejó grabando esa noche.

—No… —susurró.

—Sé que estuviste allí, Jana.

Jana dio un paso hacia atrás hasta chocar suavemente con la puerta.

—Dios mío…

—Jana.

—Lo has escuchado todo —dijo, y entonces empezó a llorar de verdad—. Dios mío, lo has escuchado todo.

Algo se me rompió un poco al verla así, pero no podía moverme hacia ella todavía. No hasta saber la verdad. Hasta escuchar de su boca lo que la grabadora había dejado en el aire.

—Sí —mentí.

Jana se tapó la boca con una mano, como si fuera a vomitar. O gritar.

—Lo he oído todo —repetí—. Pero quiero oírtelo decir a ti.

Jana negó con la cabeza.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No, Ares, no puedo. No quiero que me veas diferente.

—Por favor, necesito entenderlo… dime qué pasó exactamente esa noche.

Jana se quedó en silencio. Al final se dejó caer en el borde de la cama. Parecía rendida.

—Marcos… —empezó, pero se quedó sin voz.

Me senté frente a ella, en mi cama.

—Marcos qué.

—Marcos estaba… raro conmigo desde el principio.

—¿Raro cómo?

—Me llamaba mucho a su despacho. Más que a los demás.

Al principio pensé que era normal, que era porque acababa de llegar, porque quería conocer mejor mi caso…

No sé. Siempre encontraba una excusa. Revisar mis avances, preguntarme por los rituales, por mi relación con mi madre, por Robert. Pero cada vez se acercaba más.

No la interrumpí.

—Se sentaba demasiado cerca. Me tocaba el hombro cuando hablaba conmigo. Me apartaba el pelo de la cara a veces, como si fuera algo paternal, como si estuviera cuidándome… pero yo no lo sentía así.

Se le quebró la voz y cerró los ojos con fuerza.

—Yo no sabía qué hacer. Porque era médico. Porque estaba aquí para ayudarnos. Porque si lo decía, sonaba ridículo. ¿Qué iba a decir? ¿Que me incomodaba cómo me miraba? ¿Que me daba asco que me tocara el pelo?

Mi rabia empezó a cambiar de dirección.

—La noche de la fiesta —continuó—, yo salí de la sala porque… porque no podía respirar. Joder, estuvimos a punto de besarnos, nunca había sentido nada igual. Y luego apareció Robert, y todo se mezcló. Me fui porque necesitaba estar sola. Porque no entendía qué estaba haciendo. Porque me asusté.

Asentí.

—Marcos me siguió. Me encontró en el pasillo. Me dijo que había visto lo que había pasado. Que teníamos que hablar.

Jana se pasó una mano por la mejilla, intentando secarse lágrimas que seguían cayendo.

—Yo le dije que no era nada, que estaba cansada, que quería irme a mi habitación.

Pero insistió. Me dijo que no me preocupara, que no iba a decírselo a nadie.

Que podía ayudarme. Y entonces… no sé. Me bloqueé.

Supongo que pensé que, si hablaba con él cinco minutos, se acabaría. Que podría irme después.

La grabación volvió a sonar dentro de mi cabeza.

Pasa, por favor. He visto lo que ha pasado esta noche. Tenemos que hablar. Cierra la puerta.

—Entramos en su despacho —dijo—. Me pidió que cerrara la puerta.

Jana empezó a llorar más fuerte, pero siguió hablando. Como si una vez abierta la grieta ya no pudiera cerrarla.

—Me senté en la silla. Él empezó a caminar alrededor. Al principio hablaba tranquilo, pero… raro. No me di cuenta hasta que estuvo más cerca, pero olía a alcohol. Mucho.

Me miró.

—Estaba bebido, Ares.

—¿Qué te dijo?