Cuando descubras la verdad Capítulo 25
84%

Capítulo 25

No me lo puedo creer

Pasaron varios minutos, pero lo único que se oía en esa grabación eran ruidos lejanos.

Pasos fuera del despacho. Alguna puerta cerrándose en algún punto del pasillo.

Voces indistinguibles, amortiguadas por las paredes.

De fondo, muy débil, se colaba la música de la fiesta de aquella noche, deformada por la distancia.

Un bajo lejano. Un fragmento de canción y algunas risas.

Ramón apretaba los labios cada vez más. Seguimos escuchando y la tensión inicial empezó a transformarse en otra cosa: frustración. Porque si la cinta no contenía nada, entonces habíamos hecho todo aquello para nada.

Ramón soltó el aire por la nariz, impaciente.

—Voy a adelantarlo.

—Espera un poco más.

—No hay nada.

—Ramón—

—No hay nada útil.

Y, antes de que pudiera detenerlo, pulsó el botón para avanzar la cinta.

El sonido cambió. La voz se aceleró en un chirrido mecánico e irregular. Ramón fue parando cada pocos segundos, escuchando, volviendo a avanzar, parando otra vez. Era desesperante. Cada pausa parecía prometer algo y devolvernos al mismo vacío de antes.

Hasta que, de pronto, hubo un ruido distinto. Ramón se quedó inmóvil. Rebobinó un poco y volvió a ponerlo.

Esta vez se escucharon pasos más claros. Se oyó la puerta del despacho abriéndose, luego pasos dentro del despacho. Y a continuación su voz. La de Marcos. Más nítida de lo que esperaba. Pero también algo pastosa, como si el alcohol ya hubiera empezado a pesarle en la lengua.

—Pasa, por favor.

Sentí cómo se me erizaba la piel. Ramón se inclinó aún más hacia la mesa. La grabación siguió. Se oyó movimiento, algo como una silla rozando el suelo. Luego volvió a hablar.

—He visto lo que ha pasado esta noche. Tenemos que hablar.

Una pausa.

—Cierra la puerta.

Y entonces sonó.

Un cierre.

Luego otro.

Otro más.

Y otro.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cuando oí aquello, no podía creerlo. Se paró todo mi mundo. Fue como si alguien hubiera metido la mano en mi pecho y hubiera apretado mi corazón hasta dejarlo sin forma. La voz de Marcos seguía flotando en mi cabeza, pero ya no importaba. Porque yo solo escuchaba esos cuatro cierres.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Los conocía bien. Los habría reconocido entre mil sonidos. Entre mil personas. Porque había visto a Jana hacerlo tantas veces que lo llevaba grabado en la mente. Reconocí perfectamente el ritmo y esa pausa mínima entre un gesto y otro.

Jana. Fue Jana.

Inmediatamente sentí una náusea profunda, que me subió desde el estómago hasta la garganta. La grabadora siguió un segundo más con un ruido áspero, después, un chasquido. La voz se cortó. El zumbido murió. Y luego, silencio.

Ramón estaba claramente confundido, y empezó a golpear el aparato con los dedos.

—No… no, no, no.

Yo no podía moverme.

—Se ha parado —dijo él, cada vez más alterado—. Se ha quedado sin batería ahí.

Yo lo escuchaba, pero todavía seguía en shock.

—Justo ahí —continuó, levantándose de golpe—. Justo ahí, joder.

Se pasó las manos por la boca, como si quisiera arrancarse el labio, caminando en círculos por su habitación. Yo seguía sentada en la cama, con la mirada fija en la grabadora, intentando que mi cara no contara nada. Intentando que Ramón no viera lo que acababa de ver yo.

—¿Qué pasó después? —dijo—. ¿Quién era? ¿Quién entró con él?

Tenía la lengua pegada al paladar. Las manos frías.

El corazón tan rápido que me parecía imposible que Ramón no lo oyera.

Jana había estado allí. Jana había entrado en ese despacho con Marcos la noche que murió.

Jana había cerrado la puerta cuatro veces.

Y después… después no había grabación. Después venía un vacío enorme en el lugar exacto donde debía estar la verdad.

—Ares.

Levanté la vista rápido.

—¿Tú has oído algo? —preguntó.

La pregunta me atravesó como una aguja.

—¿Algo?

—Sí. Algo importante. Alguna pista.

Me obligué a respirar. Si me rompía ahora, Ramón lo vería. Si decía el nombre de Jana, todo se acabaría. Si él entendía lo que significaban esos cuatro cierres, no habría forma de volver a meter la verdad dentro de la caja.

—No sé —dije—. Se escucha a Marcos, pero… nada más.

Ramón volvió a mirar la grabadora, frustrado.

—Había alguien con él.

—Sí.

—Pero no habla.

—No.

—Podía ser cualquiera.

—Podía ser cualquiera.

Ramón se dejó caer en la silla, derrotado.

—Todo esto para nada.

—No ha sido para nada —respondí, aunque no sabía ni por qué lo decía.

—Claro que sí. Teníamos la verdad y se ha muerto justo antes. La grabadora se ha muerto antes de hablar.

Yo seguía oyendo los cuatro cierres, como si alguien los estuviera repitiendo dentro de mi cráneo.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Ramón rebobinó, volvió a darle al play. Escuchamos otra vez a Marcos.

—Pasa, por favor. He visto lo que ha pasado esta noche. Tenemos que hablar. Cierra la puerta.

Ramón golpeó la mesa con el puño, no muy fuerte, pero lo suficiente para hacer saltar la grabadora.

—¡Joder!

—Ramón, baja la voz.

—¡Pero es que seguimos igual que antes!

—Quizá… —empecé, intentando sonar razonable, intentando sonar como alguien que no acababa de hundirse por dentro—. Quizá tenemos que parar.

Ramón me miró como si le hubiera insultado.

—¿Parar?

—Sí.

—No.

—Ramón—

—No, Ares. No. Esto demuestra que había alguien. Demuestra que Marcos entró con alguien. Demuestra que—

—Demuestra que no tenemos suficiente —le corté, más firme de lo que me sentía—. Y que seguir forzando las cosas puede meternos en un lío enorme.

Ramón negó, nervioso.

—No, no, no. Estamos cerca.

—O quizá esto es una señal.

La frase me salió casi sola y en cuanto la dije, supe que estaba manipulando la situación. Usando su propio lenguaje para apartarle de la verdad antes de que se acercara demasiado.

—¿Una señal?

—Quizá sí. Quizá la cinta se cortó ahí porque no era el momento. Porque si seguimos buscando así, sin pensar, vamos a acabar perdiéndolo todo.

Me miraba con desconfianza, pero también con atención.

—La verdad no desaparece porque esperemos —añadí—. Pero si nos pillan ahora, sí. Si alguien descubre que hemos entrado en el despacho, se acabó. Nunca más podremos acercarnos a nada.

—Pero había alguien.

—Lo sé.

Me levanté. Si seguía allí un minuto más, iba a perder el control.

—Necesito irme.

Ramón alzó la vista.

—¿Ahora?

—Sí. Necesito pensar.

—No puedes contárselo a nadie.

—No voy a contárselo a nadie.

Ramón cogió la grabadora y la sostuvo contra su pecho.

—La guardaré.

—Bien.

Abrí la puerta con cuidado. Salí al pasillo. Y sentí que me faltaba el aire. Me apoyé en la pared, con una mano en el pecho, intentando respirar sin hacer ruido. El pasillo estaba vacío, pero me sentía expuesta, como si todo el mundo pudiera verme.

Caminé sin rumbo, lejos de la habitación de Ramón, lejos de la grabadora, lejos de esos cuatro cierres que se repetían una y otra vez en mi cabeza. Cada paso era automático. Mi cuerpo avanzaba, pero mi mente seguía atrapada en aquel despacho.

Marcos diciendo:

“He visto lo que ha pasado esta noche.”

¿Qué había visto?

“Tenemos que hablar.”

¿Sobre qué?

“Cierra la puerta.”

La imagen de ella dormida, riéndose bajo las sábanas, llorando por su madre, diciéndome que estaba enamorada de mí, se mezcló con la imagen de aquel despacho oscuro, con Marcos, con la puerta cerrándose cuatro veces antes de que la cinta muriera.

Me apoyé en una esquina del pasillo, cerrando los ojos.

Me sentí mal, porque por primera vez, estaba sospechando de Jana.

Y no sabía si podría mirarla a la cara después de todo eso.

Pero tenía que hacerlo. Porque, detrás de aquella puerta, en nuestra habitación, estaba la mujer de la que estaba enamorada.

Y ahora también era la persona que, quizá, había asesinado a Marcos Pardo.

Sentí una presión en la garganta y tragué saliva intentando convencerme de que podía controlarlo. Pero no pude, el estómago se me contrajo. Me doblé un poco hacia delante y vomité en mitad del pasillo.

Me quedé inclinada, con una mano en la pared y la otra en el estómago, respirando a tirones mientras los ojos se me llenaban de lágrimas por el esfuerzo. Durante unos segundos solo pude oír mi propia respiración, luego volví a tener una arcada, aunque ya no salió casi nada.

—¡Ares!

La voz de Javi llegó desde el fondo del pasillo.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, intentando incorporarme. Él apareció enseguida, con esa cara de alarma resignada de quien ya ha atendido demasiadas urgencias de turno de noche.

—Joder… —dijo al verme—. ¿Tú también?

Parpadeé, tratando de entender.

—¿Qué?

—Ramón estaba igual antes. —Se acercó, sin demasiado asco, lo cual le agradecí en silencio—. La cena debía de estar en mal estado.

La cena. Claro. El universo, por una vez, me estaba ofreciendo una coartada creíble.

Javi me puso una mano en el hombro.

—¿Te mareas?

Asentí, porque era verdad.

—Un poco.

—¿Has vomitado más veces?

—Solo ahora.

—Vale. Ven conmigo. Te voy a llevar a enfermería un rato.

En otro momento habría protestado. Habría dicho que no hacía falta, que podía irme a la habitación, que estaba bien. Pero esa noche, la idea de entrar en el cuarto y encontrarme a Jana allí, me pareció imposible y de repente, la enfermería sonó a refugio.

—Vale —dije.

—Mejor que pases la noche allí. Si es intoxicación, te tendremos controlada.

—Maldita cena… —murmuré.

—Ya ves. Mañana alguien va a tener una conversación seria con cocina.

Caminé a su lado con el cuerpo todavía revuelto y la cabeza peor.

Cada paso alejándome de la habitación me daba un alivio breve, culpable.

No quería estar lejos de Jana. Esa era la parte cruel.

Quería estar con ella, quería meterme en su cama, quería que me abrazara y me dijera que todo tenía una explicación.

Pero también sabía que, si la veía en ese momento, si me preguntaba dónde había estado o qué me pasaba, quizá no podría mentirle.

Javi abrió la puerta de enfermería y me indicó una camilla al fondo.

—Túmbate ahí. Voy a por agua y a limpiar el pasillo antes de que alguien lo pise y tengamos otra tragedia.

—Perdón —dije, sentándome.

—No te preocupes.

Se marchó y me quedé sola. La enfermería estaba casi a oscuras, iluminada solo por una lámpara pequeña junto al escritorio. Me tumbé de lado, encogiendo un poco las piernas, y cerré los ojos.

No pude evitar darle vueltas. ¿Qué hacía en el despacho de Marcos aquella noche? ¿Por qué entró con él? ¿Por qué necesitaba hablar con ella a solas? ¿Qué pasó después de que la grabadora se cortara?

Y lo peor de todo: ¿por qué no me lo había dicho?

No era un detalle menor. Jana había estado en el despacho de un hombre que apareció muerto unas horas después, y llevaba días callándolo.

Días mirándome a los ojos, durmiendo a mi lado, besándome, diciéndome que me quería…

mientras guardaba dentro algo enorme. Una parte de mí quería defenderla antes incluso de saber la verdad.

Quería inventar explicaciones: quizá Marcos la llamó por algo sin importancia, quizá se fue antes.

Pero otra parte, más fría y asustada, no dejaba de repetir la misma pregunta.

¿Hasta qué punto podía confiar en ella?

Y solo pensarlo me dolió. Porque esa duda no encajaba con la Jana que yo conocía.

La Jana que ordenaba camisetas como si en ello le fuera la vida, que se rompía por una frase de su madre, la Jana que me miraba como si yo hubiera desordenado todo lo que tenía previsto, pero aun así quisiera quedarse.

De pronto, todo lo que creía haber entendido de ella, estaba desapareciendo.