Cuando descubras la verdad Capítulo 24 #3
82%

Capítulo 24 #3

—Sí —dije, llevándome una mano al estómago—. Venía a pedir… no sé, algo para el dolor de tripa.

—¿Dolor de tripa?

—Sí. Creo que la cena me ha sentado fatal.

La frase me dio vergüenza incluso en medio del pánico. Estábamos abusando demasiado del argumento gastrointestinal.

Clara se acercó un poco.

—Ramón también estaba igual.

—Ya —respondí—. Igual los huevos de la tortilla no estaban bien.

—Espera aquí, te miro si puedo darte algo.

Entró detrás del mostrador. El armario de llaves estaba a dos metros de él. Sentí que cada segundo con la llave en mi bolsillo era una prueba más contra mí.

Entonces una voz sonó desde el pasillo.

—¡Javi!

Era Ramón.

—¡Necesito ayuda, estoy fatal, no paro de vomitar!

Javi resopló.

—Joder, ¿qué pasa hoy con la cena?

Clara salió disparada primero. Javi cogió unas cosas del cajón y la siguió.

—Ahora vuelvo, Ares. Siéntate si te mareas.

—Sí, sí.

En cuanto doblaron la esquina, me moví. Entré en recepción, abrí el armario, colgué la llave exactamente en su sitio y cerré.

Salí de allí con las piernas temblando. Quería correr.

Llegué a la habitación de Ramón con la sensación de estar caminando dentro de una película que no había elegido protagonizar.

La puerta estaba entreabierta, así que empujé despacio y entré sin hacer ruido.

La habitación de Ramón siempre me había dado la impresión de ser demasiado suya para ser una habitación del centro.

No porque tuviera muchas cosas, sino porque todo parecía colocado con un significado que solo él entendía: papeles doblados, notas escritas con letra nerviosa, pequeños objetos sobre la mesa formando grupos extraños, como si fueran pruebas de algo.

La cama estaba hecha a medias, la silla arrimada contra la puerta del armario y las persianas bajadas lo justo para que la habitación tuviera una luz amarillenta y densa, casi de refugio.

Me senté en el borde de la cama y esperé. Cuando Ramón entró, cerró la puerta con cuidado y se quedó un segundo escuchando al otro lado, asegurándose de que nadie le hubiera seguido. Luego se giró hacia mí y, sin decir nada, sacó la grabadora de debajo de la sudadera.

La dejó sobre la mesa y los dos nos quedamos mirándola. Era ridículo que un objeto tan pequeño pudiera tener tanto peso. Parecía una cosa inofensiva y, sin embargo, ahí podía estar todo. La verdad.

Ramón se sentó a mi lado en la cama, tan cerca que notaba como movía la pierna de forma nerviosa, sin parar.

—Está aquí —susurró.

—Sí.

No dijimos nada durante unos segundos. Solo mirábamos la grabadora. Luego Ramón giró la cabeza hacia mí.

—¿Estás preparada?

—No.

—Yo tampoco.

Aquello, viniendo de él, me inquietó más que cualquier discurso sobre clones.

—Pero hay que hacerlo.

Ramón cogió el aparato con mucho cuidado, casi con respeto, como si fuera algo sagrado o explosivo. Pasó el pulgar por el botón de reproducción. Yo contuve la respiración sin darme cuenta. Apretó el botón, pero no sucedió nada. Nos quedamos congelados. Ramón volvió a apretar. Y nada.

—¿Qué pasa?

—No tiene batería.

—Joder, claro.

—Las pilas se han gastado.

—Me estás diciendo que hemos montado Ocean’s Eleven versión psiquiátrica para una grabadora sin pilas.

Se levantó de golpe y empezó a abrir cajones.

—Tengo pilas.

—Pues búscalas.

—Estoy buscando.

—Busca mejor.

—No me presiones.

—¡Ramón, tenemos una prueba de asesinato en la mano y no podemos escucharla porque no tienes pilas!

—¡No grites!

Bajé la voz al instante, mirando hacia la puerta.

—Perdón.

Ramón abrió el cajón de la mesilla y empezó a sacar cosas: un bolígrafo mordido, una goma, dos clips, un papel doblado, una tapa de botella.

—¿Qué tamaño? —pregunté.

Ramón giró la grabadora y abrió la tapa trasera con manos torpes.

—Doble A.

—Vale. Necesitamos dos.

Se agachó junto al armario y empezó a revisar una caja de zapatos llena de objetos. Yo me puse de rodillas en el suelo, mirando debajo de la cama, entre polvo, papeles y una zapatilla sin pareja.

—Aquí hay de todo menos pilas.

Respiré hondo, intentando no perder los nervios.

—Vale. Piensa. ¿Qué cosas tienes aquí que funcionen con pilas?

—La linterna.

—¿Dónde está?

Ramón señaló hacia el armario. Abrí la puerta y encontré una linterna pequeña entre una sudadera y una carpeta.

—Dime que usa doble A.

Ramón me la arrancó prácticamente de las manos, abrió la tapa inferior, miró dentro y negó con la cabeza.

—Triple A.

—Me quiero morir.

Ramón abrió otro cajón con tanta fuerza que casi se salió.

—Aquí.

Sacó un mando pequeño. Dentro había dos pilas. Doble A. Me quedé mirándolas como si fueran una aparición divina. Le quitó las pilas al mando y las colocó en la grabadora.

Nos quedamos los dos quietos. Esta vez no dijimos nada. Ramón sostuvo la grabadora entre las manos. Tenía el pulgar sobre el botón de reproducción, pero no lo apretaba.

—Ahora sí —susurró.

Le dimos al play y durante unos segundos solo se escuchó el sonido sucio de la cinta girando, un zumbido bajo, casi imperceptible, y luego comenzó.

Ramón y yo nos miramos, y lo que escuchamos a continuación fue algo que, sin duda, lo cambiaría todo por completo.