Capítulo 24 #2
Sacó el papel y lo abrió contra la pared. El esquema era todavía más inquietante a la luz amarillenta del pasillo. Había flechas, horarios, iniciales, pequeños símbolos que no quise preguntar qué significaban.
—Repasamos —dijo—. A las veintiuna cincuenta y cinco empiezo con lo del estómago.
—Sí.
—A las veintidós, cambio de turno.
—Sí.
—A las veintidós cero tres, Javi sale.
—Ajá
—Tú entras por la izquierda. El armario de llaves queda tapado por la columna. La cámara no lo capta.
—Eso espero.
Ramón dobló el mapa con precisión.
—Cuando tengas la llave, vienes a la máquina de agua. Yo estaré allí.
—Y si no estás, me voy.
—Estaré.
—¿Y si alguien aparece?
—No aparecerá nadie.
—Si aparece alguien, abortamos.
—Bien.
Durante unos segundos nos quedamos en silencio, escuchando el centro. Desde algún lugar cercano llegaba el ruido de un carrito de medicación. Un murmullo. El sonido de una puerta. Todo parecía normal.
Ramón se llevó una mano al abdomen y empezó a encorvarse.
—¿Qué haces?
—Entrando en personaje.
—Entiendo
—Me duele el estómago —dijo, ya con voz más alta, caminando hacia el pasillo principal.
Le vi alejarse. Me quedé esperando donde habíamos quedado, con pulso golpeándome en la garganta.
No podía ver la recepción desde allí, pero escuchaba partes sueltas de su plan.
Ramón quejándose. Una voz de enfermero preguntándole algo.
Él respondiendo que creía que le había sentado mal la cena. Otro comentario y luego pasos.
Hasta ahí, el plan funcionaba. A las diez en punto, el centro pareció cambiar sutilmente: personal entrando y saliendo, puertas que se cerraban, voces que se cruzaban en el mostrador.
Me asomé desde la esquina y vi a Javi en recepción, solo, mirando unos papeles.
La auxiliar, Clara, apareció al fondo del pasillo, con una chaqueta puesta encima del uniforme.
Uno.
Dos.
Tres minutos.
Javi miró hacia ambos lados, dejó algo sobre el mostrador y salió por la puerta lateral que daba al patio trasero.
Sentí cómo el cuerpo se me activaba de golpe. Era el momento. Caminé hacia recepción con paso rápido. Al pasar por delante del mostrador, noté la cámara en la esquina superior. No la miré. Recordé lo de Ramón: por la izquierda. La columna. El armario.
Me deslicé hacia el lateral como si buscara algo, como si me hubiera equivocado de dirección, y llegué al armario de llaves. Estaba cerrado. Me quedé helada. Tenía un cierre pequeño, una pestaña que Ramón no había mencionado.
—No, no, no…
Probé a tirar con cuidado. El armario no cedió.
Sentí un latigazo de pánico tan fuerte que por un segundo se me quedó la mente en blanco.
Primera fisura del plan. Y apenas habíamos empezado.
Volví a mirar el cierre. No era un candado.
Era uno de esos pestillos viejos que se quedan trabados si no aprietas hacia dentro antes de levantar.
Lo había visto en algún armario de la cocina.
Empujé la puerta hacia dentro, levanté la pestaña con la uña y tiré.
Se abrió al fin. Dentro había muchas llaves, cada una con una etiqueta pequeña, algunas escritas a mano, otras, medio borradas.
Despacho Sanz. Archivo. Mantenimiento. Botiquín.
Sala material. Y al fondo, una etiqueta blanca con una letra casi deshecha: Desp. M. Pardo.
La cogí, cerré el armario, volví a colocar la pestaña, y salí de recepción sin mirar atrás. Al llegar a la máquina de agua, Ramón no estaba. La llave me quemaba en el bolsillo.
—Me cago en… —murmuré.
Esperé y cada segundo era una pequeña tortura. Entonces la puerta del baño se abrió y Ramón asomó la cabeza.
—Aquí.
Casi le mato.
—¿Qué haces? —dije, acercándome rápido.
—Había alguien en el pasillo.
—¿Quién?
—Un enfermero.
Miré hacia atrás, alarmada.
—¿Nos ha visto?
—No. Pero he tenido que esperar.
Respiré hondo, intentando no perder los nervios.
—Tenemos menos tiempo.
Ramón asintió.
—Entonces no hables.
Fuimos hacia el ala administrativa casi pegados a la pared.
El pasillo estaba más oscuro que el resto del centro, con solo algunas luces encendidas.
Al fondo estaba el despacho de Marcos. La cinta policial cruzaba la puerta.
Hasta ese momento, todo había sido planificación y adrenalina, pero allí, frente al despacho, la realidad volvió con una fuerza diferente.
En esa habitación había muerto alguien. Marcos Pardo.
Un hombre desagradable, sí. Condescendiente, sí.
Pero muerto. Y ahora yo estaba a punto de entrar.
Ramón sacó la pequeña lámina de plástico y se agachó frente al precinto. Trabajó con una concentración absoluta. Era inquietante verle así, tan preciso. Pasó el plástico por debajo de una esquina del adhesivo y empezó a despegarlo poco a poco. Yo miraba hacia el pasillo cada dos segundos.
—Más rápido —dije.
—Si lo hago rápido se rompe.
—Si tardas nos pillan.
—Si se rompe también.
De repente, se escucharon pasos. Me congelé.
Ramón también. Los pasos venían de algún sitio cercano, quizá del pasillo principal.
Miré a Ramón. Él negó con la cabeza casi imperceptiblemente, como diciendo “no te muevas”, y nos quedamos quietos junto a la puerta del despacho.
Pensé que, si nos pillaban, no iba a haber explicación posible que no sonara como una confesión demencial.
Pero los pasos se alejaron y Ramón siguió. La cinta cedió lo suficiente para abrir la puerta sin romperla del todo. Saqué la llave. Me temblaba la mano. La metí en la cerradura y por fin abrimos.
El olor del despacho me golpeó. Olía a cerrado, a polvo y a desinfectante. La habitación estaba oscura, pero entraba luz desde el pasillo, una franja fina sobre el suelo.
—Rápido —susurré.
Ramón cerró la puerta casi del todo, dejando solo una rendija para que no pareciera abierta desde fuera.
El despacho estaba intacto. La mesa con papeles, la silla ligeramente desplazada, una estantería, el radiador junto a la pared.
Había zonas marcadas, algunos objetos en bolsas, pequeñas etiquetas que la policía debía de haber dejado.
Eso lo hacía todo peor. No estábamos entrando en una habitación cualquiera.
Estábamos entrando en una escena que alguien había intentado congelar.
Sentí un escalofrío al mirar el suelo. Aunque ya no hubiera sangre, yo la veía. O la recordaba.
Ramón fue directo al radiador. Metió la mano por detrás y tanteó, pero no encontraba nada.
—No —susurré.
—Está aquí.
Tanteó más.
Yo miraba la puerta.
—Ramón…
—Tiene que estar.
Pero su voz ya no sonaba tan segura.
Me agaché a su lado.
—¿Dónde exactamente?
—Detrás. Abajo. Pegada con cinta.
Metí la mano también.
—La han movido —murmuró.
—Ramón, mírame.
—Lo sabía, lo sabía, lo sabía—
Le agarré la muñeca.
—Ramón. Respira. Si la pegaste con cinta, quizá se cayó.
Ambos miramos al suelo, debajo del radiador. Había una sombra estrecha, casi imposible de ver desde arriba. Me tumbé medio de lado y metí la mano más abajo, entre el radiador y el rodapié.
Mis dedos rozaron algo rectangular y frío. Lo agarré. La cinta cedió con un pequeño desgarro. Y apareció. La grabadora. Pequeña, negra, cubierta de polvo por un lado.
—Vámonos —dije.
Ramón asintió, pero se quedó un segundo mirando la mesa de Marcos, como si algo le llamara.
—Ramón.
—Hay papeles—
—No.
—Pero—
—La grabadora. Eso era el plan. Nos vamos.
Le vi luchar con el impulso y por un instante pensé que no iba a obedecer, pero lo hizo. Guardó la grabadora dentro de su sudadera y salimos. Ramón volvió a colocar el precinto con un cuidado. Apretó la cinta con los dedos, repasó el borde, alisó la esquina. Desde cierta distancia parecía intacto.
Cerré con llave y caminamos de vuelta sin hablar.
Al llegar a la máquina de agua, Ramón se metió de nuevo en el baño para sostener su coartada.
Yo seguí hacia recepción. Pero Javi ya estaba de vuelta, cerca del mostrador, entrando desde el patio trasero, riéndose de algo que Clara acababa de decirle.
Yo me quedé clavada a mitad del pasillo con la llave en el bolsillo y una subida de pánico que me dejó la boca seca.
No podía entrar en recepción delante de él. Tampoco podía quedarme allí quieta.
Javi me vio.
—Ares —dijo—. ¿Todo bien?