Cuando descubras la verdad Capítulo 24
78%

Capítulo 24

La grabadora de Ramón

Nos quedamos dormidas sin darnos cuenta. No sabía cuánto rato había pasado. Jana seguía dormida. Dormida parecía vulnerable. La miré durante demasiado tiempo. Había algo indecente en lo mucho que me gustaba. Me habría quedado así una vida entera si me lo pidiese.

Se movió un poco y abrió los ojos lentamente.

—Buenos días—dijo.

—O buenas tardes.

—¿Cuánto hemos dormido?

—Ni idea.

Jana se estirajó, todavía medio dormida y se le escapó una sonrisa.

—Gracias —dijo.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí.

—No.

Suspiró, pero no discutió más. Se quedó callada, mirándome con esos ojos que a veces parecían demasiado serios para alguien tan joven.

—No sé qué haría sin ti —dijo entonces.

—Nunca tendrás que comprobarlo.

Jana se quedó mirándome. Y entonces me besó. Su mano subió hasta mi cuello y se quedó ahí, acariciándome la piel con el pulgar. Yo la atraje más hacia mí, encajando mi cuerpo contra el suyo con una naturalidad que todavía me parecía milagrosa.

Jana me tocaba con cuidado al principio, como si aún estuviera aprendiendo la forma exacta de quererme, pero cada gesto se volvía un poco más seguro.

Nos fuimos acercando como se acercan las cosas importantes: poco a poco, con miedo y con ganas.

La ternura se mezcló con el deseo hasta que fue imposible separarlas.

Jana dejó de intentar controlar cada movimiento y se permitió estar ahí, conmigo. Y yo, por una vez, no sentí necesidad de correr hacia ningún sitio. No sentí miedo de que el momento se acabara, ni urgencia por convertirlo en algo perfecto. Solo quería cuidarla y quererla bien.

Esa tarde hicimos el amor, y entendí por qué se dice así. Porque lo que pasó entre nosotras no podía llamarse de otra manera.

Al terminar, Jana apoyó la frente contra la mía, cerrando los ojos. Yo la abracé un poco más fuerte. Noté que se me llenaba el pecho de algo demasiado grande. Intenté tragarlo, pero no pude.

—Jana…

Ella abrió los ojos despacio.

—¿Qué?

En cuanto vio mi cara, su expresión cambió.

—¿Qué pasa?

—Tengo que decirte algo —solté—. Porque lo tengo aquí dentro y no puedo más.

—Uy…

—No es malo —me apresuré a decir—. Bueno, no sé. Igual sí. Depende de cómo lo mires.

—Me estás asustando.

—No quiero asustarte. Es solo que… sé que es pronto.

Jana me observaba, cada vez más confundida.

—Sé que todo esto es nuevo para ti —continué, notando que empezaba a hablar demasiado rápido—.

Y entiendo perfectamente la situación. Lo de Robert acaba de pasar, tu madre, el centro, todo este caos…

Y no quiero presionarte ni que sientas que tienes que estar en el mismo punto que yo, porque igual no lo estás, y está bien.

O sea, no está bien para mí, porque probablemente me muera por dentro un poco, pero lo entendería.

Quiero decir, no me moriría literalmente, obviamente, aunque—

—Ares, dilo ya —pidió—. Te estás haciendo un lío tú sola.

Solté una risa nerviosa.

—Sí.

Respiré hondo.

Y entonces lo dije.

—Estoy completamente enamorada de ti.

El silencio que vino después fue tan grande que por un segundo pensé que había cometido un error y me apresuré a llenarlo.

—Y ya sé que es una locura —seguí—. Lo sé.

Soy consciente. No hace falta que me lo expliques.

Nos conocemos desde hace nada, estamos en un centro psiquiátrico, hay una investigación por asesinato, tú acabas de dejar a tu novio, yo tengo la estabilidad emocional de una cerilla mojada…

o sea, racionalmente lo entiendo. Entiendo que no es el contexto más sano ni más lógico del mundo.

Pero lo siento. Lo siento de una forma que no sé poner en pequeño.

Y no te lo digo para que me respondas nada, ¿vale? No tienes que—

Jana empezó a reírse, lo suficiente para desconcertarme.

—¿Te estás riendo de mí?

—Un poco.

—Genial. Declaración humillante completada.

—No es humillante.

—Te acabas de reír en mi cara después de decirte que estoy enamorada de ti.

—Me río porque eres adorable cuando entras en pánico.

—No estoy entrando en pánico.

Jana me miró.

—Vale. Estoy entrando en pánico.

Sonrió. Y antes de que pudiera seguir justificándome y añadir otra frase absurda para quitarle peso a lo que acababa de decir, se acercó y me besó.

—Yo también estoy enamorada de ti —dijo.

—¿Qué?

—Que yo también estoy enamorada de ti.

Lo dijo más claro, como si supiera que necesitaba escucharlo sin dudas, sin metáforas, sin espacio para que mi cabeza lo retorciera.

Sentí que algo se me aflojaba por dentro. Algo enorme. Algo que llevaba demasiado tiempo preparado para el golpe.

—¿De verdad?

Jana puso los ojos en blanco, pero sonreía.

—Ares, acabo de decírtelo dos veces.

—Ya, pero necesito procesarlo.

Se acercó de nuevo, apoyando una mano en mi mejilla.

—Estoy enamorada de ti —repitió, más bajo—. Aunque me desordenes la habitación. Aunque te comas mis tostadas. Aunque salgas corriendo por el bosque y casi te mates. Aunque seas dramática, impulsiva y desesperante.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Qué romántica.

—Mucho.

—Sigue.

—Estoy enamorada de ti porque desde que llegaste no puedo hacer otra cosa que estarlo.

—Jana…

—Y ahora bésame —susurró—, porque si sigo hablando me voy a poner nerviosa.

No hizo falta que me lo pidiera dos veces. La besé con una felicidad tan grande que me ardía el pecho. Pero en ese momento Jana se incorporó de repente, como si hubiera recordado algo.

—Mierda.

—¿Qué?

Miró el reloj.

—Tengo sesión con Martín.

—¿Ahora?

—Hace cinco minutos.

Me reí.

—Vaya. Esto sí que es histórico.

—No tiene gracia.

—Muchísima. Has llegado tarde por mi culpa. Me siento poderosa.

Jana me lanzó una mirada de advertencia, pero se le escapó una sonrisa mientras se levantaba de la cama y empezaba a vestirse con prisa. La observé moverse por la habitación, todavía algo despeinada, intentando recuperar esa compostura que se le había deshecho un poco entre mis manos.

Se miró al espejo, se recolocó el pelo, se alisó la camiseta y tocó el borde de la mesa cuatro veces antes de coger la libreta.

—Voy horrible.

—Vas preciosa.

—No empieces.

—No puedo evitarlo. Es una enfermedad.

Se acercó a la puerta, pero antes de salir se detuvo y volvió hacia mí. Me dio un beso rápido. Luego otro. Luego dos más.

Cuatro.

—Ahora sí —dijo.

—Buena sesión.

—Luego hablamos.

Cuando salió, me quedé tumbada unos minutos más, mirando el techo, con una sonrisa que no conseguía borrar. La felicidad, cuando llega después de mucho miedo, tiene algo de incredulidad. Como si una parte de ti siguiera esperando que todo se acabe.

Me levanté al cabo de un rato, me vestí e intenté ordenar un poco la habitación para que Jana no sufriera al volver.

Durante el resto de la tarde, todo seguía, como siempre, pero debajo de aquella rutina había una cuenta atrás que solo Ramón y yo conocíamos.

Lo vi cerca del pasillo de lavandería. Apareció de repente, obligándome a frenar.

—Ares.

Me llevé una mano al pecho.

—Joder, Ramón. Vas a acabar matándome de un susto antes de que lo haga nadie más.

—Tiene que ser esta noche. No podemos esperar más.

—Dijimos que lo pensaría.

Suspiré.

—Ramón, si nos pillan—

—Si nos pillan, diremos que yo te obligué.

—No digas tonterías.

—No es una tontería. Soy más creíble que tú como persona que hace cosas raras.

—No voy a dejar que cargues con eso.

—Entonces no nos pillarán.

Lo dijo tanta convicción que casi resultaba contagiosa.

Podía decir que no. Podía cerrar aquella puerta y seguir con mi vida, o con lo más parecido a una vida que tenía dentro de aquel centro. Podía volver con Jana, fingir que no había una grabadora detrás de un radiador, dormir abrazada a ella y dejar que la policía hiciera su trabajo.

Pero la sensación seguía ahí. Esa mala vibración. La idea de que la verdad estaba demasiado cerca de mí. Por algún extraño motivo seguía temiendo la idea de que mis episodios, esos en los que después no recordaba nada, tuvieran algo que ver en todo esto.

Ramón se acercó.

—Ares, dentro está la respuesta.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale —repetí—. Esta noche.

Vi cómo su cara cambiaba. Alivio. Una especie de confirmación interna de que, por fin, alguien estaba entrando en su lógica.

—Diez menos veinte —dijo.

—En el pasillo de lavandería.

—Sí.

—Me enseñas el mapa otra vez. Si veo algo que no cuadra, paramos.

Ramón abrió la boca para protestar, pero le corté antes.

—Esa sigue siendo mi condición.

Apretó la mandíbula.

—Y después de recuperar la grabadora, vamos a tu habitación. Y Ramón…

Me miró.

—Si en algún momento te pones nervioso, si empiezas a perder el control o a hablar de más en voz alta, abortamos.

—No hablaré de clones.

—Bien.

—Aunque puedan estar implicados.

—Ramón.

—Entonces esta noche.

—Esta noche sabremos la verdad.

Durante el resto del día intenté hacer vida normal.

Fui a la cena. Me senté con los demás. Respondí cuando alguien me hablaba.

Incluso me reí en algún momento en el que Pol hizo un comentario sobre que la tortilla del centro parecía “una alfombrilla de baño”.

Pero por dentro llevaba una cuenta atrás.

Jana estaba a mi lado, demasiado cerca para alguien a quien no pensaba contarle absolutamente nada.

—Estás rara —me dijo en voz baja mientras recogíamos las bandejas.

—Estoy cansada.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí.

No me creyó, pero no insistió. Y eso, por algún motivo, me hizo sentir peor.

A las diez menos veintidós, le dije que iba al baño. Jana estaba doblando una sudadera sobre su cama, todavía con esa tensión residual que le había dejado la visita de su madre.  Me acerqué a ella antes de salir y le di un beso rápido, intentando que no pareciera una despedida.

Jana me miró extrañada.

—¿Y eso?

—Nada. Porque sí.

—Cuatro.

Sonreí, aunque por dentro tenía el estómago cerrado.

Le di tres besos más. Y después salí. En cuanto cerré la puerta, la sonrisa se me cayó de la cara. Caminé hacia el pasillo de la lavandería. Ramón ya estaba allí. Tenía la espalda pegada a la pared y el mapa doblado entre los dedos, como si fuera un documento de estado.

—Llegas tarde.

Miré la hora.

—Faltan dos minutos.