Capítulo 23 #3
Fui hacia la habitación. Me senté en la silla, abrí una libreta que tenía medio abandonada y empecé a escribir cosas sin demasiada estructura. Lo miré y parecía el cuaderno de una persona que había perdido el juicio.
Entonces la puerta se abrió y entró Jana, se quedó un momento de espaldas, con la mano todavía en el pomo, como si necesitara reunir fuerzas antes de terminar el gesto. Luego cerró. Una. Dos. Tres. Cuatro veces.
Me levanté.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió muy rápido.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla. No la colocó bien. Solo la dejó. Luego se dio cuenta, la cogió de nuevo, la dobló, la volvió a poner, la reajustó dos veces y finalmente se quedó mirándola como si la chaqueta tuviera la culpa de algo.
—Jana.
—Estoy bien, Ares.
Tenía los ojos más brillantes de lo normal.
Me acerqué con cuidado.
—¿Cómo ha ido?
Soltó una risa breve.
—Normal.
—Eso no me dice mucho.
—Ha sido normal para ella.
No pregunté enseguida. A veces, con Jana, si tocabas demasiado pronto el sitio exacto, se cerraba. Así que me senté en mi cama y esperé. Ella siguió de pie unos segundos más, hasta que al final se sentó en la suya.
—Ha dicho que me ve peor —empezó.
Su voz salió un poco rota.
—Que estoy más desmejorada. Que debería pedir que revisen mi medicación porque tengo la cara apagada.
Luego me ha preguntado si estoy comiendo bien, pero no como una pregunta, sino como…
—hizo un gesto con la mano— como una acusación.
Después ha dicho que este sitio quizá no me está ayudando tanto como pensaba.
Que debería esforzarme más. Que estar ingresada no significa abandonarse.
—Y luego… —tragó saliva— luego ha hablado de Robert.
—¿Qué ha dicho?
—Que le ha llamado.
—¿Robert a tu madre?
Asintió.
—Le ha dicho que estoy confundida. Que estoy pasando por un momento de inestabilidad. Que he tomado decisiones precipitadas y que quizá alguien del centro está influyendo en mí. Por eso ha venido.
—¿Qué?
Jana levantó una mano, pidiéndome que no saltara.
—Mi madre no ha dicho tu nombre.
—Pero sabe que soy yo.
—Probablemente.
Me quedé quieta, tragándome la rabia.
—Y ella le cree —añadió Jana.
Jana se encogió de hombros, pero el gesto se le rompió a mitad.
—Dice que Robert siempre ha sido muy estable. Que siempre me ha hecho bien. Que quizás estoy confundiendo gratitud, amistad, dependencia emocional… no sé. Ha usado tantas palabras que al final ya no sabía ni qué estaba defendiendo.
Había algo brutal en eso: en que alguien pudiera cubrir el desprecio con el vocabulario correcto, en que pudiera invalidarte sin levantar la voz, con una precisión tan elegante que desde fuera parecería incluso amor.
—Le he dicho que he dejado a Robert.
—¿Y?
—Me ha preguntado si estaba segura de saber lo que quería, y le he dicho que sí.
Su voz se quebró en la última palabra. Me levanté y fui hacia ella.
—Jana…
—No pasa nada —dijo rápido, secándose debajo de un ojo—. Es normal. Ella es así. No lo hace con mala intención.
Me agaché delante de ella.
—No tienes que justificarla conmigo.
Eso fue lo que la rompió. Primero se le contrajo la cara. Después intentó respirar hondo y no pudo. Luego una lágrima le cayó sin permiso y ella cerró los ojos, furiosa consigo misma por no haberla retenido.
—Lo siento.
—No.
Le cogí las manos.
—No me pidas perdón por esto.
Las lágrimas empezaron a caerle más seguidas.
Me levanté para sentarme a su lado y la atraje hacia mí con cuidado.
Ella poyó la frente en mi hombro y se rompió del todo.
La abracé fuerte, para que supiera que no tenía que sostenerse sola.
No parecía que Jana estuviera llorando solo por aquella visita, sino por todas las veces que había necesitado hacerlo.
—Me siento ridícula —dijo contra mi camiseta.
—No lo eres.
—Tengo veintinueve años y todavía me afecta que mi madre me diga que tengo mala cara.
—Porque no es solo eso. No es la coleta, ni la cara apagada, ni Robert. Es que te mira como si siempre hubiera algo que corregir. Y tú te has pasado la vida intentando agradarla.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Lo sé.
—Me sale solo.
—Ya.
—Y cuando ella está delante… —se separó un poco, limpiándose la cara con el dorso de la mano— vuelvo a ser pequeña. Es horrible. Me odio por eso.
—No te odies por haber aprendido a sobrevivir.
—No era sobrevivir —dijo—. Era obedecer.
—A veces es lo mismo cuando eres niña.
Me dolió verla así, tan desarmada. Jana, que parecía siempre tan entera desde fuera, que hacía de su orden una muralla. Y de repente era evidente que aquella muralla no había nacido por gusto, sino por miedo.
—Hoy, cuando ha llegado… —dijo al cabo de un rato—. Lo primero que ha visto ha sido la coleta.
—Lo he visto.
Me miró, avergonzada.
—¿Sí?
—Sí.
—Qué vergüenza.
—No. Vergüenza ninguna.
—Ares…
—Vergüenza debería darle a ella.
—No digas eso.
—Lo digo porque es verdad.
—Es mi madre.
—Y tú eres su hija. Debería haberte abrazado.
—Sí —susurró.
La abracé otra vez y nos quedamos así un buen rato, sin hablar. Cuando se calmó un poco, me separé un poco para mirarla.
—Escúchame una cosa.
Jana levantó los ojos.
—No tienes que ser perfecta aquí.
—Eso dices tú porque no tienes que convivir conmigo si no lo soy.
—Precisamente convivo contigo.
—Y te quejas todo el tiempo.
—Porque dejas las cosas a cuatro grados del infierno —dije—. Pero eso no significa que quiera que cambies quién eres.
Se le escapó una risa pequeña entre lágrimas.
—Cuatro grados del infierno.
—Medida científica.
Jana negó con la cabeza, limpiándose la cara.
—Eres idiota.
Le cogí la cara con una mano.
—Tu madre puede decir lo que quiera. Robert también. Cualquiera. Pero tú sabes lo que has sentido. Tú sabes lo que has decidido. Y no estás confundida por querer algo diferente a lo que ellos esperaban.
—Me da miedo.
—Lo sé.
Le acaricié la mejilla con el pulgar.
—Entonces lo hacemos con miedo.
Me acerqué y le di un beso en la frente.
—Ven —le dije—. Túmbate un rato.
Se tumbó conmigo en la cama, todavía vestida y con la cara húmeda.
Se colocó de lado y yo me quedé detrás, abrazándola por la cintura.
No dije nada más. Había muchas cosas que no podía arreglar, pero podía estar ahí para recordarle, aunque fuera en voz baja y sin grandes discursos, que no era una suma de errores que corregir.
Que no tenía que ganarse el derecho a ser querida.
Que conmigo, al menos conmigo, podía desordenarse un poco y seguir siendo ella.