Cuando descubras la verdad Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Ramón asintió con rapidez, interpretando mi reacción a su manera.

—Exacto.

—No, Ramón, espera. —cerré los ojos, intentando ordenar la avalancha de posibilidades—. ¿Me estás diciendo que tu grabadora estuvo encendida dentro del despacho de Marcos la noche que murió?

—Sí.

—¿Toda la noche?

—Hasta que se acabara la batería o la cinta.

—¿Y puede haber grabado…?

—La verdad.

Me miró fijamente, con un rayo de lucidez atravesándole el delirio.

—En esa grabadora está quién mató a Marcos Pardo.

Sentí un escalofrío. Por primera vez desde que todo había empezado, no estábamos hablando de sospechas, ni de intuiciones, ni de teorías a medias. Estábamos hablando de una prueba real. Una grabación. Un objeto que podía haber registrado todo lo que fuera que hubiera pasado allí dentro.

—Ramón, ¿Estás absolutamente seguro de que sigue allí?

—Sí.

—¿No pudo encontrarla la policía?

—No —respondió rápidamente—. La escondí bien.

—¿Dónde?

—Las paredes escuchan.

Miré alrededor otra vez. Nadie estaba mirando, pero aun así bajé la voz.

—Vale. Está bien. Pero entiendes lo peligroso que es esto, ¿no?

—Por eso te necesito.

—Si entramos en ese despacho y nos pillan, nos metemos en un lío enorme.

—Si no entramos —dijo él—, el asesino seguirá aquí.

Esa frase me retumbaba en los oídos.

—Ares —dijo Ramón, más bajo—. Tú dijiste que me ibas a ayudar.

Sí, lo había dicho para que no hablara con la policía. Para ganar tiempo, para mantener bajo control el tema del alcohol. Pero ahora aquello se había convertido en otra cosa.

—Te voy a ayudar —dije al fin.

Ramón respiró como si llevara rato esperando exactamente esas palabras.

—Pero no vamos a hacer ninguna locura sin pensar —añadí—. Tenemos que saber cuándo está vacío, cómo entrar y cómo salir sin que nadie nos vea.

—Ya he empezado a estudiar los horarios.

—Claro que sí —dije, porque a esas alturas ni siquiera me sorprendía.

—Hay momentos en los que el pasillo queda sin vigilancia.

—¿Cuándo?

—Después de la medicación de la noche. Cambian turno. Son siete minutos.

Le miré.

—¿Siete minutos?

—A veces ocho.

—Pero el despacho está cerrado con llave.

—La llave del despacho no la tiene la policía todo el tiempo —empezó en voz baja—. Eso es lo primero que hay que entender.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque observo. La policía puso el precinto, sí. Pero la llave física del despacho sigue en recepción, en el armario metálico de llaves internas. La directora Sanz tiene una copia, pero no la usa. Usa la de recepción porque así queda registro de entradas y salidas.

—¿Registro?

—Núria lo apunta todo en una libreta. Hora, llave, persona. Pero por la noche no está Núria.

—¿Y quién está?

—Javi.

Tardé un segundo en ubicarlo. Javi, el enfermero del turno de noche. Siempre con ojeras, siempre con una sudadera debajo del uniforme y bebiendo café como si lo estuviera usando para no desmoronarse sobre el mostrador.

—Javi se distrae —continuó Ramón—. Mucho. Sobre todo, entre las diez y las diez y diez. Sale a fumar al patio trasero con Clara, la auxiliar. No todos los días. Pero cuando coincide el cambio de medicación y el último recuento, sí.

—Ramón, ¿cuánto tiempo llevas controlando esto?

—Lo suficiente. Esta noche hay cambio de turno a las diez. Lo sé porque ayer cambiaron el cuadrante. La enfermera nueva se equivocó y lo dejó en el tablón de personal unos minutos. Y lo vi.

—Claro que lo viste.

—A las diez menos cinco reparten la medicación del ala C. A las diez, Javi se queda solo en recepción. A las diez y tres suele salir al patio trasero. Clara baja por el pasillo de lavandería. Hablan, fuman, siete minutos. A veces ocho. Siete minutos bastan si no cometes errores.

—Ramón, estamos hablando de entrar en una escena investigada por la policía.

—Por eso no podemos cometer errores.

—Sigue.

—Cuando Javi salga, alguien tiene que entrar en recepción.

—¿Alguien?

—Tú.

—Ah, claro. Yo. Perfecto.

—Tú pareces menos sospechosa.

—¿Y qué hago? ¿Entro, abro el armario y cojo la llave como si nada?

—No exactamente.

Ramón metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño trozo de papel doblado. Lo abrió y me lo enseñó. Era un esquema detallado. Había dibujado el mostrador, el armario de llaves, el pasillo hacia el despacho de Marcos y hasta los puntos ciegos de las cámaras.

Me quedé mirándolo.

—¿Has hecho un mapa?

—Sí. No hay cámaras en el pasillo lateral del ala administrativa. Solo en recepción y en la entrada principal. La cámara de recepción apunta hacia el mostrador, no hacia el armario. El armario queda tapado por la columna si entras desde la izquierda.

Me señaló el dibujo.

—Tú no vas a robar la llave. Vas a moverla.

—Eso suena igual de ilegal.

—Coges la llave del despacho, la metes en el bolsillo, pasas por el pasillo lateral y me esperas junto a la máquina de agua. Yo estaré allí.

—¿Y cómo entras tú ahí sin que te vean?

—Yo sí parezco sospechoso —dijo, completamente serio—. Por eso tengo que hacer algo antes.

—Explícate.

—A las nueve y cincuenta y cinco voy a empezar a decir que me duele el estómago. Iré hacia enfermería. Me verán. Luego diré que necesito ir al baño. El baño del pasillo lateral está al lado de la máquina de agua. Nadie se sorprende si tardo.

—Vale...

Volvió a señalar el papel.

—Luego nos encontraremos aquí. Tú me darás la llave. Iremos al despacho por el pasillo administrativo y quitaremos el precinto con cuidado.

—Espera. ¿Cómo que quitaremos el precinto con cuidado?

Ramón sacó del otro bolsillo una pequeña hoja de plástico transparente.

—Calor y paciencia.

—¿De dónde has sacado eso?

—De terapia ocupacional.

—¿Y para qué sirve?

—Para despegar etiquetas sin romperlas. Lo vi en un vídeo.

—Voy a fingir que esto no me está pasando.

—No hay que romper el precinto. Solo despegar una esquina, lo justo para abrir la puerta. Luego se vuelve a colocar.

—¿Y si se nota?

—No se va a notar. Lo haré yo.

Lo peor era que parecía tenerlo todo pensado.

—Entramos —continuó—. La grabadora está escondida detrás del radiador, en la parte baja. La pegué con cinta negra. Nadie mira detrás de un radiador.

—La policía quizá sí.

—No la han encontrado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si la hubieran encontrado, ya lo sabríamos.

No era una deducción perfecta, pero tenía sentido.

—Cogemos la grabadora —siguió—. Salimos. Volvemos a poner el precinto y devolvemos la llave cuando no haya nadie otra vez.

—Ramón, esto es una locura.

—No —dijo—. Una locura es dejar la verdad encerrada en una habitación mientras el asesino camina por los pasillos.

—¿Y después qué? —pregunté—. Imaginemos que lo conseguimos. Imaginemos que sacamos la grabadora. ¿Qué hacemos después?

—La escuchamos y descubrimos quién es el asesino.

Ramón me miró fijamente. El viento movió el seto detrás de nosotros.

Yo miré el esquema otra vez.

La llave.

El precinto.

El despacho.

La grabadora.

Siete minutos.

Quizá ocho.

—No puedo decidir esto así —dije.

Ramón se empezó a poner nervioso.

—Ares—

—No estoy diciendo que no. Estoy diciendo que necesito pensar.

—Pensar avisa al miedo.

—Pues el miedo a veces evita que acabes detenido.

Ramón negó con la cabeza, frustrado.

—No lo entiendes.

—Sí lo entiendo. Entiendo que puede haber una prueba ahí dentro. Entiendo que quieres saber la verdad. Y entiendo que esto puede salir muy mal.

Me miró en silencio.

—Por eso, si lo hacemos, lo hacemos bien —añadí—. Sin improvisar. Sin ponerte nervioso. Sin salir corriendo ni gritar que vienen clones a por ti.

—No voy a gritar.

—Eso espero.

—Puedo hacerlo —dijo, casi ofendido.

Quizá era verdad. Quizá no. Pero había algo en su necesidad desesperada de que por fin alguien le creyera un poco, que me hizo bajar la voz.

Aquello era una locura. Y, aun así, no podía ignorarlo. Porque si esa grabadora existía, si estaba allí dentro, si había registrado algo… entonces quizá todo podía resolverse. O empeorar de una forma irreversible. Pero quedarse sin saberlo ya no parecía una opción.

—Vale —dije—. Pero esta noche no. Necesito pensar.

—Cuanto más esperemos, más posibilidades hay de que alguien la encuentre.

—Déjame unas horas —dije—. Solo eso.

Ramón se resistía, pero finalmente asintió.

—Unas horas.

—Y no se lo digas a nadie.

—No.

—Dentro está la solución —dijo otra vez, casi como una plegaria.

Y esta vez, cuando lo dijo, no sonó como un delirio. Sonó como una posibilidad.

Me quedé en el patio un rato después de que Ramón se marchara.

El banco estaba frío bajo mis piernas y el aire me daba en la cara, pero nada de eso conseguía hacerme sentir más lúcida.

Ramón acababa de explicarme un plan para colarnos en un despacho precintado por la policía, robar una llave, recuperar una grabadora escondida y escuchar, quizá, la prueba más importante de un asesinato.

Había un límite muy fino entre ayudar y hundirse más.

Yo lo sabía. En teoría. En la práctica, llevaba días cruzándolo sin mirar atrás.

Cada decisión parecía nacer de una urgencia nueva, pero todas me llevaban al mismo sitio.

Y, aun así, no podía apartarme. Porque si la grabadora de Ramón había grabado algo aquella noche, entonces ya no se trataba solo de curiosidad.

Ni siquiera de protegerme a mí. Había algo ahí que necesitaba saber.

Algo que me rozaba desde hacía días, una sensación oscura, como si la verdad no estuviera lejos de nosotras, sino orbitando alrededor, esperando el momento de caernos encima.

Pensé en decírselo. Pero la imaginé mirándome con esa mezcla de pánico y sentido común que a veces tenía, diciéndome que no, que ni se me ocurriera, que era peligroso, que podía meterme en un problema enorme.

Y seguramente tendría razón. Seguramente intentaría frenarme y haría con exactitud lo que cualquier persona que me quisiera un poco debería hacer.

Por eso no podía contárselo aún. No porque no confiara en ella. Confiaba en Jana más de lo que me resultaba prudente admitir. Precisamente por eso. Porque no quería arrastrarla más. Porque ya había demasiadas cosas alrededor suyo y no iba a darle otra razón para temblar.