Capítulo 23
Tenemos visita
Desde aquella noche, dormir separadas dejó de parecernos una opción realista.
No lo hablamos demasiado. No hizo falta.
La primera noche ocurrió porque había tormenta; la segunda, porque Jana dijo que no conseguía dormirse; la tercera, porque fui yo quien se metió en su cama sin preguntar, y ella, en vez de protestar, levantó la sábana para dejarme sitio.
Después ya no hubo excusas. Simplemente pasaba.
Cuando apagábamos la luz y el centro empezaba a quedarse en silencio, una de las dos terminaba cruzando ese pequeño espacio entre las camas como quien vuelve a casa.
Nos acostumbramos rápido. Jana dormía mejor si podía apoyar la frente contra mi hombro.
Yo dormía mejor si podía rodearla con un brazo y notar que seguía allí.
A veces nos quedábamos hablando en voz baja hasta tarde.
Otras veces no hablábamos nada. Solo nos buscábamos bajo las sábanas con esa necesidad de tocarnos sin cesar.
Había algo casi clandestino en todo aquello.
Algo adolescente, también. Porque cada mañana repetíamos la misma operación ridícula: en cuanto oíamos los pasos de la enfermera por el pasillo, una de las dos saltaba de la cama como si acabaran de pillarnos atracando un banco y volvía corriendo a la suya.
Casi siempre era yo, porque Jana tenía la capacidad de despertarse tres segundos antes de que cualquier tragedia ocurriera.
Me tocaba arrastrarme medio dormida hasta mi cama, meterme bajo las sábanas y fingir una inocencia que a esas alturas ya no engañaba a nadie.
Jana siempre se reía después. Intentaba no hacerlo, pero se le escapaba.
Y yo empezaba el día con sueño, dolor de espalda y una felicidad tan tonta que a veces me daba vergüenza.
Pero aquella mañana fue distinta. Lo noté antes de abrir del todo los ojos.
Jana ya no estaba en la cama conmigo. Al principio pensé que se habría ido al baño, pero entonces escuché el sonido del peine.
Abrí un ojo y la vi frente al espejo, completamente vestida, con el pelo recogido a medias y una tensión en los hombros que no me gustó nada.
La habitación estaba en penumbra todavía.
Faltaba bastante para que vinieran a despertarnos.
—¿Jana? —dije, con la voz rota por el sueño.
Ella seguía concentrada en su reflejo, sujetándose la coleta con las dos manos.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Temprano.
Jana soltó la coleta, volvió a hacerla, la apretó, se miró de lado y la deshizo otra vez.
—¿Qué haces?
Me senté en la cama, todavía envuelta en la sábana.
Jana no contestó. Se quitó la goma del pelo y volvió a empezar.
La observé unos segundos, ya más despierta.
No era solo el pelo. Había ropa encima de la silla, tres camisetas descartadas sobre la cama y dos pantalones doblados con violencia contenida.
Cada pocos segundos Jana se miraba al espejo, se ajustaba un tirante, recolocaba un mechón, alisaba una arruga inexistente y volvía a empezar.
Me levanté.
—Eh.
Me acerqué por detrás.
—¿Qué pasa?
Jana se quedó mirando su reflejo.
—Nada.
—Jana.
Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo.
—Estás nerviosa.
—Hoy viene mi madre. Hace semanas que no la veo.
Me acerqué un poco más.
—¿Y quieres verla?
Tardó demasiado en responder.
—Es mi madre.
No era un sí. Tampoco un no.
Me coloqué a su lado, mirando también el espejo.
—Estás guapísima —le dije.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no ayuda.
—Pues es verdad.
—Ares.
—¿Qué?
—No lo entiendes.
Y quizá tenía razón. No del todo. Yo entendía algunas cosas: entendía a las madres difíciles, la sensación de no saber nunca qué versión de ti iba a ser suficiente, la costumbre de prepararte para un comentario antes incluso de oírlo.
Pero no entendía lo de Jana desde dentro.
No entendía esa precisión aprendida, ese miedo a que un mechón fuera el principio de un derrumbe.
Así que no insistí. Solo me acerqué y le aparté con cuidado el pelo de la cara.
—Entonces dime qué necesitas.
—Por favor, no hagas bromas delante de ella.
—Vale. No haré bromas.
—Y no le digas… nada.
Asentí despacio, aunque algo dentro de mí se contrajo.
—Vale.
—No es por ti.
—Lo sé.
Un rato después, el centro ya estaba en marcha y Jana seguía tensa como una cuerda. Desayunó poco. Ordenó la bandeja más veces de las necesarias. Pol intentó hacer un comentario y yo le lancé una mirada tan clara que cerró la boca antes de empezar.
La visita llegó a media mañana. Yo estaba en la sala común cuando la vi aparecer por recepción.
La madre de Jana tenía una presencia fría, afilada, de esas personas que no levantan la voz porque están acostumbradas a que el mundo se incline antes de que sea necesario.
Iba perfectamente vestida, demasiado para aquel sitio: abrigo claro, bolso de piel, pelo impecable.
Todo en ella parecía ordenado con una intención casi agresiva.
Jana estaba de pie cerca de la puerta, esperándola.
Yo me quedé a cierta distancia, fingiendo que miraba una revista que no estaba leyendo.
La vi ponerse rígida en cuanto su madre se acercó.
Y entonces ocurrió algo que me explicó demasiadas cosas en demasiado poco tiempo.
La madre de Jana no la abrazó. No le acarició la cara.
No dijo “qué ganas tenía de verte”, ni “cómo estás”, ni nada que se le pareciera.
Se detuvo delante de ella y la miró de arriba abajo.
—Tienes la coleta mal hecha.
Jana no dijo nada. La mujer alargó una mano y le tocó un mechón que se le escapaba cerca de la oreja.
—Mira. Esto se sale. Con lo poco que cuesta hacer las cosas bien.
Jana se llevó la mano al pelo de inmediato.
—No me había dado cuenta.
—Claro que no —respondió su madre—. Por eso hay que revisarse antes de salir.
Su tono no era cruel de una forma evidente. Ese era el problema. No gritaba ni humillaba con grandes gestos. Solo soltaba esas pequeñas frases casi educadas, que entraban por debajo de la piel y se quedaban allí durante años.
—Voy a arreglarla.
—Ahora no —dijo su madre—. Ya estamos aquí.
Y sonrió, como si aquello zanjara el asunto.
Yo seguía inmóvil, con la revista abierta entre las manos, sintiendo una rabia extraña y silenciosa subir por dentro.
Porque de repente vi a Jana de pequeña con una coleta mal hecha, una ventana sin comprobar, un vaso fuera de sitio y una madre señalando el fallo estrictamente.
La vi aprendiendo que el amor podía depender de una costura, de un borde y de un número exacto.
Y me dieron ganas de cruzar la sala y decirle a esa mujer que su hija era perfecta incluso con la coleta torcida. Sobre todo, con la coleta torcida. Pero no lo hice. Porque Jana me había pedido que no dijera nada.
—Vamos, siéntate recta. Tenemos que hablar.
Jana obedeció. Y yo me quedé mirando desde lejos, odiando, con una claridad nueva, que alguien hubiera hecho del mundo un lugar tan inseguro para ella.
No pude seguir mirando. Sentí que si me quedaba allí un minuto más iba a hacer exactamente lo que Jana me había pedido que no hiciera.
Iba a acercarme, a soltar alguna frase con demasiada mala leche, a romper esa educación falsa que lo cubría todo como una capa de barniz.
Y quizá Jana no necesitaba eso en ese momento.
Quizá quererla también consistía en respetar la forma en la que ella elegía sobrevivir a su propia madre, aunque a mí me estuviera costando un mundo no prender fuego a la mesa.
Así que cerré la revista que llevaba diez minutos sin leer y salí al patio.
Me apoyé en uno de los bancos, mirando hacia la zona del jardín donde la luz caía de forma irregular entre los árboles.
Durante unos segundos intenté no pensar en nada.
Estaba en eso cuando escuché pasos rápidos acercándose.
—Ares.
Me giré. Ramón venía hacia mí con determinación.
—Ya está —dijo al llegar a mi lado.
Le miré con cautela.
—¿Qué está?
—El plan. Ya está listo —insistió, bajando la voz, aunque no había nadie cerca—. Ya podemos ponernos manos a la obra.
Miré alrededor por instinto. El patio estaba bastante vacío. Un par de personas caminaban al fondo, un enfermero hablaba con alguien junto a la puerta, pero nadie parecía pendiente de nosotros.
—Vale —dije despacio—. ¿Qué necesitas?
Ramón se acercó un poco más.
—Entrar en el despacho.
—Eso ya me lo dijiste.
—Pero ahora te voy a decir por qué.
Suspiré, intentando no perder la paciencia.
—Ramón, el despacho está precintado. Hay policía. No podemos entrar sin más.
—Tenemos que hacerlo.
—¿Por qué?
Sus dedos se movían nerviosos a los lados del cuerpo, como si echara de menos tener algo entre las manos.
Y entonces lo dijo.
—Porque mi grabadora está dentro.
Mi cabeza tardó un segundo en entender la importancia de aquello.
—¿Qué?
Ramón miró hacia la puerta del edificio, luego otra vez hacia mí.
—La noche del asesinato la dejé grabando en el despacho del doctor Pardo.
En ese momento se me paró el mundo.
—¿Cómo que la dejaste grabando en su despacho?
—Tenía que investigarle —respondió, como si fuera evidente—. Lo de los clones. Yo sabía que ocultaba algo. Lo supe desde el primer día. Él no era quien decía ser.
Yo ya no estaba escuchando lo de los clones. Estaba pensando en la grabadora. En Ramón sin ella. En cómo demonios no me había dado cuenta antes.
Ramón llevaba aquella cosa encima desde que le conocía.
La tocaba, la encendía, la apagaba, rebobinaba fragmentos que nadie le había pedido oír.
Era casi una extensión de su cuerpo. Y, sin embargo, en los últimos días…
no la había tenido. No la llevaba en la mano.
No la había puesto sobre la mesa. No había grabado nuestras conversaciones ni los ruidos del pasillo.
Y yo no lo había visto. Había estado tan metida en Jana, en la policía, en las botellas, en mi propio desastre emocional, que se me había escapado el detalle más evidente de todos.
—Dios… —murmuré.