Cuando descubras la verdad Capítulo 22 #3
70%

Capítulo 22 #3

Jana respiró hondo.

—No te estoy haciendo nada. Estoy siendo honesta. Tarde, quizá. Pero honesta.

Él negó con la cabeza, mirando entre ella y yo.

—Te vas a arrepentir.

Esa frase sí me hizo reaccionar.

—Oye—

Jana me rozó la mano con la suya. Solo un segundo. Lo justo para frenarme.

—No —dijo, sin apartar la vista de Robert—. No voy a arrepentirme.

Robert la miró un instante más. Luego a mí, con muchísima rabia.

—Estáis enfermas —murmuró.

Pol avanzó medio paso.

—Lárgate, Robert.

Esta vez Robert no respondió. Se dio la vuelta y se marchó por el pasillo, caminando demasiado rápido, con los hombros tensos y las manos cerradas. Nadie habló hasta que desapareció.

Teresa fue la primera.

—Bueno, ha sido desagradable, pero narrativamente potente.

Pol relajó los hombros.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Pero yo no le miraba a él. Miraba a Jana. Ella seguía muy seria, aunque ahora que Robert se había ido empezaba a notársele el temblor en las manos. Me acerqué un poco.

—¿Tú estás bien?

—Sí.

No sonó del todo cierto. Le cogí la mano, esta vez sin esconderlo. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con fuerza. Y en medio de aquel pasillo, con Pol, Teresa y Ramón mirando de forma nada disimulada, Jana no la soltó.

Sentí algo que no esperaba. No fue solo alivio.

Fue algo más profundo. Jana no había dudado.

No había mirado a Robert con culpa. No había suavizado la situación para que él no se sintiera mal.

No había intentado quedar bien con todo el mundo, ni hacer de puente, ni pedirme a mí que entendiera su dolor.

Había llegado, había visto lo que estaba pasando y se había puesto a mi lado.

Delante de todos. Y eso me atravesó. Porque, por primera vez, sentí que no estaba compitiendo contra Robert.

Que no era una intrusa en una historia ajena.

Que Jana no estaba partida en dos mitades iguales, intentando que ninguna se rompiera.

La había visto elegir. Con miedo, seguramente.

Con temblor en las manos. Pero me había elegido.

A mí.

Me di cuenta de que estaba sonriendo un poco tarde, cuando Pol me miró con esa cara insoportable de quien lo entiende todo y disfruta demasiado.

—Bueno —dijo—. Yo creo que ahora sí que la partida de cartas puede esperar.

Ramón nos miraba con atención, como si estuviera archivando la escena dentro de alguna categoría privada.

—La alianza se ha confirmado —murmuró.

Jana me apretó la mano una vez, muy breve, y entonces supe que necesitaba salir de allí tanto como yo.

—Vamos —le dije en voz baja.

Asintió y nos fuimos juntas por el pasillo. Yo notaba su mano todavía en la mía. Cada pocos pasos quería mirarla, comprobar que seguía bien, que lo de Robert no la había roto más de lo que estaba dejando ver. Pero me aguanté hasta llegar a la habitación.

Jana cerró la puerta.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

No le di tiempo a decir nada. Le cogí la cara con las dos manos y la besé. Con ganas. Con todas las que se me habían quedado atrapadas en el pasillo. Jana enseguida respondió. Sus manos fueron a mi cintura, agarrándome como si también necesitara sujetarse a algo.

Cuando me separé, seguía sosteniéndole la cara.

—No me esperaba que hicieras eso —dije.

—¿El qué?

—Defenderme así. Delante de todos.

—Robert se ha pasado tres pueblos.

—Ya.

—Y no tenía derecho a hablarte así.

—Ya, pero…

—No hay pero, Ares.

Lo dijo con esa firmeza suya, tan Jana.

—Obvio que voy a defenderte.

—Pues ha sido muy romántico.

—¿Romántico?

—Muchísimo.

Se le escapó una sonrisa pequeñísima, de esas que intentaba esconder y nunca conseguía del todo conmigo.

—Estás fatal.

—Y tú estás muy guapa cuando te pones en plan protectora.

Jana puso los ojos en blanco, pero esta vez no se apartó cuando me acerqué más.

—No estaba en plan protectora.

—Claro que sí.

—Estaba siendo razonable.

—Ah, perdona. Entonces estás muy guapa cuando eres razonable con tono de “como vuelvas a tocarla te arranco la tráquea”.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

La miré.

Jana aguantó dos segundos.

—Un poco.

Me reí y la abracé por la cintura, apoyando la frente en su hombro. Ella me rodeó también.

—¿Estás bien? —le pregunté, esta vez más seria.

—Sí —dijo al final—. Creo que sí.

—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.

—No me estoy haciendo la fuerte.

—Jana.

Suspiró.

—Vale. Estoy… rara. No mal, exactamente. Solo rara.

Asentí, acariciándole la mandíbula con el pulgar.

—Es normal.

—No me gusta que me vea así —admitió—. No me gusta haberle hecho daño. Pero tampoco podía seguir dejando que hablara de mí como si yo no estuviera.

—Has estado increíble.

Bajó la mirada.

—No lo sé.

—Yo sí.

Le levanté un poco la cara, suave, para que volviera a mirarme.

—Y gracias.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí.

Jana se acercó y me dio un beso.

Me separé con una sonrisa.

—¿Uno?

Jana suspiró, resignada, y me dio tres besos más. Dos en los labios y uno en la comisura.

—Cuatro —dijo.

—Mucho mejor.

Me miró como si quisiera parecer molesta, pero no le salió. Y para mí, en ese momento, no había nada más bonito que eso.