Cuando descubras la verdad Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Jana bajó la mirada, esta vez ya claramente avergonzada, y yo noté una felicidad absurda en el pecho.

De esas que no dependen de que todo esté bien, porque nada estaba bien del todo.

Seguía habiendo un asesinato sin resolver, falsas pruebas incriminatorias, la policía rondando y demasiadas cosas que podían romperse en cualquier momento.

Pero esa mañana, en esa mesa, mientras Jana me corregía la posición de la bandeja y yo le robaba trozos de tostada solo para verla reaccionar, algo dentro de mí descansó lo suficiente para pensar que, quizá, incluso en un sitio como aquel, podían existir las mañanas buenas.

Después del desayuno, hubo terapia ocupacional, una sesión breve sobre gestión emocional y una clase dirigida en la que nos hicieron escribir tres cosas por las que estábamos agradecidos.

El día avanzaba y ratos me cruzaba con Jana en algún pasillo y nos mirábamos rápido, como si aún no supiéramos disimular todo lo que había pasado sin que se nos notara en la cara. Pero se nos notaba. Al menos a mí. Yo sentía que llevaba una especie de letrero luminoso en la frente.

Más tarde, después de comer, me dirigí hacia la sala común. Había quedado allí con Pol, Teresa, Iris y Ramón para jugar unas cartas. Iba por el pasillo, cuando Robert apareció delante de mí. No sé de dónde salió, pero se plantó en medio, obligándome a frenar.

—Tenemos que hablar —dijo.

Le miré de arriba abajo, despacio, sin disimular.

—¿Tú y yo?

—Sí. Tú y yo.

Había algo en su cara que no me gustó. Tenía los ojos rojos, como si hubiera dormido mal o llorado durante toda la noche. Pero no parecía triste. Parecía humillado. Y eso, en algunos hombres, es mucho más peligroso.

—No se me ocurre nada que tengamos que decirnos —respondí, intentando pasar por un lado.

Robert se movió conmigo, cortándome el paso.

—Tienes que dejar tranquila a Jana.

Ahí me detuve. No porque me intimidara, sino porque acababa de decir una frase tan tonta que necesitaba asegurarme de haberla oído bien.

—¿Perdón?

—Desde que llegaste al centro está rarísima —continuó—. No es ella. Le estás metiendo cosas raras en la cabeza.

—Jana tiene cabeza propia —dije—. Bastante más que tú, por cierto.

—No te hagas la lista conmigo.

—No me estoy haciendo nada. Es que me sale natural.

Su expresión se endureció. Dio un paso hacia mí y yo, por puro orgullo, no retrocedí ni un centímetro.

—No sé qué le has dicho ni qué le has hecho creer —dijo—, pero se le va a pasar.

Solté una risa sarcástica.

—Aléjate de ella.

El tono ya no era una petición. Era una orden. Y si algo me sentaba especialmente mal en la vida era que alguien como Robert intentara darme órdenes a mí.

—Mira —dije, bajando un poco la voz—. Jana hará lo que le dé la gana.

Robert se puso rojo.

—La estás confundiendo con tus tonterías.

—No, cariño. Confundida estaba antes.

—Es mi novia.

—Era.

Vi cómo esa última palabra le golpeaba en la cara más fuerte que un puñetazo.

—Va a recapacitar —dijo, ya con la voz más alta—. Jana necesita estabilidad. Necesita a alguien que la entienda, no necesita amigas como tú que la vuelven loca y le agravan sus problemas.

Eso me dolió, pero sabía exactamente dónde quería clavar el cuchillo.

Sonreí.

—Pues si tanta estabilidad le dabas, no entiendo cómo ha tardado tan poco en querer salir corriendo.

—Cállate.

—No.

—Que te calles.

—No voy a callarme porque a ti te moleste que Jana tenga criterio.

Robert dio otro paso hacia mí.

—No te atrevas a seguir metiéndole pájaros en la cabeza.

—Te repito que Jana no necesita que nadie le meta nada en la cabeza. Es inteligente, adulta y bastante capaz de decidir que ya no quiere estar con un tío mediocre que cree que tener novia es tener propiedad privada.

—¿Mediocre? Tú no sabes nada de mí.

—Sé que has tenido la suerte de estar con Jana durante un tiempo y que, aun así, has conseguido perderla. Eso ya dice bastante.

Le vi apretar los puños.

—Eres una puta enferma —soltó.

Noté cómo todo dentro de mí se iba hacia delante.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído.

Me acerqué yo esta vez.

—Repítelo.

—Ares.

La voz de Pol llegó desde el fondo del pasillo antes de que pudiera hacer alguna tontería. Giré la cabeza. Pol venía rápido, con Teresa detrás y Ramón a unos pasos, mirando la escena. Pol se colocó a mi lado casi de inmediato, marcando presencia.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

—Nada —dijo Robert, aunque su cara decía otra cosa.

—Pues para ser nada, estás gritando bastante —respondió Pol.

Teresa se acercó con calma, observando a Robert con desprecio.

—Las personas siempre elevan la voz cuando se les acaban los argumentos.

—Tú no te metas —le espetó Robert.

Pol dio un paso hacia él.

—Eh. Con Teresa, cuidado.

Ramón, desde detrás, murmuró:

—Posible sospechoso.

—Robert —dijo Pol, ahora más serio—. Baja el tono.

—¿Y tú quién eres, su guardaespaldas?

—Si hace falta.

Robert soltó una risa nerviosa, desagradable.

—Claro. Todos defendiéndola. Pobrecita Ares. La loca que va destrozando relaciones ajenas.

—Yo no he destrozado nada.

—Tú no tienes ni idea de lo que Jana necesita.

—Y tú sí, ¿no?

—Sí —escupió—. La conozco desde hace mucho más tiempo que tú.

—Pues qué pena que no te haya servido de mucho.

Robert perdió el poco control que le quedaba.

—¡Porque tú la has manipulado! ¡Desde que llegaste solo has hecho eso! Te metiste en su habitación, en su cabeza, en su vida… ¡y ahora está enferma de la cabeza como tú!

Y entonces apareció ella. Jana estaba al final del pasillo, quieta, con la cara muy seria.

—Robert —dijo.

Todos nos giramos. Robert cambió de cara al verla. Pasó de la rabia a la súplica en cuestión de un segundo.

—Jana, menos mal. Diles que—

—Cállate.

Robert se quedó paralizado.

—¿Qué?

Jana caminó hacia nosotros. No parecía nerviosa. O quizá sí, pero lo llevaba por dentro. Se colocó a mi lado.

—He dicho que te calles —repitió, más firme.

Robert la miraba como si no la reconociera.

—Jana, estás montando todo esto por ella.

—No —respondió—. Estoy montando todo esto porque me estás faltando al respeto.

—Yo solo intento—

—No. Tú no estás intentando nada. Estás gritando en un pasillo, insultando a Ares y hablando de mí como si yo no pudiera decidir por mí misma.

Robert abrió la boca, pero Jana levantó una mano.

—No he terminado.

Y cerró la boca.

Pol me lanzó una mirada mínima, como diciendo: madre mía. Yo no pude contestarle. No podía apartar los ojos de Jana.

—Ares no me ha metido nada en la cabeza —continuó Jana—. No me ha manipulado. No me ha confundido. No me ha obligado a nada. Lo que siento, lo siento yo. Lo que he decidido, lo he decidido yo. Y si no eres capaz de aceptar eso, el problema es tuyo.

—Pero nosotros—

—Nosotros ya no —le cortó.

La frase cayó limpia. Definitiva. Robert se quedó muy quieto. Tenía los ojos húmedos, pero esta vez no me dio pena, porque una cosa era sufrir y otra intentar convertir tu dolor en un arma contra los demás.

—No puedes hacerme esto —dijo él, más bajo.