Capítulo 22
Delante de todos
Aquella noche nos quedamos dormidas en la cama de Jana. El cuerpo, después de tanta tormenta —la de fuera y la de dentro—, encontró un sitio donde quedarse y no preguntó más.
En algún momento, la lluvia se convirtió en un ruido lejano contra los cristales y Jana terminó encajada contra mí, con la cabeza cerca de mi pecho y una mano apoyada en mi cintura.
Yo tampoco me moví. Ni siquiera cuando se me durmió un brazo. Hay incomodidades que una acepta con dignidad si la alternativa es apartarse de alguien a quien quiere tener cerca.
No sé en qué momento me quedé dormida del todo. Solo recuerdo esa sensación preciosa de haber dejado de luchar contra todo por unas horas. Como si la habitación, el centro, la investigación, Robert, la policía y el resto del mundo hubieran quedado fuera.
Hasta que llamaron a la puerta.
Toc, toc, toc.
Abrí los ojos de golpe. Durante medio segundo no entendí nada. No sabía dónde estaba, por qué tenía tanto calor, por qué mi pierna estaba enredada con otra pierna que claramente no era mía.
Entonces lo recordé todo. Y acto seguido recordé algo mucho más urgente: la enfermera entraba por las mañanas para despertarnos.
—Mierda —susurré.
Los golpes volvieron a sonar.
Esta vez más impacientes.
—¡Chicas!
Me incorporé de un salto, con tan poca elegancia que le di un codazo a Jana en la cara.
Ella se movió un poco, todavía medio dormida, mientras yo intentaba salir de la cama sin saber muy bien dónde acababa la sábana, dónde empezaban mis piernas, qué parte de mi ropa seguía conmigo y cuál había desaparecido en algún momento de la noche.
—Mierda, mierda, mierda…
Puse un pie en el suelo. El segundo pie se quedó enganchado en la sábana y salí disparada hacia delante con la coordinación de un animal recién nacido.
Tropecé, intenté sujetarme a la mesilla, fallé, choqué con la silla y terminé avanzando hacia mi cama en una especie de carrera, agachada, medio desnuda, medio envuelta en tela, haciendo más ruido del que cualquier persona sensata haría en una situación que requería discreción.
Jana se despertó del todo con el estruendo.
—¿Qué…?
Levantó la cabeza, justo a tiempo para verme atravesar la habitación casi haciendo la croqueta. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Ares…
—No hables —siseé, arrastrándome ya los últimos centímetros—. No existo.
Conseguí llegar a mi cama de puro milagro. Me lancé debajo de las sábanas, tiré de ellas hasta la barbilla y cerré los ojos con una rigidez teatral justo en el mismo instante en que la puerta se abría.
La enfermera asomó la cabeza.
—¡Desayuno en diez minutos!
No respondimos. Ninguna de las dos. Jana se había quedado tumbada en su cama, también inmóvil, con una mano todavía sobre la sábana y una expresión que, si la enfermera hubiera mirado un segundo más, nos habría mandado directamente a una evaluación psicológica complementaria.
Pero no miró demasiado. Por suerte solo abrió la puerta, soltó su frase de cada mañana y volvió a cerrarla.
Yo seguía metida bajo las sábanas, boca arriba, con el corazón a punto de reventarme dentro del pecho. No me atrevía a mover ni una pestaña.
Pasaron dos segundos y abrí un ojo. Jana seguía quieta.
Luego giró la cabeza hacia mí. Nos miramos muy serias.
Y entonces Jana empezó a reírse a carcajadas.
Una risa real, luminosa, completamente incontrolable.
Se tapó la boca con la mano, pero fue inútil.
La risa le sacudía los hombros, le desordenaba la cara, le quitaba todo ese control que normalmente llevaba puesto como una armadura.
Y claro, yo también empecé. Intenté aguantarme, pero no pude.
Me reí tan fuerte que tuve que hundir la cara en la almohada para no hacer más ruido.
—Casi te matas —dijo Jana entre carcajadas.
—No exageres —respondí, todavía desde mi cama—. Ha sido una maniobra táctica.
—Has chocado con la silla.
—Parte del plan.
—Y casi te llevas la mesilla por delante.
—Improvisación avanzada.
Jana volvió a reírse, y verla así me hizo sonreír como una idiota.
Cuando el peligro inmediato pareció haber pasado, aparté las sábanas y me levanté otra vez, esta vez con un poco más de dignidad, aunque solo un poco. Crucé la habitación todavía despeinada y volví a meterme en la cama con ella.
Jana me hizo sitio sin decir nada, como si fuera lo más natural del mundo. Me tumbé a su lado y ella se acomodó de frente a mí, con la sonrisa todavía temblándole en la boca.
—No esperaba que nuestro primer despertar juntas fuera así —dije.
—¿Ah, no?
—No. En mi cabeza era más elegante. Yo te traía el desayuno a la cama, tú me sonreías medio dormida, todo muy cinematográfico.
—¿Tú trayéndome el desayuno a la cama?
—Sí.
—¿Sin tirar nada?
—Bueno, eso ya es pedir demasiado.
—Está complicado.
—Mucho —admití—. Además, creo que en este centro el desayuno en la cama cuenta como tráfico de sustancias.
—Grave delito.
—Muchísimo. Me podrían caer años.
La luz de la mañana entraba débil por la ventana, grisácea, todavía con restos de tormenta en el cielo.
Jana me acarició la mano bajo la sábana.
—Buenos días —dijo, bajito.
Y esa frase, en su voz, en su cama, después de todo lo que había pasado, me pareció una cosa enorme.
—Buenos días.
Nos acercamos casi al mismo tiempo. El beso fue suave. Torpe al principio por la sonrisa, por la vergüenza, por esa felicidad nueva que todavía no sabíamos manejar. Pero luego se volvió más profundo. Un beso de buenos días de verdad. Cuando nos separamos, Jana apoyó la frente contra la mía.
—Cuatro —susurró.
Sonreí.
—Claro.
Y nos dimos los otros tres.
Ella cerró los ojos, satisfecha, y yo no pude evitar pensar que podía acostumbrarme peligrosamente a eso. A sus rituales y a sus manías.
Nos quedamos abrazadas un rato más, aunque sabíamos que teníamos que levantarnos.
El desayuno en diez minutos ya debía de ser desayuno en tres, pero ninguna se movía.
Jana tenía la mano en mi cintura. Yo le acariciaba la espalda.
Y las dos sonreíamos como si nos hubieran dado una noticia buenísima que todavía no nos atrevíamos a contarle a nadie.
Porque, de alguna forma, era eso. Una noticia secreta.
Una vida nueva empezando dentro de otra que seguía siendo un desastre.
Pero esa mañana, por un rato, el desastre parecía menos urgente.
Yo la miré, con el pecho lleno de una emoción que no sabía si llamar alegría, alivio o pura incredulidad. Estábamos en una nube. Las dos. Y por primera vez no tuve ganas de bajarme.
Pero Jana fue la primera en romper la magia.
—La habitación está fatal.
Cerré los ojos un segundo.
—Jana…
—No, de verdad. Mira eso.
—¿El qué?
—Hay una camiseta debajo de la silla.
—¿Y qué pasa?
—Y la silla está torcida.
Jana se incorporó un poco, apoyándose en un codo, con el pelo todavía revuelto y la cara preciosa de hace un minuto, pero ya con esa mirada de inspectora de catástrofes domésticas.
—Y tus zapatillas están ahí tiradas, cada una en una punta.
Resoplé contra la almohada.
—Qué tragedia. Avisemos a la policía.
—No te rías.
Jana me miró. Y ahí se le suavizó la cara, aunque intentó disimularlo. Me acerqué y le di un beso rápido.
—No me manipules con besos —dijo.
—Está funcionando.
—Un poco.
—Luego recogemos juntas, ¿vale? Te prometo que la camiseta vuelve al armario y las zapatillas se reconcilian.
Jana me observó unos segundos, evaluando si podía confiar en semejante promesa.
—Juntas —repitió.
—Juntas.
Asintió, satisfecha, y por fin salimos de la cama. Cada vez que una miraba a la otra, había algo ahí. Algo nuevo. Algo que nos hacía apartar la vista un segundo después, como si todavía nos diera vergüenza ser tan evidentes incluso estando solas.
Cuando llegamos al comedor, el mundo seguía exactamente igual que siempre.
El café seguía oliendo a castigo institucional y todos estaban sentados en su sitio.
Pero nosotras no estábamos igual. Nos sentamos una al lado de la otra, quizá demasiado cerca para lo habitual, aunque intentamos hacerlo parecer natural.
Jana colocó su bandeja con precisión. Yo dejé la mía donde cayó.
Ella la movió dos centímetros hacia la izquierda sin mirarme.
—Gracias.
—De nada.
—No sé qué haría sin ti.
—Nada bueno.
Se me escapó una risa. Jana también sonrió sutilmente.
Pol, que estaba sentado enfrente, levantó la vista de su tostada y nos miró.
—Bueno, bueno… —dijo lentamente—. Alguien se ha levantado de buen humor hoy.
—Qué va —respondí, cogiendo el café—. Estoy insoportable como siempre.
—No, no. Hoy hay brillo.
—Será grasa facial.
—No sé yo...
Jana bajó la mirada hacia su taza, pero vi cómo intentaba contener la sonrisa.
Teresa entrecerró los ojos, observándonos con interés.
—Aquí ha pasado algo.
Jana se atragantó un poco con el café. Yo tuve que mirar hacia otro lado para no reírme demasiado.
El problema era que nos daba la risa por cualquier cosa.
Por una frase de Pol, por una mirada, por cómo Jana intentaba cortar la tostada en cuatro partes iguales y yo le robaba un trozo antes de que terminara el ritual.
—Ares —me advirtió en voz baja.
—¿Qué?
—Ese era el cuarto trozo.
—Pues ahora es el primero de mi digestión.
—Eres imposible.
—Y aun así aquí estás.
Pol dejó caer la tostada en el plato.
—Vale, confirmadme una cosa: ¿os han cambiado la medicación o por fin habéis decidido dejar de pelearos como dos gatas metidas en una lavadora?
—Pol —dije, mirándole con advertencia.
—Pregunto por el bienestar del grupo.
—Pues pregunta menos.
Teresa tomó un sorbo de café y suspiró.
—Sea lo que sea, me alegra. Estabais agotando incluso a mis personajes secundarios.