Capítulo 21
La tormenta
Tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormida. Giré la cabeza hacia su cama. Ella no se movía, pero algo me decía que tampoco dormía.
Y entonces, de repente, el cielo se rompió. Un trueno retumbó tan cerca que hizo vibrar los cristales de la ventana. Instintivamente abrí los ojos, mirando hacia la oscuridad, justo cuando un relámpago iluminó la habitación. Después, la lluvia, fuerte y constante. Golpeando contra todo.
—Ares… —la voz de Jana, bajita, desde la otra cama.
—¿Sí?
—¿Estás despierta?
Sonreí en la oscuridad.
—Sí.
—¿Puedes venir?
—¿Te dan miedo los truenos?
—Un poco —admitió—. Suenan muy cerca.
Me levanté y crucé el espacio que separaba nuestras camas. Me metí en su cama con cuidado, intentando no hacer ruido.
—Hola —susurré.
—Hola —respondió ella, igual de bajo.
Sonó otro trueno. Jana se asustó y me acerqué un poco más.
—Tranquila —dije, en voz baja.
Nos quedamos así, muy juntas, sintiendo la lluvia caer fuera, el sonido constante, los golpes lejanos del cielo. Y entonces se me ocurrió.
—Ven.
Tiré un poco de la sábana.
—Vamos a meternos debajo.
—¿Debajo?
—Sí. Como cuando eres pequeña. Así se escucha menos.
Nos metimos completamente bajo las sábanas, cubriéndonos hasta la cabeza y el ambiente cambió al instante.
El sonido de la lluvia se volvió más amortiguado, más lejano.
Los truenos sonaban más suaves, como si alguien hubiera bajado el volumen.
Y dentro solo estábamos nosotras, muy cerca. El aire se volvió más íntimo.
Jana soltó el aire despacio.
—Vale… —murmuró—. Esto funciona.
—Te lo dije.
Nos quedamos así, mirándonos a escasos centímetros, con la pequeña luz que se filtraba desde fuera, dibujando sus facciones bajo la sábana.
—Gracias por estar aquí conmigo.
Bajo las sábanas, todo sonaba distinto, como si el mundo se hubiera reducido a ese espacio tibio donde solo cabíamos las dos.
Afuera, la tormenta seguía golpeando los cristales. La lluvia caía con fuerza, y de vez en cuando un trueno volvía a retumbar.
La miré en la penumbra. Tenía los ojos abiertos, fijos en mí, todavía con ese resto de vulnerabilidad que le dejaba la tormenta. Algo en su cara me ablandó por completo.
—No hay nada en el mundo que me apetezca más que estar aquí contigo —le dije.
Jana no contestó, pero su mano buscó la mía bajo la sábana.
Cuando nuestros dedos se encontraron, los entrelazó despacio.
Yo le acaricié el dorso con el pulgar, muy suave, y noté cómo su respiración cambiaba.
Ese gesto, tan simple, fue suficiente para que todo empezara a moverse.
Primero fue mi mano soltando la suya con cuidado.
Luego el contacto lento de mis dedos subiendo por su antebrazo.
Su piel estaba cálida, suave, y bajo la yema de los dedos sentí ese pequeño estremecimiento que intentó disimular, pero no pudo.
Seguí hacia el codo, hacia el hombro, sin prisa, dándole tiempo a apartarse si quería.
Pero no lo hizo, al contrario, se acercó un poco más.
El espacio entre las dos desapareció casi por completo.
Mi mano pasó por su hombro y siguió hacia su espalda, recorriéndola por encima de la camiseta. Jana cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos, ya no parecía asustada por la tormenta. Parecía más despierta. Más consciente de mí.
Yo tampoco estaba pensando demasiado. Solo la sentía. Su respiración cerca de mi boca, el calor de su cuerpo, el roce de su pierna contra la mía bajo las sábanas.
Llevé la mano a su nuca. La sostuve, con los dedos enredándose un poco en su pelo, acercándola lo suficiente para que entendiera lo que quería.
Jana soltó un pequeño suspiro, tan bajo que casi se perdió entre la lluvia.
Pero yo lo escuché. Y me atravesó entera.
Entonces fue ella quien terminó con la distancia.
Su mano subió hasta mi nuca y me acercó del todo.
Nos besamos.
Al principio fue un roce profundo, lento, como si las dos estuviéramos intentando entrar en el mismo ritmo.
Pero duró poco esa contención. Jana abrió un poco más la boca contra la mía y el beso se volvió más intenso.
Su lengua rozó la mía y respondí acercándome más, apretando los dedos en su nuca, sintiendo cómo ella hacía lo mismo, cómo su mano me sujetaba como si no quisiera que me escapara.
El beso fue creciendo despacio, pero sin vuelta atrás.
Más profundo. Más largo. Más urgente cada vez que nos separábamos para respirar y volvíamos a encontrarnos enseguida.
Nuestras piernas se entrelazaron bajo las sábanas. Su rodilla encajó entre las mías y sentí cómo el cuerpo entero reaccionaba a esa cercanía.
Jana se pegó más a mí. Yo la atraje por la cintura. El aire bajo la sábana se había vuelto caliente, lleno de nuestras respiraciones mezcladas. Afuera volvió a sonar un trueno, pero esta vez ninguna se movió. Jana ni siquiera se fijó. Solo me besó con más ganas.
Su boca. Sus manos. La forma en que mi nombre parecía estar a punto de escapársele incluso cuando no decía nada.
Y yo, que había pasado el día entero intentando alejarme para no sufrir, entendí en ese momento que había lugares de los que una no puede escapar.
Ni corriendo. Ni cambiando de habitación.
Ni fingiendo que se puede vivir sin lo que más deseas.
El calor empezó a hacerse evidente. Primero en la forma en que nos buscábamos la boca después de cada respiración. Luego en cómo nuestros cuerpos iban encontrando huecos, encajando, rozándose con una necesidad que ya no tenía nada de inocente.
Nada parecía suficiente. Cada vez que Jana se acercaba más, yo sentía que aún quedaba demasiada distancia entre nosotras.
Me separé unos centímetros para mirarla.
—Jana… —susurré, con la voz más rota de lo que esperaba—. ¿Estás bien con esto?
Ella tenía la respiración acelerada. Ya no había solo nervios. Había deseo y decisión.
—No hay nada que desee más —dijo.
Después, bajó un poco la mirada, y su voz cambió. Se volvió más pequeña, más vulnerable.
—Pero estoy nerviosa. Nunca he estado así con una chica.
Le acaricié la mejilla con el pulgar.
—Lo sé.
La ternura me golpeó casi con la misma fuerza que el deseo.
—No tienes que saber hacerlo todo —le dije contra la boca—. Solo tienes que decirme si algo no te gusta.
—Vale.
—Y dejarte llevar un poco.
Una pequeña risa nerviosa se le escapó.
—Eso se me da fatal.
—Ya lo sé.
La besé otra vez. Me moví sobre ella con cuidado, buscando su cuerpo sin prisa, esperando cada pequeña respuesta.
Jana me recibió con las manos en mi cintura, en mi espalda, en mi nuca, como si quisiera aprenderme por partes y a la vez no pudiera esperar.
Besé su cuello lentamente, justo antes de pasar mi lengua desde su clavícula hasta su oreja.
Le di un pequeño mordisco. Jana se estremeció.
Lo sentí en todo su cuerpo. No solo en la piel, también en la forma en que me agarró un poco más fuerte, en cómo su respiración se rompió en mitad de un suspiro.
Seguí despacio, atenta a ella, a cada reacción. No quería ir deprisa, pero era difícil contenerse. Porque Jana no dejaba de buscarme. Porque su cuerpo se arqueaba hacia mí como si fuéramos dos imanes. Porque cada vez que sus dedos me tocaban yo perdía un poco más la cabeza.
—Ares… —susurró.
Mi nombre en su boca sonó distinto. Como si ya no significara lo mismo.
Me senté encima de ella, apoyando mis rodillas en el colchón y la besé de nuevo.
Mordí su labio inferior como si quisiera comérmela.
Bajé lentamente hacia sus pechos y los besé, recorriendo cada parte de su torso con mi boca.
Noté como Jana se estremecía cuando se le erizó la piel.
Seguí bajando y besé su vientre. Palpé su ingle con mis manos y jugué con mis dedos cada vez más cerca de su zona más íntima.
Jana respiraba cada vez más fuerte. Me cogió del pelo, acercándome a su boca de nuevo y me besó como si no pudiera evitar hacerlo.
Yo sentí que la necesitaba todavía más cerca de mí.
Metí mi mano bajo su ropa interior y comprobé lo mojada que estaba. Eso me encendió aún más. Cuando empecé a tocarla, Jana se retorció hacia atrás, curvando su espalda y separándola del colchón. Gimió conmigo por primera vez y juro que pensé que era el sonido más bello que había oído jamás.
Sus gemidos, cada vez más constantes, se perdían entre el ruido de la tormenta. Cuando entré con mis dedos en ella, encendí la parte más salvaje de Jana y se mostró ante mí sin ningún tipo de pudor. El calor ya era insoportable cuando Jana se colocó encima de mí, intercambiando posiciones.
—Quiero probarte —susurró.
Bajó lentamente besando mi cuerpo. Y cuando me probó, lo hizo con mucha más seguridad de la que esperaba. Gemí muy fuerte, ya no podía más. Y Jana tapó mi boca con su mano para que no nos escuchasen, mientras introducía sus dedos en mí.
Nos miramos fijamente.
—Soy completamente tuya —dijo.
Volvió a subir para besarme y la recibí con una intensidad nueva.
—Yo siempre he sido tuya —respondí.
Jana me miró como si estuviera viendo algo nuevo y, a la vez, algo que llevaba tiempo queriendo mirar. Yo sentí una vergüenza breve, pero desapareció en cuanto sus manos me tocaron de nuevo.
El mundo se redujo a sus manos en mi espalda. A mi boca buscando la suya cada vez que la emoción amenazaba con desbordarnos. A la forma en que Jana, poco a poco, dejó de pedirle permiso a su propio miedo y empezó a estar allí de verdad. Conmigo. Entera.
El deseo fue creciendo hasta volverse casi insoportable, pero no era solo físico. Había algo más debajo. Algo mucho más hondo. La sensación de estar cruzando juntas un límite que ya no tenía vuelta atrás.
Jana temblaba. Yo también. Y en medio de la tormenta, con la lluvia golpeando la ventana y el cielo partiéndose afuera, nosotras nos fuimos deshaciendo dentro de la misma cama.
Después nos quedamos abrazadas bajo las sábanas, con la respiración todavía desordenada y la piel caliente. Me quedé mirándola. Jana seguía muy cerca, con el pelo un poco revuelto y la cara medio escondida entre la almohada y mi hombro.
Había algo mágico en verla así, sin defensa, sin control, sin esa rigidez con la que solía atravesar el mundo, que me dejó completamente embobada. Era preciosa.
Y entonces se me escapó.
—Te quiero.
Lo dije bajito, casi sin aire. Pero lo dije.
Jana levantó la cabeza unos centímetros. Sus ojos buscaron los míos en la penumbra, sorprendidos. Yo también estaba sorprendida. Muchísimo. Sentí calor en la cara.
—Perdón —dije, sin saber muy bien por qué me disculpaba—. No sé… se me ha escapado.
Jana sonrió. Una de esas sonrisas que nacen antes de que puedas evitarlas. Incrédula. Ilusionada.
—Yo también te quiero —dijo.
El pecho se me abrió de una forma casi dolorosa. Me reí, nerviosa, y ella también. Fue una risa llena de vergüenza y felicidad a la vez. Como si de pronto las dos tuviéramos quince años y no supiéramos qué hacer.
—Qué fuerte —susurré.
—Mucho —respondió ella.
Nos besamos otra vez. Nos reíamos contra la boca de la otra. Jana apoyó la frente contra la mía.
—Cuatro —murmuró.
—Claro.
Y entonces nos dimos los cuatro besos. Uno.
Dos. Tres. Cuatro. Exactos. A su manera.
Después nos quedamos abrazadas, todavía sonriendo en la oscuridad, mientras fuera la lluvia seguía cayendo como si el mundo pudiera permitirse, por una noche, no estropearnos nada.
Yo le acariciaba la espalda, sin querer que el momento terminara.