Cuando descubras la verdad Epílogo
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Epílogo

Salí del Vall de la Pau un jueves por la mañana. Una mañana gris con el aire algo húmedo y el sonido de una furgoneta descargando cajas al otro lado del aparcamiento.

Había imaginado muchas veces aquel momento. Durante los primeros meses, lo había imaginado como una fuga. Después, poco a poco, la imagen cambió. Ya no me veía corriendo. Me veía caminando.

Y eso fue lo que hice.

Caminé.

Sanz salió a despedirme en la entrada. No me abrazó, porque Sanz no era ese tipo de persona, y quizá yo tampoco necesitaba ese tipo de despedida de ella.

—Cuídate, Ares.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Solté una pequeña risa.

—Vale. Lo haré.

—Y sigue yendo a terapia.

—Sí, doctora.

—No lo digo como doctora.

Pol me acompañó hasta la salida, cargando con todas mis cosas, diciéndome lo mucho que me iba a echar de menos y lo orgulloso que estaba de mí.

Teresa me dio un pañuelo bordado que, según ella, pertenecía a “una etapa en la que había renacido”.

Ramón me entregó una nota doblada con instrucciones para detectar micrófonos ocultos en mi piso.

Iris me abrazó demasiado fuerte y me dijo al oído que nada sería lo mismo sin mí.

Los miré a todos antes de cruzar la puerta.

Durante mucho tiempo había pensado en aquel sitio como una jaula. Y quizá lo fue. Al principio. Pero también había sido otra cosa. Un lugar horrible y necesario, donde me había roto de maneras que no sabía que eran posibles, pero donde también me había dejado ayudar por primera vez en mi vida.

Vino a buscarme mi hermana, y al abrazarla entendí lo mucho que la había echado de menos y lo agradecida que estaba de tenerla en mi vida.

Los primeros meses fuera no fueron fáciles.

La libertad, descubrí, también podía desregularte. De pronto nadie te decía cuándo comer, cuándo ducharte y cuándo irte a dormir. Podías hacer lo que quisieras, y esa posibilidad, en vez de parecerme maravillosa, a veces me dejaba paralizada en mitad del salón, sin saber por dónde empezar.

Volví a mi piso compartido. Mis compañeros me recibieron con alegría, pero también con miedo a preguntar de más.

Limpié mi habitación. Tiré bolsas enteras de cosas que ya no quería.

Compré sábanas nuevas. Seguí yendo a terapia.

Dos veces por semana al principio, luego una.

Conseguí un trabajo a media jornada en una librería pequeña del Eixample, donde nadie sabía quién había sido yo dentro del centro ni qué cosas había enterrado para poder salir de allí.

Me gustaba eso. Que la gente me preguntara por novelas, por descuentos, por si tal autor tenía algo nuevo, y no por mis episodios, ni por mi diagnóstico, ni por si estaba bien o mal.

Aprendí a vivir en porciones manejables.

Ducha. Desayuno. Trabajo. Terapia. Compra. Dormir.

Había mañanas en las que el cuerpo se me llenaba de una tristeza tan densa que volver a la cama parecía la única opción razonable.

Había noches en las que tenía pesadillas y me despertaba con la camiseta pegada al pecho.

Había momentos en los que echaba tanto de menos a Jana que me daba hasta miedo imaginarla.

Decidí no hablar con Jana nada más salir.

La explicación oficial, la que me daba a mí misma y sonaba bastante inteligente, era que necesitaba poner mi vida en orden antes de aparecer en la suya.

Tenía que encontrar el ritmo, aprender a vivir de nuevo y saber quién era yo fuera de Vall de la Pau.

Había aprendido algo allí dentro, quizá lo único que podía considerarse realmente útil: no todo lo que duele exige una respuesta inmediata.

Esa era la versión adulta. La que incluso mi terapeuta habría aprobado con un gesto sereno y un “parece una decisión muy consciente, Ares”.

Pero había otra versión, más decepcionante y probablemente más cierta.

No la llamé porque tenía miedo. Un miedo enorme y vergonzoso de marcar su número y que tardara demasiado en contestar.

Miedo de escuchar su voz y notar algo distinto.

Miedo de que me hablara con cariño, sí, pero con ese cariño cuidadoso que se reserva para las personas que fueron importantes y ya no ocupan el mismo sitio.

Miedo de que hubiese seguido adelante y de que, mientras yo había estado aprendiendo a no romperme, ella hubiera aprendido a vivir sin mí.

Y buscarla significaba arriesgarme a descubrirlo. Así que no la busqué el primer día, ni la primera semana, ni el primer mes. Durante mucho tiempo pensé que verla otra vez, significaría volver a perder el control.

Una tarde pensé en nuestro primer beso, en aquella piscina del centro, en nosotras con los pies en el agua, bebiendo cerveza, fingiendo que aquello era una playa.

Y sentí la necesidad de ir a aquel lugar del que tanto me había hablado.

Pensé que, yendo allí, estando en su playa favorita, me sentiría más cerca de ella de alguna forma.

Así que fui. Era una cala pequeña, recogida entre acantilados y vegetación salvaje.

No tenía el ruido constante de la ciudad pegado a la espalda.

Allí la arena era más gruesa, mezclada con piedrecitas, con restos de sal y algas secas cerca de la orilla.

Las rocas formaban pequeños refugios naturales donde poder sentarse sin que nadie te viera desde lejos.

No había chiringuitos, ni duchas, ni sombrillas.

Solo el olor a pino, a sal, a humedad y el rumor del Mediterráneo respirando contra la orilla.

Enseguida entendí por qué a Jana le gustaba tanto aquel sitio. Era un lugar para esconderse sin desaparecer del todo. Para sentarse frente al mar y no tener que explicar nada. Para existir, simplemente.

Me quedé en silencio, mirando el horizonte.

Y entonces escuché una voz.

—Llevas un cordón desatado.

La reconocí.

No me giré enseguida, necesitaba un segundo para no romperme antes de tiempo.

Cuando finalmente lo hice, Jana estaba allí. De pie sobre la arena, con una chaqueta oscura y el pelo suelto moviéndose con el viento.

Me levanté.

Durante unos segundos ninguna dijo nada. Nos miramos como se mira a alguien que conoces demasiado y, al mismo tiempo, llevas meses intentando imaginar de nuevo.

—Hola —dijo.

Su voz me atravesó.

—Hola.

—Si no te lo atas te vas a caer al final —dijo, mientras se agachaba a atarme el cordón.

Solté una risa.

Y esa risa me salvó de llorar demasiado pronto.

—Veo que la distancia no te ha curado lo insoportable.

—No todo se puede tratar en terapia.

Nos quedamos mirándonos.

Jana dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Se detuvo cerca. Lo justo para que pudiera notar su perfume mezclado con el olor del mar.

La miré durante unos segundos más, intentando acostumbrarme al hecho de tenerla delante y no solo dentro de la cabeza.

Había imaginado ese momento de demasiadas maneras.

En algunas corría hacia ella. En otras le reprochaba haberse ido.

En otras nos besábamos sin hablar. Pero la realidad fue mucho más sencilla y, por eso mismo, más difícil.

—Has venido —dijo.

Asentí.

—Sí.

—No sabía si lo harías.

Bajé la mirada hacia la arena.

—Yo tampoco.

Jana miró hacia el mar y luego otra vez hacia mí.

—He venido todos los días.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Aquí —dijo—. Desde que salí del centro.

—¿Todos los días?

Jana asintió.

—Al principio venía porque no sabía dónde meterme —explicó—. Aquí al menos no tenía que fingir que estaba bien.

La miré sin poder hablar.

—Y luego seguí viniendo porque pensé que, si algún día salías y no sabías cómo encontrarme… quizá recordarías este sitio.

Sentí que algo se me abría en el pecho.

—Jana…

—Era una idea absurda —dijo, encogiéndose un poco de hombros—. Muy poco práctica. Nada garantizada. Cero eficiente.

—Terrible para tus estándares.

—Espantosa.

—Y aun así venías.

—Y aun así venía.

Tuve que apartar la vista un segundo porque los ojos se me llenaron de lágrimas demasiado rápido.

Jana había vuelto a aquella cala una tarde tras otra, sin saber si yo aparecería alguna vez. No me lo podía creer.

—Este era el sitio.

Me giré a ver el paisaje.

—Es bonito.

—De noche más.

—Sí.

Se quedó callada un momento.

——Te he echado de menos —dije.

—Yo también.

Jana se acercó otro paso.

—Ares.

Me giré hacia ella.

—¿Sí?

Sus ojos bajaron un instante a mi boca.

Después volvieron a los míos.

—Creo que me debes algo.

Solté una risa nerviosa.

—Técnicamente me lo debes tú.

—Yo tengo otra versión de los hechos.

—Siempre la tienes.

—Y casi siempre es la correcta.

—No te vengas arriba.

Jana sonrió, pero también tenía lágrimas en los ojos.

Nos quedamos frente a frente. Me acerqué poco a poco. Jana me tocó la cara con una mano. Yo cerré los ojos.

Y entonces me besó.

El cuarto beso.

En cuanto reconocí su boca, algo dentro de mí cedió. Algo que llevaba meses intentando comportarse.

Sentí su respiración mezclarse con la mía, sus dedos sobre mi mejilla, y tuve que contener las ganas de llorar porque, de pronto, me pareció absurdo haber tenido tanto miedo de ella.

Había pasado tanto tiempo convenciéndome de que quererla demasiado podía volver a romperme, que me había olvidado de lo jodidamente increíble que era amar a Jana.

Y mientras la besaba, pensé que era, sencillamente, lo más maravilloso que me había pasado nunca.

Cuando nos separamos, ella apoyó la frente contra la mía.

—Hola otra vez —susurró.

Sonreí.

—Hola otra vez.