Capítulo 19 #2
—Oye —repetí, más firme—. Ramón, escúchame. Respira conmigo.
No reaccionó.
—Mírame —insistí, inclinándome un poco más hacia él—. Inhala… despacio.
Hice yo misma la respiración, exagerándola un poco para que la viera.
—Y suelta…
Pero él seguía atrapado en su bucle.
—Está aquí… está aquí… —repetía—. Viene a por mí…
—No hay nadie —dije—. Estás en tu habitación. Conmigo. No pasa nada.
No sabía si me estaba escuchando, pero no paré.
—Respira conmigo, Ramón. Vamos. Uno… dos…
Poco a poco, muy poco a poco, su respiración empezó a acompasarse ligeramente a la mía. No del todo, pero lo suficiente para que dejara de parecer que se iba a romper.
Y entonces, al bajar un poco la mirada… Lo vi.
Debajo de su cama. A medio esconder. El tornillo.
Me quedé completamente quieta. El mundo, durante un segundo, se detuvo.
Lo reconocí al instante: mismo tamaño, mismo tipo, misma forma.
Era el tornillo que faltaba en la rejilla.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Levanté la vista lentamente hacia Ramón, que seguía temblando y murmurando.
—Ramón… —dije, intentando mantener la voz estable—. ¿Eso de ahí…?
No terminé la frase, pero deslicé ligeramente la mirada hacia debajo de la cama. Él siguió murmurando un par de segundos más, como si no me hubiera oído.
—Viene a por mí… lo sabía…
Le apreté un poco los hombros.
—Ramón, mírame.
Esta vez sí. Tardó, pero levantó la vista. Sus ojos estaban completamente desbordados, pero había un mínimo de conexión.
—El tornillo —insistí, más bajo—. ¿De dónde lo has sacado?
—Yo… —murmuró—. Yo lo he encontrado.
—¿Dónde?
—Ellos no lo ven… —añadió, negando con la cabeza—. Nadie lo ve.
—Ramón —le corté, intentando mantenerle en la conversación—. Necesito que me lo expliques.
—He estado investigando. Todo este tiempo. Desde el principio.
Asentí, animándole a seguir.
—Pero nadie me escucha —añadió, con frustración—. Nadie.
—Yo te estoy escuchando —le dije.
—He encontrado el escondite —continuó, bajando la voz como si alguien pudiera oírnos—. El alcohol. Lo tenían oculto.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Dónde?
—En la rejilla del patio.
Mi cabeza empezó a ir demasiado rápido.
—¿Y el tornillo?
—Lo abrí —respondió, señalando vagamente hacia el suelo—. Abrí todas las rejillas del centro, busqué en cada rincón. Era imposible que el alcohol hubiera desaparecido. Tenía que estar en alguna parte. Y lo encontré.
Ahí estaba. Había sido Ramón. Respiré hondo, intentando que no se notara el impacto.
—Ramón… —dije, más seria—. ¿Le has dicho esto a la policía?
—No —negó—. No sé si puedo confiar en ellos.
El alivio fue inmediato.
—Mejor —respondí rápido—. Es mejor que no digas nada.
—¿Por qué?
Me acerqué un poco más, bajando la voz.
—Porque no sabemos en quién confiar todavía —improvisé—. Y si dices algo sin estar seguros… podemos estropearlo todo.
Ramón me miró fijamente, analizando lo que decía.
—Yo te ayudaré —añadí—. Pero tienes que confiar en mí.
—Llevo todo este tiempo intentando que me ayudes, pero no me escuchas.
—Lo sé, Ramón. Perdón. Pero ahora sí. Ahora estoy aquí.
Sus ojos se suavizaron ligeramente.
—Vamos a resolverlo juntos —añadí—. Pero paso a paso. ¿Vale?
Ramón dudó, pero al final asintió levemente.
—Confío en ti —dijo.
Y luego, de repente, su expresión volvió a cambiar y se inclinó hacia mí.
—Pero no puedes contarle esto a nadie.
Negué con la cabeza.
—A nadie.
—A nadie —repitió él, más firme—. O vendrán a por nosotros.
—Tranquilo —respondí—. No diré nada.
Ramón seguía mirándome con esa intensidad suya, como si en ese momento todo dependiera de lo que yo fuera a decir.
—Tengo un plan —dijo de repente.
—¿Un plan?
Asintió, bajando aún más la voz.
—Para descubrir quién ha sido —añadió—. El asesino.
Sentí un escalofrío. No sabía hasta qué punto aquello tenía sentido o era otra pieza más dentro de su caos, pero en ese momento… tampoco podía descartarlo del todo. Al fin y al cabo, Ramón había descubierto más cosas que la policía y estaba dispuesto a todo.
—Vale… —dije, con cuidado—. ¿Y qué necesitas?
—Tu ayuda —respondió, sin dudar.
—Te voy a ayudar —dije—. No te preocupes.
Eso pareció calmarle ligeramente.
—Perfecto —murmuró—. Perfecto…
Se pasó una mano por la frente, aún sudorosa, intentando recomponerse.
—Dame un par de días —añadió—. Necesito acabar de afinarlo. Es un plan complejo.
—Vale… —respondí en voz alta—. Lo que necesites.
En ese momento ya actuaba un poco a la desesperada. Me daba igual el plan, mientras no abriera la boca delante de la policía.
—Y entonces nos reunimos —continuó—. Te lo explico todo. Paso a paso. Y lo llevamos a cabo.
Asentí.
—Hecho.
—Pero recuerda, no puedes contárselo a nadie.
—A nadie.
—Solo tú —insistió—. Confío solo en ti.
—Lo sé. Tranquilo. No voy a decir nada.
Se quedó mirándome un segundo más, como asegurándose. Y finalmente asintió.
—Bien.
Me levanté del suelo.
—Descansa un poco, ¿vale? —le dije—. Luego hablamos.
Ramón no respondió, pero me siguió con la mirada mientras me dirigía a la puerta. La abrí y antes de salir, me giré.
—Todo va a ir bien.
No sabía si lo decía por él… o por mí. Y en cuanto me encontré sola en el pasillo, solté el aire. Ahora sabía quién había abierto la rejilla. Pero eso no hacía que el problema fuera más pequeño. Solo… diferente. Y quizás un poco más peligroso de lo que parecía.
Empecé a caminar sin un rumbo muy claro, dejando que lo que acababa de pasar terminara de asentarse. Y entonces un sentimiento de culpa se apoderó de mí.
Ramón llevaba tiempo así, intentando hablar conmigo. Y yo le había dado largas siempre. Porque escucharle suponía implicarse... y yo tenía ya suficiente con lo mío. Pero ahora no podía ignorarlo tan fácilmente. Había visto el tornillo. Había encontrado la rejilla y el alcohol. Había atado cosas.
Ramón no tenía ese filtro que te hace descartar lo improbable o lo que no encaja.
Y eso, en un sitio como ese podía ser una ventaja.
Porque donde el resto veía normalidad, él veía grietas.
Donde otros pasaban de largo, él se detenía.
Quizás equivocándose muchas veces, pero mirando de verdad.
No era tan descabellado. Si alguien en ese centro iba a fijarse en detalles que el resto pasaba por alto, era él.
Y si yo necesitaba entender qué había pasado realmente aquella noche quizás Ramón no era la peor opción.
No me hacía especial ilusión meterme en eso, ni de lejos. Pero la alternativa era peor. Quedarme quieta, esperar y cruzar los dedos para no estar metida en algo mucho más grande que yo.
Levanté la vista. Mi habitación estaba a unos metros. Sentí que, entre todo el caos, empezaba a haber un hilo. Fino e inestable, pero un hilo, al fin y al cabo. Y quizás si tiraba de él con cuidado podría empezar a desenredarlo todo.