Cuando descubras la verdad Capítulo 19
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Capítulo 19

Cada oveja con su pareja

Había pasado por ese mismo pasillo hacía nada, con la mochila a cuestas y la idea clarísima de que necesitaba salir de allí, poner distancia, respirar.

Y ahora… estaba deshaciendo todo eso con la misma rapidez.

Si alguien me viera desde fuera, pensaría que estaba completamente desquiciada. Y probablemente no iría mal encaminado.

Empujé la puerta de la habitación de Iris sin llamar. Ella estaba sentada en la cama, apoyada contra la pared.

—Vaya —dijo, arqueando una ceja—. Has vuelto rápido.

—Sí…

No supe muy bien por dónde empezar. Me acerqué a la cama y me agaché a coger la mochila, que seguía medio abierta, con mis cosas dentro tal y como las había dejado.

—Oye… —dije al fin, sin mirarla del todo—. Lo siento.

—¿Por?

—Por el caos —respondí—. Por llegar, instalarme… y ahora...

Iris soltó una risa, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Ares, estamos en un psiquiátrico —dijo—. Me espero cualquier cosa.

No pude evitar sonreír.

—Ya…

Seguí recogiendo algunas cosas, metiéndolas en la mochila con más prisa de la necesaria.

—Vuelvo con Jana —añadí al cabo de unos segundos.

Iris se quedó en silencio. Luego me miró. Y de repente… empezó a reírse a carcajadas.

Me quedé mirándola, confundida.

—¿Qué?

—Nada —dijo entre risas—. Es que… de verdad.

Negó con la cabeza, intentando calmarse.

—Esa chica te tiene completamente loca, ¿verdad?

La miré y me reí también.

—No sabes cuánto…

—Se te nota.

Me encogí de hombros.

—Supongo.

—¿Estás bien? —preguntó ella entonces, más seria.

—Estoy… mejor —respondí al final.

—Me alegro.

Terminé de recoger lo poco que había sacado y me colgué la mochila al hombro.

—Siento lo del cambio —añadí otra vez—. De verdad.

Iris se levantó de la cama, acercándose un poco.

—No pasa nada.

Hizo un gesto con la mano.

—Además, me gusta la gente intensa.

Sonreí.

—Ya lo había notado.

—Y oye —añadió, señalándome con el dedo—. Si eso sale mal…

Levanté una ceja.

—¿Sí?

—Mi armario sigue necesitando supervisión técnica.

Solté una pequeña risa.

—Lo tendré en cuenta.

Nos quedamos mirándonos un momento.

Y luego asentí.

—Nos vemos.

—Nos vemos, Ares.

Salí de la habitación con la mochila a la espalda.

Y esta vez no dudé ni un segundo hacia dónde iba.

El camino de vuelta se me hizo distinto.

Más ligero. No porque nada se hubiera resuelto del todo —de hecho, teníamos más problemas que antes—, pero sí porque había algo nuevo que lo atravesaba todo.

Jana. Lo que había dicho, lo que había sentido y lo que había hecho.

No podía quitármelo de la cabeza. Iba caminando por el pasillo y, sin darme cuenta, volvía una y otra vez a sus palabras.

A cómo me miraba cuando las dijo. A esa forma suya de intentar explicarse, de soltarlo todo, aunque no estuviera acostumbrada.

“No quiero orden, te quiero a ti.”

Sonreí.

Yo, que llevaba días dándole vueltas, convencida de que estaba sola en todo esto, de que lo estaba sintiendo demasiado, de que me estaba metiendo en algo que no iba a ser correspondido… Y resulta que no. Que estaba ahí, del otro lado, esperándome.

La sensación era bonita, intensa, un poco irreal incluso.

Como si en cualquier momento alguien fuera a decirme que me había equivocado, que había entendido mal, que no podía ser tan fácil.

Pero no lo era, porque de fácil no tenía nada.

Jana no era fácil, yo tampoco, y lo que teníamos entre manos…

mucho menos. Y aun así me sentía bien. Bien de verdad.

Ilusionada. Me paré antes de abrir la puerta, respiré hondo y sonreí otra vez, casi sin querer. Me sentía afortunada.

Cuando abrí, Jana estaba de pie, junto a la cama. Se giró al oírme entrar y, sin decir nada, se acercó directamente a mí. Me quitó la mochila del hombro con una naturalidad que me descolocó un poco y empezó a sacar mis cosas.

—Eh… —murmuré, observándola.

No me hizo caso. Cogía cada cosa, la doblaba, la colocaba en su sitio, ajustaba lo que hiciera falta como si llevara toda la vida haciéndolo. La ropa perfectamente alineada, los objetos bien distribuidos, todo encajando en su lugar con su precisión obsesiva.

Me quedé apoyada en la puerta, mirándola. Había algo hipnótico en su forma de moverse. En cómo necesitaba que todo estuviera bien colocado. En cómo eso, lejos de agobiarme en ese momento, me resultaba… entrañable. Familiar, incluso.

Jana notó mi mirada y se giró ligeramente.

—¿Qué?

No dije nada, solo sonreí un poco más.

—¿Por qué me miras así? —insistió.

—Porque me encanta hasta lo pesada que eres.

—¿Perdona?

—Eso —repetí, apoyándome en la cama—. Que eres una pesada. Pero me encanta.

Sonrió.

—Eres idiota.

—Sí —asentí—. Pero ahora es tu problema.

—Eso parece.

Estábamos todavía en ese momento suspendido, entre lo cotidiano y lo completamente nuevo, cuando llamaron a la puerta.

Jana y yo nos miramos.

—¿Sí?

La puerta se entreabrió y apareció la doctora Sanz.

—Ares —dijo—. ¿Puedes salir un momento? Necesito hablar contigo.

—Sí… —respondí—. Dame un momento y salgo.

Sanz asintió y cerró la puerta sin añadir nada más. En cuanto desapareció, noté cómo el pulso se me aceleraba.

—¿Crees que es por…? —empezó Jana.

—No lo sé —la corté, bajando la voz—. Pero tiene toda la pinta.

Nos quedamos en silencio.

—Joder… —murmuré, llevándome una mano a la cara—. Como sea eso…

—Tranquila —dijo—. No pueden saber nada todavía.

—Ya, pero si han abierto la rejilla…

Me acerqué a la puerta, respirando hondo un par de veces.

—Voy a ver qué quiere —dije—. No hagas nada raro.

—Todo va a estar bien.

Salí al pasillo y Sanz estaba esperándome unos metros más adelante.

—Ven —dijo, girándose—. Vamos al despacho.

La seguí intentando no pensar, pero era imposible. Mi cabeza iba adelantando escenarios, todos igual de malos: preguntas, sospechas, el tema del alcohol, el asesinato…

En el pasillo había un agente de policía y, a su lado, el inspector que nos interrogó el día del homicidio. En cuanto los vi, sentí una sacudida que me atravesó el pecho. Procuré no mirarlos demasiado, pero noté cómo sus ojos se clavaban en mi nuca mientras pasábamos de largo.

Sanz me hizo un gesto con la mano y entramos en su despacho.

—Siéntate.

Ella se colocó al otro lado de la mesa, observándome con más atención de la habitual.

—¿Cómo estás?

No era la pregunta que esperaba.

—Bien… —respondí, con cautela.

—He hablado con el personal que te acompañó después de la excursión —dijo—. Me han contado lo que ha pasado.

Asentí, sin saber muy bien hasta dónde quería llegar.

—Ha sido un episodio intenso —añadió—. Y no es la primera vez que vemos algo así en procesos de adaptación.

Me quedé en silencio, esperando.

—Quería saber cómo lo has vivido tú —continuó.

Ahí entendí que no estaba allí por la policía ni por el asesinato. Estaba allí por mí, y eso, de alguna forma, me descolocó más. Bajé la mirada, pensando qué decir. No quería mentir del todo, pero tampoco quería abrirme demasiado.

—Estoy… cansada —dije al final—. Supongo que me ha costado un poco adaptarme.

Sanz no interrumpió.

—Y salir fuera… —añadí—. El aire, el espacio… todo eso… —hice un gesto vago con la mano—. Creo que me desbordó un poco.

—Es más común de lo que parece —dijo—. A veces, cuando estás en un entorno muy contenido, el contraste con el exterior puede ser demasiado.

Me relajé un poco en la silla.

—Sí…

—¿Sueles tener este tipo de episodios?

—Alguna vez.

No entré en detalles. Sanz me observó unos segundos más, calibrando la respuesta, pero no insistió.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Lo importante ahora es que te cuides. Que descanses. Y que, si notas que algo así puede volver a pasar, lo comuniques cuanto antes.

Asentí.

—Y Ares… —añadió, suavizando un poco el tono—. Si necesitas hablar, puedes venir. No hace falta que esperes a que te llamemos.

Levanté la vista y vi algo distinto en su forma de decirlo. Menos distante, más… humana.

—No soy tan mala como me pintan —añadió.

—Lo tendré en cuenta.

—Puedes irte ya.

Me levanté. Y entonces, sin poder evitarlo, pregunté:

—¿En serio? ¿Nada más?

Sanz frunció ligeramente el ceño.

—¿Debería haber algo más?

Negué rápido.

—No, no… solo…

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Nada más.

—Vale… gracias.

Salí del despacho. Y en cuanto cerré la puerta detrás de mí, solté el aire que llevaba reteniendo desde que me había llamado. Un alivio inmediato. Tenía la sensación de que, por una vez, el universo había decidido darme una pequeña tregua.

Caminé por el pasillo dejando que el cuerpo terminara de soltar la tensión. Pero la cabeza… la cabeza no se apagaba tan fácil.

La rejilla. El tornillo. Alguien había estado ahí. Alguien había abierto ese escondite después de nosotras.

Y ahora había una pregunta que no dejaba de repetirse:

¿Quién?

Seguí avanzando, absorta en ese pensamiento, hasta que algo me hizo frenar.

Un sonido muy bajo, casi imperceptible. Venía de una de las habitaciones.

Me detuve a escuchar mejor. Era un susurro rápido y repetitivo.

Me acerqué un poco más. Venía de la habitación de Ramón.

Abrí la puerta con cuidado y lo vi. Ramón estaba en el suelo, hecho una bola, pegado a la pared, abrazándose a sí mismo.

Tenía la mirada completamente perdida, la respiración acelerada, y el cuerpo temblando.

—Ramón… —dije—. ¿Qué te pasa?

No reaccionó al principio. Seguía murmurando.

—Está aquí… está aquí… viene a por mí… lo sabía… lo sabía… necesito entrar… tengo que entrar…

—Ey, ey —me acerqué rápido, agachándome a su lado—. Ramón, mírame.

Pero no me miraba.

—Nos van a oír —susurró de repente, agarrándome del brazo con una fuerza inesperada—. Cierra la puerta. Cierra la puerta.

Miré hacia atrás. La puerta seguía entreabierta así que me levanté rápido y la cerré. Volví a su lado y me senté en el suelo, frente a él.

—Ya está —dije, intentando que mi voz sonara estable—. Ya está cerrada.

Ramón seguía temblando. El sudor le caía por la frente, respiraba a golpes cortos, como si no le llegara el aire. Le puse las manos en los hombros.