Cuando descubras la verdad Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Jana se quedó mirándome, con un punto de vergüenza que no le había visto antes.

—Necesito que sean cuatro —dijo, bajando un poco la mirada—. Siempre.

Asentí despacio.

—Vale…

Me acerqué un poco más, rozando su nariz con la mía.

—Pues tendremos que aprender a contar juntas.

Jana sonrió.

Y nos quedamos ahí, muy cerca, como si por fin estuviéramos empezando a entender el ritmo de la otra. Yo la miraba con esa sonrisa tonta que no conseguía quitarme de encima. Pero necesitaba decirlo. Todo.

—Mira… —empecé—. Te voy a ser muy clara, porque no tengo otra forma de ser.

Jana me observaba en silencio.

—Desde que te vi por primera vez… —continué—. En el pasillo. Con tu ritual de la puerta.

Se le escapó una sonrisa.

—He querido que pasara esto entre nosotras.

No aparté la mirada.

—Estoy loca por ti, Jana. No puedo ni imaginarme con otra persona desde que te conocí.

—¿Ni siquiera con Iris? —preguntó, con un deje casi inocente—. Porque es tan guapa que…

No pude evitar reírme. Negué con la cabeza, acercándome un poco más.

—Eres, honestamente, la persona más preciosa que he conocido en mi vida.

Lo dije completamente en serio. Y luego, incapaz de mantener tanto dramatismo seguido, solté otra pequeña risa.

—Y además… —añadí, entrecerrando los ojos—. Ya sabía yo que te habías puesto celosa de Iris.

Jana se echó hacia atrás, cruzándose de brazos.

—No estaba celosa.

—Claro, claro.

—Te lo digo en serio.

—Ajá.

—Ares…

—¿Sí?

—No estaba celosa.

—Entonces qué era —repliqué.

Jana me empujó suavemente el hombro.

—Idiota.

—Un poco.

Ella alzó una ceja.

—Al menos yo no salgo corriendo y me revuelco en el barro como una loca.

Abrí la boca, fingiendo indignación.

—Perdona, pero eso ha sido un episodio muy serio.

—Sí, sí —asintió—. Muy dramático todo.

—Lo suficiente como para que vengas corriendo detrás de mí.

—Eso ha sido porque… —empezó, pero se quedó a medias.

La miré, esperando.

—Porque eres imbécil —terminó.

Solté una carcajada.

—Y, aun así, te gusto.

—Desgraciadamente.

Nos quedamos mirándonos. Sonriendo. Y sin decir nada más, volví a acercarme. Esta vez el beso salió casi solo. Natural. Como si ya lo hubiéramos hecho miles de veces.

Pero entonces, en medio de ese momento en el que por fin todo parecía encajar, algo hizo clic en mi cabeza. De golpe, como una alarma. Me separé bruscamente. Jana se sorprendió.

—¿Qué pasa?

—La policía.

—¿Qué?

—Ha vuelto —dije, rápido, notando cómo el pulso se me aceleraba otra vez—. Hay un oficial en el centro. Ramón me lo ha dicho.

—¿Y?

—La rejilla.

—¿Qué rejilla?

—La de las botellas —respondí—. Donde escondimos el alcohol. Falta un tornillo. Uno de los que la cerraban.

Vi el momento exacto en el que lo entendía.

—No puede ser —dijo.

—Los pusimos todos —insistí—. Tú lo comprobaste. Yo lo comprobé.

—Sí…

—Alguien la ha abierto.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Ares…

—Si ha sido la policía —seguí—. Si han encontrado algo…

Jana se llevó una mano a la boca, procesándolo.

—No… —negó—. No, no, no.

—Jana, tenemos que pensar.

Pero ella ya estaba entrando en bucle.

—Nos van a culpar —dijo—. A nosotras. El alcohol estaba en nuestra habitación. Lo movimos. Lo escondimos.

—Ey —intenté frenarla—. Tranquila.

—No, no —repitió, más rápido—. Esto es muy grave.

—Lo sé —respondí—. Pero tenemos que mantener la cabeza fría.

Jana empezó a caminar por la habitación, nerviosa, llevándose las manos a la cabeza.

—Joder, joder…

—Vale —dije, intentando centrarla—. Escúchame. Aún no sabemos si lo han abierto ellos.

Se detuvo.

—¿Entonces quién?

Esa era la pregunta, pero no teníamos respuesta. Respiré hondo, intentando bajar un poco el ritmo. No servía de nada entrar en pánico.

—Vale —dije al fin, más firme—. Mantengamos la calma.

Jana dejó de caminar y me miró, todavía alterada.

—¿Cómo quieres que mantenga la calma con esto?

—Porque es lo único que podemos hacer ahora mismo —respondí—. Si nos ponemos nerviosas, vamos a cometer errores.

Se quedó en silencio, intentando regular la respiración.

—No sabemos seguro que haya sido la policía —añadí—. Puede haber sido cualquier otra persona.

—¿Quién?

—No lo sé —admití—. Pero hasta que no tengamos claro qué ha pasado, no podemos asumir lo peor.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Me acerqué un poco más, bajando la voz.

—Estar atentas.

—¿A qué?

—A todo —respondí—. A quién entra y sale, a si alguien dice algo raro, a si la policía empieza a hacer preguntas… cualquier cosa.

Jana me miraba fijamente.

—Y si podemos enterarnos de algo… —añadí—. Lo hacemos.

—Vale…

—No hagas nada raro —le dije—. Compórtate normal.

—¿Normal tú y yo?

—Bueno… lo más normal posible dentro de nuestras posibilidades.

—Vale —repitió.

Nos quedamos mirándonos. En nuestra mirada había mucha complicidad. Y un problema en común.

—Entonces… —dijo Jana—. Ojos abiertos.

Asentí.

—Ojos abiertos.

Sentí miedo, pero al mismo tiempo experimenté algo que llevaba mucho sin sentir: que no estaba sola en esto.

—Voy a salir un momento —dije.

—¿A dónde?

—A hablar con Martín.

Salí antes de que pudiera preguntarme nada más.

Llamé a la puerta del despacho.

—Adelante.

Entré.

Martín levantó la vista del ordenador, sorprendido.

—Ares… ¿otra vez?

—Necesito cambiar de habitación otra vez.

Martín se quedó mirándome, parpadeando un par de veces como si no hubiera entendido bien lo que acababa de oír.

—¿Perdona?

—Quiero volver a mi habitación de antes —repetí—. Con Jana.

Se echó hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos.

—Ares… —empezó, desconcertado—. Hace menos de unas horas has pedido el cambio.

—Ya.

—Y te lo hemos aprobado precisamente porque necesitabas espacio.

—Ya.

—Y ahora me estás diciendo que quieres deshacerlo.

—Sí.

Resopló, llevándose una mano a la frente.

—Esto no funciona así. No puedes hacer y deshacer todo en cuestión de horas. Hay un proceso, hay una lógica detrás de estos cambios.

—Lo sé.

—Si necesitabas espacio antes —añadió—, es muy probable que lo sigas necesitando ahora.

—No.

—Ares…

—No necesito nada de espacio —le corté—. Ni un milímetro.

—Esto no es una decisión impulsiva —dijo—. O no debería serlo.

No podía explicarle todo.

—Lo sé —respondí—. Pero necesito volver.

—¿Tiene que ver con Jana?

No respondí, pero mi cara lo hizo por mí.

Martín suspiró.

—Ares…

—Por favor —añadí, esta vez más bajo—. Solo… haz el cambio.

—Esto no es lo más recomendable —dijo finalmente.

—Lo sé.

—Y probablemente mañana volverás aquí pidiéndome lo contrario.

—No.

Martín volvió a suspirar.

—De verdad que no entiendo nada —murmuró, más para sí mismo que para mí.

Se giró hacia el ordenador, tecleando algo.

—Pero tampoco puedo obligarte a estar en un sitio en el que no quieres estar. Así que… vale.

Levantó la vista.

—Vuelves con Jana.

—Gracias.

No añadí nada más.

—Ares —dijo él antes de que saliera.

Me giré.

—Intenta no cambiar de opinión otra vez en dos horas.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Lo intentaré.

Y salí del despacho con la sensación de que, por primera vez en todo el día, estaba tomando una decisión que tenía sentido.