Cuando descubras la verdad Capítulo 18
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Capítulo 18

Cuenta conmigo

Entré en la habitación de golpe.

—Jana—

—¡Ares!

Las dos hablamos a la vez.

Me quedé clavada en el sitio. Jana estaba en la cama, medio incorporada, con la cara roja y los ojos hinchados. Llorando. De verdad, sin filtros. Mi expresión cambió al instante.

—Jana… —murmuré, dando un paso dentro.

Y entonces ella me miró bien. Y su cara se transformó. Como si todo lo que tenía encima —la tensión, el miedo, la angustia— se recolocara de golpe en una sola cosa. Se levantó de la cama de un salto.

—Ares —dijo, casi sin aire—. Estás aquí…

Y antes de que pudiera reaccionar, ya la tenía encima. Me abrazó fuerte. Muy fuerte. Como si necesitara comprobar que era real.

—Pensaba que te habías ido —susurró contra mi hombro—. Pensaba que te habías ido para siempre.

Me quedé rígida. Estaba en shock. No me esperaba eso. Mis brazos tardaron en reaccionar, pero acabaron rodeándola también.

—Eh… —dije, bajando un poco la voz—. Tranquila…

Me separé para mirarla.

—¿Estás bien?

Jana me soltó despacio, como si no quisiera hacerlo del todo. Me miraba de cerca, con alivio y desconcierto.

—¿Dónde estabas? —preguntó—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué…? ¿Por qué te has llevado todas tus cosas?

—He pedido el cambio de habitación —dije.

El silencio fue inmediato.

—Me he mudado con Iris.

Vi el momento exacto en el que algo se le rompía otra vez. Se secó las lágrimas rápido, casi con rabia, como si no quisiera que estuvieran ahí. Y su cara cambió de golpe.

—¿Qué?

—Jana, escúchame— empecé.

—¿Qué? —repitió, más alto—. ¿Te has mudado?

—Sí, pero—

—¿Así? —me cortó—. ¿Sin decir nada? ¿Sin hablar conmigo?

—Necesitaba espacio—

—¿Espacio? —soltó una risa seca—. ¿De qué?

—Jana, hay algo importante que—

—No —dijo, negando con la cabeza—. No, no, no. Primero me explicas esto.

Se acercó un paso más.

—¿Qué está pasando contigo? ¿Por qué haces esto?

—Porque no puedo más —respondí, más rápido de lo que pensaba—. Porque esto me está superando.

—¿El qué? —insistió—. ¿El qué te está superando?

Jana apretó los labios.

—No entiendo nada —dijo—. Ayer estábamos… —se quedó a medias—. Y hoy haces esto.

—Precisamente por eso —respondí—. Porque no puedo seguir como si nada.

—¿Como si nada? —repitió—. ¿Tú crees que yo estoy como si nada?

—No lo sé —dije—. Porque no dices nada, Jana. Nunca dices nada.

—Porque no sé qué decir —saltó—. Porque no entiendo lo que está pasando.

—Pues yo sí —respondí, notando cómo me subía todo otra vez—. Y no aguanto más.

—Ah —murmuró ella—. Claro.

Se cruzó de brazos.

—Entonces la solución es desaparecer.

—La solución es no estar metida contigo las veinticuatro horas del día —repliqué—. Porque no puedo.

—Qué conveniente —dijo, con un deje de ironía—. Ahora tendrás tu espacio con Iris, ¿no? Y yo también. Podré tenerlo todo ordenado, como tú dices.

—Pues sí —respondí, más seca—. Eso es lo que has querido siempre.

—No pongas palabras en mi boca.

—No hace falta —dije—. Se te nota.

—¿Ah, sí?

—Sí —añadí—. Siempre necesitas que todo esté bajo control. Pues ahora lo tienes. Tu habitación, tu espacio, tu orden perfecto.

Jana me miró. Esta vez más rota.

—No quiero orden —dijo.

Di un paso atrás, sorprendida por el tono.

—Jana…

—¡NO QUIERO ORDEN! —repitió, alzando la voz.

—¿Y QUÉ ES LO QUE QUIERES? —grité, de vuelta.

—¡TE QUIERO A TI!

El grito llenó la habitación. Me quedé completamente tiesa. El corazón me dio un golpe contra el pecho.

—Jana… —murmuré, casi sin voz—. Si no piensas de verdad eso que dices… por favor… para. Cállate.

No era una advertencia. Era una súplica.

Jana no dudó, no bajó la mirada. Se acercó, invadiendo el poco espacio que quedaba entre nosotras, con una seguridad que no le había visto nunca.

—Te quiero a ti —repitió.

Y esta vez no había temblor, ni duda. Solo verdad.

Antes de que pudiera reaccionar, sus manos ya estaban en mi cara.

Cálidas. Firmes. Agarrándome. Como si quisiera asegurarse de que no iba a apartarme.

Y entonces me besó. No fue un beso tímido ni contenido.

Fue directo e intenso. Su boca encontró la mía con una urgencia que me descolocó por completo, y durante un segundo no supe ni cómo responder.

Fue demasiado de golpe: el peso de sus manos, la cercanía de su cuerpo, el calor que desprendía, la forma en la que se inclinaba hacia mí como si no hubiera otra opción.

Pero entonces reaccioné. Le devolví el beso con la misma fuerza y con las mismas ganas.

Mis manos subieron casi sin pensar, primero a sus brazos, luego a su cintura, tirando de ella hacia mí, reduciendo cualquier mínima distancia que quedara entre nosotras.

Noté cómo su cuerpo encajaba contra el mío, cómo la respiración de las dos se desordenaba en cuestión de segundos.

El beso se volvió más lento e intenso a la vez.

Como si ninguna quisiera romperlo. Como si todo lo que no habíamos dicho estuviera ahí, en ese contacto y en esa forma de buscarnos.

Jana apretó ligeramente sus dedos contra mi cara, inclinando la cabeza para encajar mejor.

Yo respondí acercándola más, notando el latido acelerado de su pecho contra el mío, el calor subiendo por todo el cuerpo, esa sensación de vértigo que solo aparece cuando algo te acaba de romper los esquemas.

El tiempo dejó de tener sentido. Podrían haber sido segundos o minutos. No lo supe. Solo sabía que no quería que terminara.

Cuando nos separamos me quedé mirándola, todavía demasiado cerca, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Otra vez. Pero esta vez… sin excusas. Sin alcohol, sin ese margen que te permite dudar después.

Era real. Parpadeé despacio, como si necesitara asegurarme de que no se iba a desvanecer delante de mí.

Jana también me miraba, pero su expresión ya no era solo intensidad. Había algo más. Algo más frágil.

—Lo siento —dijo de repente.

—¿Por qué?

Bajó un poco la mirada, aunque no llegó a apartarla del todo.

—Por no haber sido clara contigo —respondió—. Por… todo esto.

Hizo un pequeño gesto entre nosotras.

—Es nuevo para mí, Ares. No sé muy bien cómo manejarlo. Pero… —tragó saliva— no puedo evitar sentir esto por ti.

Negué con la cabeza suavemente, acercándome un poco más.

—Eh —murmuré—. No hace falta que te disculpes.

No la dejé seguir.

—De verdad —añadí—. Lo entiendo perfectamente. Yo también lo siento.

—¿Por qué?

Solté una pequeña risa nerviosa.

—No sé… —dije—. Por ser tan dramática. Por haber salido corriendo. Por… irme de la habitación así.

Jana negó despacio.

—No.

Se acercó un poco más.

—No me pidas perdón por eso.

Me miró a los ojos de una forma que no sabría explicar con palabras.

—Vuelve —dijo entonces, más bajo.

—¿Qué?

—Vuelve a la habitación —repitió—. Conmigo.

—¿Y qué pasa con Robert? —pregunté.

No podía ignorarlo. Pero Jana no dudó.

—No pasa nada.

Su respuesta fue demasiado clara.

—Ares… —añadió, buscando mis ojos—. Cuando estoy contigo…

Se detuvo, como buscando las palabras exactas.

—Siento que me voy a volver loca… en todos los sentidos de la palabra —dijo al fin, dejando escapar una risa—. Me irritas, me pones de los nervios, eres un desastre… a ratos te mataría.

No pude evitar esbozar una sonrisa. Pero no me dio tiempo a decir nada.

—Pero luego… —continuó— cuando te tengo cerca, me siento viva.

De verdad. Me encanta verte por las mañanas, aunque estés medio dormida y con cara de odiar al mundo.

Me encanta cómo caminas, como si siempre fueras un poco más rápido que el resto.

Cómo dices mi nombre… —bajó un poco la voz— …

como si no te dieras cuenta de que lo haces distinto.

Me encanta cómo te comes las tostadas, como si te fuera la vida en ello.

La mueca que pones cuando te quedas mirando a la gente e intentas entenderla.

Cómo te enfadas, incluso eso. Desde que has llegado aquí…

no hay ni un solo día que no quiera levantarme de la cama.

Negó suavemente con la cabeza, como si le pareciera absurdo decir todo aquello en voz alta.

—Cuando estoy contigo es como si todo tuviera sentido de repente. Como si… —exhaló suavemente— …tuviera el universo entero dentro de mí.

Me quedé callada, absorbiendo cada palabra.

—Y cuando no estás… —añadió, más bajo— te echo de menos. Tanto que me da vergüenza admitirlo. Solo quiero verte… aunque sea para discutir.

Levantó la mirada, clavándola en la mía.

—Y cuando estoy con Robert… —continuó— no siento nada. Solo… culpa por no sentir lo que se supone que debería.

Negó con la cabeza.

—No es justo para él. Ni para mí. Ni para nosotras. Voy a dejarlo —añadió, con una seguridad que no admitía dudas.

Y ahí… Algo dentro de mí se aflojó. como si hubiera estado aguantando la respiración durante demasiado tiempo. Solté el aire despacio, muy despacio. Un suspiro largo de alivio. La miré de verdad. Y por primera vez en todo el día no dolía.

—Ven aquí —dije.

No esperé a que respondiera. La acerqué de nuevo.

Pero esta vez no hubo prisa ni urgencia.

Fue distinto, más lento y sentido. La besé con calma, dejando que el contacto se construyera poco a poco, que encajara de otra manera.

Mis manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola hacia mí sin necesidad de fuerza, solo…

queriendo que estuviera ahí. Jana respondió igual. Sin tensión, sin miedo.

Y entonces lo hizo.

Un beso. Se separó apenas un centímetro. Dos. Volvió. Tres. Y otro más. Cuatro.

Me di cuenta al instante. No era casualidad, era ella.

Su forma de hacer las cosas. Su necesidad de que encajara.

No dije nada, solo la miré, con una sonrisa que no pude evitar.

Y entonces, sin pensar demasiado, volví a inclinarme y le di un beso más.

Uno suelto, fuera de su cuenta. Jana se quedó quieta un segundo.

Y entonces, casi de forma automática, volvió a besarme.

Dos.

Tres.

Hasta que volvió a cuatro.

Me separé un poco, mirándola con ternura.

—Oye… —dije, con una pequeña risa en la voz—. ¿Esto cómo funciona exactamente?