Capítulo 17
Algo de espacio
El centro estaba medio vacío cuando volví. Había gente en la sala común, alguna puerta que se abría y se cerraba, el sonido lejano de la televisión, pero a mí me llegaba como si todo estuviera ligeramente amortiguado. O como si yo siguiera un poco fuera de sitio.
El conductor avisó en recepción y, en cuestión de minutos, apareció una de las enfermeras del turno. Me hizo un par de preguntas básicas —si me mareaba, si me dolía algo más que el golpe, si había perdido el conocimiento— mientras me acompañaba por el pasillo.
—Voy a avisar a Martín —dijo al final—. Es mejor que hables con él.
Martín era el orientador del centro. No llevaba bata blanca, no hablaba con tecnicismos constantes y no tenía esa distancia clínica que a veces se hacía insoportable. Era de los pocos que parecían escuchar de verdad sin necesidad de interrumpirte cada dos frases.
Me senté en una de las sillas de su despacho mientras él terminaba una llamada.
Colgó y me miró.
—Ares, me han contado que has tenido un susto.
—Sí… —respondí, encogiéndome de hombros—. Me he ido un poco.
—¿Te encuentras mejor ahora?
—Sí.
No era del todo mentira, pero tampoco del todo verdad. Martín me observó un segundo más, como calibrando cuánto tirar del hilo.
—Vale —dijo al final—. ¿Quieres contarme qué ha pasado o prefieres que vayamos a lo práctico?
Agradecí la opción.
—Lo práctico.
Asintió otra vez.
—Bien. Entonces vamos a lo práctico.
Se apoyó en la mesa.
—Cuando pasan este tipo de episodios, a veces ayuda hacer pequeños ajustes en el entorno. Cosas que te den un poco más de margen para regularte. ¿Hay algo concreto que necesites ahora mismo?
—Sí —dije—. Quiero cambiar de habitación.
Martín no reaccionó con sorpresa. Tampoco con juicio. Solo asintió, como si encajara perfectamente dentro de lo esperable.
—¿Por algo en particular?
—Necesito espacio.
No di más explicaciones.
—Vale —respondió—. Eso se puede gestionar.
Se giró hacia su ordenador, tecleó un par de cosas y volvió a mirarme.
—Justo ha ingresado una paciente nueva esta mañana —añadió—. Todavía está sola en la habitación.
Hablaba de Iris.
—Podrías trasladarte con ella —continuó—. Sería un cambio sencillo y rápido.
Lo pensé medio segundo.
—Sí. Me va bien.
—Perfecto. Entonces lo hacemos así. Aviso para que te den acceso y puedas mover tus cosas hoy mismo.
Se levantó, rodeó la mesa y me dio una pequeña palmada en el hombro, sin invadir.
—Si en algún momento necesitas hablar, ya sabes dónde estoy.
Asentí y salí de su despacho. El pasillo de camino a la habitación se me hizo más largo de lo normal. Cada paso tenía algo de definitivo. Como si estuviera cerrando algo.
La habitación estaba exactamente como la habíamos dejado. La cama de Jana impecable, la mía un poco más revuelta, pero aun así dentro de unos límites que ya no sentía como propios.
Me quedé en la puerta un segundo. Mirando.
A lo que había sido. A lo que ya no iba a ser.
Luego entré y empecé a recoger. Metí la ropa en la mochila, cogí mis cosas del baño, mis libros, ese par de objetos que sin saber muy bien por qué había colocado en la mesilla.
Todo fue desapareciendo poco a poco, como si nunca hubiera estado allí.
No pensé en ella, o intenté no hacerlo. Pero cada gesto tenía algo de despedida, aunque no lo estuviera nombrando así.
Cuando terminé, eché un último vistazo a la habitación.
Y salí sin mirar atrás. El pasillo estaba en calma.
La mayoría seguían en la excursión. La puerta de Iris estaba entreabierta.
Entré sin hacer ruido. La habitación tenía una energía completamente distinta a la anterior.
Seguían todas las cosas de Iris a medio colocar, tiradas por ahí.
No me incomodó. Al contrario. Era… respirable.
Dejé la mochila en la cama libre y empecé a sacar mis cosas. Colocaba lo justo para que no estuviera tirado, pero sin esa necesidad de alinearlo todo. Era raro. Como si ese espacio me permitiera bajar un poco la guardia sin darme cuenta.
Cuando terminé, me senté en la cama. Estaba muy cansada. La caída, la carrera, el episodio… todo empezó a caer de golpe. Me dejé caer hacia atrás, apoyando la cabeza en la almohada. Cerré los ojos solo un momento. O eso creía, ya que me quedé completamente dormida. Estaba exhausta y caí redonda.
Lo siguiente que recuerdo es el sonido de la puerta abriéndose. Abrí los ojos desorientada, sin saber muy bien dónde estaba. Iris estaba en la puerta, mirando la habitación y mis cosas. Luego a mí.
—Hostia… —dijo, entrando un poco más—. Vale, esto no me lo esperaba.
—Hola.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, pero no sonó a reproche—. O sea… —miró otra vez alrededor—. ¿Está todo bien?
—Sí. Bueno… más o menos.
Se acercó un poco.
—Nos has dejado a todos un poco… —hizo un gesto con la mano, buscando la palabra—. Descolocados.
—Ya.
Nos quedamos calladas un momento.
—He pedido el cambio de habitación —añadí al final—. Necesitaba espacio. Espero no molestarte.
Iris parpadeó, como si necesitara recolocar la información.
Luego sonrió.
—¿Molestarme? —repitió—. Para nada.
Se estiró en su cama.
—Estoy encantada, la verdad.
La miré, un poco sorprendida.
—¿Sí?
—Sí —asintió—. Prefiero mil veces compartir habitación contigo que con cualquier otra persona random que me pudiera tocar.
Solté una pequeña risa.
—Gracias… creo.
—De nada —respondió ella—. Además —añadió, encogiéndose de hombros—, te debo una por lo del armario.
—Ah, claro. Eso lo cambia todo.
—Totalmente.
Iris me observó, más atenta.
—¿Estás segura de que estás bien?
—Estoy… cansada.
—Normal.
Asentí. Y esa vez no añadí nada más. No sé cuánto tiempo estuve en la habitación después de que llegara Iris. Lo suficiente para que el cuerpo dejara de doler de forma constante, pero no lo suficiente para que mi cabeza se calmara del todo. En algún momento me levanté, sin pensarlo demasiado.
—Voy a salir un rato.
—Vale. Si te pierdes, esta vez avisa.
Le dediqué media sonrisa y salí al pasillo. El centro había recuperado el ruido. Se notaba que la excursión había terminado. Empujé la puerta del patio y el aire de fuera me dio en la cara. Más templado que en la montaña, pero suficiente para despejarme un poco.
No llegué a avanzar ni cinco pasos.
—¡Ares!
Pol venía hacia mí casi corriendo.
—Tía —dijo, parándose delante—. ¿Estás bien? ¿Qué cojones ha pasado?
—Estoy mejor.
Pol me observó de arriba abajo, como comprobando que no me iba a desplomar otra vez.
—Hemos ido a buscarte —añadió—. Nada más volver.
—¿A mi habitación?
—Sí —asintió—. Y no había nada.
No dije nada.
—O sea, nada —repitió—. Tu parte vacía. Ni ropa, ni cosas, ni nada. Hemos flipado.
Me apoyé en la pared, cruzándome de brazos.
—He pedido el cambio.
—¿En serio?
Asentí.
—Necesitaba espacio.
—Vale… —murmuró—. Vale, lo entiendo.
—No puedo seguir compartiendo habitación con ella —añadí, más bajo—. No así.
—¿“Así” cómo?
No me apetecía decirlo, pero salió.
—Siento demasiadas cosas por Jana.
Nos quedamos los dos en silencio.
—Y eso… —añadí—. Eso me está haciendo daño.
—Ya…
Se pasó una mano por la nuca, pensativo.
—Tiene sentido —dijo—. Mucho.
Hubo un pequeño silencio.
—Pero… —añadió.
—¿Pero qué?
—Jana se ha quedado fatal.
—¿Qué quieres decir?
—Que no está bien, Ares —respondió—. Nada bien.
Desvié la mirada. No quería escuchar eso, pero lo escuché igual.
—Ya en la excursión… —continuó—. Después de que salieras corriendo, la vi rara. Muy rara.
—¿Rara cómo?
—Temblando —dijo—. De verdad. No en plan nerviosa sin más. Temblando. Se puso a repetir los rituales todo el rato —añadió—. Más de lo normal. Mucho más. Como si… no pudiera parar.
No dije nada.
—Y Robert… —hizo un gesto con la mano—. Desaparecido. O sea, estaba ahí, pero ella pasó completamente de él.
Eso me pilló desprevenida.
—¿En serio?
—Sí —asintió—. Ni caso. Nada.
Continué escuchándole.
—Y cuando volvimos —siguió—, fuimos a la habitación. Y cuando vio que no estabas…
—¿Qué? —pregunté.
—Se le rompió algo —dijo, sin rodeos.
No supe qué decir.
—O sea… —añadió—. No hizo drama, ¿vale? No gritó, no montó nada. Pero se le notó. En la cara. En los ojos. Se le humedecieron. Y eso en Jana…
No hacía falta que acabara la frase.
—Deberías ir a hablar con ella —dijo Pol al final—. En serio. Nunca la he visto así.
Noté cómo algo dentro de mí tiraba en dos direcciones opuestas. Una parte quería ir ahora mismo, buscarla y entender qué era esto que pasaba entre nosotras. Pero la otra… La otra solo quería protegerse.
—No puedo —dije.
—¿Por qué?
—Porque no —repetí, más firme—. Porque si voy ahora mismo, me voy a hacer más daño. Y no puedo.
—Ares…
—De verdad. No puedo verla ahora mismo. Ni hablar con ella. Ni nada. Es mejor así.
Pol suspiró.
—Vale…
No insistió más pero tampoco parecía convencido.
—Solo te digo que a Jana le importas mucho.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé del todo, pero… —continuó—. No sé exactamente qué siente ella por ti, ¿vale?
No me voy a inventar nada. Solo digo que desde fuera…
—hizo un gesto con la mano entre nosotros— …
se ve que hay algo muy fuerte entre vosotras.
Y no solo por tu parte. Y si Jana está así de verdad, si lo que le está pasando no es solo por que estés enfadada con ella o que te hayas ido de la habitación…
Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz.
—Si le está pasando algo más contigo… imagínate cómo debe estar.
—Pol…
—No, escúchame. Sé que tú lo estás pasando mal. Lo sé. Y no te voy a quitar eso. Pero piensa una cosa… ¿te acuerdas de la primera vez que te diste cuenta de que te gustaban las chicas?
La pregunta me pilló desprevenida.
—Fue un choque, ¿no? —continuó él—. Algo que no te esperabas. Que te removió todo.
Asentí muy leve.
—Pues imagina eso… —añadió—, pero siendo Jana.
Se me hizo un nudo en el pecho.
—Con la familia que tiene —siguió—. Con lo estructurada que es. Con lo mucho que necesita tener todo bajo control.
Negó con la cabeza, pensativo.
—Y de repente aparece alguien… —me miró— …y le desmonta todo eso.
El silencio se alargó.
—El novio —añadió después—. La vida que tenía montada fuera. Lo que se supone que es “normal” para ella. Y ahora esto.
No hacía falta que lo definiera más.
—No sé —dijo al final—. Igual en su cabeza hay un caos que no estamos sabiendo ver.
Me quedé quieta. Procesándolo todo. Cada palabra, cada posibilidad, cada cosa que no había querido mirar de frente.
—Joder, Pol… —murmuré al final, soltando el aire—. Odio cuando tienes razón.
Él sonrió.
—Pues debes odiarme todo el tiempo, porque siempre tengo razón.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír.
—Y eso no me ayuda nada.
—Ya… —respondió—. No te digo lo que tienes que hacer. Solo… que igual no es tan simple como parece.
Asentí.
—Voy a tenerlo todo en cuenta, ¿vale?
—Bien. Me alegro de que estes mejor. Y ahora, me voy, que tengo una partida de cartas pendiente con Teresa.
Pol me tocó el hombro, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el pabellón.
—Pol.
—Dime —dijo mientras giraba la cabeza hacia mí.
—Gracias.
Se giró del todo, vino directo y me dio un abrazo muy fuerte.
—Gracias a ti, Ares, por estar tan loca que te tuvieron que internar aquí, y ahora tengo una mejor amiga que me trae salseo todos los días.
Entonces reímos los dos. Y Pol se marchó, después de asegurarse de que me quedaba tranquila. Yo me sentí agradecida por tener a alguien como él cerca. Alguien amable en un entorno hostil. Se había convertido, sin querer, en una persona imprescindible para mí.
Me senté en uno de los bancos del patio, y pensé en sus palabras. Había algo en su explicación que me incomodaba especialmente, no porque no encajara, sino porque encajaba demasiado bien. Porque me obligaba a salir de mi propio dolor para mirar el suyo.
No quería pensar más. Pero tampoco podía dejar de hacerlo. Me quedé ahí, un rato que no supe medir, simplemente mirando al frente, sin enfocar nada en concreto. Hasta que, poco a poco, la mirada empezó a fijarse en algo. Sin que yo lo decidiera.
En una zona del patio concreta. La rejilla. El mismo sitio donde Jana y yo habíamos escondido las botellas. Algo no cuadraba. Al principio no supe decir el qué, era más bien una sensación. Un detalle fuera de lugar que el cerebro detecta antes de poder explicarlo.
Me incliné un poco hacia delante, entrecerrando los ojos.
Y entonces lo vi. Faltaba un tornillo. Me incorporé de golpe.
No podía ser. Recordaba perfectamente cómo lo habíamos dejado.
No había sido algo improvisado. Nos habíamos asegurado de cerrar bien la rejilla, de colocar todos los tornillos, de dejarlo exactamente como estaba.
Lo habíamos revisado. Jana lo había revisado al menos cuatro veces.
Era imposible que faltara uno. A no ser que…
Sentí un pequeño escalofrío recorriéndome la espalda.
Alguien había abierto eso. Después de nosotras.
Me acerqué y me quedé mirando la rejilla, completamente quieta, como si al no moverme fuera a ver algo más. Pero no. Todo seguía aparentemente igual. Excepto por ese detalle. Ese tornillo que ya no estaba.
—Dios, lo que me faltaba —dije, en voz alta.
—¿Está Dios aquí contigo?
Di un respingo y me giré de golpe.
—¡Joder, Ramón! —solté, llevándome una mano al pecho—. Qué susto.
No le había visto llegar. Estaba ahí, a un par de pasos, con esa mirada suya fija, demasiado intensa, como si siempre estuviera viendo algo que el resto no alcanzábamos. Ramón se acercó un poco más, bajando la voz como si fuera a contarme un secreto.
—Ha vuelto la policía.
—¿Qué?
—Un oficial —añadió—. Ha venido hace un rato. Se ha reunido con la directora.
Noté cómo se me aceleraba el pulso automáticamente.
—¿Con Sanz?
—Sí —asintió, muy seguro—.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas. ¿Y si había sido la policía quien había abierto la rejilla y lo había descubierto todo? Sentí un calor subiéndome por el cuello.
—Te lo dije —continuó Ramón—. El asesino sigue entre nosotros, escondido.
Le miré, pero no le estaba escuchando del todo.
—Cada vez estoy más cerca —añadió—. Lo tengo casi todo.
—Ramón… —empecé.
—Solo me falta una cosa —siguió, sin dejarme terminar—. Una pieza.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Y necesito tu ayuda para eso.
—No —dije, rápido—. Ramón, tienes que parar.
—Ares, escúchame —insistió.
—De verdad, Ramón —le corté—. Tengo que irme.
Algo no iba bien. Y no tenía tiempo para quedarme descifrando a Ramón.
—Luego hablamos, ¿vale?
No esperé respuesta. Me di la vuelta y empecé a caminar rápido hacia el interior del edificio. El pulso seguía acelerado. La cabeza trabajando a toda velocidad.
El tornillo, la rejilla, las botellas. Si alguien las había encontrado… Si la policía estaba metiendo mano en eso…
Tenía que hablar con Jana. Ahora, sin pensarlo más y sin darle vueltas. Fui directa hacia las habitaciones, con la sensación de que algo muy grave estaba a punto de suceder.