Cuando descubras la verdad Capítulo 16 #4
50%

Capítulo 16 #4

Iris fue la primera en darse cuenta de que algo no iba bien.

No porque yo dijera nada, sino porque dejé de responder.

Caminaba igual, al mismo ritmo, pero con la mirada fija en un punto delante y la cara completamente vacía.

Ni enfadada, ni triste. Vacía. Como si se hubiera desconectado la parte más visible de mí.

—Ares —dijo Iris, bajando un poco la voz—. ¿Estás bien?

La oí, pero desde muy lejos. Giré la cabeza con una lentitud extraña, como si me costara recordar para qué servía ese movimiento.

—¿Qué?

—Te he preguntado si estás bien.

La miré, pero no terminé de reconocer del todo la situación.

Eso era lo que más miedo daba en esos momentos: no la pérdida total de conciencia, sino esa especie de retraso entre el mundo y una misma.

Saber que alguien te habla, saber que deberías responder de forma normal, y sin embargo tener que recorrer un pasillo interior demasiado largo para llegar hasta ahí.

—Sí —dije al final.

Iris no se lo creyó. Me puso la mano sobre el hombro con cautela.

—Ares.

Ese contacto hizo algo en mí. Terminó de activarme en otra dirección: huir. No fue una decisión pensada. Fue impulso. Como si mi cuerpo hubiera concluido que la única forma de no romperse allí mismo fuera moverse. Alejarse. Dejar de ver. Dejar de sentir esa escena delante.

Aparté suavemente el brazo, primero caminé un poco más deprisa.

Luego otro poco. El sendero dejó de importarme.

La posición del grupo dejó de importarme.

La doctora Sanz, la excursión, el resto del mundo: todo empezó a perder jerarquía frente a una única necesidad, inmediata y brutal, de salir de ahí.

—Ares —volvió a llamarme Iris.

Pero ya no conecté. Me desvié del camino.

Apenas unos pasos al principio, hacia una zona más abierta entre los árboles.

Luego seguí. Y seguí. Hasta que caminar dejó de ser suficiente.

Y eché a correr. Era una fuga urgente. Mi cuerpo iba por delante de cualquier pensamiento organizado.

Las ramas me rozaban los brazos, las botas se me hundían un poco en la tierra blanda, la respiración se me descompuso enseguida.

Pero no paré.  Seguí corriendo. No sé cuánto tiempo ni en qué dirección.

Solo recuerdo la sensación de huida. El cuerpo tirando hacia delante como si alguien me empujara desde dentro.

Y luego… Nada. Un corte. Como si alguien hubiera apagado la luz.

Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos.

El mundo volvió de golpe. Había demasiada luz.

Me dolía mucho la cabeza, como si me latiera por dentro.

Notaba la cara húmeda, fría, y tardé unos segundos en entender que estaba tirada en el suelo.

En la tierra. Con barro pegado a la piel.

Intenté moverme y un pinchazo me recorrió el costado.

—Ares —una voz.

Parpadeé varias veces hasta que la imagen se enfocó del todo.

Jana. Agachada a mi lado. Con el pelo algo desordenado, la respiración acelerada, y la cara descompuesta.

—Ares, mírame —dijo, con una mano en mi brazo—. ¿Me oyes?

La miré.

—Respira —añadió—. Tranquila. Ya está.

Me incorporé un poco, apoyándome con las manos en el suelo. Y entonces volvió todo: El beso, la sensación de estar rompiéndome por dentro, de ser completamente irrelevante y prescindible.

—Vete —dije.

Jana se sorprendió.

—¿Qué?

—Que te vayas —repetí, apartando su mano.

—No —dijo, directa—. Estás hecha polvo. Te has caído.

—Me da igual.

—Ares…

—Que no quiero que estés aquí —la miré, esta vez sí, con todo lo que llevaba dentro—. Vete.

—No te voy a dejar tirada en medio del monte. Levántate, te ayudo.

—No quiero tu ayuda.

—Pues la necesitas.

—No. No necesito nada tuyo.

—Ares, no es momento para esto —insistió—. Te has desorientado, te has caído, no estás bien. Vamos a volver.

—Vuelve tú.

Me puse de pie como pude. El cuerpo no me respondía del todo bien, pero me daba igual. Solo quería salir de ahí. Le di la espalda y empecé a caminar, sin saber muy bien hacia dónde. Solo alejándome.

—Ares —volvió a decir ella detrás.

No respondí. Seguí. Y entonces escuché pasos más rápidos acercándose.

—¡Ares! —la voz de Pol, agitada.

Se plantó delante de mí, frenando en seco.

—¿Qué ha pasado? —me miró de arriba abajo—. ¿Estás bien? Tía, estás llena de barro.

—Estoy bien.

—No tienes pinta de estar bien.

Detrás de él apareció la doctora Sanz.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—Se ha ido corriendo —dijo Jana—. Se ha caído.

Sanz se acercó a mí, evaluándome sin tocarme aún.

—Ares —dijo—. ¿Puedes caminar?

Asentí.

—Sí.

—¿Te mareas? ¿Has perdido el conocimiento?

—No lo sé.

—Vale. No puedes seguir la excursión así.

Se giró hacia Pol.

—Vamos a acompañarla hasta el autobús. La llevarán de vuelta al centro.

—Pero si puedo andar —protesté.

—No es una sugerencia —respondió ella, sin elevar la voz—. Es una orden.

Me quedé en silencio. Demasiado cansada para discutir. Pol se colocó a mi lado.

—Venga —dijo, más suave—. Vamos.

Empecé a caminar con la sensación de ir medio segundo por detrás de mí misma. Pol y Jana no se separaron de mí en ningún momento, y la doctora Sanz iba unos pasos por delante, asegurándose de que no me desviara otra vez.

Subí al autobús, me senté junto a la ventana y apoyé la frente en el cristal frío, cerrando los ojos un instante. Necesitaba silencio. Espacio. Que todo dejara de gritarme desde dentro. Y entonces la oí.

—Yo voy con ella.

La voz de Jana.

—No hace falta —dijo la doctora Sanz—. Tú te quedas con el grupo.

—Pero está mal —insistió Jana—. No la podéis mandar sola.

—No va sola —respondió Sanz—. El conductor está avisado y yo hablaré con el centro para que la reciban. Esto no es negociable.

Jana dio un paso más, acercándose.

—Déjame ir con ella.

Su tono había cambiado, no era el de antes. Era más bajo y contenido. Más… sincero. Y eso, por algún motivo, me puso todavía más nerviosa.

—No —dije, girándome hacia ella—.

Me miró.

—Ares…

—Que no —repetí—. Quiero estar sola.

—No es buena idea —insistió.

—Me da igual.

Noté cómo me subía otra vez esa presión en el pecho, esa sensación de que, si alguien insistía un poco más, iba a explotar.

—De verdad —añadí, ya sin filtrar—. No quiero que vengas.

Jana apretó la mandíbula, como si estuviera conteniéndose.

—Ares, por favor.

—He dicho que no —repetí.

—Ares, estás—

—¡Que no quiero que vengas!

Pol intervino entonces, apoyando una mano en el marco de la puerta.

—Jana… —dijo, con calma—. Mejor déjala.

Ella no respondió.

—En serio —añadió él—. Ahora mismo necesita espacio.

—Vale.

Se giró y bajó del autobús sin decir nada más.

Pol se quedó un momento.

—¿Seguro? —me preguntó, más bajo.

Asentí. No tenía fuerzas para más.

—Vale —dijo—. Luego hablamos.

Y salió también. La puerta se cerró. Y por fin…

Silencio. El motor arrancó, vibrando bajo mis pies, y el autobús empezó a moverse, alejándose de todo.

Me quedé mirando por la ventana mientras los árboles empezaban a pasar cada vez más rápido, mezclándose entre sí hasta volverse casi una mancha verde.

Y entonces, cuando ya no había nadie delante… me dejé caer del todo contra el asiento. Y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos como nunca antes lo habían hecho. Sentí cómo me rompía en mil pedazos, poco a poco. Y como cada quilómetro que recorría el autobús me alejaba más y más de Jana.

Cerré los ojos. Y lo entendí. No como una idea impulsiva, ni como una reacción exagerada.

Lo entendí de forma clara. No podía seguir así, no podía seguir compartiendo habitación con ella, despertarme a medio metro de su cara, escucharla respirar por la noche, verla cada día como si nada…

cuando dentro de mí estaba pasando todo eso.

Porque ya no era una tontería. Era demasiado real, demasiado intenso.

Estaba completamente enamorada. Y eso, en esa situación, con ella, era una receta perfecta para acabar hecha polvo.

Abrí los ojos y miré mi reflejo en el cristal. Sucia, despeinada, con restos de barro todavía en la ropa. Y, aun así, lo único que me dolía de verdad no tenía nada que ver con la caída.

Tenía que pedir el cambio de habitación. No había otra, aunque no quisiera, aunque me partiera en dos. Apoyé la frente otra vez en el cristal frío. Y dejé que el paisaje pasara. Sin intentar alcanzarlo.