Cuando descubras la verdad Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Asentí. Pero mientras caminábamos hacia la habitación, no tenía tan claro que fuera a hacerlo.

No es que no me fiase de Pol —si había alguien ahí dentro con quien podía hablar sin sentirme juzgada, era él—, y tampoco me faltaban ganas de gritarlo a los cuatro vientos, de decirlo en voz alta y ver qué forma tomaba fuera de mi cabeza.

Pero había algo que me frenaba. No estaba segura de si a Jana le gustaría que yo contara eso.

Aunque fuera solo a una persona. Aunque fuera Pol.

Porque, al final, no era solo mi historia.

También era la suya. Y decirlo en voz alta…

era como sacar algo de ella que quizá ni siquiera había decidido todavía si quería que existiera.

Como abrir una puerta que no sabía si ella estaba preparada para cruzar.

Y luego estaba lo otro. Porque mientras aquello se quedase dentro, mientras no lo nombrara, todavía podía fingir que no era tan grande.

Que no significaba tanto. Que había sido…

un momento. Un impulso. Algo que podía encajar en una explicación sencilla y seguir adelante.

Pero en cuanto lo dijera en voz alta, en cuanto alguien más lo escuchara y le pusiera forma, dejaría de ser algo pequeño.

Y entonces sí. Entonces dolería más si se rompía.

Llegamos a la habitación y empujé la puerta con la mano, entrando la primera. Jana no estaba, su mochila tampoco.

—Venga, mueve el culo —dijo Pol desde detrás—. Que como perdamos el bus, Sanz nos mata.

Fui directa a coger mis cosas. Salimos y ya estaba el autobús esperando, con el motor en marcha. Pol subió delante de mí, saludando al conductor como si fuera un cliente habitual.

—Buenos días, jefe. Trátanos bien, que venimos sensibles.

Yo subí detrás de él, apoyé la mano en la barra metálica, y en cuanto levanté la vista dentro del autobús vi a Jana, sentada junto a la ventana. Y a su lado, Robert.

Entonces, desde un par de filas más atrás, alguien chasqueó los dedos suavemente.

—Eh —la voz de Iris.

Me giré. Estaba sentada en el lado del pasillo, con la mochila ya colocada a sus pies, mirándome. Dio un par de toquecitos al asiento de al lado, que estaba libre. Avancé por el pasillo y me senté junto a Iris.

—Gracias por guardármelo —dije, acomodándome.

El autobús empezó a llenarse poco a poco.

Pol se sentó unas cuantas filas más adelante, con Teresa, girándose de vez en cuando para mirarnos con esa expresión suya de estar disfrutando demasiado de todo.

El motor rugió un poco más fuerte y arrancamos.

Durante los primeros minutos, me quedé mirando por la ventana, dejando que el centro se fuera quedando atrás poco a poco. Los muros, las vallas, las rutinas.

Iris intentaba darme conversación sin demasiado éxito, porque yo, cada pocos segundos, casi sin darme cuenta, levantaba la vista y la buscaba.

Podía ver a Jana un par de filas más adelante.

Y ella, de vez en cuando, giraba la cabeza y me encontraba.

No era una mirada larga ni evidente. Era algo rápido, contenido, casi disimulado.

Pero suficiente para que lo notásemos las dos.

Nos mirábamos, apartábamos la vista y volvíamos a hacerlo unos minutos después.

El autobús empezó a subir por una carretera más estrecha, rodeada de árboles. La luz cambiaba entre ramas, entrando a ráfagas por las ventanas. El verde empezó a ocuparlo todo. Y, poco a poco, el centro quedó lejos. Muy lejos.

Cuando por fin el autobús se detuvo, bajamos uno a uno, estirándonos y sacudiéndonos el trayecto del cuerpo.

Respiré hondo sin darme cuenta, como si llevara días sin hacerlo bien.

El suelo crujía bajo mis pies, cubierto de hojas y tierra húmeda.

El ruido de los árboles moviéndose con el viento era constante.

No había motores, ni puertas cerrándose, ni voces rebotando en paredes.

Solo naturaleza. Miré alrededor y vi ese tipo de paisaje que te hace sentir pequeña, y por un momento, muy breve, todo lo demás se quedó en pausa.

El asesinato. La policía. Incluso Jana. Como si el mundo se hubiera abierto lo suficiente como para que pudiéramos respirar dentro de él.

Y, aun así, sin querer volví a buscarla. Estaba unos metros más adelante. La luz de la montaña le caía de lado,filtrada entre las ramas, y hacía algo extraño con ella. Como si la definiera mejor. Me pareció un ángel.

Llevaba unos pantalones cargo, una camiseta fina de tirantes y una chaqueta abierta que se le deslizaba ligeramente por el hombro, dejándolo al descubierto.

La recorrí con la mirada sin darme cuenta.

Como si tuviera que memorizarla. La forma en la que se le tensaba un poco la mandíbula cuando se concentraba.

El cuello alargado al levantar la vista hacia los árboles.

La manera en la que el viento le movía el pelo.

Y entonces lo pensé. Sin matices y sin escapatoria.

Era la mujer más guapa que había visto en mi vida.

Y a su lado, contrastando la escena, como si alguien lo hubiera hecho a propósito, Robert.

El tío más mediocre —y con más suerte— que había visto nunca.

Llevaba un chándal bastante feo, iba repeinado como un pijo de Sarrià, con el pelo perfectamente colocado, ni un mechón fuera de sitio.

Y las bambas… blanco nuclear. Impolutas.

Tan limpias que daban ganas de pisárselas solo para ver cómo se le descomponía la cara.

Lo miré un segundo más de la cuenta, luego volví a Jana. Y la diferencia me pareció todavía más injusta.

—Bueno, chicos, vamos a empezar la ruta. Es un recorrido sencillo —dijo Sanz mientras empezábamos a caminar—. Nada exigente. La idea es que salgáis, respiréis, y desconectéis un poco.

Empezamos a caminar por el sendero poco a poco, sin una formación clara: los más habladores detrás, los que prefieren observar delante, los que se van quedando descolgados sin querer y los que usan cualquier paseo como si fuera una procesión íntima con sus propios pensamientos.

El camino era estrecho al principio, a ambos lados se alzaban los árboles, y entre sus copas se colaba una luz más limpia de la que recordaba haber visto en semanas. El aire olía a musgo.

Iris iba a mi lado, hablándome de lo mucho que le gustaba salir a hacer rutas de senderismo con su familia. Mi atención estaba repartida de una forma tramposa: una parte se mantenía en la conversación, otra permanecía clavada delante, pegada a Jana como una aguja que no sabe moverse del norte.

Robert y Jana iban dados de la mano. Yo ya había decidido entrar en bucle antes de que ocurriera nada.

Y entonces pasó. No fue una escena especialmente romántica.

Fue un gesto automático, casi de costumbre: Robert le dijo algo, Jana giró la cara unos centímetros y él aprovechó ese pequeño movimiento para darle un beso en la boca.

Jana no se apartó, pero tampoco fue hacia él.

No sonrió después. No se le iluminó la cara ni se le ablandó el cuerpo.

Pero mi interpretación de aquello fue mucho más dramática que aquel pequeño beso.

Recordé como un flashback unas palabras que me había dicho mi psicóloga: “Hay momentos en ciertas estructuras emocionales —y el trastorno límite tiene mucho de eso, de umbrales bajísimos para el dolor vincular— en los que la realidad deja de llegar como una secuencia compleja y empieza a entrar como un impacto. Se pierde el matiz. Colapsa la interpretación. El sistema nervioso deja de preguntar y responde directamente.”

El beso fue el disparador.

Lo sentí en mi cuerpo. Una descarga caliente, súbita, subiéndome por el pecho hacia la garganta.

El estómago se me cerró de golpe, como si alguien hubiera tensado una cuerda por dentro.

Noté un vacío extraño en las manos, una especie de hormigueo en los dedos, y luego una sensación muy concreta, demasiado conocida: el principio de la desorganización.

Seguí caminando unos pasos más. Iris estaba diciendo algo que no consigo recordar.

Pero algo en mí empezó a retirarse de la escena.

Mi percepción cambió primero en pequeñas cosas: el sonido del grupo se volvió raro, como amortiguado, como si estuviera ocurriendo detrás de un cristal.

Las voces perdieron profundidad. Sentí como mi campo de visión se estrechaba y se hacía más selectivo.

Solo veía a Robert y a Jana. Y ese beso que, en mi cabeza, seguía repitiéndose de forma obscena.

Conocía bien la sensación que estaba teniendo en ese momento.

Me la habían explicado infinidad de veces durante mis sesiones.

Hay una fase en algunos episodios disociativos en que la realidad no desaparece, pero deja de sentirse del todo propia.

El cuerpo sigue funcionando; puedes caminar, responder, incluso puedes parecer normal desde fuera.

Pero por dentro ya se ha producido una fractura mínima entre lo que ocurre y la capacidad de integrarlo.

Y, aunque ya lo había vivido antes, no por ello me sentía más segura.

Intenté respirar hondo, pero el aire entraba mal en mis pulmones, a trozos pequeños, superficiales.

La mandíbula se me tensó tanto que noté dolor en las sienes.

Quise obligarme a mirar otra cosa, a atender a Iris, a fijarme en el paisaje.

Pero no pude. El cuerpo de Jana seguía delante, demasiado lejos y demasiado cerca al mismo tiempo, y en mi cabeza todo se simplificó de una manera cruel: no era mío, no va a ser mío, esto ha sido un error, tú siempre llegas tarde, tú siempre quieres más de lo que te quieren a ti.

Ese es uno de los problemas del TLP cuando se junta con el miedo al abandono: no hace falta que el abandono ocurra.

A veces basta una señal ambigua para que el sistema complete la catástrofe entera.

No es una conclusión razonada; es una vivencia corporal de pérdida inminente.

El cuerpo lo cree antes de que la mente pueda discutirlo.