Capítulo 16 #2
—Yo nunca hago tonterías —respondió él, serio.
Sanz asintió una vez y salió del comedor sin añadir nada más.
Después de aquello, el ambiente en el comedor cambió ligeramente. Salir del centro, aunque fuera solo unas horas, siempre mejoraba las cosas. El aire, el espacio, los árboles… hacían que todo pareciera un poco más amable.
—Vale —dijo Pol, levantándose—. Yo voy a empezar a preparar mi outfit de senderista sexy.
—Por favor, no —respondí.
—Es lo que el Montseny merece.
—El Montseny no ha hecho nada para sufrir eso.
Iris soltó una pequeña risa.
Salí del comedor con la bandeja en la mano, la dejé en su sitio y me dirigí hacia el pasillo.
El centro estaba más movido de lo habitual.
Gente entrando y saliendo de habitaciones, comentando lo de la excursión, algunos con más ganas que otros.
Caminé hacia la habitación y al acercarme, bajé un poco el ritmo.
No sabía muy bien qué me iba a encontrar.
Abrí la puerta y allí estaba Jana, ordenando la habitación con tanta rapidez como si su vida dependiera de ello.
No levantó la vista, ni siquiera cuando cerré la puerta.
—¿Estás bien? —pregunté, apoyándome en la pared.
—Sí —respondió, sin mirarme—. Estupendamente.
Observé cómo doblaba una camiseta que ya estaba doblada, y cómo la volvía a doblar.
—Pareces un poco desquiciada —añadí, sin mucho tacto.
Entonces sí, se detuvo. Giró la cabeza hacia mí y me lanzó una mirada asesina. No dijo nada. Volvió a lo suyo, aún más rígida que antes.
—Oye… que hoy es la excursión —dije, intentando cambiar un poco el tono—. Al Montseny.
—Ya lo sé.
Señaló con el dedo la pared sin dejar de moverse.
Seguí la dirección y ahí estaba su calendario.
Por supuesto. Todo perfectamente anotado.
Horas, actividades, incluso pequeños códigos de colores que yo no entendía pero que seguro tenían sentido en su cabeza.
Y, al lado de la cama, la mochila, preparada, lista. Desde hacía horas, probablemente.
—Claro. Cómo se te va a pasar algo a ti… con lo organizada que eres.
—Alguien tiene que serlo.
—¿Perdona?
—Nada —dijo, encogiéndose de hombros mientras colocaba un libro perfectamente paralelo al borde de la mesa—. Solo digo que, si dependiéramos de tu sistema de organización, llegaríamos a la excursión dentro de dos semanas.
—Qué exagerada eres, de verdad.
—Es la realidad
—Oye, si hay algo que te tiene de mal humor, no hace falta que lo pagues conmigo. Aprende a gestionar tus emociones tú solita.
Jana se giró del todo esta vez.
—Pues mira, creo que esta vez tienes razón. Así que, ¿por qué no te vas por ahí para que pueda estar sola?
Me quedé mirándola un segundo, sin moverme.
—¿En serio es lo que quieres?
—Sí —respondió, sin dudar—. Además, seguro que tienes muchas cosas que hacer fuera.
—Claro —murmuré, ladeando la cabeza—. Muchas cosas.
Resoplé, notando cómo se me acumulaba algo en el pecho que no terminaba de salir.
—Mira —dije al final, más seria—. Si estás así por… algo, podrías decirlo ya directamente en vez de lanzarme tantos cuchillos por la mañana.
—No estoy lanzando nada.
Solté una pequeña risa.
—Igual el problema es que tú te das por aludida demasiado rápido.
—Claro. Siempre es eso.
—No pongas palabras en mi boca.
—Entonces ponlas tú.
Jana apretó los labios, como si estuviera a punto de decir algo… pero se lo tragó.
—No tengo nada que decir.
—Perfecto —respondí, asintiendo—. Pues ya está todo claro.
Ninguna de las dos iba a ceder. En ese momento, alguien llamó a la puerta. Tres golpes suaves. Las dos miramos hacia allí.
—¿Sí? —dije, un poco más borde de lo que pretendía.
La cabeza de Iris asomó por la puerta.
—Uy… —dijo, mirando de una a otra—. ¿Interrumpo algo?
—Absolutamente nada —dije.
Iris alzó las cejas, divertida.
—Vale...
Abrió un poco más la puerta, apoyándose en el marco con naturalidad.
—No quería molestar, pero… necesito ayuda con algo y no sabía muy bien a quién acudir.
Jana no dijo nada, ni siquiera la miró.
—¿Con qué?
Iris hizo una pequeña mueca, como si le diera un poco de vergüenza… pero sin perder ese punto descarado.
—Mi armario está poseído o algo así. No consigo que cierre bien y cada vez que lo intento, se abre solo. Estoy empezando a pensar que este sitio está encantado.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Dramática.
—¿Te importaría venir un momento? Prometo no entretenerte mucho tiempo.
Antes de responder, miré a Jana. Seguía de espaldas, como si no fuera con ella.
—Claro —dije al final—. Encantada.
Cogí impulso y pasé por su lado hacia la puerta. Al salir, noté su presencia a mi espalda. Iris se apartó para dejarme pasar y me dedicó una sonrisa.
—Gracias, salvadora.
Salimos al pasillo. Iris caminaba a mi lado como si llevara en el Vall de la Pau toda la vida.
Sin tensión, sin mirar alrededor para orientarse, sin esa especie de cautela que tenemos todos los demás los primeros días.
Como si el sitio no pudiera imponérsele.
Abrió la puerta de su habitación y me dejó pasar.
—Las damas primero —dijo, entrando detrás de mí.
La habitación estaba… viva. No desordenada del todo, pero sí con esa sensación de cosas dejadas a medias. Una sudadera sobre la silla, la maleta medio abierta, productos desperdigados sobre la mesa. Nada que ver con la nuestra y, sobre todo, nada que ver con Jana.
—A ver ese armario rebelde —dije, acercándome.
Iris lo abrió y, en cuanto intentó cerrarlo, la puerta hizo un pequeño clic y volvió a abrirse sola, como si tuviera vida propia.
—¿Ves? —dijo—. Está endemoniado.
Me agaché un poco, observando la bisagra.
—O igual solo necesita un poco de cariño.
—Eso dicen de mí también.
Solté una pequeña risa, casi sin querer. Mientras intentaba encajar la puerta en su sitio, Iris se apoyó en la pared, cruzándose de brazos, mirándome con curiosidad.
—Parece que no le caigo muy bien a tu compi de cuarto —dijo de repente.
—Jana es… —dudé un segundo— un poco difícil al principio.
—Ya —respondió Iris—. Lo he notado.
—Pero luego es un amor —añadí—. A su manera.
Conseguí que la puerta encajara un poco mejor, pero no terminaba de cerrar del todo.
—Vale, esto necesita algo más que buena voluntad.
—¿Herramientas? —preguntó Iris.
—O alguien que se crea muy útil con ellas.
Como si lo hubiera invocado, en ese momento pasó Pol por el pasillo, asomándose distraído.
—¡Eh! —le llamé—. Necesitamos a un machote amante del bricolaje.
Pol se detuvo en seco y giró la cabeza, sonriendo.
—No me podías haber descrito mejor.
Entró en la habitación frotándose las manos como si aquello fuera un reto personal.
—A ver qué desastre tenemos aquí.
—Mi armario tiene vida propia —explicó Iris, señalándolo.
—Tranquila —dijo Pol—. Ya he domado cosas peores.
Se agachó, examinó la bisagra, hizo un par de comentarios técnicos que probablemente se estaba inventando y, tras un par de intentos, un pequeño golpe y un ajuste más preciso, la puerta encajó. Cerró, y esta vez, se quedó cerrada.
—Voilà —dijo, levantándose—. Problema resuelto.
Iris aplaudió.
—Eres oficialmente mi persona favorita del centro.
—Lo sé —respondió él, encantado—. Es una carga que llevo con dignidad.
Me apoyé en la pared, observando la escena. Iris se giró hacia mí otra vez.
—Gracias por venir —dijo—. No sabía a quien acudir.
Asentí.
—De nada.
—Oye —añadió, con una sonrisa pequeña pero directa—. Si te apetece luego, en la excursión… podemos hacer equipo. Prometo no perderme.
Pol levantó una ceja, mirándome de reojo.
—Ya veremos —respondí.
Iris sonrió como si eso ya fuera suficiente. Salimos de su habitación y en cuanto cruzamos la puerta, Pol me enganchó del brazo.
—Ven, ven —dijo, tirando de mí—. Necesito comentar esto.
—¿El qué? —pregunté, dejándome arrastrar por el pasillo.
—Tía —bajó un poco la voz, aunque sin dejar de sonreír—. Soy yo o la nueva te hace ojitos.
—Bueno… algo he notado también. Pero igual es así con todo el mundo.
—No —respondió Pol, rápido—. Te lo digo yo que soy experto en ojitos.
Entramos en la sala común, todavía medio vacía. Pol se dejó caer en uno de los sofás y yo me senté a su lado.
—Pues no sé —dije, encogiéndome de hombros—. Tampoco le voy a dar muchas vueltas.
—Ya —murmuró él—. Pero es guapísima.
—Sí —admití—. La verdad es que sí.
Pol se giró un poco hacia mí, apoyando el codo en el respaldo.
—Pero creo que a ti se te puede poner Miss Universo delante… —hizo una pausa— …que te da un poco igual, ¿no?
Le miré.
—No sé, Pol… —dije al final—. La verdad es que estoy hecha un lío con Jana.
Él no dijo nada, solo me observó.
—No sé si me odia —continué— o si, todo lo contrario. Es que… no hay punto medio con ella. Un día parece que… —me quedé a medias, buscando las palabras— …y al siguiente no me puede ni mirar.
Pol asintió.
—Y hay algo que no te he contado…
Lo dije casi sin pensar. Y en cuanto salió, sentí ese pequeño vértigo. Porque no era cualquier cosa. Todavía no le había contado a Pol nada sobre nuestro beso en la piscina. Abrí la boca para seguir. Pero no me dio tiempo.
—¡Ares! ¡Pol! —la voz de la doctora Sanz resonó desde la puerta—. ¿Pensáis venir hoy o preferís quedaros aquí a montar un club de debate?
Levanté la cabeza. Sanz estaba apoyada en el marco, con los brazos cruzados y con expresión de paciencia justa.
—El autobús sale en nada. Id a por vuestras cosas y moveos.
Pol suspiró, levantándose.
—Siempre interrumpiendo los momentos importantes…
Yo también me incorporé, todavía con esa frase a medio decir atrapada en la garganta.
—Luego me lo cuentas —murmuró él, dándome un pequeño golpe con el hombro.