Capítulo 16
Aire fresco
El Vall de la Pau tenía esa capacidad extraña de absorberlo todo. Los días parecían iguales entre sí, como si alguien los hubiera copiado y pegado con pequeñas variaciones. Por eso, cuando algo cambiaba, se notaba. Y esa mañana fue algo distinta.
Cuando llegué al comedor para desayunar, ya estaban todos allí.
—Se rumorea que hay carne fresca —soltó Pol, nada más sentarse, cogiendo una tostada como si acabara de traer una primicia mundial.
Le miré con cara de asco.
—De verdad, cada vez das más grima.
—Escúchame antes de juzgarme —respondió—. He oído a Núria esta mañana. Ha llegado una nueva paciente temprano. Y por lo visto… —mordió la tostada, disfrutando el momento— es de las que le agotan la paciencia.
Teresa alzó una ceja.
—Eso ya me interesa más.
—A mí también —añadió Pol—. Si consigue cansar a Núria, tiene mérito.
—O problemas serios —dije.
—Aquí todos tenemos problemas serios —respondió él, como si fuera obvio.
Seguimos desayunando, sin pensar demasiado en ello. Hasta que Pol se quedó en silencio. Le miré y estaba mirando la puerta atentamente, sin parpadear.
—Pol… —dije, dándole un toque con el pie por debajo de la mesa—. Cierra la boca, que se te va a caer la baba.
Ni se inmutó.
—Gírate —dijo.
—¿Qué pasa?
—Ares —insistió, sin apartar la mirada—. Gírate.
Algo en su tono hizo que lo hiciera. Y no fui la única, Teresa también levantó la vista, Jana, más lenta, terminó girándose después.
La puerta del comedor se acababa de abrir.
Estaba entrando la chica nueva. No hizo nada especialmente llamativo.
No saludó a nadie. Simplemente entró. Pero había algo en la forma en la que lo hacía, con tanta seguridad, como si no necesitara ubicarse ni conociera la vergüenza.
Como si fuera la dueña del lugar. Caminaba despacio, observando el espacio con curiosidad.
Miraba a la gente, una mesa, otra, sin esconderse, pero sin buscar nada concreto todavía.
Y entonces sonrió.
—Madre mía… —susurró Pol a mi lado—. Es guapísima.
Se movió por el comedor sin que nadie le dijera dónde sentarse. Dio un pequeño rodeo, observando, como si eligiera con cuidado.
—¿Se puede saber qué hace? —dijo Ramón.
—Escoger—respondió Pol.
Y no iba desencaminado, porque no parecía perdida. Parecía… selectiva. Hasta que se acercó a nuestra mesa. Pol reaccionó antes que nadie.
—Eh —dijo, con una sonrisa abierta—. Si buscas sitio, aquí hay hueco.
Ella lo miró. Luego miró la mesa, a Teresa, a Ramón, a Jana, a mí, y asintió.
—Gracias.
Arrastró una silla sin hacer ruido y se sentó, justo a mi lado. Entre Jana y yo.
—Buenos días —dijo.
Su voz sonaba un poco grave, como de recién levantada.
—Buenos días —respondió Pol, encantado—. Bienvenida al club.
Ella sonrió.
—Soy Iris
Pol apoyó los codos en la mesa, adoptando automáticamente su papel de anfitrión.
—Pues Iris, te presento a la élite del Vall de la Pau —dijo, señalando con la mano—.
Este es Ramón, nuestra mente más… inquieta.
Teresa, icono cultural y patrimonio histórico.
Jana… —la miró— perfección en estado puro.
Ares, puro fuego. Y un servidor. Yo soy Pol, un misterio que tendrás que resolver.
Sacó su mejor sonrisa.
—Las mejores personas con las que te vas a cruzar aquí dentro —remató.
Iris miró alrededor, deteniéndose un segundo en cada uno, como si realmente estuviera tomando nota.
—Vaya… —dijo, con una sonrisa—. Pues he tenido suerte entonces.
—Eso aún está por ver —murmuró Ramón, cogiendo la taza de café.
Iris bajó la vista hacia su bandeja, examinándola con curiosidad.
—¿Esto es jamón?
—En teoría —dijo Pol—. En la práctica, es una forma de castigo.
—Y la tostada —añadí— es cartón con mantequilla.
Iris cogió un trozo con los dedos, lo miró un segundo… y lo dejó otra vez en el plato.
—Vale, me preparo mentalmente.
—Bienvenida a la experiencia completa —dijo Pol.
La conversación siguió un rato más con preguntas básicas, respuestas a medias, comentarios sobre el sitio, sobre lo absurdo de algunas normas, sobre lo mucho que todos fingíamos estar mejor de lo que estábamos.
Iris hablaba poco, pero cuando lo hacía, lo hacía bien.
Sin forzar, sin buscar protagonismo, pero sin desaparecer.
Y entonces, en medio de todo eso, se giró hacia mí. Se acercó más de lo común.
—Oye… —dijo.
Su mano se levantó antes de que yo reaccionara y rozó el collar que llevaba puesto, sujetándolo entre los dedos con cuidado, como si lo estuviera examinando.
—Qué mono —murmuró—. Me encanta.
El gesto no era exagerado, pero tampoco inocente. Había algo en la forma en la que lo decía en cómo se acercaba, que me puso nerviosa.
—Gracias… —respondí, un poco más cortada de lo normal.
Iris alzó la mirada hacia mí, y se quedó ahí un segundo.
—Te queda muy bien.
Sonrió.
Luego, como si no fuera suficiente, añadió:
—Va a juego con tus ojos.
El silencio en la mesa duró apenas un segundo. Pol dejó la taza a medio camino, mirándome con una cara que decía “has ligado”. Tuve que evitar mirarle. Porque si lo hacía, me reía.
Jana, a mi otro lado, se atragantó con la tostada.
—Cof—cof—…
Se llevó la mano a la boca, tosiendo, intentando disimular.
—¿Estás bien? —preguntó Teresa.
—Sí… —consiguió decir Jana, todavía tosiendo un poco—. Sí.
Pero no lo parecía del todo. Iris, mientras tanto, ya se había apartado, como si no hubiera pasado nada.
—Bueno… —dijo—. ¿Y aquí qué hacéis para divertiros?
Pol soltó una leve risa por la nariz.
—Justo el otro día hubo fiesta.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, interesada.
—Sí… —añadió él—, pero dudo que se repitan muchas más.
Iris alzó una ceja.
—¿Por qué?
Pol apoyó la espalda en la silla, mirándola con esa calma suya cuando está a punto de soltar algo fuerte.
—Porque acabó con un cadáver.
Iris soltó una risa automática.
—Muy bien, empezamos fuerte —dijo—. Me gusta el humor negro.
Pero nadie se rio. El silencio que siguió fue demasiado denso. Iris dejó de sonreír poco a poco. Miró a uno. A otro. A mí.
—No jodas… —murmuró—. ¿Es verdad?
Teresa fue la primera en romper el silencio, con esa forma suya de decir las cosas como si fueran parte de una obra de teatro.
—El joven doctor Pardo —dijo, con tono de narradora—. Hallado sin vida en su despacho. Trágico, si me preguntas.
Iris se sorprendió.
—¿Un médico?
—Sí —añadí yo, más directa—. El nuevo. Llevaba aquí muy poco tiempo.
—Y ahora ya no lleva nada —dijo Pol.
—Pol —le advertí.
—¿Qué? Es verdad.
Iris apoyó los codos en la mesa, completamente atenta ahora.
—Vale… —dijo despacio—. Necesito contexto.
Y se lo dimos. No en detalle, pero lo suficiente. La fiesta. El descontrol. El hallazgo por la mañana. La policía. El ambiente raro desde entonces.
Mientras hablábamos, Iris no interrumpía. Escuchaba atentamente.
—¿Y no saben qué pasó? —preguntó al final.
Negué con la cabeza.
—Están investigando.
—O sea… —dijo, mirando alrededor—. ¿Que cualquiera de aquí podría haber sido?
—Supongo —respondí.
—Vaya… —murmuró—. Pensaba que esto iba a ser aburrido.
Pol soltó una risa.
—Te aseguro que no lo es.
Iris se recostó ligeramente en la silla. Y entonces sonrió otra vez, con curiosidad. Volvió a mirar alrededor del comedor, esta vez con otros ojos, como si el lugar hubiera cambiado de golpe, como si ahora todo tuviera una capa más.
—Desde luego… —dijo—. Me he metido en un sitio bastante más interesante de lo que esperaba.
Y, por algún motivo, al decirlo, sus ojos volvieron a cruzarse con los míos, solo un segundo, Pero suficiente para notar que no solo hablaba del sitio. Entonces, de repente, Jana se levantó. Fue un movimiento rápido. La silla rozó el suelo con un sonido agudo que llamó la atención de todos.
—¿Pasa algo? —preguntó Pol.
Jana negó con la cabeza, sin mirarnos del todo.
—No. Ya he terminado de desayunar.
Cogió la bandeja, la dejó en el sitio correspondiente y caminó hacia la puerta sin girarse.
Yo la seguí con la mirada. Sin disimular demasiado.
La observé mientras llegaba a la puerta.
Se detuvo un segundo. Y entonces hizo lo de siempre.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Los dedos golpeando el marco con precisión. Con necesidad. Con control.
Me quedé mirándola un segundo más, con una sonrisa que no terminé de controlar, como si, en medio de todo el caos, aquello fuera lo único que seguía siendo completamente suyo, reconocible.
Y cuando desapareció por el pasillo, seguí mirando la puerta, embobada, sintiendo un pequeño punto de satisfacción dentro, porque quizás, y solo quizás, a Jana le había molestado ver como otra chica se fijaba en mí.
O tal vez solo era yo, autoconvenciéndome a mí misma de aquello.
El momento se fue disolviendo poco a poco. Pol seguía mirándome de reojo con sonrisa de pillo.
—Bueno —dijo Pol, estirándose en la silla—. Si esto sigue así, voy a empezar a disfrutar del centro.
—No cantes victoria —dije.
—Déjame tener ilusión.
En ese momento, la puerta del comedor volvió a abrirse y entró la doctora Sanz. Parecía más relajada que de costumbre. Se colocó en medio del comedor.
—Chicos —dijo—. Terminad de desayunar y preparaos.
Algunos levantaron la vista.
—Esta tarde salimos —añadió—. Excursión al parque natural del Montseny.
Un pequeño murmullo recorrió el comedor, como una ola que va de mesa en mesa.
—¿Era hoy? —preguntó alguien al fondo.
—Sí, hoy —confirmó Sanz—. Ya estaba programado.
Pol se incorporó un poco en la silla.
—¿Excursión en medio de un asesinato? Me gusta el contraste.
Había algo raro en aquello, en que todo siguiera sin más, en que la vida del centro no se detuviera.
—Es verdad… —dije—. Hoy tocaba salir.
Iris, a mi lado, sonrió ligeramente.
—¿Excursión? —preguntó—. Esto mejora por momentos.
—Es lo mejor que tiene este sitio —dijo Teresa—. El aire de fuera te recuerda que el mundo sigue existiendo.
—Y que nosotros estamos aquí dentro —añadió Pol.
—Siempre tan optimista.
La doctora Sanz continuó:
—Salimos después de comer. Así que dejad todo preparado. Ropa cómoda, chaqueta, y nada de tonterías.
Miró a Pol directamente en ese último comentario.