Capítulo 15 #2
—Se lo llevó un domingo por la tarde —continuó—. El peor día de la semana, si me preguntas. Ese en el que todo ya empieza a despedirse.
No aparté la mirada de ella.
—Salió a comprarme unos bizcochitos. —Sonrió, pero no había alegría en ese gesto—. Me había encaprichado de ellos. Solo había un supermercado abierto, y allá que fue.
Miró hacia abajo.
—No volvió. Un borracho —añadió, sin cambiar el tono—. Se lo llevó por delante.
Noté cómo algo se me encogía por dentro. Teresa asintió, como si hubiera repetido esa historia tantas veces que ya no le sorprendiera, pero nunca dejara de doler.
—Y desde entonces, querida… —continuó, volviendo a mirarme— si se me antojan unos dulces, voy yo misma a por ellos. Nunca me verás pedirle nada a nadie. Me acuerdo de mi Vicente como si lo tuviera delante. —Sonrió otra vez, esta vez más suave—. Madre mía… lo que daría yo por volver a verle.
No supe qué decir. Teresa me observó un segundo más, con esa forma suya de ver más de lo que dices.
—Así que, cariño… —añadió—. Si tienes a tu Vicente aquí dentro…
Señaló mi pecho, justo en el lado del corazón.
—No seas tonta.
Sentí cómo esas palabras me atravesaban más de lo que esperaba.
—Y vive todo lo que puedas —continuó—. No pierdas el tiempo.
Se giró un poco, volviendo a mirar hacia el patio, pero sin dejar de hablar.
—Lo mejor que podemos hacer en esta vida es amar a los demás. Aunque luego duela. Sobre todo, aunque duela.
Me quedé en silencio, mirando el suelo, dándole vueltas a todo lo que acababa de decirme. A Teresa no parecía incomodarle ese tipo de pausas. Al contrario, las dejaba estar, como si supiera que ahí es donde de verdad se asientan las cosas.
—¿Y si mi Vicente no siente lo mismo por mí?
Teresa giró la cabeza hacia mí, observándome con una mezcla de ternura y picardía.
—Querida… —empezó, alargando la palabra—. Con esa cara, ese pelo y ese cuerpo… si tu Vicente no te quiere, es que prefiere la otra acera.
No pude evitar reírme por lo absurdamente cerca que había estado de la realidad… sin saberlo.
—Pues a lo mejor va a ser eso, ¿eh? —respondí, todavía sonriendo—. Igual mi Vicente es un desviado.
Teresa chasqueó la lengua, como si evaluara la situación con una seriedad impostada.
—Pues contra eso, mi niña… poco hay que hacer.
Negó con la cabeza.
—Ahí ya no compites con nadie —añadió—. Eso es otra liga.
Volví a reírme. Me crucé de brazos, mirando hacia el patio, mientras el viento movía un poco las hojas de los árboles.
—Ya… —murmuré.
—Pero oye —añadió—. Que una cosa no quita la otra.
—¿El qué?
—Que a veces no se trata de eso —dijo—. Se trata de si tú te atreves.
—¿A qué?
—A sentirlo —respondió— A vivirlo. Aunque no salga perfecto. Aunque luego te toque recomponerte. Peor es no hacerlo. Créeme.
No sé cuánto rato más estuve ahí, con Teresa, dejando que sus palabras se asentaran poco a poco, como el poso de algo que no entiendes del todo, pero sabes que es importante.
Estaba a punto de decir algo más cuando, casi sin querer, mi mirada se fue hacia la puerta del pabellón.
Jana y Robert acababan de salir al patio.
Caminaban uno al lado del otro, hablando.
No parecía una conversación tensa. No había distancia.
Todo lo contrario. Había una especie de normalidad que, por algún motivo, me molestó más que cualquier cosa.
Se colocaron no muy lejos de nosotras. Lo suficiente para verlos bien, pero no para escuchar lo que decían.
Robert se inclinó hacia ella mientras hablaba, invadiendo ese espacio que, sin saber muy bien por qué, sentía como si ya fuera mío.
Jana no se apartó, seguía escuchándole. Y entonces él le pasó la mano por encima del hombro, le dio un beso en la mejilla y bajó la mano lentamente por su espalda, camino hacia sus caderas.
Un gesto natural. Cotidiano. De alguien que tiene derecho.
Y Jana simplemente siguió hablando. Se me encogió el estómago al verlo.
—Mira… —empezó Teresa, pero no llegué a escuchar el resto.
Porque ya no estaba ahí. Me quedé mirando la escena más de lo que debería.
Sabiendo que no tenía ningún derecho. Que no éramos nada.
Que lo de anoche no tenía nombre. Que él seguía siendo su novio.
Que, de hecho, yo misma le había pedido que hablara con él.
Y, aun así, no podía soportarlo. No podía soportar ver cómo él la tocaba con esa facilidad.
Como si yo no hubiera estado ahí, con ella, unas horas antes, sintiéndolo todo tan real que ahora parecía mentira.
Entonces Jana levantó la vista y me vio. Fue solo un momento, pero fue suficiente, porque no supe disimular, ni lo intenté. Mi cara ya estaba tensa, de una forma demasiado evidente. Sostuvimos la mirada un segundo y yo fui la primera en apartarla.
—Perdona —dije, casi sin mirar a Teresa.
Me giré y me dirigí de nuevo al pabellón sin pensarlo más.
Con esa rabia absurda que no tiene lógica, pero lo ocupa todo igual.
Y con una sensación de quemazón creciendo en el pecho.
No podía evitar que me comiesen los celos.
Entré empujando la puerta de golpe, como si así pudiera dejar fuera todo lo que acababa de ver.
Pero no llegué a dar ni tres pasos cuando oí mi nombre.
—Ares.
Ramón estaba a pocos metros, más cerca de lo que me esperaba. Tenía los ojos abiertos de más, estaba inquieto, como si llevara un rato esperándome o como si hubiera estado esperando a cualquiera que le hiciera caso.
—Ares, psssst —insistió, acercándose—. Ven aquí.
—¿Qué pasa, Ramón?
Se inclinó hacia mí, bajando la voz de forma conspiratoria, como si las paredes pudieran escucharle.
—Necesito tu ayuda.
Noté cómo mi paciencia se tensaba un poco más.
—¿Para qué?
Miró a ambos lados, asegurándose de que nadie estuviera cerca.
—Tengo que entrar en el despacho del doctor Marcos.
—¿Qué?
—Si consigo entrar —continuó, cada vez más acelerado—, podré saber toda la verdad.
Negué con la cabeza al instante.
—Ramón, no.
—Escúchame—
—No —repetí, esta vez más firme—. Está cerrado con llave. Y no es por capricho. Está precintado porque hay una investigación policial. No se puede pasar.
Él dio un paso más hacia mí.
—Pero tú puedes ayudarme.
—No, Ramón.
—Ares, por favor. —Su voz bajó, pero la intensidad subió—. Lo tengo todo pensado. Solo necesito—
—Ramón —le corté—. No tengo tiempo para esto ahora mismo. Y, sinceramente, tampoco estoy de humor.
Se quedó mirándome, con una mezcla de frustración y urgencia que me empezaba a incomodar.
—No entiendes la importancia de esto —insistió—. Dentro están las pruebas.
—Y también hay una investigación abierta —respondí—. ¿Tú sabes en el lío en el que te puedes meter?
—Eso da igual.
—No, no da igual.
—Ares —repitió, más insistente—. Yo puedo resolverlo.
—No. No puedes. Y no voy a ayudarte a hacer una locura.
Hubo un segundo de silencio. Uno de esos en los que sabes que no vas a convencer al otro. Ni él a ti.
—Lo siento, Ramón —añadí, ya girándome—. Pero es imposible.
Y eché a andar. Sin darle más vueltas. Di un par de pasos, intentando recuperar ese hilo de enfado que traía de fuera, cuando su voz volvió a alcanzarme.
—No lo entiendes…
No me giré.
—Dentro están las pruebas. Dentro está la solución.
Seguí caminando sin mirar atrás, apenas había avanzado unos metros cuando escuché pasos rápidos detrás de mí.
—Ares.
Era Jana quien venía hacía mí.
—¿Estás bien?
Asentí casi automáticamente.
—Sí. De lujo.
Jana ladeó un poco la cabeza.
—Ya… —murmuró—. Suenas un poco irónica.
Me encogí de hombros, evitando su mirada.
—Estoy bien, de verdad.
—He hablado con Robert —dijo entonces.
—Ya lo he visto.
—Y… —continuó—. Creo que tenemos que hablar de eso.
Asentí sin mirarla.
—Sí, sí. Luego hablamos. Ahora tengo cosas que hacer.
Jana se quedó confundida.
—¿Qué cosas?
No respondí. Intenté seguir, pero no me dejó. Me cogió del brazo, deteniéndome con más firmeza de la que esperaba.
—Ares.
Suspiré.
—¿Qué?
—¿Por qué estás siendo así?
—No estoy siendo de ninguna manera —dije, a la defensiva.
—Sí que lo estás.
—Jana, de verdad, no tengo ganas ahora—
No me dejó terminar.
—Pues yo sí —cortó—. Porque no entiendo qué ha pasado en diez minutos para que estés así conmigo.
Sin pensarlo demasiado, le cogí de la muñeca.
—Ven.
—¿Qué haces?
La llevé conmigo hasta la habitación. Y ahí ya no pude sostenerlo más.
—Oye… —empecé, notando cómo se me aceleraba el pulso—. Necesito saberlo ya.
—¿El qué?