Capítulo 15
Vicente
Cuando salí de la habitación de Pol, caminé unos pasos y vi a Jana, estaba apoyada contra la pared, esperándome.
Nuestras miradas se cruzaron e hizo un gesto con la cabeza, señalando la habitación.
La seguí hasta la habitación. Cerró la puerta.
Una. Dos. Tres. Cuatro. Cuando terminó su ritual, se giró hacia mí, y esta vez no hubo filtro.
—Vale. —Su voz salió firme, más alta de lo habitual—. Explícamelo todo.
Di un paso hacia dentro. Ella no se movió.
—¿De dónde has sacado el alcohol? —continuó, clavándome la mirada—. ¿Tiene algo que ver todo esto con Marcos? ¿Por qué iba bebido esa noche? ¿Le diste tú el alcohol?
Cada pregunta era más directa que la anterior. Más difícil de esquivar. Y lo sabía, no tenía salida fácil.
Suspiré.
—Siéntate —dije, señalando la cama.
Jana no lo hizo.
—Ares.
Su tono no dejaba mucho margen.
—Vale… —asentí—. Pero prométeme una cosa primero.
—¿El qué?
—Que no vas a decir nada a nadie.
—¿Por qué?
—Porque si no… voy a meter a Pol en un lío muy serio.
—¿Qué tiene que ver Pol en todo esto?
Resoplé, notando de nuevo ese cansancio acumulado.
—El alcohol… —empecé—. Estaba en su habitación.
—¿Cómo? —dijo, casi sin voz—. ¿Pol está bebiendo otra vez?
—No. Bueno… sí, pero no. No es suyo.
Jana me miraba como si estuviera intentando descifrarme.
—Ares, no tiene sentido.
—El alcohol no era de Pol —aclaré—. Era de Robert. Lo consiguió gracias a un celador que coló las botellas en el centro.
—¿Cómo que de Robert? —su voz subió un poco—. ¿Robert?
—Sí.
Se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza, completamente desbordada.
—No… no, no… —murmuró—. Esto no puede ser verdad.
La observé sin interrumpir.
—Ares… —volvió a mirarme—. ¿Qué hacía Robert con alcohol en el centro?
—No lo sé, Jana. No me lo explico.
—No, no… —negó, dando un paso atrás—. Ares, explícame esto bien, porque no lo estoy entendiendo.
Respiré hondo. Sabía que había llegado el punto en el que no podía maquillar nada.
—El día de la fiesta… —empecé, más despacio—. Después de que terminara todo, algunos del ala C subieron a la habitación de Pol. Entre ellos, Robert. Y llevaban alcohol.
—¿Subieron a la habitación de Pol? —repitió, como si necesitara oírlo dos veces—. ¿Con alcohol?
—Sí.
Se quedó en silencio, procesándolo. Luego soltó una risa breve, incrédula.
—¿Pero son imbéciles? —dijo, sin disimular—. ¿Cómo se les ocurre llevar alcohol precisamente a la habitación de Pol? Si todo el mundo sabe… —se detuvo, pero no hacía falta que terminara la frase.
Los dos sabíamos cómo acababa.
“Si todo el mundo sabe que es alcohólico.”
—Ya —respondí en voz baja—. Lo sé.
—Es que no tiene ningún sentido… —dijo—. Ninguno.
—Para ellos seguramente sí —dije—. Estaban borrachos. En su cabeza sería divertido. O sin más, no pensaron.
—Claro, no pensaron —repitió, con un deje de rabia—. Como siempre.
—Al día siguiente… —continué—, cuando fui a la habitación de Pol, encontré todo el alcohol ahí.
Jana levantó la vista.
—¿Todo?
—Varias botellas. Algunas vacías. Otras a medio empezar.
—Joder…
—Y entonces decidí llevármelo.
—¿Tú?
—Sí. —Asentí—. Para que no lo tuviera delante. Para que no fuera una tentación más.
—Por eso lo tenías en la habitación —concluyó.
—Por eso lo tenía en la habitación.
—Ares… —dijo—. ¿Tú eres consciente del lío en el que te has metido?
No respondí inmediatamente. Porque sí. Lo era.
—Sí —admití.
Jana negó con la cabeza, pero esta vez no había enfado en el gesto, había otra cosa. Algo más cercano a la preocupación.
—Es que… —suspiró—. Si llegan a encontrar eso ahí…
—Lo sé.
—No, no —insistió, acercándose un poco—. No, Ares. No lo sabes. Porque no es solo una sanción o un parte. Estamos hablando de un homicidio. —Bajó la voz—. De alguien muerto.
Las palabras se quedaron flotando entre nosotras. Más reales que nunca.
—Y tú —añadió— estabas escondiendo alcohol en tu habitación.
—No lo estaba escondiendo por mí.
—Ya —respondió ella, más suave—. Lo sé. Pero Ares… Esto es serio.
—Lo sé.
—Y lo de antes… —añadió finalmente—. Lo del desmayo…
Ahí sí. No pude evitar una pequeña sonrisa.
—Te mereces un Óscar.
Jana me miró. Y, contra todo pronóstico, dejó escapar una exhalación que casi parecía una risa.
—Estás fatal.
—Bastante.
—Gracias —dijo entonces, de repente.
—¿Por qué?
—Por no dejar que Pol se hundiera más.
No respondí, porque no hacía falta. Y porque, en el fondo, lo que había hecho no era tan heroico como parecía. Era algo más impulsivo, más mío. Pero que, por una vez, había servido para algo bueno. O eso quería pensar.
Jana acabó sentándose en la cama, se inclinó un poco hacia delante y se llevó las manos a la cara.
—Dios mío… Últimamente todo está siendo una auténtica locura.
La miré desde donde estaba, apoyada todavía cerca de la puerta.
No supe muy bien a qué se refería. Si al cadáver en el despacho.
A la policía paseándose por los pasillos como si aquello fuera una escena de una película de terror.
Al alcohol. A Pol. O a nosotras. A anoche.
A ese beso que todavía me seguía pareciendo imposible. O a un conjunto de todo.
Se dejó caer un poco más hacia atrás, soltando el aire, y yo no pude evitar sonreír. Jana levantó la mirada al notarlo. Y me devolvió una sonrisa pequeña, tímida, de esas que en ella parecían costar más de lo normal.
—Oye… —dije entonces, separándome de la pared y acercándome un poco más—. Necesito pedirte algo.
—Miedo me das.
—No es nada ilegal. Bueno… —hice una pausa—. Eso creo.
Eso le arrancó una especie de resoplido por la nariz.
—Ares…
—Es en serio.
Me senté a su lado.
—Necesitamos saber qué pasó esa noche —añadí—. De verdad.
Jana se puso un poco más recta. Más atenta.
—Y creo que tú puedes averiguar más cosas que yo.
—¿Por qué yo?
—Porque Robert confía en ti.
—Ares…
—Escúchame —la interrumpí, con cuidado—. No te estoy pidiendo que hagas nada raro. Solo… habla con él. Como siempre. Pero presta atención. Pregunta. Mira si dice algo que no encaja.
Jana bajó la mirada. Pensativa.
—Averigua qué celador llevó el alcohol exactamente —continué—. Si alguien más tenía. Si Marcos estuvo en la habitación de Pol. Si dijo algo. Lo que sea.
Jana jugó con sus dedos, alineándolos inconscientemente contra la costura del pantalón. Luego suspiró.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco. Pero ya estamos dentro.
—¿Y si se da cuenta? —preguntó—. Robert no es idiota.
No respondí inmediatamente, porque mi respuesta quizás le habría cabreado.
—Entonces improvisas —dije al final.
Jana negó, casi sonriendo.
—Claro. Como tú.
—Exacto.
—Lo intentaré.
—Gracias.
Jana se quedó mirándome, un poco más de lo habitual. Como si hubiera algo más ahí que ninguna de las dos estaba diciendo en voz alta. Luego asintió para sí misma, como si estuviera terminando de tomar una decisión por dentro. Y se levantó de la cama.
—Vale —dijo—. Voy a hablar con Robert.
Así, sin rodeos, como hacía ella. Se acercó a la puerta y, antes de abrir, hizo su ritual. Uno, dos, tres, cuatro. Cuando salió, suspiré y me dejé caer hacia atrás sobre la cama, mirando el techo.
Y entonces empezó. Ese maldito bucle mental.
Robert. Y con él, una imagen clara. Jana frente a él, hablándole, mirándole, besándole como me había besado a mí anoche.
Negué con la cabeza, como si pudiera espantarlo físicamente.
Ridículo. Pero no funcionaba. Porque la mente no juega limpio, se inventa escenas, las perfecciona, las repite.
Y yo, que en teoría entendía cómo funcionaban estas cosas, no estaba siendo capaz de pararlo.
¿Qué había sido lo de anoche para ella? Porque para mí no había sido una tontería. No había sido “una noche más”. No había sido por el alcohol. Había sido… real. Demasiado real.
Cerré los ojos, recordando la sensación de su cuerpo pegado al mío en el agua, su mano en mi nuca, la forma en la que me había besado como si no hubiera dudas. Como si no hubiera nadie más. Y ahí estaba el problema. Porque sí que había alguien más. Robert. Su novio. Su estabilidad.
¿Qué pasa si para ella fue un error? Un impulso. Un momento. El alcohol. Y ya. ¿Qué pasa si ahora mismo está con él y todo sigue igual? ¿Qué pasa si lo besa? Noté una punzada en el pecho, desproporcionada para el tiempo que llevaba conociéndola. Pero completamente real.
—No puedes estar así por alguien que tiene novio… —me repetía, más para convencerme que otra cosa.
Pero la frase sonaba vacía, porque no era verdad. Sí podía. Ya estaba pasando, y lo peor no era eso, lo peor era la sensación de fondo, la de que, en cualquier momento, algo se rompe y tú te quedas ahí, mirando, sola y sin poder hacer nada.
No sabía qué iba a pasar con Jana. Y eso me daba más miedo que todo lo demás. Necesitaba aire. Espacio. Algo que no estuviera lleno de preguntas sin respuesta. Así que decidí salir al patio a despejarme.
El sol ya no apretaba como por la mañana. La luz era más suave. Teresa estaba de pie, un poco apartada, mirando hacia los árboles del fondo. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, siguiendo el vuelo de unos pájaros. Me acerqué. Ella giró la cabeza, me miró de arriba abajo… y sonrió.
—Uy… —dijo—. ¿Y esa cara que me traes?
Me encogí un poco de hombros.
—Estoy cansada.
—Cariño… —negó suavemente—. Soy más vieja que el diablo. Y bastante más lista de lo que aparento.
Se giró del todo hacia mí, cruzándose de brazos.
—Conozco bien los problemas del amor —continuó—. Tuve unos cuantos maridos… ya no recuerdo cuántos exactamente. Pero esa carita que tienes… —me señaló con la barbilla— solo la puse por uno de ellos.
Hizo una pausa y sus ojos cambiaron. Brillantes.
—Mi Vicente.
No dije nada. Solo me quedé ahí, escuchando.
—Lo que daría yo por volver a ver a mi Vicente… —añadió, casi para sí misma.
—¿Qué pasó con él?
Teresa volvió a mirar hacia los pájaros un segundo, como si necesitara apoyarse en algo para seguir hablando.
—Fue mi único amor —dijo—. O al menos, el único que dejó huella de verdad.
Se llevó una mano al pecho.
—Pero la vida es muy perra… y bastante injusta.
El tono cambió. Más bajo.