Cuando descubras la verdad Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—¡Dios mío, Jana! —exclamé, arrodillándome a su lado—. ¿Estás bien? Tienes muy mala cara… —la miré de arriba abajo, exagerando—. Joder, estás más pálida que Edward Cullen.

Jana me miró tan seria que casi se me escapa la risa

—No… tranquila… —dijo, con la voz un poco débil—. Creo que ya… ya estoy mejor.

Negué con la cabeza de inmediato.

—No, no, no. Necesitas tomar el aire. En serio. Te va a venir bien.

La miré fijamente. Ahí. En ese segundo, intentando decirle sin palabras lo que no podía explicar en voz alta.

Jana lo medio entendió.

—Sí… —añadió, llevándose una mano al pecho—. Es verdad… necesito aire… no puedo respirar aquí… qué agobio… Dios…

La actuación no era perfecta, pero funcionaba. La doctora Sanz, que claramente ya estaba harta de nosotras, dio un paso adelante.

—Salid ya de una vez —dijo, tajante—. Ares, acompáñala fuera a tomar el aire y dejad de montar este escándalo, por favor.

Asentí rápidamente.

—Sí, sí.

—Y, sobre todo —añadió, clavando la mirada en ambas—, nadie entra en las habitaciones ni toca absolutamente nada.

—Claro.

Me levanté y ayudé a Jana a incorporarse. Nos dirigimos hacia la salida, sin correr y sin llamar la atención más de lo necesario. Atravesamos el pasillo y salimos al patio.

Durante un segundo pensé que nos iban a pillar. Que alguien iba a salir detrás, que alguien nos vería, que todo aquello era demasiado evidente. Pero no. No había nadie. Ni un solo policía en el patio. Todos estaban dentro, ocupados con lo importante. Y nosotras, de momento, no lo éramos.

Apenas habíamos dado dos pasos cuando Jana se giró hacia mí.

—Te voy a matar. ¿Se puede saber qué coño estás haciendo?

Seguí caminando sin mirarla.

—Luego te lo explico.

—No, ahora —insistió, siguiéndome—. Porque esto no tiene ningún sentido, Ares, es que no—

Se cortó de golpe. Su mirada se desvió hacia el césped. Las botellas. Desparramadas justo debajo de nuestra ventana. Algunas intactas. Otras en pedazos por el golpe. Un desastre.

—Dios… —susurró Jana, llevándose una mano a la cabeza—. Ares, pero ¿qué…?

Se giró hacia mí, completamente descolocada.

—¿Has tirado las botellas por la ventana? ¿Esa era tu gran solución?

—Shhh —la corté de inmediato, acercándome a ella—. Baja la voz.

Me agaché, sin perder más tiempo.

—Ayúdame.

Jana se agachó conmigo. Empezamos a recogerlas deprisa, mirando de reojo hacia la puerta cada pocos segundos. El sonido del cristal al moverse contra la tierra me ponía los pelos de punta.

—Ares, esto es una locura —dijo bajito, mientras recogía un trozo roto con cuidado— Nos van a pillar.

—No —respondí, más segura de lo que realmente estaba— Si lo quitamos de aquí, no.

—¿Y dónde lo metemos? —preguntó, levantando una botella—.

Me quedé pensando, mirando alrededor. Y entonces lo vi.

—Jana, ¿Sigues teniendo el destornillador?

—¿Qué?

—El de la otra noche. El del cuadro de luces.

—Sí.

Se metió la mano en el bolsillo de la sudadera y lo sacó.

—Mejor no te pregunto por qué lo sigues llevando encima...

Se lo quité, me levanté y me acerqué a la pared lateral del edificio, donde una pequeña rejilla metálica rompía la uniformidad del cemento. Una de esas salidas de ventilación que nadie mira nunca. Demasiado baja para llamar la atención. Me agaché frente a ella.

—Aquí.

—Madre mía.

Empecé a aflojar los tornillos con rapidez.

El metal chirrió un poco, lo justo para que las dos contuviéramos la respiración.

Miré hacia la puerta, pero nadie aparecía.

Volví a concentrarme. La rejilla cedió ligeramente.

La retiré y dentro vi un hueco lo suficientemente oscuro como para esconder algo.

—Rápido.

Jana no preguntó más. Empezamos a meter las botellas dentro, una a una, empujándolas lo más al fondo posible. Las que estaban rotas las colocamos con más cuidado, intentando que no hicieran ruido.

—Más al fondo —dije.

Jana empujó una de ellas con el pie.

—Ya no cabe más.

—Tiene que caber.

Forcé un poco más el espacio. Al final, conseguimos meterlas todas.

Me quedé mirando el hueco. Oscuro. Vacío a simple vista.

Y volví a colocar la rejilla, ajustándola lo mejor que pude.

Jana me pasó el destornillador y terminé de fijarla, intentando dejarla lo más parecida posible a como estaba antes. Jana me miró, todavía alterada.

—De verdad —dijo finalmente, en voz baja—. Me vas a tener que explicar todo esto muy bien.

—Lo sé.

Jana me miraba como si quisiera asegurarse de que no iba a escabullirme con una respuesta fácil.

—Vamos para dentro, antes de que alguien note que estamos tardando demasiado.

Entramos y notamos el cambio, el comedor ya no estaba en ese punto de caos de antes. Los policías se movían con menos prisa, tomando notas, hablando en voz baja entre ellos. La doctora Sanz estaba de pie junto a uno de ellos, con los brazos cruzados. Y lo más importante: no habían encontrado nada.

Apenas dimos dos pasos dentro cuando Pol apareció prácticamente corriendo hacia mí.

—Ares —dijo, agarrándome por los hombros—. Lo siento. Lo siento muchísimo, joder, de verdad, no quería meterte en esto.

Le miré, todavía con la adrenalina en el cuerpo.

—Relájate.

—¿Qué has hecho con las botellas? —preguntó en voz baja, nervioso—. Dime que no están en la habitación.

—No.

—Entonces, ¿dónde?

—Luego te lo explico.

—No, luego no. Ahora. Necesito saberlo.

—Las he sacado fuera. Están escondidas. No las van a encontrar.

Se quedó en silencio asimilándolo.

—Te debo una —murmuró—. Te debo una muy grande.

—Ya hablaremos de eso.

—No, en serio. Tenemos que hablar —añadió, bajando aún más la voz—. Ahora.

Antes de que pudiera responder, me agarró del brazo.

—Ven.

No me dio opción. Me llevó prácticamente arrastrando hasta su habitación. Entramos y cerró la puerta detrás de nosotros con rapidez, como si temiera que alguien pudiera seguirnos.

—¿Ya se puede entrar en las habitaciones?

—Esta ya la han revisado.

Me apoyé contra la pared, cruzándome de brazos.

—Vale —dije—. Ahora sí. Me vas a decir la verdad.

—Te la estoy diciendo.

—No —negué. —Si Marcos tenía alcohol en la sangre, tuvo que salir de algún sitio. Y en este centro no hay alcohol. Salvo el que había en tu habitación. Así que vamos a hacerlo fácil —añadí—. ¿Qué pasó esa noche?

—Ya te lo he dicho. No me acuerdo de la mitad.

—Inténtalo.

—Estábamos de fiesta… —empezó—. Después de que terminara todo, subimos a mi habitación. Gente del ala C, algunos de aquí… no sé, éramos bastantes.

—¿Quiénes?

—Pues… joder, había muchos. —Hizo una pausa, intentando ordenar recuerdos—. Estaba Víctor, creo. Y Mario. Y… —se detuvo—. Robert.

Le miré.

—¿Robert?

—Sí, estaba allí.

—¿Y el alcohol de dónde salió?

—Creo que… —frunció el ceño—. Creo que lo trajo él.

—¿El alcohol era de Robert?

—Sí, me acuerdo de que durante la fiesta le vi muy animado, demasiado. Y más tarde, en mi habitación me explicó que era porque había conseguido “jarabe”. Se refería así al alcohol.

—¿Jarabe? —repetí—. ¿En serio?

—Sí.

Negué con la cabeza, incrédula.

—O sea, que el muy cabeza hueca de Robert sabe perfectamente que tú estás desintoxicándote del alcohol y no se le ocurre nada mejor que invitarte a unos tragos.

Pol bajó la mirada.

—Bueno… él también iba bastante borracho. Supongo que ni lo pensó.

—Madre mía… Si ya le tenía asco, ahora…

Pol no dijo nada. Se limitó a observarme, con esa expresión suya de “sé que esto es un problema, pero no sé por dónde cogerlo”.

—¿Tú crees que él podría tener algo que ver con el asesinato?

—Joder… no lo sé —admitió Pol—. Pero no lo creo. O sea, tampoco tenía motivos. Yo nunca los había visto interactuar siquiera. Ni una palabra, nada. —Se encogió de hombros—. Y además… Marcos le sacaba una cabeza y medio cuerpo. En una pelea, Robert tendría todas las de perder.

Asentí, pero sin convicción. No porque lo que dijera Pol no tuviera sentido. Sino porque ya nada parecía tenerlo del todo.

Me dejé caer un poco hacia atrás, apoyándome contra la pared, sintiéndome agotada física y mentalmente.

—Joder… —solté, en voz baja—. No entiendo nada. Cada vez menos.

Y era verdad. Cuanto más sabíamos, menos encajaba todo. Cuantas más piezas aparecían, más difícil era ver la imagen completa.

Volví a mirarlo. Más seria.

—De verdad, Pol. Tenemos que averiguar qué pasó esa noche.

Él levantó la vista.

—Porque ahora —continué—, con todo este lío de las botellas… nos hemos metido de lleno en esto. Y ya no es solo curiosidad, ¿sabes? Es que nos puede salpicar de verdad.

—Lo sé.

—Así que haz memoria —insistí—. Lo que sea. Da igual si parece una tontería. Pero si recuerdas algo más… cualquier cosa… tienes que decírmelo.

Pol se quedó en silencio. Mirando al suelo. Como si intentara rebobinar una noche que claramente no estaba entera en su cabeza.

—Lo intentaré —dijo al final.

Entonces tuve la sensación de que ya no estábamos jugando a teorías. Estábamos dentro de algo muy peligroso. Y no sabíamos cómo salir.