Cuando descubras la verdad Capítulo 14
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Capítulo 14

Las pruebas del delito

Esa noche me costó conciliar el sueño. Hubo momentos en los que abría los ojos sin motivo aparente, con el cuerpo todavía cargado de lo que había pasado en la piscina. No recordaba la última vez que algo me había descolocado así.

Cuando la puerta se abrió de golpe, a la mañana siguiente, sentí que apenas habían pasado unos minutos.

—¡Arriba! ¡Desayuno en diez minutos!

La voz de la enfermera cayó sobre la habitación como un jarro de agua fría.

Me removí entre las sábanas, con esa pesadez típica de cuando el cuerpo no ha descansado lo suficiente, pero la cabeza tampoco ha parado.

Abrí los ojos. Jana ya estaba incorporándose.

Siempre era rápida. Precisa. Eficiente, incluso medio dormida.

Pero ese día no. Hubo una pausa en su movimiento, un gesto casi imperceptible mientras se sentaba en la cama. Como si también estuviera ubicándose.

—Buenos días —dije al final, con la voz todavía un poco áspera.

—Buenos días —respondió.

Y ya está. Dos palabras correctas, sin aristas. Demasiado neutras para todo lo que había pasado la noche anterior.

Asentí ligeramente, más para mí que para ella, y me levanté.

Empecé a vestirme sin pensar demasiado en qué cogía del armario. Ninguna de las dos parecía saber muy bien cómo retomar algo que, apenas unas horas antes, había sido tan claro.

Y entonces apareció el pensamiento. Directo.

¿Y si se arrepiente?

Porque había sido fácil dejarse llevar en ese momento. El alcohol, la noche, la intimidad… Todo eso ayuda. Pero la mañana siempre pone las cosas en su sitio. O las complica.

Me até las zapatillas y me levanté. Salimos de la habitación juntas, aunque sin mirarnos demasiado. Esa sincronía torpe de dos personas que no saben si acercarse o mantener cierta distancia.

Entramos en el comedor y Pol nos vio enseguida.

—Dormilonas —dijo, levantando la mano.

Me dejé caer en la silla frente a él.

—No preguntes.

—No hace falta —respondió, mirándome sonriente.

Le sostuve la mirada un segundo, advirtiéndole sin palabras.

Él sonrió más.

Jana se sentó a mi lado, pero dejó un pequeño espacio entre nosotras.

No era mucho. Apenas unos centímetros. Pero suficiente como para notarlo.

Cogí la taza de café y entonces lo vimos.

El reflejo de las luces azules parpadeando en los cristales de las ventanas.

Después el sonido. Lejano, pero reconocible al instante.

Sirenas.

El murmullo del comedor bajó de intensidad. Se hizo esa especie de pausa colectiva en la que todo el mundo está atento a lo mismo. La gente empezó a hablar en voz baja.

—¿Otra vez? —escuché a alguien detrás.

Jana dejó la taza sobre la bandeja con una precisión excesiva. La porcelana hizo un sonido fuerte contra el metal. Pol ya no sonreía. Ramón empezó a negar con la cabeza. Y entonces apareció la doctora Sanz. Se colocó en medio del comedor y esperó a que la atención se centrara en ella.

—Escuchad un momento, por favor.

Esta vez sí hubo silencio.

—La policía ha venido para continuar con la investigación. Han encontrado alcohol en la sangre del doctor Pardo. Un hecho realmente extraño puesto que el alcohol está completamente prohibido en el centro.

Empecé a ponerme nerviosa.

—Y necesitan hacer una revisión general de las habitaciones para realizar algunas comprobaciones.

Ahí fue cuando lo entendí de verdad. Levanté la vista.

Pol me estaba mirando fijamente, con los ojos muy abiertos, sin ningún intento de disimulo.

No hacía falta que dijera nada. Lo estaba pensando exactamente igual que yo.

Jana se giró hacia mí y me miró exactamente con la misma cara de sorpresa y miedo.

Los tres sabíamos que había botellas de alcohol escondidas en nuestra habitación.

Por un momento me quedé paralizada. Algo que hasta hace cinco minutos parecía manejable, acababa de complicarse de verdad.

Si encontraban esas botellas, estábamos acabadas.

Nos convertiríamos en las principales sospechosas de un asesinato.

¿Cómo iba a justificarlo? Las botellas estaban en nuestro armario.

Aunque no fueran nuestras. Y aunque dijera la verdad, ¿qué importaba?

Habíamos bebido. Las dos. Nuestro rastro estaba allí, literal.

Y meter a Pol en medio tampoco era una opción.

Le había prometido que no diría nada. Sentí cómo el calor me subía por el cuello, por las mejillas.

Notaba las miradas. La de Pol, fija, casi en pánico. La de Jana, igual de penetrante. Tenía que hacer algo. Y rápido. Me incliné ligeramente hacia ella, lo justo para que no nos escucharan.

—Jana —susurré—, necesito que confíes en mí.

—Ares, ¿qué coño significa esto? ¿Tienes algo que ver con lo de Marcos?

La pregunta me molestó.

—No —contesté—. Te lo explico luego. Pero ahora mismo necesito que hagas algo.

—¿El qué?

—Finge un desmayo.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Que te desmayes. Ahora.

—¿Tú estás loca? —susurró, incrédula—. ¿Cómo voy a hacer eso?

—Porque van a registrar las habitaciones —dije, sin rodeos—. Y necesito tiempo. O estaremos las dos en un grandísimo problema.

Jana negó con la cabeza, casi ofendida.

—No.

—Sí —insistí—. Confía en mí.

—Ares…

—Jana, por favor.

Jana no respondía y yo ya no podía quedarme ahí, así que me levanté.

—Voy al baño —dije, dirigiéndome a la doctora Sanz.

Ella me miró.

—Ahora no, Ares. Espera a que terminemos aquí.

Negué con la cabeza, llevando la mano al estómago.

—No puedo esperar.

—Tendrás que hacerlo.

—No —insistí, manteniendo la mirada—. O voy ahora mismo o me voy a cagar aquí, delante de todos.

Hubo un silencio incómodo alrededor. Pol apartó la mirada, aguantándose la risa. La doctora Sanz suspiró, claramente harta.

—Ve. Pero rápido.

—Sí, sí.

No esperé más. Me giré y salí del comedor sin mirar atrás. Caminé rápido, pero sin correr. Tenía que parecer normal. O lo más parecido a normal que podía fingir en ese momento. No iba al baño. Iba directa a la habitación. Pero ya había policías vigilando que nadie entrase en las habitaciones.

Y mientras avanzaba, con el corazón golpeándome en el pecho como un martillo, solo había una idea clara en mi cabeza: O solucionaba eso ahora, o se nos venía todo encima.

Pero para eso necesitaba la colaboración de Jana.

Y Jana no era precisamente el tipo de persona que improvisa.

Ni que miente. Ni que finge un desmayo y se tira al suelo delante de todo el mundo porque alguien se lo pida.

Mientras caminaba, casi podía sentir esa posibilidad deshacerse sola.

“Jana no lo va a hacer”, pensé.

Y, aun así, seguí caminando.

Pero entonces lo oí. Un golpe seco. Inconfundible. Me giré y ahí estaba. Jana en el suelo. Inmóvil. El cuerpo ligeramente ladeado, el pelo cayéndole sobre la cara, la bandeja volcada a un lado.

Durante un segundo no reaccioné. No porque no supiera qué pasaba. Sino porque no me lo esperaba. La chica del orden acababa de romperlo todo. Por mí.

Y esa imagen —Jana fuera de control, Jana fuera de su eje— me atravesó de una forma que no tuve tiempo de analizar.

—¡AYUDA! —grité, volviendo a reaccionar de golpe—. ¡POR FAVOR, AYUDA! ¡SE NOS VA!

Mi voz resonó por el pasillo con una urgencia que, honestamente, no era del todo fingida.

—¡Otra muerte! ¡Dios mío! ¡Tenéis que ayudarla!

Los policías, que estaban cerca, reaccionaron al instante. Ese reflejo automático de intervenir, de moverse hacia el problema, les hizo salir disparados hacia el comedor sin pensarlo demasiado.

Detrás de mí, escuché a Pol sumarse al espectáculo.

—¡AYUDA, POR FAVOR!

Todo se volvió ruido. Pasos acelerados. Voces cruzadas.

Órdenes. Y en medio de ese caos, nadie me miraba a mí.

Nadie. Aproveché ese segundo. Ese único segundo.

Y corrí. Entré en la habitación casi sin hacer ruido, cerrando la puerta lo justo para que no llamara la atención.

Fui directa al armario, abrí de golpe y metí la mano hasta el fondo.

Las botellas estaban ahí. Ya estaban todas vacías.

Las saqué, una detrás de otra, acumulándolas contra mi pecho.

Y entonces me quedé quieta. Con ellas en las manos.

Con el corazón aún desbocado. Y una sensación completamente distinta invadiéndome ahora.

Porque había llegado hasta ahí sin pensar en lo más importante.

¿Qué coño hacía ahora con ellas? Miré alrededor.

No había ningún sitio lógico ni seguro. Abrí un cajón.

Lo cerré. Miré debajo de la cama. Imposible. Demasiado obvio.

Noté cómo el tiempo volvía a ponerse en marcha fuera. Las voces seguían. Más cerca. Más organizadas. Y yo ahí, en medio de la habitación, con varias botellas de alcohol en las manos, sin plan, sin escondite y sin margen.

—Joder… —murmuré, en voz muy baja.

Por primera vez desde que había empezado todo, sentí miedo de verdad. Empecé a notar la sensación de que mi mente se iba separando poco a poco de mi cuerpo. No entendía cómo narices había llegado hasta ese punto.

Yo, que no tenía nada que ver con todo eso, estaba a punto de convertirme en la principal sospechosa de un asesinato, arrastrando a Jana conmigo.

Así que, sin pensarlo más, en un impulso destructivo e ilógico, hice lo único que en ese momento me pareció una salida.

Me acerqué a la ventana. La abrí. Y lancé las botellas.

Una detrás de otra. Cayeron sobre el césped del patio con golpes amortiguados por la distancia.

El sonido fue suficiente para que mi corazón diera un vuelco.

Cerré la ventana de golpe. No había tiempo para más.

Salí de la habitación asegurándome de que el pasillo estuviera despejado y volví al comedor como si realmente hubiera ido al baño. Como si nada.

Cuando entré, la escena seguía en marcha. Jana estaba en el suelo, ya medio incorporada, rodeada de gente. Un policía agachado a su lado, la doctora Sanz de pie, claramente al límite de su paciencia.

Me acerqué rápidamente, dejando que el pánico volviera a tomar el control.