Capítulo 13 #2
Las cervezas se fueron vaciando sin que nos diéramos cuenta, y las palabras empezaron a salir con más facilidad, sin ese filtro constante que las dos solíamos tener.
A Jana se le escapaban comentarios, recuerdos pequeños, detalles de su vida que no parecían importantes pero que, de alguna forma, lo eran todo.
Me contó cosas de su infancia, de cómo aprendió a necesitar el orden porque era lo único que podía controlar cuando todo lo demás se desbordaba.
Yo la escuchaba. Y, sin darme cuenta, también hablaba más de lo que suelo.
No las versiones rápidas ni las respuestas irónicas.
Cosas reales. Cosas que normalmente se quedan dentro porque explicarlas implica quedarse un poco más expuesta.
Nos reímos varias veces. De cosas pequeñas, absurdas, incluso de nosotras mismas.
Hubo un momento en el que Jana intentó explicarme uno de sus rituales con toda la seriedad del mundo y acabamos las dos riendo porque, dicho en voz alta, sonaba casi imposible de aguantar.
Y, aun así, yo la entendía. Y ella sabía que la entendía.
El agua se movía suavemente con nuestros pies, creando pequeñas ondas que rompían el reflejo de la luz.
En algún momento, Jana apoyó las manos a ambos lados del borde y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, mirando el techo alto de la piscina.
La luz azulada caía sobre su piel, y los reflejos del agua recorrían su cuello y la curva de su clavícula.
Pensé —sin filtro, sin defensa— que era la mujer más atractiva que había visto nunca. Y no tenía que ver solo con lo físico. Era su forma de moverse. La manera en que, incluso relajada, seguía siendo ella. Tan delicada y a la vez espinosa. Tan femenina en sus gestos.
Se giró hacia mí después de unos segundos, con esa mirada suya que parecía medirlo todo pero que ahora tenía algo más transparente.
—Gracias por esto, Ares. De verdad.
—Bueno… en realidad hay algo más.
Jana me miró, sorprendida.
—¿Aún hay más?
—Sí.
Me incliné hacia la mochila que había dejado a un lado y rebusqué dentro. Cuando volví a incorporarme, tenía la mano cerrada. Jana me miraba entre curiosa y desconfiada. Abrí la mano y en mi palma había una piedra pequeña, cuadrada. Demasiado cuadrada para ser casual.
—La cogí del patio —dije—. Y la he estado puliendo estos días.
Jana la cogió con cuidado, la giró entre los dedos, la observó desde varios ángulos, pasó el pulgar por los bordes. Y entonces se le escapó una risa.
—Es increíble.
—Sabía que te gustaría.
—Está… —buscó la palabra—. perfectamente simétrica.
—Casi.
Jana negó con la cabeza.
—No. Está perfecta.
Se quedó mirándola un momento más, como si fuera algo mucho más importante de lo que parecía y luego levantó la vista hacia mí.
—Gracias.
Esta vez sonrió de verdad. Y había algo en esa sonrisa que no estaba al principio del día.
—¿Tomamos la última?
Jana miró la cerveza, luego a mí, y negó con la cabeza.
—Uf… ya veo doble.
—Yo un poco también.
—Pero… —suspiró— a la mierda. Es mi cumpleaños.
—¡Esa es la actitud!
El último trago entró más fácil de lo que debería. El calor del alcohol ya no era una sensación puntual, era algo instalado, que aflojaba el cuerpo y desordenaba un poco los pensamientos.
Nos quedamos un rato hablando sin rumbo claro. Saltando de un tema a otro.
—Te estás riendo de mí —dijo Jana en un momento, entrecerrando los ojos.
—Porque me hace mucha gracia cómo hablas cuando vas borracha. Pareces hasta simpática.
—Ja, Ja. Muy graciosa.
—Pero creo que te vendría bien un chapuzón de agua fría para despejarte. —dije, con cara de estar a punto de hacer algo muy malo.
Jana arqueó una ceja.
—No te atrevas.
La miré, sopesando las consecuencias y lo hice. Fue rápido, un empujón limpio. Un chapoteo brusco. Jana desapareció bajo el agua y volvió a salir enseguida, apartándose el pelo de la cara, completamente empapada.
—¡Ares!
Me eché a reír.
—Te lo dije.
—Te voy a matar.
No hubo tiempo para reaccionar. Me agarró de la camiseta y tiró de mí con fuerza. Caí con ella. El agua estaba fría. Demasiado. El impacto me dejó sin aire un segundo, pero enseguida salí a la superficie riéndome.
—¡Estás loca!
—¡Has empezado tú!
Nos salpicamos. Nos empujamos. Hubo un momento en que intentó hundirme y le devolví la jugada.
Como si durante unos minutos nada más existiera.
Hasta que, sin saber muy bien cómo, dejamos de movernos.
Nos quedamos muy cerca. Demasiado cerca.
El agua nos llegaba al pecho. Nuestras manos seguían apoyadas la una en la otra, pero ya sin intención de empujar.
Respirábamos rápido. Noté como Jana bajó la mirada a mis labios.
Yo hice lo mismo. Me acerqué un poco, muy poco, lo suficiente como para que la duda tuviera espacio.
Lo suficiente como para poder echarme atrás, pero no lo hice.
Noté como una descarga eléctrica recorría mi cuerpo, desde los pies, hasta el pecho, y supe que el impulso era mucho más grande que yo.
La besé. Fue un beso breve. Casi una prueba.
Me separé apenas unos centímetros. Seguíamos ahí, a la misma distancia, mirándonos.
Y entonces algo cambió en su expresión y en la forma en que respiraba.
Jana llevó su mano a mi nuca y me acercó a ella, firme.
Y me besó. Ya no había duda, fue un beso con todo lo que habíamos estado conteniendo, con la tensión de los días, con las miradas que se esquivaban, con las discusiones, con todo lo que no habíamos dicho.
Le rodeé la cintura casi por instinto, atrayéndola más hacia mí, notando su cuerpo pegado al mío bajo el agua.
El mundo se redujo a eso, a su boca, a su forma de agarrarme, a la manera en que todo encajaba sin haberlo planeado. Y el tiempo dejó de tener medida. No sabía cuánto llevábamos así. Solo que no quería soltarla. Ni un poco.
Sentí cómo la mano de Jana, aún en mi nuca, se deslizaba un poco, sin soltarme del todo.
Sus dedos se hundían ligeramente en mi pelo, y ese gesto, tan pequeño, me recorrió entera.
Yo seguía sujetándola por la cintura. Al principio había sido un agarre casi instintivo, pero ahora era más intencionado.
La acerqué un poco más, notando cómo su cuerpo se acomodaba contra el mío sin resistencia.
El agua se movía alrededor, fría, pero ya no la sentía igual. Había algo en el contraste —la piel, el calor, la cercanía— que lo volvía todo más intenso.
Nos separamos lo justo para respirar y para mirarnos otra vez.
Jana volvió a bajar la mirada a mi boca, pero esta vez sin duda.
Volví a besarla, y ella respondió al instante, como si estuviéramos sincronizadas.
Sus manos bajaron despacio desde mi cuello hasta mis hombros, recorriendo el camino con una calma que contrastaba con la velocidad a la que me latía el corazón.
Yo deslicé una de mis manos por su espalda, dibujando una línea suave, sin prisa, sintiendo cada centímetro como si fuera nuevo.
El beso se volvió más profundo. Más cargado.
Jana soltó un pequeño suspiro contra mi boca, casi imperceptible, pero suficiente para que algo dentro de mí se tensara aún más.
La acerqué un poco más. Ella no se apartó, al contrario.
Su cuerpo respondió al mío con una naturalidad que daba vértigo.
Durante un momento, todo dejó de ser confuso.
No existía su novio, ni el centro, ni había normas, ni diagnósticos.
Solo estábamos nosotras en medio de una piscina a oscuras.
Finalmente nos separamos lentamente. Nos quedamos muy cerca.
Respirando. Mirándonos. Hubo un segundo de silencio.
Y entonces nos entró la risa. Esa risa nerviosa que aparece cuando algo te sobrepasa un poco y no sabes muy bien cómo actuar.
Jana se llevó una mano a la cara, como si necesitara esconderse, y yo negué con la cabeza, todavía con el pulso disparado.
—Vale… —murmuré, sin saber muy bien qué estaba validando.
Ella bajó la mano despacio. Me miró. Y volvió a sonreír, pero de otra manera. Más descolocada. Más humana.
—Esto ha sido…
—Sí —la interrumpí—. Esto ha sido.
Se le volvió a escapar una pequeña sonrisa. La miré sin pensar demasiado en lo que iba a decir.
—No sabes las ganas que tenía de besarte.
Jana se quedó quieta y en lugar de contestar, hizo algo mejor. Volvió a acercarse. Y me besó otra vez. Esta vez sin prisa, pero con una intención que ya no necesitaba explicaciones. Fue un beso más corto, pero igual de claro. Como una confirmación.
Cuando se separó, apoyó la frente un segundo contra la mía y respiró hondo.
—Deberíamos irnos —dijo en voz baja—. Como nos pillen aquí…
—Nos van a matar —completé.
Asintió, todavía cerca.
Salimos del agua en silencio, mojadas y medio mareadas por el alcohol y por todo lo que acababa de pasar.
Recogimos las botellas, los vasos, todo lo que habíamos llevado, moviéndonos con cuidado, como si cualquier ruido pudiera delatarnos.
Cerré la puerta con la misma delicadeza con la que la había abierto.
Caminamos rápido, pero sin correr, conteniendo la risa otra vez cuando nuestros pasos no terminaban de coordinarse.
Llegamos a la habitación y entonces sí, soltamos el aire.
Fui directa al armario y escondí las botellas de nuevo en el fondo, entre la ropa, asegurándome de que no quedara nada a la vista.
Jana se sentó en su cama, todavía con el pelo húmedo, observándome en silencio.
No hacía falta decir nada. Ya lo habíamos dicho todo.
Apagué la luz y me metí en la cama. Y ahí, en la oscuridad, con el cuerpo todavía encendido y la cabeza yendo demasiado rápido, entendí que algo había cambiado de verdad. Tragué saliva y me rendí.
Estaba completa e irremediablemente enamorada de Jana.