Cuando descubras la verdad Capítulo 13
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Capítulo 13

La playa

Cuando terminamos de recoger, la habitación volvió a parecer lo que siempre había sido: dos camas, dos mesitas, dos vidas intentando convivir sin invadirse demasiado.

La noche cayó sin hacer ruido. Ese momento del día en el que el centro parecía bajar revoluciones. Jana se sentó en su cama, con esa postura suya tan recta y contenida. Parecía cansada. Algo en ella se había relajado lo suficiente como para notarse.

Yo la observé un momento. Y entonces recordé lo que había dicho esa mañana: la playa, la noche, el silencio, las conversaciones sin prisa. Y el impulso volvió. Más claro esta vez.

—Oye.

Jana levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Confías en mí?

—Depende.

Me acerqué a mi cama y abrí el cajón. Saqué un pañuelo oscuro.

—Te voy a pedir una cosa.

Jana miró el pañuelo. Luego me miró a mí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¿Qué estás haciendo?

—Algo que te va a gustar.

—No me gustan las sorpresas.

—Eso ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque esta es distinta.

Jana dudó.

—No podemos salir —dijo finalmente—. Es de noche.

—No vamos a “salir”.

—Ares.

—Jana.

Me acerqué un poco más.

—Te prometo que no te voy a meter en ningún problema.

—Eso no es tranquilizador viniendo de ti.

—Vale, te prometo que, si hay problema, será pequeño.

Jana negó con la cabeza, pero se le escapó una sonrisa.

—Eso tampoco ayuda.

—Confía un poco.

Jana respiró hondo.

—Cuatro minutos.

—Diez.

—Cuatro

—Ocho.

—Seis.

—Trato.

—Vale.

Le tendí el pañuelo.

—Cierra los ojos.

Rodó ligeramente los ojos hacia atrás, pero obedeció. Le até el pañuelo, tapándole los ojos con cuidado, asegurándome de no apretarlo demasiado.

—¿Ves algo?

—No.

—Perfecto.

—Esto es una mala idea. No veo nada.

—De eso se trata.

Le ofrecí mi mano. Dudo, pero luego la cogió. Abrí la puerta con cuidado. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por unas luces en el fondo. El silencio era más denso a esa hora.

—Vamos despacio —susurré.

—No puedo ir rápido, aunque quiera.

Avanzamos. Paso a paso. Guiándola. Notando cómo se apoyaba ligeramente en mí para orientarse, con esa confianza que solo das cuando no tienes otra opción. Giramos la esquina del pasillo. Escuché unos pasos a lo lejos y me detuve.

—¿Qué pasa? —susurró Jana.

—Shh.

Esperamos unos segundos y los pasos se alejaron.

—Vale.

Seguimos. Bajamos por el pasillo lateral, el que llevaba a la zona de actividades. La puerta de la piscina estaba al fondo. Saqué la llave del bolsillo. La misma que había “cogido prestada” unas horas antes en la cocina mientras nadie estaba mirando.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jana en voz baja.

—Tienes que confiar en mí.

—No sé si debería.

Abrí la puerta con cuidado. Entramos y el olor a cloro nos envolvió enseguida.

Cerré detrás de nosotras. La piscina estaba iluminada solo por una luz tenue que reflejaba en el agua.

Todo estaba en silencio, excepto el leve movimiento del agua contra los bordes.

Jana seguía quieta, con el pañuelo puesto.

—¿Puedo quitarme esto? —preguntó.

—Todavía no.

La guié hasta uno de los bancos junto a la piscina.

—Siéntate.

Me aparté un momento. En la mochila llevaba algunas cervezas de las que había escondido en el armario. Las dejé en el suelo, junto a dos vasos de plástico. Me quedé un segundo mirando la escena. No era perfecto, pero era suficiente. El agua, la luz, el silencio. Respiré y volví hacia ella.

—Vale.

Me acerqué y le desaté el pañuelo despacio.

—Ya puedes mirar.

Jana abrió los ojos poco a poco. Tardó un segundo en enfocar. Luego miró alrededor. Y entonces lo entendió. No dijo nada al principio, solo observó. Luego me miró a mí y en su cara apareció algo que no había visto antes.

—Ares…

—Sé que no es la playa y que quizás no son las mejores cervezas... tal vez preferirías otra compañía, pero—

—Ares.

Levanté la vista.

—Es perfecto.

La forma en que lo dijo no dejó espacio para dudas. La palabra “perfecto” viniendo de ella, pesaba más de lo normal.

Se quedó unos segundos más en silencio, mirando la piscina. Luego negó suavemente con la cabeza, como si todavía estuviera procesándolo.

—Estás loca —añadió—. ¿Cómo se te ocurre traerme aquí?

Sonreí un poco.

—Con mucho esfuerzo.

—Como alguien nos vea…

—No nos va a ver nadie.

—Pfff…

—En serio —dije, acercándome un poco más—. Me he asegurado. Esta zona siempre está cerrada, y a estas horas no baja nadie.

Jana miró alrededor otra vez. El silencio, la luz, el agua completamente quieta. Parecía un lugar fuera del centro, fuera de todo.

—Aun así… —murmuró.

—Confía.

Se giró hacia mí.

—Eres totalmente impredecible.

Solté una pequeña risa.

—Gracias, lo intento.

Me agaché y abrí una de las botellas. El sonido del gas rompió el silencio de la piscina de una forma casi agradable. Le pasé una.

—Feliz cumpleaños.

La cogió.

—Gracias.

Nos acercamos al borde de la piscina y nos sentamos en el filo. El agua estaba oscura, pero tranquila. Metí los pies.

—Joder.

—¿Está fría?

—Un poco.

Jana metió también los suyos.

—Vale… sí.

Sonreí.

—Te avisé.

Nos quedamos así, sentadas una al lado de la otra, con los pies en el agua, las cervezas en la mano y el reflejo de la luz moviéndose lentamente en la superficie. Di un pequeño sorbo. Luego la miré de reojo. Jana estaba mirando el agua, pero no parecía perdida. Más bien… presente.

—¿Se parece un poco? —pregunté.

No dijo nada al principio. Luego asintió muy ligeramente.

—Sí.

Jana dio un pequeño sorbo, todavía con la mirada perdida en el agua, como si necesitara unos segundos más para ubicarse en todo aquello. Luego, de repente, se detuvo y bajó la vista hacia la botella. La giró ligeramente entre los dedos y frunció el ceño.

—Un momento.

—¿Qué?

—¿Se puede saber de dónde has sacado estas cervezas?

Sonreí.

—Ares.

—¿Qué?

—El alcohol está prohibidísimo en el centro.

Me encogí de hombros, dando otro sorbo como si no tuviera la menor importancia.

—Mejor no hagas preguntas.

Jana me miró, intentando decidir si enfadarse o no.

—Esto es una muy mala idea.

—Es una idea excelente.

—Nos pueden pillar.

—Jana.

—¿Qué?

—Estás en una piscina, de noche, bebiendo cerveza, es tu cumpleaños, relájate un poco.

Jana bajó la mirada hacia el agua. Luego volvió a dar un sorbo.

—Solo un rato.

—Prometido.

Nos quedamos en silencio unos segundos mientras oíamos el sonido del agua, el leve eco del espacio vacío y nuestras respiraciones. Todo parecía un poco más lento ahí dentro. Más separado del resto del mundo.

—Oye, ya hace tiempo que compartimos habitación y aún no sé nada de ti. ¿Cómo era?

—¿El qué?

—Tu vida fuera.

Me apoyé un poco más hacia atrás, mirando el techo de la piscina.

—Caótica.

—Eso ya lo imaginaba.

Jana no apartó la mirada de mí.

—¿En qué sentido?

Me quedé pensativa. No porque no supiera qué decir, sino porque no estaba segura de cuánto quería contar.

—Vivo en un piso compartido con varias personas. Siempre hay gente entrando y saliendo. Nunca sabes a quién te vas a encontrar en el salón.

—¿Y tu familia?

—Mi madre vive con un tipo diferente cada mes.

De mi padre no sé nada desde que tenía 12 años.

Un día se marchó sin decir nada y nunca más le volvimos a ver el pelo.

Y luego está Júlia, mi hermana pequeña, la única persona decente en esa familia.

La única persona por la que todavía me queda algo de esperanza en la humanidad.

Ella es mucho más lista que yo, y es la persona que me está ayudando con todo esto.

Se empeñó en pagarme este centro para que me recuperase.

Jana suspiró.

—Y tú, ¿cómo es tu vida fuera?

—Vivo sola desde hace un par de años, en un piso de la rambla de Barcelona. Antes vivía con mi madre, pero si yo te parezco insoportable en convivencia, no te puedes imaginar lo que era esa casa...

—No puede ser. ¿Tu madre es peor que tú?

—Muchísimo peor. La llamamos doña manías. De hecho, según mi psicólogo, ella ha tenido mucho que ver en todas mis obsesiones y rituales. De pequeña siempre me obligaba a comprobar que todas las ventanas estaban cerradas antes de salir, una y otra vez.

—¿Y qué hay de tu padre?

—Se separó de mi madre hace muchos años. No pudo aguantar su ritmo. Nos llevamos bien, pero hizo su vida con otra mujer y tuvo hijos en otra ciudad, lejos de aquí.

—¿Y no tienes hermanos?

—Hija única.

—Tenías toda la pinta.

Jana me miró levantando una ceja, y me salpicó con un poco de agua de la piscina.

—¡Oye! No he dicho que eso sea nada malo. —dije, riendo.

Yo le salpiqué de vuelta, y Jana me volvió a salpicar, esta vez con más intención. No fue un gesto brusco, pero sí lo suficiente como para que el agua fría me diera en la cara.

—Vale, esto ya es personal —dije, apartándome un poco.

—Te lo has buscado.

—No, no, perdona. Yo he hecho una observación sociológica.

—Claro.

—Basada en datos objetivos.

—¿Ah, sí?

—Sí. Eres ordenada, controladora, caprichosa y una princesita… hija única.

Jana negó con la cabeza, pero estaba sonriendo.

—Eres insoportable.

—Pero tengo razón.

—No siempre.

—Casi siempre.

Volvió a salpicarme. Esta vez no me lo pensé. Me incliné hacia el agua y le lancé un pequeño chorro directo a la cara.

—¡Ares!

—Es por ti, hay que equilibrar.

Se quedó mirándome un segundo, con el pelo mojado en la frente.

Y entonces, por primera vez desde que la conocía, se rio de verdad.

Sin control, sin cálculo. Se le escapó. Y a mí se me quedó grabada.

Me quedé embobada mirándola. Jana bajó la mirada hacia el agua, todavía con media sonrisa en los labios.

—Hacía tiempo que no… —empezó.

—¿Que no te divertías?

—Que no tenía un buen día aquí dentro. Hoy ha sido un día muy especial.

—Es tu cumpleaños, hoy mandas tú. Así que, si tienes alguna otra petición antes de que termine el día, suéltalo.

—Pues ahora que lo dices... Sí, pásame otra birra.

—Así me gusta.

—¡Salud!

Las botellas chocaron con un sonido vibrante que se perdió en el eco de la piscina. Y, a partir de ahí, el tiempo empezó a diluirse un poco. No hubo un momento concreto en el que la conversación cambiara, simplemente fue ocurriendo.