Cuando descubras la verdad Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

En un momento dado, mientras Pol estaba explicando algo sobre una fiesta que no había terminado bien, Jana levantó la mirada.

—¿De quién ha sido la idea?

Hubo un pequeño silencio y todos nos miramos.

Y, casi al mismo tiempo—

—No nos mires a nosotros —dijo Pol.

—Ni a mí —añadió Teresa.

—Ni a mí —dijo Ramón.

Jana frunció ligeramente el ceño. Su mirada terminó en mí.

—¿Ares?

Me encogí de hombros.

—Culpable.

—¿Por qué?

La pregunta fue directa. Sin reproche. Solo curiosidad.

—Porque sí.

Jana me sostuvo la mirada y luego asintió.

—Gracias.

Esta vez lo dijo más bajo. Más cerca. Más real.

—De nada —respondí.

Me levanté.

—Y tranquila, que recojo todo esto luego, no vaya a ser que me mates mientras duermo.

Jana negó con la cabeza, sonriendo.

—No hace falta.

—Ya lo creo que sí.

Suspiró y se quedó mirándome un segundo de más.

—Oye… ¿de dónde habéis sacado esta tarta? —preguntó Teresa, llevándose otro trozo a la boca—. Está sorprendentemente buena.

Pol y yo nos miramos al mismo tiempo. No hizo falta decir nada, sonreímos con ese orgullo un poco ridículo de cuando algo te sale mejor de lo esperado.

—Talento oculto —dijo Pol, apoyándose contra la pared como si acabara de ganar un concurso.

—Estamos valorando presentarnos a MasterChef —añadí—. Pero no queremos eclipsar demasiado.

—Humildes, además —dijo Teresa—. Me encanta.

El ambiente se fue relajando todavía más con el paso de los minutos. La tarta se iba acabando, las conversaciones se mezclaban, y por un momento todo parecía… fácil. Normal, incluso.

En algún momento, mientras Ramón explicaba algo sobre cómo le persiguieron una vez por la calle el día de su cumpleaños, me acerqué un poco a Pol.

—Oye.

—Dime.

—Creo que deberíamos invitar a Robert.

Pol giró la cabeza lentamente.

—¿Perdón?

—Lo sé.

—No, no, espera —dijo bajando la voz—. ¿Lo dices en serio?

—Muy a mi pesar… sí.

Pol me miró sorprendido.

—Esto es madurez emocional en estado puro.

—No te emociones.

—Estoy emocionado.

—Es su novio.

—Ya.

—Y es su cumpleaños.

—Ya.

—Y sería raro que no estuviera.

Pol me observó unos segundos más.

—Te está costando, ¿eh?

—Muchísimo.

—Se te nota.

Suspiré.

—Ve a buscarle.

—A tus órdenes.

Se levantó y salió de la habitación. Yo me quedé allí, intentando no pensar demasiado en lo que acababa de hacer. No tardó mucho en volver. Y, detrás de él, Robert. Entró con naturalidad, como si ya supiera que estaba invitado a cualquier sitio donde estuviera Jana.

—Feliz cumpleaños —dijo acercándose.

Jana levantó la vista. Y en cuanto lo vio, algo en su expresión cambió. No sabría decir de qué forma ni por qué. Robert se inclinó y le dio un beso.

Le había traído yo, y, aun así, me sentó como si alguien me hubiera raspado un órgano con un cuchillo por dentro.

Intenté disimularlo, pero no lo conseguí del todo.

Se me escapó una pequeña mueca. Una arcada contenida.

Rápida e instintiva. Pol lo vio y se giró hacia mí con una sonrisa que tuvo que morderse para no soltar una carcajada.

Le lancé una mirada de advertencia. Él levantó las manos en señal de paz, todavía aguantándose la risa.

—Gracias —decía Jana mientras tanto, mirándole.

Robert se sentó a su lado con naturalidad, integrándose en el grupo como si siempre hubiera estado ahí.

Más tarde, la fiesta llegó a su fin y poco a poco la habitación se fue vaciando.

Primero Teresa, que se despidió prometiendo que aquel cumpleaños había tenido “más verdad que la mayoría de las celebraciones civiles”.

Luego Ramón, que salió el último, después de asegurarse de que el pasillo estaba “operativamente seguro”.

Pol se quedó un rato más, lo justo para lanzarme una mirada cargada de intención y una sonrisa de “luego hablamos”, antes de desaparecer también. Robert también se marchó.

Y, de repente, nos quedamos solas. Había restos de tarta en el suelo y migas en la colcha. Me agaché para recoger los platos.

—Bueno —murmuré—. desastre controlado.

Jana se levantó.

—Te ayudo.

Empezamos a recoger juntas, sin prisa. Ella alineaba los platos casi sin darse cuenta, yo los apilaba como podía. En algún momento nuestras manos coincidieron al coger la misma cuchara y nos detuvimos un segundo.

—Ha sido… —empezó Jana.

—¿Qué? —pregunté.

—No sé cómo decirlo.

Se apoyó ligeramente en la mesa, mirando la tarta medio deshecha.

—Es la primera fiesta sorpresa que me hacen.

Paré de recoger.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Nunca?

—Nunca.

La miré con incredulidad.

—Pero si es como… lo básico.

Jana sonrió muy ligeramente.

—No para todo el mundo.

—¿Por qué?

Jana se encogió de hombros, pero no era un gesto ligero. Era más bien una forma de prepararse para decir algo que no solía decir.

—Porque no tengo muchos amigos fuera.

No lo dijo con pena. Lo dijo como un hecho.

—Nunca los he tenido —añadió.

—¿Por qué?

Jana apoyó las manos en el borde de la mesa, pensativa.

—Supongo que… —dudó— por cómo soy.

No la interrumpí.

—Las manías, el orden, los tiempos… todo eso —continuó— al principio la gente lo encuentra curioso. Luego… cansa.

Me apoyé contra la cama, escuchándola.

—Y yo tampoco lo ponía fácil —añadió— prefería estar sola.

—¿Porque querías?

Negó con la cabeza.

—Porque era más fácil para mí… y para los demás.

Levantó la vista un segundo.

—Así no incomodaba a nadie.

Algo en mí reaccionó de forma casi automática.

—Pues que se jodan.

Jana parpadeó.

—¿Qué?

—Que si alguien se incomoda por cómo eres, es problema suyo.

Ella no dijo nada.

—De verdad —continué—. no tienes que hacerte pequeña para que los demás estén cómodos.

Jana bajó la mirada.

—No es tan fácil.

—Ya.

Me acerqué un poco más.

—Pero tampoco es justo.

Levantó la vista otra vez.

—Además —añadí—, te equivocas.

—¿En qué?

—En que incomodas.

Jana frunció ligeramente el ceño.

—A mí no. Y no creo que a los demás tampoco —añadí— creo que simplemente… no han sabido estar a la altura.

Algo en su expresión se suavizó.

—Eres una chica muy directa.

—Es una de mis cualidades más molestas.

Una pequeña sonrisa apareció en su cara. Luego miró alrededor.

—Hoy… —dijo despacio— ha sido distinto.

La dejé continuar.

—Es la primera vez que me siento parte de algo.

—¿Sí?

Asintió.

—Y me gusta.

—Bueno —murmuré—. no te acostumbres demasiado.

—Tranquila.

—Porque si no luego te exigiré otra fiesta el año que viene.

—Eso ya me parece excesivo.

—Lo irás asimilando.

Seguimos recogiendo hasta que quedó todo impoluto. Lo que Jana no sabía, era que yo aún tenía un as bajo la manga.