Capítulo 12
El cumpleaños de Jana
A la mañana siguiente, el centro volvió a su rutina como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera un cadáver, una investigación abierta y un apagón en mitad de la tarde.
Me senté en la mesa de siempre con Pol y los demás, todavía medio dormida.
Jana entró un poco después, con el pelo recogido y esa forma suya de caminar como si cada paso tuviera que encajar en un patrón.
—Hombre… ¡la cumpleañera! —gritó Teresa.
Pol levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Es su cumpleaños —dijo Teresa, señalando a Jana con la cuchara.
—¿En serio?
Jana suspiró.
—No hacía falta decirlo.
—¡Claro que hacía falta! —protestó Pol—. ¿Cómo que no? Esto se celebra.
Me giré hacia ella.
—¿Es tu cumpleaños?
—Sí.
—¿Y no dices nada?
—Es un día como cualquier otro.
—Es literalmente el día en que naciste.
—Sí.
—Eso suele considerarse especial.
Jana se encogió de hombros.
—Para mí es un día más.
—¿Por qué? —pregunté.
—No sé, supongo que nunca ha sido un día especial para mí. Prefiero tratarlo como cualquier otro día, sin expectativas.
—Muy tú —murmuré.
Ella no respondió, pero noté que lo había escuchado.
Pol dio un sorbo a su café.
—Vale, pero fuera de aquí… algo harías. Seguro que lo celebrabas de alguna forma.
Jana negó con la cabeza.
—No mucho.
—Venga ya.
—De verdad.
—¿Nada?
Jana se quedó pensativa un momento.
—Bueno…
Levanté la mirada.
—Bueno, ¿qué?
—Tenía una costumbre.
—Eso ya suena mejor.
—Con una amiga.
—¿Qué hacíais?
Jana jugueteó con la cucharilla unos segundos antes de responder.
—Teníamos la tradición de ir a la playa por la noche.
Pol sonrió.
—Eso me gusta.
—Comprábamos unas cervezas —continuó Jana—. Nos sentábamos en la arena y hablábamos durante horas.
—¿De qué?
—De todo un poco.
—¿Y ya está? —pregunté.
—Sí.
—¿Sin fiesta, sin gente, sin nada?
—Sin ruido.
Pensé en el plan por un momento. La playa de noche. El sonido del mar. Dos personas hablando durante horas. Sin expectativas. Sin presión.
—Suena bien —dije.
—Lo era.
Volvió a centrar la mirada en su taza.
—Pero aquí ni hay playa ni hay cerveza.
La conversación siguió por otros caminos, pero yo me quedé pensando en lo que había dicho. Y, sin saber muy bien por qué, sentí un impulso. El mismo que en ocasiones me metía en problemas.
Después del desayuno, Jana desapareció con la excusa de “tengo cosas que hacer”, que en su caso podía significar cualquier cosa entre reorganizar su armario por tercera vez u ordenar sus libros por colores.
Yo me quedé en la mesa, removiendo el café, ya frío.
—Estás pensando —dijo Pol sin mirarme.
Le miré.
—Es su cumpleaños.
—Lo sé.
—Y no quiere celebrarlo, pero eso no significa que no podamos hacer algo.
Pol sonrió ligeramente.
—Ahí está.
Levantó una ceja.
—¿Qué tienes en mente?
—Una tarta.
—¿Una tarta?
—Sí.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Sabes que eso implica negociar con cocina?
—Sí.
—Vale, esto me interesa.
—Necesito que me ayudes.
—Por supuesto.
—Porque sola no me van a hacer ni caso.
—Correcto.
—Y tú tienes labia.
Pol sonrió con orgullo.
—Eso es indiscutible.
Nos levantamos casi al mismo tiempo.
—Vamos.
Detrás del mostrador de la cocina estaba la cocinera principal, una mujer de unos cincuenta y tantos con los brazos cruzados y cara de no tener paciencia para tonterías.
—Buenos días —dijo Pol con su mejor sonrisa.
Ella ni se inmutó.
—No.
—¿No qué?
—No a lo que sea que vayas a pedir.
Pol me miró.
—Es rápida.
—Te tiene calado —susurré.
—Hoy es el cumpleaños de—
—No.
—Pero—
—No.
—Ni siquiera sabes lo que voy a pedir.
—Sí lo sé.
—¿El qué?
—Algo que no está en el menú.
Pol apoyó los codos en el mostrador.
—Vale, te planteo una situación hipotética.
—No.
—Escúchame.
—No.
—Cumpleaños.
—No.
—Paciente ejemplar.
—No.
—Bajo riesgo de fuga.
—No.
—Con tendencia a la ansiedad.
La cocinera le miró.
—Y un pequeño gesto podría mejorar significativamente su estado emocional.
—No.
—¿Ni siquiera una mínima excepción?
—No.
Pol suspiró.
—Vale.
Se quedó en silencio un segundo. Luego sonrió. Esa sonrisa. La que utilizaba cuando quería convencer a alguien de verdad.
—Mira —dijo bajando un poco la voz—. No te estamos pidiendo una fiesta. Ni globos. Ni confeti. Solo una tarta pequeña. Algo simbólico. Sin velas si quieres. Sin azúcar si hace falta. Sin gluten. Sin sabor.
Ella frunció el ceño.
—Eso ya no sería una tarta.
Yo intervine.
—Es para Jana.
—La del orden.
—Sí.
—La que no da problemas.
—Esa.
La cocinera me miró un poco más detenidamente. Luego miró a Pol y suspiró.
—Pequeña.
Pol sonrió.
—Pequeña.
—Y no quiero líos.
—Cero líos.
—Y luego limpiáis vosotros.
—Por supuesto.
—Y no sale de aquí.
—Jamás.
La mujer negó con la cabeza.
—Tenéis veinte minutos.
Pol se giró hacia mí.
—Somos increíbles.
Y, sorprendentemente, la hicimos. No era una tarta de pastelería ni mucho menos. Era sencilla, casera, con ingredientes del propio centro y una estética… mejorable. Pero tenía algo importante: cariño.
Pol se encargó de la parte creativa, lo cual fue un error y un acierto al mismo tiempo. Yo intenté mantener cierta coherencia estructural. La cocinera supervisaba desde la distancia. Seguro que no era lo más raro que le había pasado esta semana.
Cuando terminamos, la dejamos en una bandeja y la metimos en la nevera. No era perfecta, pero era nuestra pequeña creación.
—Falta algo —dijo Pol.
—¿El qué?
—Una tarjeta de felicitación.
Buscamos un trozo de cartulina y un bolígrafo.
Pol empezó a escribir.
—No escribas ninguna barbaridad —le advertí.
Escribió durante unos segundos. Luego me enseñó la tarjeta.
“De todos tus amigos del ala B. Feliz cumpleaños.”
Me gustaba, era simple.
—Es perfecto.
Dejamos la tarjeta junto a la tarta y nos quedamos mirándola un momento.
—¿Crees que le gustará? —preguntó Pol.
Miré la tarta. Luego pensé en Jana. En cómo había hablado de la playa. En cómo evitaba todo lo que implicaba exposición.
—No lo sé —respondí.
—Genial.
—Pero no creo que se enfade.
Pol asintió.
—Me vale.
La tarde fue cayendo poco a poco. Jana había desaparecido después de comer, y eso nos dio el margen perfecto.
Pol y yo estábamos en la sala común, fingiendo una normalidad bastante poco convincente.
—Vale —dijo él en voz baja—. Hay que organizar esto bien.
—Quiero que sea algo pequeño. Sin espectáculo.
—Eso aquí va a ser complicado.
Miré alrededor.
—¿Dónde lo hacemos?
—Tu habitación.
—¿La mía?
—Es más íntimo.
—Buena idea
—Perfecto.
La tarta ya estaba lista, escondida en la cocina a la espera de ser transportada como si fuera un objeto de contrabando. Pol se encargó de eso mientras yo me ocupaba de otra parte igual de delicada: reclutar refuerzos. Encontré a Teresa en el pasillo, hablando sola frente a una ventana.
—Teresa.
—Hoy soy Cleopatra —dijo sin mirarme.
—Perfecto.
—¿Qué necesitas?
—Vamos a hacerle una sorpresa de cumpleaños a Jana. ¿Te apuntas?
Se giró hacia mí con un brillo inmediato en los ojos.
—Acepto.
No hizo falta decir más.
Ramón fue más complicado. Estaba delante del despacho precintado, observando la puerta atentamente.
—Ramón.
—No es buen momento.
—Es el cumpleaños de Jana y vamos a hacerle una sorpresa.
Se quedó en silencio.
—¿Su cumpleaños?
—Sí.
—Puede ser una distracción.
—Ramón.
—¿Qué?
—Es solo una sorpresa.
—¿Dónde?
—En mi habitación.
—¿Hay ventanas?
—Sí.
—¿Salidas de emergencia?
—También.
—Vale.
Suspiré aliviada.
—Gracias.
Con todo el equipo más o menos reunido, nos metimos en la habitación.
Pol dejó la tarta sobre la mesilla, Teresa consiguió unas velas para poner sobre la tarta, y Ramón inspeccionó la puerta como si esperara un asalto en cualquier momento.
Yo me quedé en medio de la habitación, observando la escena.
Preparada para algo que Jana no había pedido. Y, aun así, sentía que tenía sentido.
—Vale —susurró Pol—. Posiciones.
Nos escondimos como pudimos. Teresa detrás del armario. Pol medio agachado junto a la cama. Ramón pegado a la pared. Yo junto a la puerta.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa?
—¡Hay cinco velas en esa tarta! —dije.
Corrí a quitar una de ellas.
—Tienen que ser cuatro.
—¡Uff! Casi la liamos —dijo Pol, entre risas.
Se escucharon pasos en el pasillo y nos quedamos completamente quietos. El pomo de la puerta giró, y Jana entró. No dijo nada al principio. Dejó algo sobre la mesa, dio un paso dentro…
Y entonces—
—¡SORPRESA!
La habitación explotó en voces. Teresa salió de detrás del armario, Pol levantó los brazos como si hubiera ganado la lotería, Ramón se mantuvo en su sitio, pero participó a su manera, y yo… yo simplemente la miré, esperando que le gustase lo que habíamos preparado.
Jana se quedó completamente quieta en medio de la habitación. Durante un segundo no reaccionó. Luego nos miró a todos.
—¿Qué…?
—Feliz cumpleaños —dijo Pol.
Empezamos a cantar. No supimos afinar ni coordinarnos del todo, pero fue divertido.
Jana seguía de pie, mirándonos, sin saber muy bien qué hacer.
Y entonces algo en su expresión cambió. Sus ojos se humedecieron.
No lloró, pero se le notó. Intentó disimularlo, bajó la mirada, respiró hondo… pero no pudo evitarlo del todo.
—No teníais que… —empezó.
Pero no terminó la frase. Porque Teresa fue la primera en abrazarla.
—¡Hoy celebramos tu nacimiento!
Pol se unió. Luego Ramón. Y, casi sin darme cuenta, yo también. Fue un abrazo torpe, pero hubo algo en ese momento que encajó. Jana en medio, con todos nosotros alrededor. Sin resistirse. Sin apartarse. Solo… dejándose querer.
Cuando nos separamos, ella se secó discretamente la comisura del ojo.
—Gracias —dijo.
Nos sentamos en la cama. La tarta no era gran cosa, pero la compartimos como si lo fuera.
Teresa hizo un pequeño discurso que nadie entendió del todo pero que tenía intención.
Ramón vigilaba la puerta de vez en cuando “por protocolo”.
Pol mantenía la conversación viva con esa facilidad suya para evitar los silencios incómodos.
Y Jana estaba diferente, más relajada, más presente.
Sonreía y hablaba más. Se le escapaban pequeños gestos que normalmente controlaba.