Capítulo 11
El apagón
Aquella tarde terminamos varios en la sala común porque, sencillamente, no había nada mejor que hacer.
Pol estaba tirado en uno de los pufs con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo como si estuviera intentando descifrar un mapa secreto en las manchas de humedad.
Teresa hojeaba una revista vieja del National Geographic y comentaba en voz alta que los tigres eran más inteligentes que la mayoría de los hombres.
Ramón caminaba de un lado a otro haciendo apuntes en el aire. Yo estaba sentada en uno de los sofás, apoyada contra el respaldo. Jana estaba en la mesa baja, al otro lado de la sala.
No habíamos vuelto a hablar desde la discusión de antes. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban de forma accidental y las dos hacíamos exactamente lo mismo: mirar hacia otro lado.
Entonces hubo un pequeño parpadeo de luces. Luego otro.
—¿Eso ha sido…?
Y de repente todo se apagó. Completamente. La televisión murió con un chasquido. Las lámparas del techo se quedaron negras. La sala se sumergió en una oscuridad total y alguien soltó un pequeño grito.
—¿Aaaaah!
—¿Qué ha pasado?
—¿Se ha ido la luz?
—¿Otra vez?
En el centro no era raro que hubiera apagones breves, pero el momento no podía ser peor.
—Tranquilos —dijo alguien desde el fondo.
Pero ya era tarde. Ramón entró en pánico.
—¡Lo sabía!
Su voz atravesó la oscuridad como un disparo.
—¡Lo sabía!
—Ramón, cálmate —intentó decir Pol.
—¡Esta cerca!
Se escuchó el golpe de una silla cayendo.
—¡Está aquí!
—Ramón…
—¡El asesino!
De repente empezó a moverse por la sala a toda velocidad. Oí pasos desordenados, el ruido de muebles arrastrándose y luego un golpe fuerte contra la puerta. Pero no veía nada.
—¡No va a entrar!
—¿Qué estás haciendo? —gritó alguien.
—¡Bloqueando la puerta!
Otro golpe.
—¡Ramón, para!
—¡Nadie entra!
La puerta vibró cuando empujó algo pesado contra ella.
—¡Lo sabe todo! —gritaba—. ¡Sabe que tengo pruebas!
El caos explotó de golpe. Alguien tropezó con una mesa. Se oyó otro gritó desde el suelo.
—¡Joder!
—¡No veo nada!
—¡Ramón, quita eso de la puerta!
—¡No!
Un objeto muy pesado cayó al suelo generando un ruido muy estridente y yo me levanté de golpe.
—¡Ramón!
Pero en la oscuridad era imposible ver dónde estaba exactamente.
—¡No puede entrar! —seguía gritando—. ¡Si entra estamos muertos!
Entonces escuché la voz de Jana.
—Ramón.
No gritó. Habló con esa calma que usaba cuando algo estaba completamente fuera de control.
—Ramón, escúchame.
—¡No!
—Nadie va a entrar.
—¡Sí!
—No.
Hubo un pequeño silencio.
—La puerta está cerrada —dijo ella—. Estamos dentro. Estamos a salvo.
Yo me acerqué en dirección a su voz.
—Jana.
—Ares —respondió.
Nos encontramos casi a ciegas en medio de la sala.
—Hay que encender algo —dije.
—En la mesa hay un reloj de esos digitales que se iluminan.
—Vale.
Palpé la mesa con las manos hasta encontrarlo.
Pulsé un botón y una pequeña luz azul que marcaba la hora iluminó un círculo diminuto a nuestro alrededor.
Las caras empezaron a aparecer poco a poco.
Pol en el suelo. Teresa de pie junto a una silla caída.
Ramón delante de la puerta, respirando rápido, con una estantería empujada contra el marco.
—Ramón —dijo Jana otra vez.
Se acercó despacio.
—Escúchame.
—¡No!
—Mírame, Ramón.
La luz del reloj iluminaba parcialmente la escena. Vi cómo Jana se acercaba un paso más.
—No hay nadie ahí fuera.
—Sí lo hay.
—No.
—¡Es el asesino!
—No.
Hablaba con una paciencia increíble.
—Mira.
Señaló la puerta.
—Si alguien estuviera intentando entrar… oiríamos algo.
Ramón respiraba rápido.
—Escucha.
Durante unos segundos todos guardamos silencio. No se oía nada.
—¿Lo ves? —dijo Jana.
Ramón dudó.
—No hay nadie.
—Pero…
Yo me acerqué también.
—Ramón, si bloqueas la puerta no van a poder entrar los enfermeros cuando vuelva la luz.
Eso pareció hacerle pensar.
—Tenemos que dejar paso —añadí.
Jana asintió.
—Solo aparta la estantería un poco.
Ramón se quedó mirando la puerta. Luego, lentamente, apartó el mueble. No estaba tranquilo —ni de lejos—, pero había pasado de la fase “atrincherado contra el mundo” a la fase “hipervigilante pero negociable”.
Jana y yo nos miramos con cara de “vamos a tener que encargarnos de esto”.
—El cuadro eléctrico está en el ala de mantenimiento —dijo ella.
—¿Dónde?
—Pasillo lateral, al fondo.
—Bueno —dije—. aventura nocturna.
Jana abrió la puerta con cuidado. El pasillo estaba completamente a oscuras. Ni una sola luz de emergencia.
—Genial
—Vamos —dijo Jana.
Salimos y el pasillo estaba en completo silencio y oscuridad, así que avanzamos despacio. La luz del reloj apenas dejaba ver el suelo. Todo lo demás era sombra.
—No veo nada —dije.
—Yo tampoco.
—¿Seguro que era por aquí?
—Sí.
En la oscuridad total, caminar se volvía una especie de ejercicio de confianza: un pie delante del otro esperando no chocar con nada. Casi al mismo tiempo, terminamos avanzando muy cerca la una de la otra.
—Creo que es por aquí.
—¿Crees?
—Creo.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Seguimos avanzando. Jana caminaba muy recta, concentrada, como si estuviera midiendo cada paso. Giramos otra esquina. La puerta de mantenimiento estaba delante.
—Ahí —dijo Jana.
Empujó el pomo, pero no se abrió.
—Genial.
—Está cerrada.
—Tiene que haber otra entrada.
—¿Dónde?
—Por detrás.
Retrocedimos por el pasillo lateral hasta otra puerta que daba a una pequeña zona de mantenimiento. El aire era más frío allí. La puerta chirrió al abrirse. El reloj apenas iluminaba el suelo de cemento.
—Vale —dije—. ahora sí que estamos en una película de terror.
—No dramatices.
—Estoy intentando mantener el humor.
Avanzamos unos metros más. El cuadro eléctrico estaba al fondo.
—Lo tenemos
Jana se acercó. Intentó abrir la tapa, pero no se movió.
—También está cerrada.
—¿En serio?
—Sí.
—Fantástico.
Jana miró alrededor.
—Espera.
Se agachó junto a una pequeña mesa de herramientas.
—Aquí.
Sacó algo que parecía un destornillador pequeño.
—¿Dónde has aprendido eso?
—Mi padre es ingeniero.
—Vale, eso explica muchas cosas.
Intentó abrir la caja, pero en ese momento ocurrió algo. Jana dio un paso atrás y chocó con algo que no habíamos visto. Una caja apoyada contra la pared. La caja se movió y ella perdió el equilibrio.
—¡Jana!
Cayó hacia atrás. La agarré por los brazos instintivamente antes de que golpeara el suelo. Quedamos completamente pegadas. Mi mano en su brazo. La suya agarrando mi camiseta para estabilizarse. La luz verde del reloj iluminaba solo nuestras caras.
—Estoy bien —dijo en voz baja.
—Casi te matas.
Pero no se apartó inmediatamente. Ni yo tampoco.
Luego carraspeé.
—Vale… diferencial.
Jana se soltó despacio y volvió al cuadro eléctrico. Abrió la tapa. Dentro había varias filas de interruptores.
—Ese —dijo.
—¿Seguro?
—Sí.
Bajó el diferencial. Luego lo volvió a subir. Entonces, a lo lejos, escuchamos el sonido familiar de la electricidad volviendo a circular. Las luces del pasillo parpadearon. Luego se encendieron. La sala común volvió a iluminarse al fondo del ala.
Jana cerró la caja del cuadro. Abre y cierra, abre y cierra. Cuatro veces. Yo la miré. Ella me miró. Y durante un momento nos quedamos en silencio.
—Bueno —dije finalmente.
—¿Qué?
—Creo que no lo hemos hecho tan mal.
Jana pensó un segundo. Luego asintió.
—No.
Una pequeña sonrisa apareció en su cara.
—Hacemos mejor equipo del que pensaba.
—No te acostumbres —respondí.
Pero también estaba sonriendo.