Cuando descubras la verdad Capítulo 10
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Capítulo 10

Incompatibles

El cielo estaba despejado y el sol de primera hora de la tarde caía sobre el césped con una tranquilidad que no tenía nada que ver con lo que estaba pasando dentro del edificio.

Pol estaba apoyado en el tronco de un árbol del patio.

—Pensaba que no ibas a salir hoy —dijo cuando me vio acercarme.

—Necesitaba respirar.

—Sí, hoy el ambiente dentro parece un capítulo de CSI: psiquiátrico.

Me senté en el banco frente a él.

—¿Cómo estás?

Me encogí de hombros.

—No lo sé.

—Respuesta estándar de persona que no está bien.

—Gracias por el diagnóstico.

—De nada, es gratis.

Pol me miró con cara de tener preparada la siguiente pregunta.

—¿Y con Jana?

Suspiré.

—Distante.

—¿Desde la fiesta?

Asentí.

—Sí.

Miré hacia el césped mientras hablaba, arrancando una pequeña brizna de hierba sin darme cuenta.

—No sé… está rara. Más callada. Como si estuviera evitando quedarse demasiado tiempo en la misma habitación que yo.

Pol ladeó la cabeza.

—Bueno, han pasado bastantes cosas en las últimas veinticuatro horas.

—Ya.

—Un asesinato, por ejemplo.

—Sí, ese pequeño detalle.

La palabra asesinato todavía tenía algo irreal cuando se decía en voz alta. Como si no perteneciera del todo a nuestro mundo, aunque técnicamente hubiera ocurrido a pocos metros de donde estábamos sentados.

—Es normal que la gente esté rara. Aquí dentro cualquier cosa ya nos afecta mucho, imagínate meter ahora a la policía, interrogatorios y un cadáver.

Tenía razón. Pero aun así…

—No creo que sea solo eso.

Pol me observó un, esperando.

Respiré hondo.

—Creo que estoy bastante jodida con ella.

—¿Con Jana?

—Sí.

—Ah.

—Estoy completamente pillada —añadí.

Lo dije en voz baja, mirando al suelo.

—Y lo peor es que no sé ni cuándo ha pasado. Hace dos semanas ni sabía que existía y ahora no puedo pasar ni cinco minutos sin pensar en ella.

—Pero eso es bonito.

—¿Bonito?

Le miré.

—Estoy enamorándome de una chica que tiene novio, que probablemente no está interesada en mujeres y que además parece que ahora mismo prefiere evitarme.

—Bueno, cuando lo resumes así suena fatal.

—Porque lo es.

Me dejé caer hacia atrás en el banco.

—Me siento un poco idiota, para serte sincera.

—No digas eso.

Sacudió la cabeza.

—Lo que te está pasando es lo más normal del mundo.

Solté una pequeña risa.

—No estoy tan segura.

—Mira, no quiero alimentar tus esperanzas ni nada de eso… Pero tengo que decirlo.

Le miré con desconfianza.

—¿Decir qué?

Pol sonrió.

—Que yo veo mucha más química en cualquier discusión entre vosotras dos que en cualquier beso entre Robert y Jana.

Me reí.

—Eso no te lo discuto

—Cuando discutís parece que os estéis quitando la ropa emocionalmente.

—Qué imagen tan apetecible acabas de crear.

Pol se encogió de hombros.

—Es la verdad.

Miré hacia el edificio del centro.

—Pues ahora mismo no lo parece mucho —dije.

Pol siguió mi mirada.

—Las cosas intensas nunca son simples, Ares.

Se levantó del árbol y estiró la espalda.

—Si algo he aprendido aquí dentro es que las historias interesantes nunca empiezan con “todo fue fácil y nadie se complicó la vida”.

—Eso no me tranquiliza demasiado.

Pol me dio una palmada ligera en el hombro.

—Pero tampoco descartes nada todavía.

Miré otra vez hacia el edificio. En alguna parte ahí dentro estaba Jana. Y, por algún motivo que todavía no entendía del todo, la historia entre nosotras parecía haber empezado justo en el momento más complicado posible.

Aquella tarde la rutina volvió a romperse un poco. A la hora de terapia grupal nos reunimos en la sala como siempre, pero la doctora Sanz entró solo un momento. Tenía el móvil en la mano y la expresión de alguien que llevaba demasiadas conversaciones complicadas en un mismo día.

—Hoy no podremos hacer sesión —dijo—. Tengo que hablar con la policía y resolver algunas cuestiones administrativas. Pero no quiero que estéis cada uno por vuestra cuenta —añadió—. Así que podéis quedaros aquí. Hemos preparado una película.

Señaló la sala común.

—Intentad comportaros como adultos civilizados durante noventa minutos. Sé que es una petición ambiciosa.

Cuando entramos en la sala común vimos que alguien había juntado los sofás contra la pared, colocado varios pufs en el suelo y extendido una alfombra grande delante de la televisión.

Algunos se sentaron directamente en el suelo, otros se tumbaron medio atravesados en los sofás como si aquello fuera un campamento.

Pol se tiró en uno de los pufs. Yo me senté en el extremo de uno de los sofás.

La película ya estaba empezando cuando Jana entró en la sala.

Durante un segundo buscó sitio con la mirada.

Los pufs estaban llenos, la alfombra también, y el resto del sofá estaba ocupado.

Solo quedaba el espacio a mi lado. Nuestros ojos se cruzaron.

Luego caminó hacia allí y se sentó. El espacio era mínimo.

Nuestros brazos quedaron casi pegados y nuestras rodillas tocaban ligeramente la mesa baja que había delante. Noté su calor de inmediato.

La película avanzaba en la pantalla mientras el resto del grupo comentaba alguna escena en voz baja.

Pero yo apenas estaba prestando atención.

Era demasiado consciente de Jana a mi lado.

Del movimiento casi imperceptible de su respiración.

Del olor suave de su champú. De la forma en que su brazo rozaba el mío cada vez que cambiaba ligeramente de postura.

En algún momento, después de un rato largo de película, noté que su cuerpo se relajaba un poco más contra el respaldo.

Giré la cabeza con cuidado. Tenía los ojos cerrados.

Se había quedado dormida. Me quedé observándola, intentando no hacerlo de forma demasiado evidente.

Dormía con una tranquilidad que no le había visto nunca despierta.

Sin esa tensión habitual en su forma de moverse, sin ese control constante que parecía mantener sobre todo.

Entonces, lentamente, su cabeza se inclinó hacia un lado y cayó sobre mi hombro.

Sentí el contacto inmediato. El peso ligero de su cabeza apoyándose contra mí.

Me quedé completamente quieta. Pensé que iba a despertarse enseguida, que se apartaría, que pediría disculpas o algo así. Pero no ocurrió nada. Siguió dormida.

La película continuó hasta el final. La gente empezó a levantarse poco a poco, estirándose, comentando alguna escena, arrastrando los pufs por el suelo.

—Bueno, eso ha sido mejor que terapia —dijo Pol levantándose, justo antes de mirar hacia donde estábamos nosotras y guiñarme el ojo.

Uno a uno, fueron saliendo de la sala. Yo no me moví.

Jana seguía apoyada en mi hombro, respirando despacio, completamente ajena a que la película ya había terminado y la sala se había quedado casi vacía.

Podría haberme levantado y haberla despertado con suavidad.

Pero no lo hice. Porque dormía con una paz que me parecía casi sagrada, y porque había algo en ese momento que no quería romper.

Así que me quedé allí. Inmóvil. Con la espalda recta, mirando la pantalla negra del televisor, intentando no mover ni un centímetro de mi cuerpo.

Más tarde, su cabeza se deslizó un poco sobre mi hombro y sus párpados temblaron antes de abrirse del todo. Durante unos segundos pareció no entender dónde estaba.

—¿Qué hora es? —murmuró, todavía medio dormida.

Miré el reloj de la pared.

—Las seis menos diez.

Jana tardó un poco en procesarlo. Luego se incorporó de golpe.

—¿Cómo que las seis menos diez?

Su expresión cambió inmediatamente. La somnolencia desapareció como si alguien hubiera encendido una alarma dentro de su cabeza.

—¿Por qué no me has despertado?

—¿Qué?

—¿Por qué no me has despertado? —repitió, levantándose del sofá con una rapidez nerviosa.

—Porque estabas dormida.

Jana se pasó una mano por la cara, caminando un par de pasos por la sala.

—Teníamos que ir a la clase de arteterapia a las cinco y media. Está en el horario. Empieza siempre a la misma hora.

—Pero te habías quedado dormida.

—Por eso mismo necesitaba que me despertaras.

La observé, intentando mantener la calma.

—Parecía que lo necesitabas.

—No era tu decisión.

—Perdona por intentar ser amable.

Jana respiró hondo, claramente alterada.

—No entiendes lo importante que es para mí cumplir con los horarios.

—Es una clase.

—No es una clase, es parte de la rutina y si rompo la rutina luego todo se descoloca.

—Solo has dormido media hora.

—No es media hora —dijo—. Es el orden.

Me levanté del sofá.

—Estás exagerando.

Jana se quedó quieta al oír eso.

—¿Exagerando?

—Sí.

—Para ti quizá. Claro.

—¿Claro qué?

—Que para ti todo es improvisación. Siempre haces lo que te da la gana y luego esperas que el mundo funcione igual.

—Eso no es verdad. Te dejé dormir —respondí—. Pensé que te vendría bien.

—No necesitaba dormir —replicó—. Necesitaba ir a mi clase.

—Pues haberte puesto una alarma.

Jana me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—No entiendes nada de cómo funciona mi cabeza.

—Y tú no entiendes que no soy tu agenda personal.

Me levanté del sofá.

—Vale, ya estamos otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Esto. Haga lo que haga siempre está mal. Se acabó esta conversación.

—Perfecto.

Jana agarró el pomo de la puerta.

—Tengo cosas que hacer.

—Genial —respondí—. Yo también.

Abrió la puerta. Y en ese mismo instante decidí salir yo también.

Dimos el primer paso al mismo tiempo. Nos chocamos en el marco.

Fue un golpe leve, pero lo suficientemente torpe como para que las dos retrocediéramos medio paso.

Durante un segundo nos quedamos mirándonos.

Jana frunció el ceño. Yo levanté una ceja.

Nos apartamos al mismo tiempo, como dos coches intentando pasar por una calle demasiado estrecha.

Jana salió primero al pasillo. Yo lo hice un segundo después. Caminamos en direcciones opuestas con esa dignidad ligeramente ridícula que uno intenta mantener cuando acaba de discutir con alguien y no quiere conceder ni medio gesto de debilidad.

Necesitaba hablar con alguien y Pol era la única persona con la que podía desahogarme sin tener que filtrar demasiado. Caminé hacia su habitación con paso rápido y llamé una vez a la puerta antes de abrir.

—Pol, necesito hablar contigo porque si no…

La frase se quedó a medias. Un fuerte olor a alcohol me golpeó.

Bajé la mirada. En el suelo, al lado de la cama, había varias botellas.

Algunas vacías. Otras a medio terminar. Una botella de vodka apoyada contra la pared.

Dos latas aplastadas sobre la mesilla. Me quedé completamente en shock.

Él estaba sentado en la cama, tenía la espalda apoyada contra la pared y una cara de culpabilidad que todavía no había visto en él.

—Puedo explicarlo —dijo enseguida.

—¿Qué es esto?

—Ares…

—¿Qué es esto?

Pol pasó una mano por su nuca, claramente incómodo.

—Anoche… después de la fiesta…

—No me jodas.

Miré otra vez las botellas.

—Pol.

—Lo sé.

—No me jodas.

—Lo sé —repitió.

Entré del todo en la habitación y cerré la puerta detrás de mí.

—¿Estás bebiendo otra vez?

—No era la idea.

—Pero lo estás haciendo.

Pol suspiró.

—Cuando se terminó la fiesta, algunos chicos del ala C siguieron la fiesta aquí.

—¿En tu habitación?

—Sí.

—¿Con alcohol?

—Sí.

—¿Estás escuchando lo que estás diciendo?

—Ellos lo trajeron. Hay un celador que es amigo de uno de ellos y consiguió pasar el alcohol.

—Eso no cambia nada.

—Lo sé.

—Pol, llevabas meses limpio.

—Lo sé.

—Meses.

—Ares…

—¿Cómo has podido caer otra vez?

Pol se frotó la frente.

—No pretendía beber.

—¿Y qué pasó entonces?

—Estaban todos muy borrachos, la habitación parecía un bar.

—¿Y?

Pol soltó una pequeña risa amarga.

—Ares… cuando tienes una adicción… estar sentado en una habitación llena de bebida con diez personas borrachas no es exactamente el mejor entorno.

No respondí.

—Al final bebí un poco—admitió.

—¿Un poco?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Pol levantó la mirada.

—Porque no recuerdo la mitad de la noche.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿Qué?

—Después de cierto punto… está todo borroso.

—Joder, Pol.

—Lo sé.

Sus palabras salían cargadas de vergüenza.

—Lo sé.

Me quedé mirando las botellas unos segundos. Luego volví a mirarle.

—¿Alguien más sabe esto?

—No.

—Ares… por favor.

—¿Qué?

—No se lo digas a nadie, si se enteran me van a quitar los permisos, me van a cambiar el plan de tratamiento, van a…

—Lo sé.

—Por favor.

Le observé unos segundos. Parecía más pequeño de lo normal sentado en la cama, con las botellas alrededor como pruebas de un delito.

Suspiré.

—Vale.

Pol levantó un poco la cabeza.

—¿Vale?

—Pero esto no puede volver a pasar.

—No va a pasar.

—Pol.

—De verdad.

Negué con la cabeza.

—No vuelvas a caer.

—No lo haré.

—Porque estabas haciendo un progreso increíble.

—Lo sé.

—Y no pienso verte tirar eso por la borda.

Pol bajó la mirada otra vez.

—Gracias.

Me agaché y empecé a recoger las botellas del suelo.

—¿Qué haces?

—Esto no puede quedarse aquí.

—¿Dónde lo vas a llevar?

—A mi habitación.

—¿Qué?

—Las esconderé en alguna parte.

—Ares…

—Si alguien entra aquí y ve esto te hunden.

Metí las botellas dentro de mi mochila.

—Además —añadí—, así no tienes la tentación delante.

Pol me observaba con una mezcla de alivio y vergüenza.

—Lo siento.

—Lo sé.

—De verdad que no quería…

Terminé de recoger las botellas que quedaban y antes de salir me giré hacia él.

—Oye.

Pol levantó la vista.

—Me preocupo por ti.

Él asintió lentamente.

—Lo sé. Gracias, Ares.

—Voy a llevarme todo esto de aquí antes de que lo vea alguien.

Salí de la habitación de Pol con la mochila colgada del hombro, intentando caminar con la mayor naturalidad posible.

El pasillo estaba tranquilo. Un enfermero empujaba un carrito al fondo del ala y alguien hablaba por teléfono cerca de las escaleras.

Bajé un poco la cabeza y seguí caminando.

La mochila pesaba bastante. Doblé la esquina hacia nuestro pasillo, que por suerte estaba vacío.

Llegué hasta la habitación, abrí la puerta con cuidado y entré rápidamente antes de que alguien pudiera aparecer detrás de mí.

Cerré con suavidad, apoyé la mochila en la cama y me quedé un momento mirando la puerta, asegurándome de que nadie iba a entrar de repente.

Luego abrí la cremallera, saqué las botellas una por una y las escondí en el fondo del armario, detrás de una pila de ropa que apenas utilizaba.

No era el escondite más brillante del mundo, pero al menos no estaban a la vista.

Cerré el armario y durante un momento me quedé de pie en medio de la habitación.

Entre el asesinato, la policía, las discusiones con Jana y ahora esto de Pol, el día estaba empezando a ser demasiado largo.

Me senté en la cama y me tapé la cara con ambas manos.

Había ido a hablar con Pol para desahogarme sobre Jana y había terminado escondiendo alcohol ilegal en mi armario.

Estupendo.