Cuando descubras la verdad Capítulo 9
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Capítulo 9

Sospechosos

La policía no se fue inmediatamente. Durante buena parte de la mañana, el Vall de la Pau parecía una escena del crimen suspendida en el tiempo.

Los agentes entraban y salían del despacho de Marcos, hacían fotos, medían distancias, hablaban en voz baja entre ellos mientras el resto del centro intentaba seguir respirando con cierta normalidad.

Al final colocaron una cinta en la puerta. Precintado. La palabra quedó pegada al marco como si fuera un recordatorio de lo que había ocurrido allí dentro. A partir de ese momento nadie podía acercarse al despacho. Todo el mundo parecía evitar esa zona de forma instintiva.

Intentamos seguir con el día, pero el ambiente había cambiado sutilmente. Había una sensación de incertidumbre que hacía que la gente hablara un poco más bajo y mirara un poco más a su alrededor. Un asesinato tiene ese efecto. De repente todos los silencios se vuelven sospechosos.

Durante el resto de la mañana pasé por el pasillo de los despachos un par de veces. Cada vez que lo hacía, mi mirada terminaba inevitablemente en la puerta de Marcos. La cinta policial seguía allí, cruzando el marco como una herida mal cerrada.

No podía evitar pensar en la escena de esa mañana.

El cuerpo en el suelo.

La sangre.

La cara de la doctora Sanz.

Intenté imaginar qué había pasado realmente en ese despacho la noche anterior.

Una caída.

Un accidente.

Un despiste.

Pero cuanto más lo pensaba menos sentido tenía.

La policía había sido bastante clara: aquello no parecía un accidente. Así que solo quedaba la otra opción. Alguien había estado allí. Alguien había golpeado a Marcos. Ese alguien estaba en el mismo edificio que nosotros. Y uno de nosotros estaba mintiendo.

Me sorprendí mirando a la gente de forma distinta durante las siguientes horas.

A Teresa, recitando algo en voz baja en una esquina del patio como si nada hubiera cambiado.

A Pol, intentando hacer bromas con los enfermeros, pero sin el mismo entusiasmo de siempre.

A Ramón, caminando por el pasillo mientras susurraba para sí mismo.

A Jana la vi un par de veces durante la mañana. Estaba más callada de lo normal, concentrada en pequeñas rutinas que parecían necesitar más atención que otros días.

Había algo raro en todo aquello. No solo el asesinato. Sino la forma en que todos parecíamos intentar seguir con el día como si el mundo no se hubiera desplazado unos centímetros hacia un lugar más oscuro.

Cuando llegó la hora de comer fuimos hacia el comedor. Estaba más lleno de lo habitual. Las conversaciones eran más contenidas y cada mesa parecía un pequeño grupo de teorías conspiranoicas.

—Dicen que fue un golpe en la cabeza —escuché a alguien decir cerca de la fila del pan.

—Pues alguien tuvo que hacerlo.

—O se cayó.

—¿Tú has visto cómo estaba el suelo?

—No.

—Pues yo sí.

Me senté en la mesa donde solíamos reunirnos.

Pol dejó su bandeja frente a mí.

—Esto se está poniendo interesante —dijo.

—¿Te parece interesante un asesinato?

—El asesinato no. Lo que viene después sí.

—¿Qué viene después?

—Todo el mundo intentando demostrar que no es culpable.

Miré alrededor. Teresa estaba hablando con dos enfermeras, explicándoles algo con gestos teatrales.

Ramón seguía observando la sala como si estuviera intentando descifrar el misterio.

Y entonces vi a Jana entrar. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron desde extremos opuestos del comedor. Luego alguien volvió a mencionar el nombre de Marcos en otra mesa. Y el rumor volvió a extenderse por la sala.

Terminé de comer antes que el resto. Dejé la bandeja en el carrito y salí del comedor mientras detrás de mí las conversaciones seguían girando inevitablemente alrededor del mismo tema.

Caminé despacio hacia la habitación, pasando por la zona donde estaba el despacho precintado.

No me detuve, pero tampoco pude evitar mirarlo de reojo al pasar.

Dentro de ese espacio había ocurrido algo lo suficientemente violento como para que la policía pasara la mañana entera tomando fotos y midiendo manchas de sangre.

Entré en mi habitación, me senté en la cama y durante un rato me quedé mirando el suelo, dejando salir todos los pensamientos que había estado evitando durante la comida.

¿Quién podía haber sido? La pregunta se repetía sola.

Pensé primero en Teresa. Había sido la que más se había enfadado con Marcos.

Lo de la tetera no había sido ninguna broma para ella, eso estaba claro.

La había visto gritarle en el comedor con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera.

Pero aun así… Negué ligeramente con la cabeza. Por mucho que aquella tetera hubiera sido importante para ella, matarlo por eso era otra cosa completamente distinta. Teresa era dramática, sí, pero su drama siempre parecía pertenecer más al teatro que a la vida real.

Después pensé en Ramón. Él había pasado días enteros convencido de que Marcos era un clon enviado para acabar con él.

Solo esa frase ya habría bastado para que la policía levantara una ceja.

Pero tampoco tenía sentido. Ramón podía vivir en su propio universo, pero no me lo imaginaba haciendo daño a nadie.

Sus conspiraciones eran más verbales que físicas.

En todo el tiempo que llevaba allí nunca le había visto ni siquiera levantar la voz.

Luego estaba Pol. Solté una pequeña risa al pensarlo. Pol habría sido incapaz de matar a alguien incluso aunque lo hubiera intentado. Además, había pasado casi toda la fiesta bailando y hablando con todo el mundo. Siempre había alguien cerca de él. No. Eso tampoco tenía sentido.

Y Jana… La descarté casi inmediatamente. Había pasado buena parte de la noche conmigo. Y el resto del tiempo estaba con Robert. Además, incluso si no hubiera sido así… Jana tenía demasiados problemas intentando mantener el orden en su propia cabeza como para planear algo tan violento.

Pensé incluso en la doctora Sanz. Los había escuchado discutir el día anterior. Pero tampoco parecía haber motivos reales para algo así.

Me levanté y caminé un par de pasos por la habitación.

Entonces apareció otra posibilidad: alguien del ala C.

Esa noche había entrado mucha gente en la fiesta.

Personas que no conocíamos demasiado, caras nuevas mezcladas con las de siempre.

Si alguien hubiera querido aprovechar el caos para hacer algo así…

Podía haber sido cualquiera. Suspiré. El problema era que ninguna teoría terminaba de encajar del todo. Me dejé caer otra vez en la cama.

—Joder…

Había algo en todo aquello que no me dejaba tranquila. Quizá era simplemente curiosidad, o quizá era algo más profundo. La sensación de que la historia que todos estábamos escuchando todavía no estaba completa.

Quería entenderlo. Quería saber qué había pasado realmente en ese despacho.

Entonces recordé algo que el inspector me había dicho durante el interrogatorio.

La forma en que había mencionado mis episodios.

Mis episodios disociativos. Pero hacía mucho tiempo que no me pasaba nada así.

Me quedé mirando el techo. Y por primera vez desde que empezó todo, una idea incómoda se abrió paso entre los demás pensamientos.

¿Y si…?

No. Negué con la cabeza inmediatamente. Era imposible.

Y, aun así, el simple hecho de que el inspector hubiera mencionado aquello había dejado una pequeña grieta en mi cabeza.

Una duda minúscula y ridícula, pero imposible de ignorar del todo.

Porque cuando alguien te sugiere que podrías haber hecho algo que no recuerdas…

tu cerebro empieza a buscar en todos los lugares equivocados.

Me tapé la cara con las manos y suspiré. Nada tenía sentido. Yo tampoco tenía ningún motivo para hacerle daño. Pero estaba dispuesta a averiguar quién había sido, aunque fuera solo para quedarme tranquila.

Me quedé un rato más allí, intentando vaciar la cabeza de todo lo que había pasado esa mañana.

Pero el problema de los pensamientos es que, cuando intentas empujarlos fuera, siempre entra otro por la puerta de atrás.

Y el que apareció entonces no tenía nada que ver con Marcos.

Tenía que ver con Jana. Cerré los ojos de nuevo y la escena volvió sola, como si mi memoria se empeñara en reproducirla a cámara lenta.

La música.

La sala medio a oscuras.

Las luces de colores girando por las paredes.

Y Jana frente a mí.

Todavía podía sentir la presión de sus manos cuando me las colocó en su cintura.

Me acordé de cómo se había acercado más al ritmo de la música.

El olor de su piel me había llegado entonces por primera vez.

Lo peor de todo era que no sabía qué había sentido ella.

Durante unos segundos, allí en medio del baile, había tenido la sensación clara de que algo estaba pasando entre las dos.

No era imaginación. No podía serlo. Había algo en su forma de mirarme, en la manera en que no se había apartado, en ese gesto pequeño cuando se sonrojó después de mi comentario.

Y luego… Robert. Su voz entrando en la sala como un cubo de agua fría. El momento exacto en que Jana se había quedado rígida, como si alguien hubiera encendido de golpe todas las luces del mundo.

Me incorporé un poco en la cama.

La imagen de ellos dos en el patio volvió a aparecer también, inevitablemente.

Robert rodeándole la cintura. Jana inclinándose hacia él.

El beso. Sentí otra vez esa punzada rara en el estómago.

Celos. Todavía me resistía un poco a aceptarlo.

Era absurdo. Habíamos pasado más tiempo discutiendo que otra cosa.

Y aun así mi cabeza seguía volviendo una y otra vez al mismo sitio: a ese momento en la pista de baile, a su cara tan cerca de la mía.

—Estás fatal, Ares —dije para mí misma.

Pero era la verdad. Me estaba pillando. De una forma lenta pero muy clara, como esas mareas que al principio apenas notas y de repente te das cuenta de que el agua ya te llega a las rodillas.

Y empezaba a no soportar verla con Robert. Cada vez que los veía juntos algo dentro de mí se tensaba. No tenía ningún derecho a sentir eso. Ninguno. Jana tenía su vida, su relación, su historia con él. Pero saberlo no hacía que fuera más fácil soportarlo.

Apoyé la cabeza contra la pared. No podía seguir fingiendo que aquello no estaba pasando.

Estaba completamente pillada por esa mujer.

Y lo peor de todo era que ni siquiera sabía si ella había sentido algo parecido aquella noche o si todo había sido solo una interpretación muy optimista de mi cerebro.

Suspiré.

—Perfecto.

Un asesinato en el centro. La policía interrogando a todo el mundo. Y yo, enamorándome de mi compañera de habitación, que tiene novio. La estabilidad emocional en su máxima expresión.