Capítulo 6 #2
No pudimos evitar reírnos. Seguimos moviéndonos al ritmo de la música, cada vez un poco más cerca, como si el espacio entre nosotras se hubiera reducido sin que ninguna lo hubiera decidido del todo.
En una de las vueltas lentas que dio la canción, levanté la vista. Pol estaba bailando con Teresa a unos metros. Y me estaba guiñando un ojo. El muy cabrón sonreía como si acabara de completar un plan maestro.
Jana y yo seguimos bailando, casi sin darnos cuenta de que la canción había terminado. Luego ella inclinó ligeramente la cabeza hacia una esquina más tranquila de la sala, donde la luz de la bola de discoteca llegaba más tenue.
—¿Vamos un momento allí? —dijo.
Asentí.
Nos apartamos un poco del centro de la pista.
En esa zona la música seguía sonando fuerte, pero el bullicio quedaba un poco más lejos.
Podíamos hablar sin tener que gritar. Nos quedamos una frente a la otra, todavía con la respiración ligeramente acelerada por el baile.
La miré y no pude evitar sonreír al ver lo guapísima que estaba.
—¿Qué pasa? —Me dijo, al observar cómo la miraba.
—Que te sienta muy bien esto.
—¿El qué?
—Esto. El estar relajada. Divertirte un poco. Creo que nunca te había visto siendo tan tú como esta noche.
Jana pareció sorprenderse.
—Gracias.
Nos acercamos un poco más, casi sin pensarlo. La música lenta de fondo, la luz girando en la pared, el ruido lejano de la gente… todo parecía haberse reducido a ese pequeño espacio entre nosotras.
Jana levantó una mano hacia mi cuello. Sus dedos tocaron el borde del cuello de mi camisa y lo acomodaron suavemente, como si hubiera notado que estaba mal doblado.
El gesto fue sencillo. Pero era la primera vez que hacía algo así conmigo.
Cuando terminó de arreglarlo no retiró la mano inmediatamente. Nuestros cuerpos estaban ahora tan cerca que apenas quedaba distancia entre nosotras. Sentía el calor de su respiración y el latido rápido de mi propio corazón golpeándome en el pecho.
Ninguna decía nada. Pero las dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. Nos acercamos tanto que podía notar su aliento. Fue ese tipo de movimiento lento que no sabes exactamente quién ha iniciado. Solo ocurre.
Entonces una voz atravesó la sala.
—¡Ya os vale!
La música seguía sonando, pero esa voz se impuso sobre todo lo demás.
—¡Celebráis una fiesta y no avisáis a los del ala C!
Era Robert.
—¡Que empiece la fiesta, cabrones!
Las puertas se abrieron y empezó a entrar más gente. Pacientes de otras alas, algunos riendo, otros ya bailando antes siquiera de cruzar el umbral.
Jana se quedó completamente quieta. Como si alguien hubiera congelado el momento. Sus ojos se movieron hacia la entrada. Luego volvió a mirarme y en ese instante algo cambió en su expresión. Como si de repente hubiera tomado conciencia de lo cerca que estábamos. De lo que estaba a punto de pasar.
Se separó de golpe. Fue un movimiento rápido, casi brusco.
—Yo… —empezó a decir, pero no terminó la frase.
Robert ya estaba acercándose por la pista, saludando a todo el mundo con los brazos abiertos. Jana dio un paso atrás. Luego otro. Y sin decir nada más se dio la vuelta y se perdió entre la gente que empezaba a llenar la sala.
Durante un segundo me quedé en paralizada, intentando entender lo que acababa de pasar. Luego reaccioné y empecé a abrirme paso entre la gente.
—Jana.
Pero cada vez entraban más personas. La música subía, alguien gritaba algo desde el fondo de la sala, Pol había cambiado otra vez de canción y ahora medio mundo estaba saltando.
Intenté seguirla con la mirada, pero le perdí la pista cuando Pol me agarró del brazo.
—¿Va todo bien?
Miré alrededor una vez más y me di cuenta de que Jana ya no estaba en la sala.
—Sí. ¿Has visto a Jana?
—¿Que?
—¿Has visto a Jana? —insistí, acercándome para que me oyera.
La música estaba tan alta que parecía imposible mantener una conversación normal. Pol frunció el ceño, inclinándose hacia mí.
—¿Qué?
—¡Jana! —repetí, señalando alrededor—. ¿La has visto?
Pero en ese momento alguien apareció por detrás y le puso una botella de refresco en la mano mientras otro le gritaba algo al oído. Pol soltó una carcajada y levantó el vaso como si estuviera brindando con toda la sala.
—¡Ares, ven a bailar!
Intenté volver a preguntar, pero la música subió todavía más y la gente empezó a empujarnos hacia el centro de la pista. Alguien me cogió del brazo para hacerme girar, otro empezó a saltar al ritmo de la canción. Pol me miró, como si intentara recordar qué estaba diciendo yo antes.
—¿Todo bien? —gritó.
Asentí sin demasiada convicción.
La sala estaba ahora mucho más llena. Los pacientes del ala C habían llegado como una pequeña invasión festiva: gente riendo, ocupando los sofás, bailando sin demasiada coordinación.
La bola de discoteca giraba más rápido y las luces plateadas rebotaban por todas partes, mezclándose con el sudor y el calor que empezaba a acumularse en la habitación.
Durante unos minutos me dejé arrastrar por el ambiente. Incluso bailé con un señor de casi noventa años al ritmo del Rock and Roll.
Pol había vuelto a subirse a una silla para cambiar la música otra vez, gritando algo sobre poner “un clásico que no falla nunca”.
La fiesta siguió creciendo como una ola que nadie parecía capaz de frenar. El aire en la sala se había vuelto denso, caliente, cargado de ese olor característico que aparece cuando demasiadas personas comparten el mismo espacio durante mucho tiempo.
En algún momento alguien del ala C me ofreció una bolsa de patatas y acabé sentada en el sofá unos minutos, intentando recomponerme de tantos estímulos.
Fue entonces cuando la doctora Sanz apareció.
—Creo que la fiesta ya ha cumplido su función terapéutica por hoy. Los del ala C, por favor, volved a vuestro pabellón. Ha sido divertido, pero esto empieza a parecer un festival.
Hubo protestas, algún “venga, solo una más”, pero la autoridad de Sanz era de ese tipo que no necesitaba insistir demasiado. Poco a poco la gente empezó a moverse hacia la puerta. Algunos recogían vasos, otros se despedían chocando manos como si realmente estuvieran saliendo de un bar.
La sala empezó a vaciarse lentamente y el ruido se fue transformando en algo más manejable. Yo seguía sentada en el sofá, observando ese proceso con la mente todavía a medio camino entre la fiesta y mis propios pensamientos.
Entonces la vi de nuevo. Jana estaba cerca de la pared del fondo, junto a Robert.
Él hablaba con dos chicos, gesticulando con entusiasmo mientras contaba algo que parecía muy divertido.
Ella no participaba realmente en la conversación.
Parecía nerviosa. Reconocí enseguida ese pequeño tic que tenía cuando algo en su cabeza empezaba a girar demasiado rápido.
También evitaba mirar hacia donde yo estaba. Cada vez que su mirada recorría la sala se detenía en cualquier otro punto antes de cambiar de dirección, como si hubiera decidido conscientemente saltarse el mío.
Robert le dijo algo y le pasó un brazo por encima del hombro. Jana asintió sin demasiado entusiasmo, como si su atención estuviera en otra parte.
Sentí un poco de vértigo. Quizá había ido demasiado rápido. Quizá para ella aquello había sido demasiado repentino, demasiado fuera de lugar. Jana era la persona más ordenada que había conocido en mi vida y yo… bueno, yo era exactamente lo contrario.
O quizá, simplemente, había empezado a imaginar cosas que no son y a ilusionarme por algo imposible.
La sala terminó de vaciarse poco a poco. Los últimos del ala C salieron protestando en voz baja mientras la doctora Sanz se aseguraba de que cada uno volviera a su sitio.
Pol intentó negociar una última canción, pero Sanz le lanzó una mirada que dejó claro que la fiesta había terminado oficialmente. La música se apagó. La bola de discoteca siguió girando unos segundos más antes de detenerse lentamente, dejando la sala iluminada solo por la luz normal del techo.
De repente todo volvió a parecer lo que realmente era: la sala común de un centro psiquiátrico, con vasos de plástico abandonados en las mesas y el eco reciente de algo que había sido divertido durante un rato.
Yo seguía sentada en el sofá. Miré otra vez hacia donde estaba Jana.
Continuaba junto a Robert. Él hablaba con alguien más mientras ella asentía de vez en cuando, pero su mirada seguía evitando la mía.
Eso terminó de convencerme. Me levanté, dejé la bolsa de patatas en la mesa y me acerqué a Pol, que estaba recogiendo algunos vasos como si hubiera sido el camarero oficial de la velada.
—Yo me voy a dormir.
Pol levantó la vista, sorprendido.
—¿Tan pronto?
—Estoy cansada.
Me miró unos segundos, como si intentara decidir si esa explicación era suficiente.
—¿Seguro que estás bien?
Asentí.
—Sí.
No insistió. Pol tenía esa habilidad de saber cuándo era mejor no hacer más preguntas.
—Buenas noches entonces, Ares.
—Buenas noches.
Salí de la sala antes de que pudiera arrepentirme. Mientras cruzaba el pasillo me di cuenta de que la música había dejado un zumbido leve en mis oídos, ese silencio que queda después de demasiado ruido.
Cuando entré en la habitación me recibió el mismo orden que había dejado por la tarde. Me quité las zapatillas y me tumbé en la cama sin encender la luz.
Cerré los ojos. Intenté no pensar en la escena de antes. En lo cerca que habíamos estado. En lo rápido que Jana se había apartado cuando oyó la voz de Robert. Pero mi cabeza no estaba especialmente interesada en colaborar.
Al final me quedé dormida con una sensación incómoda en el pecho, una mezcla entre decepción, vergüenza y algo que se parecía demasiado a echar de menos a alguien que estaba a solo unos metros de distancia.