Capítulo 7
El despertar
Un grito atravesó el pasillo como una puñalada.
—¡Dios mío!
Me desperté de inmediato, incorporándome en la cama con el corazón disparado. Durante un momento no supe dónde estaba ni qué estaba pasando. Solo sabía que aquel no era el tipo de sonido que se escuchaba en una mañana normal del Vall de la Pau.
Jana también se incorporó al mismo tiempo en su cama.
Nos miramos.
Oímos otro grito, esta vez más alto.
—¡Ayuda por favor!
Reconocí la voz de la doctora Sanz.
Jana ya estaba de pie antes de que pudiera decir nada. Yo me levanté detrás de ella, todavía medio desorientada, y salimos al pasillo casi al mismo tiempo que varias puertas empezaban a abrirse alrededor.
El centro se llenó de cabezas asomando y gente preguntando qué pasaba.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Quién ha gritado?
—¿Ha pasado algo?
El grito había venido del fondo del pasillo, cerca de los despachos. Varias personas empezaron a caminar hacia allí casi por instinto, formando una pequeña corriente de curiosidad y preocupación.
Cuando llegamos, la escena nos frenó en seco. La puerta del despacho de Marcos estaba abierta. La doctora Sanz estaba en el umbral, completamente pálida, con una mano apoyada en el marco, como si necesitara sujetarse para no caerse.
Nos acercamos un poco más y entonces lo vimos. Marcos estaba en el suelo. Tumbado de lado, junto a la mesa. Un charco oscuro se extendía desde su cabeza, abriéndose lentamente por el suelo como una mancha imposible de ignorar.
Sangre.
Alguien soltó un grito ahogado detrás de mí. Otra persona se tapó la boca con las manos. Pol apareció a mi lado.
—Joder…
Jana se había quedado completamente inmóvil a mi lado Su cara estaba blanca. Muy blanca.
La doctora Sanz reaccionó por fin.
—¡Que nadie entre! —dijo de repente, levantando la voz con una firmeza que parecía luchar contra el temblor que todavía tenía en el cuerpo—. ¡Que nadie toque nada!
La gente empezó a acumularse en el pasillo. Algunos pacientes se asomaban desde detrás, intentando ver qué estaba pasando por encima de los hombros de los demás.
—¿Qué ha pasado?
—¿Está…?
—¿Está muerto?
Nadie respondió a esa última pregunta. Pero el silencio que siguió fue suficiente para que todos entendieran la respuesta.
El Vall de la Pau se había despertado aquella mañana con un cadáver en uno de sus despachos y nadie tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí.
—Llamad a una ambulancia —dijo la doctora Sanz a una de las enfermeras—. Y a la policía. Ahora mismo.
La enfermera asintió y desapareció por el pasillo con el teléfono ya en la mano.
—Y que nadie entre aquí —añadió, con firmeza, levantando un poco la voz para que la oyeran todos los que se estaban amontonando—. Nadie.
El personal del centro empezó a moverse enseguida. Dos celadores aparecieron desde el fondo del ala y comenzaron a empujar suavemente a la gente hacia atrás.
—Vamos, vamos, dejad espacio.
—A vuestras habitaciones.
—No hay nada que ver aquí.
Algunos pacientes se resistían a irse. Otros hablaban entre ellos en voz baja y hacían un último esfuerzo por intentar captar con la mirada el interior del despacho.
—¿Está muerto?
—Tiene que estarlo.
—Igual se ha caído.
—¿Caerse? —dijo alguien—. Con toda esa sangre…
Pol seguía a mi lado, mirando hacia la puerta del despacho.
—Eso no parece una caída.
—¿Entonces qué?
Un hombre del ala C, que todavía no había terminado de marcharse, murmuró cerca de nosotros:
—A lo mejor alguien lo empujó.
Durante unos segundos varios de los que estábamos en el pasillo nos miramos unos a otros. Fue un momento extraño. No eran miradas de acusación, pero tampoco lo eran de inocencia. Porque todos sabíamos algo. Marcos había tenido roces con varias personas del centro desde que había llegado.
Una enfermera volvió a aparecer desde el fondo del pasillo.
—La ambulancia está en camino.
—La policía también —añadió otra.
Eso hizo que el murmullo creciera un poco más.
—¿La policía?
—Claro, si hay un muerto…
—Pero igual ha sido un accidente.
—¿Accidente?
—¿Y ese golpe en la cabeza?
Los celadores siguieron empujando a la gente hacia atrás. Poco a poco el pasillo se fue despejando y nos obligaron a volver hacia la zona común. Yo caminé casi por inercia, todavía intentando procesar lo que acababa de ver.
Me senté en una de las sillas del pasillo mientras el murmullo de conversaciones nerviosas seguía creciendo alrededor.
Intenté ordenar las ideas, pero no entendía nada.
Cuanto más pensaba en lo ocurrido, más extraño se volvía todo.
Porque Marcos no había pasado desapercibido desde que llegó.
Había discutido con Teresa, con Ramón, con Pol.
A ninguno nos acababa de gustar. Incluso la doctora Sanz parecía haber intercambiado palabras con él el día anterior.
Miré a las personas que estaban en la sala común.
Teresa murmurando algo para sí misma. Pol apoyado contra la pared con cara de circunstancia.
Ramón mirando hacia el pasillo como si estuviera esperando que alguien confirmara una teoría que llevaba tiempo rondándole la cabeza.
Jana, caminando de un punto a otro sin parar.
Y entonces me di cuenta de algo. Si alguien me hubiera preguntado en ese momento quién podría tener motivos para querer hacerle daño al doctor Marcos Pardo… No habría sabido qué responder. Porque, en realidad, casi todos allí parecían tener alguno.
La sirena de la ambulancia se acercaba desde la carretera que subía hasta el centro, rompiendo la calma artificial del Vall de la Pau. Varias cabezas se giraron hacia las ventanas del pasillo mientras el sonido se detenía justo delante de la entrada principal.
Dos sanitarios subieron rápidamente por el ala acompañados por una enfermera.
Los celadores abrieron paso mientras cruzaban el pasillo con una camilla.
Durante unos minutos solo se escucharon instrucciones breves, el ruido metálico de los instrumentos y el murmullo de los profesionales trabajando dentro del despacho.
Nos habían hecho retroceder hasta la sala común, pero aun así era imposible no mirar hacia el fondo del pasillo.
La puerta del despacho se abrió al cabo de unos minutos.
Uno de los sanitarios salió primero. Habló en voz baja con la doctora Sanz, que escuchaba con los brazos cruzados y la cara completamente rígida.
No hacía falta oír las palabras para entender lo que estaba pasando.
El sanitario negó con la cabeza una vez. Nada más.
La segunda sirena llegó poco después. La policía.
Dos coches se detuvieron delante del centro y al poco tiempo aparecieron tres agentes en el pasillo acompañados por un hombre mayor con abrigo oscuro y una libreta en la mano.
No llevaba uniforme, pero caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a entrar en escenas que nadie más quería ver.
Los agentes hablaron primero con la doctora Sanz, que les explicó lo ocurrido señalando el despacho. Acto seguido, entraron y cerraron la puerta detrás de ellos. Nosotros nos quedamos mudos, esperando que alguien nos diera algún tipo de explicación.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que los agentes salieron de ese despacho. Sólo sé que para nosotros fueron horas de incertidumbre total.
—Ya pueden pasar—dijo finalmente uno de los agentes, dirigiéndose a los sanitarios.
La camilla salió unos minutos después. La habían cubierto con una sábana blanca. Pol estaba apoyado contra la pared, mirando la camilla pasar con una expresión seria que nunca le había visto antes. Después uno de los agentes se dirigió hacia nosotros.
—Buenos días.
Miró alrededor de la sala, tomando nota de las caras, del ambiente y del desconcierto general.
—Soy el inspector Vidal —dijo finalmente—. Vamos a necesitar que todos mantengan la calma.
Ramón murmuró algo, pero lo dijo lo suficientemente bajo como para que nadie más lo oyera.
El inspector continuó.
—El personal del centro nos ha informado de lo ocurrido. Por lo que hemos visto en el despacho… —hizo una pequeña pausa— todo indica que no se trata de un accidente.
Alguien preguntó en voz baja:
—¿Qué quiere decir eso?
El inspector respondió con absoluta naturalidad.
—Que, probablemente, estamos ante un homicidio.
Homicidio. Ya no era solo un hombre muerto. Ahora era un asesinato.
—¿Un homicidio?
—Pero… ¿cómo?
—¿Quién haría algo así?
El inspector levantó ligeramente la mano.
—Por eso estamos aquí.
Miró a todos los presentes uno por uno, deteniéndose un segundo más en algunas caras que en otras.
—Vamos a hablar con cada uno de ustedes. Uno por uno.
Un agente sacó una libreta. Otro empezó a apuntar nombres.
—Necesitamos saber qué ocurrió anoche —continuó el inspector—. Quién vio al doctor Pardo por última vez. Qué hicieron cada uno de ustedes durante la noche.
De repente, todos allí dejamos de ser simplemente pacientes o trabajadores del centro. Ahora éramos posibles testigos. O algo peor. Asesinos.
—Empezaremos enseguida —dijo el inspector—. Les llamaremos por turnos.
Miró la lista que uno de los celadores le había entregado, con todos los nombres de los internos. Luego levantó la vista.
—Primero hablaremos con usted.
Pol levantó la cabeza lentamente.
—¿Yo?
—Sí. Acompáñenos, por favor.
Pol suspiró.
—Genial
Y mientras lo veía caminar hacia el pasillo con los dos agentes, tuve una sensación extraña. Porque, por primera vez desde que había llegado al Vall de la Pau…
Todos empezábamos a dudar del resto.