Capítulo 6
El último baile
Aquella tarde estaba especialmente cansada y subí a la habitación con la idea de tumbarme un rato.
Cuando entré, todo estaba exactamente como lo había dejado por la mañana.
Ordenado hasta un punto que me resultaba casi cómico.
Todo colocado como si alguien hubiera pasado una regla por cada objeto.
Durante unos segundos me quedé mirando el resultado de mi propio experimento, todavía sorprendida de haber sido capaz de hacerlo.
A decir verdad, ordenar aquello me había llevado más tiempo del que esperaba.
Me tumbé encima de la colcha. Cerré los ojos un momento. El silencio del pasillo era denso, interrumpido solo por algún paso lejano. No llegué a dormirme, pero sí a quedarme en ese punto intermedio en el que los pensamientos empiezan a perder el orden.
La puerta se abrió unos minutos después. Reconocí sus pasos incluso antes de mirarla. Esa forma de entrar en la habitación con cuidado, como si midiera la distancia entre cada cosa antes de avanzar.
Jana se quedó de pie en medio del cuarto. Primero miró la cama, luego el armario, después la mesa. Tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Has hecho tú todo esto?
Su voz no sonaba acusadora. Sonaba genuinamente sorprendida.
Me encogí de hombros.
—Sí.
Jana dio un paso más dentro de la habitación, observándolo todo con incredulidad y alivio.
—Está… perfecto.
—No exageres.
—No exagero —dijo, todavía mirando las estanterías—
No contesté nada. Seguía apoyada contra la almohada, intentando que mi voz sonara más indiferente de lo que realmente me sentía.
—Gracias —añadió Jana al cabo de un momento.
—No ha sido nada.
Jana se sentó en su cama, frente a mí.
—¿Iba en serio lo que dijiste antes?
—¿El qué?
—Lo de cambiarte de habitación.
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque así no tengo que molestarte con mi caos existencial.
Jana se quedó callada unos segundos antes de volver a hablar.
—No me molestas tanto.
—Esta mañana no decías lo mismo.
—Esta mañana estaba enfadada.
Jana respiró hondo, como si estuviera ordenando las palabras antes de decirlas.
—Pero… —hizo una pequeña pausa— ya me he acostumbrado un poco a ti.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Y preferiría que no te fueras.
Durante un segundo no supe qué decir. Algo dentro de mí se iluminó de forma inesperada, como una pequeña chispa que no estaba preparada para sentir. Intenté disimularlo mirando hacia la ventana.
—Vaya.
Jana me observaba en silencio.
—Siento lo de esta mañana —dije al final—. Me pasé un poco.
Jana negó despacio con la cabeza.
—No tanto.
—Sí.
Suspiré.
—Cuando me enfado digo cosas bastante idiotas.
—Y cuando no también.
No pude evitar sonreír un poco.
—Lo siento, de verdad.
—Convivir conmigo tampoco es fácil.
—No.
—Pero lo estás intentando.
Señaló la habitación con un gesto de la mano.
—Esto lo demuestra.
—Supongo que sí.
Jana me miró unos segundos más. Esta vez no había reproche en su expresión.
En ese momento un golpe de música atravesó el pasillo. No era una radio normal. Era música alta, demasiado alta para el nivel habitual del centro.
—¿Qué es eso?
La música subió aún más de volumen. Alguien parecía haber puesto un altavoz.
Me levanté de la cama.
—Ni idea.
—¿Vamos a ver? —pregunté.
Jana asintió y salimos al pasillo casi al mismo tiempo, siguiendo el sonido de la música, que ahora retumbaba por toda el ala B, como si alguien hubiera decidido convertir el centro psiquiátrico en una discoteca improvisada.
Seguimos el sonido hasta la sala común. La música se oía cada vez más fuerte, acompañada de voces y alguna carcajada. Cuando doblamos la esquina entendí lo que estaba pasando.
Pol. Solo Pol podía haber montado algo así en menos de media hora.
La sala común había cambiado por completo.
Las luces principales estaban apagadas y alguien había dejado encendida solo una lámpara de pie en una esquina.
En el centro del techo colgaba una pequeña bola de discoteca que lanzaba destellos plateados por toda la habitación, girando lentamente como si estuviéramos en un bar de barrio un sábado por la noche.
Los reflejos rebotaban en las paredes y en las caras de todos, deformando el espacio de una forma casi hipnótica.
En la mesa larga, habían colocado botellas de refresco, vasos de plástico y varios cuencos con patatas fritas y galletas saladas.
Nada especialmente sofisticado, pero durante unos segundos el Vall de la Pau dejó de parecer un centro psiquiátrico y se pareció más a cualquier fiesta en un piso de estudiantes.
Pol estaba en medio de la sala, bailando de forma completamente descoordinada, con una botella de cola en la mano, sujetándola como si fuera un micrófono.
—¡Bienvenidas a la noche más exclusiva de Barcelona! —anunció al vernos entrar—. Entrada gratuita, bebida gratis y clientela inmejorable.
Teresa estaba sentada en uno de los sofás con un vaso en la mano, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Ramón observaba la bola de discoteca con un interés casi científico.
—¿Qué demonios es esto? —pregunté.
Pol se giró hacia nosotras con una sonrisa orgullosa.
—Es terapia recreativa.
Se acercó un poco más.
—He convencido a la doctora Sanz de que necesitamos socializar.
—¿Y ha colado?
—Le he dicho que mejora la regulación emocional.
Jana, que estaba a mi lado, miraba la sala con una mezcla de sorpresa y diversión contenida.
—No parece muy propio de este sitio.
—Por eso mismo —dijo Pol—. Si no rompemos un poco las normas, acabaremos todos hablando con las paredes.
En ese momento la música cambió de canción. Un ritmo más fuerte llenó la sala. Pol levantó las manos.
—¡Y ahora, señoras y señores, empieza la fiesta!
Algunas personas empezaron a moverse tímidamente. Teresa se levantó del sofá con una elegancia exagerada, como si estuviera entrando a un escenario de ópera. Ramón seguía mirando la bola de discoteca, murmurando algo sobre los patrones de la luz.
Yo miré a Jana. La luz de la bola giraba sobre su cara, dibujando pequeños destellos en su pelo y en sus ojos. Durante unos segundos me quedé observándola sin decir nada. Había algo extraño en verla allí, fuera de su rigidez habitual, rodeada de música y de gente bailando.
Jana se dio cuenta de que la estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—Di
Negué con la cabeza.
—Solo pensaba que este sitio nunca había parecido tan… normal.
Jana miró alrededor.
Pol estaba intentando enseñar a Teresa un paso de baile ridículo. Ramón empezaba a relajarse, esa noche no llevaba la grabadora consigo y sus pies se movían al compás de la música.
Jana dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Supongo que Pol tiene razón.
—¿En qué?
—En que a veces necesitamos olvidarnos de dónde estamos.
Y por un momento, mientras las luces de la bola de discoteca giraban por las paredes del Vall de la Pau, parecía posible hacerlo.
La música siguió subiendo de volumen y, como era de esperar, Pol acabó apropiándose de la sala como si fuera el dueño del lugar. Subió a una de las sillas con el mando del altavoz en la mano, haciendo de DJ mientras cambiaba de canción.
—Señoras, señores y diagnósticos varios —anunció—, esta noche el Vall de la Pau presenta: la única discoteca donde la medicación está incluida en la entrada.
Algunos rieron. Teresa levantó su vaso para brindar.
Incluso la doctora Sanz, que al principio observaba desde la pared con esa mezcla de supervisión profesional y resignación, terminó moviendo la cabeza suavemente al ritmo de la música.
El doctor Pardo también se dejó arrastrar por el ambiente; bailaba con una torpeza simpática que parecía más humana que todo lo que le había visto hacer hasta entonces.
Pol puso una canción especialmente movida y empezó a saltar en medio de la sala, arrastrando a medio grupo con él. Durante unos minutos aquello fue simplemente una pequeña fiesta.
Luego, de repente, Pol bajó el volumen y cambió la canción. La música lenta empezó a sonar por los altavoces y Pol levantó las manos dramáticamente.
—¡Atención! —gritó—. Momento romántico de la noche. Todo el mundo… ¡a bailar por parejas!
Hubo protestas y risas. Teresa agarró a alguien del brazo como si estuviera entrando en un baile de salón del siglo XIX. Pol apareció frente a mí antes de que pudiera reaccionar.
—Me debes un baile —dijo.
Me cogió de la mano y me arrastró al centro de la sala. La canción era muy lenta, así que nos limitamos a movernos despacio mientras Pol hacía comentarios sobre lo distinguida que estaba siendo la velada.
Jana estaba bailando a unos metros, con Ramón. Los dos se movían a ritmos descompasados.
Entonces, a mitad de la canción, Pol alzó la voz.
—¡Cambio de parejas!
Lo dijo con un entusiasmo sospechoso. Antes de que pudiera protestar ya se estaba alejando, empujándome suavemente hacia Jana mientras él se llevaba a Ramón en dirección contraria.
Me encontré frente a ella. Durante un segundo nos quedamos quietas, como si ninguna supiera exactamente qué hacer. Intentamos disimular la incomodidad acercándonos un poco, siguiendo el ritmo lento de la música. Pero el espacio entre nosotras seguía siendo demasiado consciente.
Yo no sabía dónde poner las manos. Miré alrededor buscando una solución, pero Jana lo resolvió antes que yo.
Me cogió las manos y las colocó en su cintura.
Sentí el calor de su cuerpo inmediatamente.
Nos acercamos un poco más, lo justo para seguir el ritmo de la música.
El movimiento era lento, pero la proximidad lo volvía todo más intenso de lo que esperaba.
Noté cómo mi corazón empezaba a latir demasiado rápido para una canción tan tranquila.
Por primera vez percibí el olor de su piel. Era un olor suave, limpio, difícil de describir, pero muy agradable.
Antes de pensar demasiado en lo que estaba diciendo, lo solté.
—Hueles muy bien.
Jana levantó la mirada, claramente sorprendida. Un ligero rubor apareció en sus mejillas, casi invisible bajo las luces giratorias de la bola de discoteca.
—Sorprendentemente —respondió al cabo de un segundo—, tú también.