Capítulo 5
El dilema de los clones
Después de hacer el buen acto del día, salí de la habitación y me dirigí hacia el salón.
La terapia de grupo de los martes siempre empezaba igual: las sillas en círculo. La ventana abierta, aunque hiciera frío. La doctora Sanz con su carpeta azul y esa manera suya de sentarse que hacía parecer que todo estaba bajo control.
Yo llegué de las últimas. Jana ya estaba sentada, dos sillas a la izquierda de Pol. La espalda recta y los brazos cruzados.
No me miró. Yo tampoco insistí.
Me senté entre Pol y Teresa.
—Buenos días a todos, hoy vamos a hablar sobre la toma de decisiones. —dijo la doctora Sanz.
Ramón tenía su grabadora en el regazo, la llevaba literalmente a todas partes. El pequeño piloto rojo ya estaba encendido.
Sanz iba a empezar cuando sonó su teléfono.
—Disculpadme un momento.
Se levantó y salió al pasillo. La puerta quedó entreabierta.
Durante unos segundos nadie dijo nada, pero entonces apareció Marcos. Había estado apoyado en la pared del fondo observando, como si no quisiera intervenir, pero tampoco perder detalle.
—Bueno —dijo, acercándose al círculo—. Podemos aprovechar para empezar.
Se sentó en la silla de Sanz. Nadie comentó nada, pero el gesto no pasó desapercibido.
—La doctora estaba hablando de decisiones —continuó—. Creo que es un buen punto de partida.
Abrió su libreta.
—Quiero que hagamos un ejercicio. No es exactamente un ejercicio clínico. Es más… un experimento.
Pol suspiró.
—Ya nos quiere psicoanalizar...
Marcos continuó como si no lo hubiera oído.
—Os voy a plantear una situación hipotética, un dilema moral, y quiero que entre todos discutamos cuál sería la mejor decisión. Imaginad que existe una tecnología capaz de crear clones humanos perfectos. Genéticamente idénticos a nosotros. Pero con algo más importante: conciencia.
Miró alrededor del círculo.
—Sienten dolor. Sienten miedo. Piensan. Son, en esencia, personas.
Teresa levantó una ceja.
—Prometedor.
—Pero se crean con un único propósito —siguió Marcos—: donar órganos para salvar otras vidas. Si alguien necesita un corazón, el clon se sacrifica. Si necesita un riñón, lo mismo. Si es necesario morir para salvar a otro, ese es su destino.
Cerró la libreta.
—La pregunta es simple.
Se apoyó hacia delante.
—¿Sería moral crear esas vidas sabiendo que existen solo para ser sacrificadas?
—¿Podemos pedir que nos clonen, pero con mejor versión? —dijo Pol—. A mí me vendría bien un hígado nuevo.
Algunos sonrieron.
Pero luego añadió:
—No lo haría.
—¿Por qué? —preguntó Marcos.
Pol se encogió de hombros.
—Porque sigue siendo alguien. Da igual que lo fabriques en una incubadora o en una habitación de hospital.
Teresa habló sin mirar a nadie.
—La humanidad siempre ha hecho eso.
Todos la miraron.
—Crear vidas para sacrificarlas —continuó—. Soldados. Mártires. Hijos que nacen para sostener a una familia. —Se acomodó en la silla—. Lo único nuevo aquí es que lo admitiríamos abiertamente.
Jana habló entonces.
—La pregunta importante no es si el clon siente.
Marcos la miró con interés.
—¿Entonces cuál es?
—Quién decide que su vida vale menos que la de otro.
Todos la observábamos para ver cómo seguía.
—Si el clon tiene mente y emociones —continuó Jana—, entonces también tiene intereses, miedos y deseos. No puedes crear una conciencia y luego fingir que es solo un objeto biológico.
—Pero salvarías muchas vidas —dijo Marcos—. Miles.
Jana lo miró directamente.
—La cantidad no convierte algo en moral.
Entonces intervine.
—Además, sería demasiado fácil justificar cualquier cosa.
Marcos giró la cabeza hacia mí.
—¿Cómo?
—Si decides que alguien existe para ser usado —dije—, solo estás cambiando el lenguaje. No el acto.
Pol asintió.
—Exacto. Es esclavitud con bata blanca.
Ramón levantó la mano lentamente.
—Tengo una pregunta.
—Adelante —dijo Marcos.
—¿Los clones saben para qué fueron creados?
Marcos lo pensó un momento.
—Sí.
—Entonces vivirían sabiendo que su muerte está programada.
—Correcto.
Ramón asintió despacio.
—Interesante.
Teresa habló sin levantar la voz.
—Quizá algunos aceptarían.
La miramos.
—Hay personas que mueren voluntariamente por otros —añadió—. Por amor. Por fe. Por patria.
—Sí —dijo Jana—. Pero lo eligen.
—¿Y si el clon también pudiera elegir?
Marcos intervino.
—Supongamos que algunos clones aceptan su destino. Que creen que su vida tiene sentido salvando a otros.
—Eso no cambia el problema —dije.
—¿Por qué?
—Porque el sistema sigue siendo el mismo. Estás creando personas para que lleguen a esa conclusión.
Pol chasqueó la lengua.
—Pura manipulación.
Marcos sonrió ligeramente.
—Pero imaginad que gracias a ese sistema desaparecen las listas de espera. Nadie muere esperando un órgano.
—Eso suena muy bien —dijo Teresa.
—Exacto —respondió Marcos—. Entonces la pregunta cambia.
Nos miró uno por uno.
—¿Es más importante evitar miles de muertes… o proteger la vida de seres creados específicamente para ese propósito?
Nadie respondió enseguida, nos quedamos pensativos, reflexionando. Pero Jana habló finalmente.
—El problema es que, en el momento en que aceptas esa lógica, ya no hay límite.
Marcos la observó.
—¿A qué te refieres?
—A que siempre habrá otra razón para sacrificar a alguien si el resultado parece suficientemente bueno.
Pol levantó la mano.
—Esto me recuerda a una cosa.
—¿Cuál?
—Cada vez que alguien empieza una frase con “por el bien de todos”… alguien acaba pagando la factura.
Ramón seguía mirando a Marcos.
—Entonces —dijo—, ¿tú qué harías?
Marcos se quedó callado. Luego respondió con calma.
—Creo que las decisiones difíciles existen precisamente porque no hay respuestas correctas.
Pol sonrió.
—Traducción: no lo sabes.
La puerta se abrió en ese momento. La doctora Sanz volvió a entrar y se quedó mirando el círculo.
—Veo que habéis avanzado.
Pol levantó una mano.
—Estamos decidiendo si crear clones para desguace humano.
Sanz suspiró.
—Doctor Pardo…
Marcos cerró la libreta.
—Solo era un ejercicio.
Sanz tomó su silla.
—Entonces retomemos la realidad.
En ese momento yo miré hacia donde estaba Ramón.
Parecía más rígido que antes. No participaba en la conversación, ni asentía, ni hacía esos pequeños comentarios que a veces soltaba cuando algo le parecía sospechoso.
Tenía la grabadora apoyada en las rodillas y los dedos tensos alrededor del aparato, como si temiera que alguien se lo quitara.
No estaba escuchando. Estaba mirando a Marcos fijamente.
La sesión terminó pocos minutos después. Pero cuando nos levantamos para salir, Ramón no se movió. Se quedó sentado mirando al suelo.
Esperé a que el resto saliera de la sala. Pol pasó a mi lado, dándome un golpecito con el hombro.
—¿Te vienes al patio? —dijo.
—Ahora voy.
Cuando la puerta se cerró, me acerqué a Ramón.
—¿Estás bien?
Él levantó la cabeza de golpe. La expresión de su cara era de puro terror.
—¿Lo has visto? —dijo.
—¿El qué?
Ramón miró hacia la puerta, como comprobando que nadie estuviera escuchando. Luego se inclinó un poco hacia mí.
—El doctor Pardo.
—¿Qué pasa con él?
Ramón bajó aún más la voz.
—No es quien dice ser.
—Ramón…
—Es un impostor —insistió—. Lo tengo claro.
—¿Un impostor?
—Sí.
Se pasó la mano por la cara con nerviosismo.
—Probablemente un clon.
—Ramón, lo de los clones era solo un ejercicio.
—Eso es lo que quieren que creas.
Se levantó de la silla tan rápido que la arrastró unos centímetros.
—Ha estado mirándome todo el tiempo.
—Estaba mirando a todo el mundo.
—No —dijo—. A mí diferente.
Su respiración se aceleraba.
—Desde que llegó.
—Ramón, solo estaba planteando una hipótesis.
—No.
Negó con la cabeza varias veces.
—Eso era un ensayo.
—¿Un ensayo de qué?
Me miró como si la respuesta fuera obvia.
—De lo que piensa hacer.
—¿Qué crees que va a hacer?
—Acabar conmigo.
Lo dijo con absoluta convicción.
—Ramón…
—Lo sé.
Señaló la grabadora.
—Lo he estado registrando todo.
Su voz se volvió más urgente.
—Porque cuando empiece… nadie va a creerme.
Intenté bajar el tono de la conversación.
—Escúchame. Lo de los clones era solo un dilema moral.
—Exacto.
Asintió con intensidad.
—Un dilema moral.
Me miró con una mezcla extraña de miedo y certeza.
—Y él ya ha decidido.
Sentí que no iba a poder sacarlo de ahí.
—Ramón…
Pero ya se estaba alejando.
Caminó hacia la puerta murmurando para sí mismo.
—Quiere acabar conmigo… porque sé su secreto… lo he visto… lo he visto…
Intenté seguirlo.
—Ramón, espera.
Pero salió al pasillo sin mirar atrás.
Me quedé sola en la sala unos segundos. Salí de la sala todavía con la sensación incómoda que me había dejado Ramón.
Caminé hacia el patio, pero al pasar frente al despacho de la doctora Sanz, algo me hizo frenar.
Voces. La puerta estaba cerrada, pero se oían claramente dos tonos distintos.
Uno era el de Sanz. El otro de Marcos. No estaban hablando, estaban discutiendo con esa tensión comprimida que hace que cada frase suene más afilada de lo normal.
—…esto no es apropiado —alcancé a oír decir a Sanz.
Luego la voz de Marcos, más baja. No entendí las palabras. Me quedé unos segundos, escuchando como una cotilla profesional, pero las frases llegaban cortadas.
Al final me moví. Si alguien abría la puerta en ese momento iba a parecer sospechosa. Y ya tenía suficiente material para el día.
Empujé la puerta del patio y vi a Pol, estaba sentado en uno de los bancos, con las piernas estiradas y la mirada perdida en la valla.
—Te estaba esperando.
Me senté a su lado.
—Acabo de oír una discusión.
Pol giró la cabeza.
—¿Entre quién?
—Sanz y el doctor Pardo.
—Ah.
No pareció sorprendido.
—No he entendido lo que decían —continué—, pero no sonaba precisamente cordial.
Pol soltó una pequeña risa.
—Normal.
—¿Por?
Se encogió de hombros.
—Porque a la doctora Sanz no le gusta compartir el escenario.
—¿Crees que va por ahí?
—Segurísimo. Ese chico lleva aquí dos días y ya actúa como si fuera el nuevo mesías de la psiquiatría.
—Hoy ha tomado el mando en cuanto ella ha salido.
—Lo sé —dijo Pol—. Lo he visto.
Miró hacia el edificio.
—Y Sanz también. Seguramente le ha querido bajar un poco los humos.
—¿Tan evidente ha sido?
—Ares —dijo—, cuando alguien llega nuevo y empieza a dirigir la orquesta sin saber dónde están las partituras… los músicos se cabrean.
Me apoyé contra el respaldo del banco. El cielo estaba empezando a oscurecer otra vez.
—No sé.
—¿Qué?
—No me termina de gustar ese tío.
Pol sonrió.
—Bienvenida al club.
—No, lo digo en serio, hay algo raro.
—En este sitio todos somos raros, Ares.
Señaló hacia el interior.
—La diferencia es que nosotros lo tenemos diagnosticado.
Seguí hablando con Pol un rato más, pero dejé de escucharle cuando se abrió la puerta.
Jana y Robert salieron juntos al patio. Él le rodeó la cintura con naturalidad, como quien lleva tiempo acostumbrado a hacerlo.
Hablaban de algo que no alcanzaba a oír.
Jana levantó la vista un momento y nuestros ojos se cruzaron.
Fue un instante, pero en su cara vi todavía el resto de la discusión de la mañana.
Apartó la mirada. Robert dijo algo que la hizo sonreír. Luego la atrajo un poco más hacia él y Jana le plantó un beso. Un beso más pasional de lo que me habría gustado ver. Robert respondió sin pensarlo.
Yo hice una mueca de asco y miré hacia otro lado. No pude evitarlo.
Pol estaba atento a la escena.
—¿Estás bien? —preguntó con una calma sospechosamente interesada.
—Perfectamente.
—Ya.
No dijo nada durante unos segundos.
Luego añadió:
—¿Las cosas van bien entre vosotras?
Solté una risa seca.
—No la soporto.
Pol levantó una ceja.
—Ah, ¿no?
—Te lo juro —continué—. Estoy pensando seriamente en pedir el cambio de habitación. Todo le parece mal. Todo. Respiro y le molesta. Me muevo y le molesta. Mastico y le molesta. Es como convivir con un detector de errores humano.
Pol se apoyó en el banco, observándome.
—Ajá.
—Además —seguí—, parece que lo hago todo fatal según sus estándares de perfección milimétrica.
—Claro.
—Te lo digo en serio, Pol. No la aguanto más.
Pol sonrió.
—Ares.
—¿Qué?
—Se ve desde Marte que estás colada por ella.
Solté una carcajada.
—Venga ya.
—En serio.
—Ni de coña.
—Ares.
—Te digo que no.
Pol no discutió. Solo me miró con esa paciencia suya que empezaba a ponerme nerviosa.
Suspiré.
—¿Puedo confiar en ti?
—Depende.
—¿De qué?
—De si vas a confesar un crimen o algo más interesante.
—Idiota.
—Sí —dijo—. Puedes confiar.
—No sé qué me pasa con ella. Es… rara.
—La palabra del día.
—No, pero esto es distinto. No me la puedo quitar de la cabeza.
Pol sonrió un poco más.
—Sigue.
—Es como… no sé. Como si todo en ella fuera demasiado estable y a la vez parece que todo pueda romperse en cualquier momento.
Pol me observaba con atención.
—Eso suena bastante a ti también.
—No empieces.
Suspiré.
—El caso es que me engancha. Y no debería.
—¿Por qué?
—Porque somos polos opuestos.
Señalé hacia donde estaban Jana y Robert.
—Porque no nos soportamos.
Pol siguió la dirección de mi mirada.
—Y porque está con ese.
—Exacto.
En ese momento, Robert dijo algo que hizo reír a Jana.
—Además —añadí—, ni siquiera le gustan las chicas. Es una locura.
Pol se encogió de hombros.
—Parece bastante ocupada con ese chico. Se la ve muy bien con él —seguí.
—Ares, solo te diré, que en todos los meses que llevo aquí dentro, es la primera vez que veo a Jana besar con esas ganas a Robert. Hasta yo me he extrañado.
Miré otra vez hacia ellos. Jana volvió a levantar la vista y me miró con más detenimiento. Luego, volvió a mirar a Robert y apartó la vista de mí. Yo bajé la mirada hacia el suelo, notando algo que se parecía demasiado a los celos.
—En fin —dije, con la mirada perdida—. Mejor dejarlo pasar.
Pol suspiró, se levantó del banco y se sacudió las manos contra los pantalones.
—Vamos para adentro, anda.
Nos levantamos y cruzamos el patio. Al pasar junto a Jana y Robert, intenté no mirarlos, aunque mi cerebro, como siempre, decidió ignorar mis buenas intenciones.
Capté el gesto de Robert inclinándose hacia ella para decirle algo al oído, y la pequeña sonrisa que se le escapó a Jana después.
Fue suficiente para que mi estómago se contrajera otra vez con esa sensación absurda de haber perdido algo que en realidad nunca había tenido.
Entramos al edificio. El interior del centro estaba tranquilo a esa hora. Pol se despidió con un gesto antes de girar hacia su habitación.
—Intenta no enamorarte demasiado esta noche —dijo con media sonrisa.
Le saqué el dedo corazón sin ganas y seguí caminando hacia mi habitación.
Mientras avanzaba por el pasillo pensé que quizá tenía razón: lo más sensato sería dejarlo pasar, olvidarme de Jana y de todo lo que empezaba a moverse dentro de mí.
El problema era que, cuando algo se me metía en la cabeza, la sensatez no solía durar demasiado.