Capítulo 4
Polos opuestos
Al llegar la noche, volvimos a nuestras habitaciones. Yo me senté en la cama y me quité las zapatillas.
—Pobre Teresa.
Jana asintió mientras ajustaba el borde de la manta con la esquina del colchón.
—Esa tetera llevaba aquí más tiempo que algunos internos.
—Marcos no lo sabía.
—No —respondió—. Pero tampoco pareció importarle mucho.
Me tumbé hacia atrás y miré el techo.
—No me da buena vibra.
—A mí tampoco.
—No sé qué es exactamente, pero cuando habla parece que siempre esté evaluando.
—Lo está —respondió—. Es su trabajo.
—Sí, pero… —me incorporé un poco—. Una cosa es evaluar y otra es mirar por encima del hombro.
—Ya, hay algo en él que me hace sentir incómoda.
—A mí también.
Hubo un silencio breve.
—El chico con el que estabas antes —pregunté, intentando que sonara casual—. El del Ala C.
Jana levantó la vista.
—Robert.
—Ajá.
—Es mi novio. Llevamos juntos bastante tiempo.
—No sabía que aquí se pudiera tener novio oficialmente —dije.
—No es oficial —respondió ella—. Es… compatible.
Se permitió una sonrisa mínima.
—Tenemos el mismo trastorno. —Se encogió de hombros—. Es más fácil. Nos entendemos.
—¿En qué sentido?
—En que no tengo que explicar por qué necesito repetir algo. O por qué un cambio pequeño puede ser enorme. Él ya lo sabe. —Hizo una pausa—. No me mira como si tuviera que arreglarme.
Eso me atravesó más de lo que esperaba.
—Tiene sentido.
Y lo tenía. Era lógico. Dos personas que comparten la misma estructura interna. El mismo idioma. Implica menos esfuerzo.
—¿Y tú? —preguntó Jana de repente—. ¿Tienes novio?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Nunca?
—No me interesan los chicos.
Jana parpadeó.
—Ah.
Se inclinó para ajustar la almohada, aunque ya estaba recta.
Yo la observé.
—¿Te sorprende?
—No. —dijo, rápidamente.
—¿Seguro?
Se quedó mirando el borde de la mesilla.
—No estoy acostumbrada.
—¿A qué?
—A eso.
—¿A qué exactamente? —insistí.
Jana suspiró.
—Mi familia es bastante tradicional.
—¿Tradicional en plan misa dominical o tradicional en plan “esto no se habla”?
—En plan “esto no existe”.
La sinceridad me hizo sonreír, pero no me burlé.
—¿Y tú qué piensas?
Jana tardó en responder.
—No lo sé —dijo al final—. Nunca me lo había planteado demasiado.
—Bueno —dije—. No es algo que haya que plantearse con un Excel.
Jana casi se rio.
—Supongo que no.
Se metió en la cama. Yo apagué la luz, la habitación quedó en penumbra y escuché su respiración estabilizarse poco a poco.
Pensé en Robert, en lo fácil que debía de ser sentirse comprendida sin tener que traducirse.
Y, sin querer, pensé en el momento del banco, en su piel bajo mis dedos.
No tenía derecho a sentir nada. La conocía desde hacía días.
Y, aun así, algo en mí ya estaba reaccionando como si el riesgo fuera real.
Me giré hacia la pared y no dije nada. Pero tardé mucho en dormirme.
La mañana empezó antes de que sonara la puerta. Me desperté con un ruido extraño. Abrí los ojos y Jana estaba de pie junto a mi cama. No me miraba a mí, miraba el suelo. Tardé unos segundos en entender por qué.
Mi camiseta de la noche anterior estaba tirada junto a la silla. El pantalón en el respaldo. Los calcetines —uno encima de la mesilla, el otro en territorio indefinido. Mi bolso abierto. El contenido medio fuera.
Jana respiraba deprisa y yo, entre lagañas vi cómo se le hinchaba la nariz.
—Buenos días —murmuré, con la voz aún dormida.
No respondió. Se agachó y cogió mi camiseta con dos dedos, la sostuvo en el aire, como si estuviera adivinando su peso específico.
—Ares.
No levanté la cabeza de la almohada.
—¿Mm?
—No puedo.
—¿No puedes qué?
—No puedo empezar el día así.
Me incorporé, apoyando la espalda en la pared.
—¿Así cómo?
Hizo un gesto con la mano, señalando el caos que, sinceramente, a mí me parecía una habitación normal.
—Está todo hecho un desastre.
Miré alrededor.
—Es ropa, Jana. No un cadáver.
—No es la ropa.
—Entonces explícame qué es, porque yo solo veo tela.
Se pasó la mano por la frente, visualmente harta de mí.
—Es… asqueroso.
—¿Asqueroso? —repetí—. Es una camiseta en el suelo.
—Es no saber dónde empiezan las cosas y dónde terminan.
—Empiezan en el armario y terminan donde me las quito.
Jana dio un paso atrás.
—No estoy atacándote.
—Pues suena bastante a ataque.
—Solo te estoy pidiendo que recojas tus cosas —dijo, ahora más bajito.
—Y yo solo te estoy diciendo que no pasa nada si no lo hago en el minuto exacto que tú necesitas.
Ella me miró entonces de frente. Y había algo vulnerable en esa mirada que yo decidí no ver.
—Para mí sí pasa —dijo.
—Pues es tu problema.
Vi el efecto inmediato en su cara. Se inclinó, recogió mi camiseta, la dobló y la dejó encima de mi cama.
—No hace falta que lo entiendas —dijo—. Solo que lo respetes.
Quizás tenía razón, pero en ese momento no quería dársela.
—No todo el mundo vive como si el mundo fuera a explotar por un calcetín fuera de sitio.
Me miró con rabia.
—No es por el calcetín.
—Pues deja de actuar como si lo fuera.
La puerta se abrió entonces para el desayuno. La enfermera gritó el horario y el momento se rompió. Jana recogió sus cosas y se puso una sudadera.
No me miró cuando salió. Me quedé sentada en la cama, con la camiseta doblada encima de las rodillas. Sentí la punzada habitual después de decir algo que no quería haber dicho. Esa sensación de haber ido demasiado lejos y, aun así, no saber retroceder.
No era solo la habitación. Era la forma en que ella necesitaba orden para no desmoronarse. Y la forma en que yo necesitaba no sentir que alguien me estaba corrigiendo.
Me levanté y chuté uno de los calcetines.
Al salir de la habitación casi me lo llevé por delante. El doctor Pardo estaba en el pasillo, apoyado contra la pared, hojeando su libreta como si el edificio le perteneciera desde hacía años.
—Buenos días, Ares.
Sonrió como si el día anterior no hubiera pasado nada. Como si la porcelana de la tetera de Teresa no se hubiera hecho añicos delante de todos.
Seguí caminando.
—¿Estás bien? —preguntó, girándose hacia mí.
No me detuve.
—Sí. Fenomenal. Me encantan las mañanas conflictivas.
Él soltó una pequeña risa incómoda.
—Si necesitas hablar de algo…
—No —lo corté—. No necesito hablar.
Seguí hasta el comedor sin mirar atrás. Notaba todavía el enfado pegado al cuerpo.
En el comedor ya estaban casi todos. Pol levantó la mano cuando me vio.
—¡Ares! Aquí.
Me senté junto a él. Teresa tenía delante una tetera nueva. Intacta. Inmaculada. Pero no parecía conforme.
Ramón hablaba en voz baja con su grabadora.
—La sustitución del objeto es parte del protocolo de neutralización —murmuraba.
Jana no estaba en la mesa. Estaba en otra, sola, con la bandeja perfectamente centrada frente a ella. Con la espalda recta y con cara de pocos amigos.
Pol siguió mi mirada.
—NASA —gritó—. Ven aquí, que estamos perdiendo elegancia.
Jana levantó la vista.
—Estoy bien aquí.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que no está bien —respondió Pol.
Teresa añadió, sin mirarla:
—La soledad es útil solo cuando es elegida.
Al final, se levantó con la bandeja y vino hacia nosotros. Se sentó frente a mí, dejó la taza con cuidado y ajustó el plato un milímetro. Yo seguía mirando hacia abajo.
—¿Cómo estás hoy, Teresa? —preguntó Pol, intentando cambiar el foco.
Teresa levantó la barbilla.
—Hoy no soy Teresa.
—Ah, perfecto —dijo Pol—. ¿Con quién tenemos el placer?
—Hoy soy Juana de Arco.
Ramón asintió.
—Los mártires siempre regresan en ciclos de siete.
—Gracias, Ramón —dijo Teresa—. Al menos alguien comprende la dimensión simbólica de lo ocurrido ayer.
Nadie mencionó la tetera directamente. El silencio se deslizó hasta nuestra parte de la mesa. Notaba a Jana enfrente, su presencia me incomodaba de una forma nueva.
Pol nos miró a las dos.
—Vale —dijo—. ¿Qué ha pasado?
—Nada —respondí al instante.
—Nada —repitió Jana, exactamente al mismo tiempo.
Pol arqueó una ceja.
—Claro.
Mordí el pan.
Jana suspiró.
—¿Puedes masticar con la boca cerrada?
—¿Perdón?
—Es que… —dudó—. El sonido es…
—¿Molesto? —terminé por ella.
—Sí.
Sentí el impulso antes de pensar.
—¿Todo lo que hago te molesta?
Jana me miró, sorprendida por el volumen.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas.
—Ares, solo te he pedido—
—Que coma diferente. Que deje la ropa diferente. Que exista diferente.
La mesa se quedó en silencio. Pol dejó la taza.
—Eh…
—Si tanto te molesta cómo soy —continué, sin bajar la voz—, quizá el problema no soy yo.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Es que no todo es un ataque.
Jana hablaba de forma tranquila y a mí eso me ponía aún más de los nervios.
—Claro —respondí—. Yo soy la exagerada.
—No he dicho eso.
—No hace falta que lo digas.
Nos miramos un segundo y supe que estaba yendo demasiado lejos, pero no supe frenar.
—Si te incomoda tanto compartir espacio conmigo —añadí—, puedes cambiarte de habitación.
Jana cambio la cara y asintió una sola vez. No dijo nada más, se levantó, alineó la bandeja con el borde de la mesa antes de recogerla, como si necesitara dejar algo en orden antes de irse y se fue.
El doctor Pardo se levantó casi al mismo tiempo que Jana salía. Dejó la bandeja en la encimera sin terminar el café y fue detrás de ella.
Pol me miró.
—Te has pasado.
No respondí. Miré el sitio vacío frente a mí, y noté como empezaba a ponerme cada vez más nerviosa. Necesitaba un poco de aire, así que me levanté y salí por la puerta.
Al salir, escuché la voz de Marcos en el fondo del pasillo.
—Jana, espera.
No distinguí las palabras al principio. Solo el tono: bajo, calmado y demasiado cercano.
Marcos invitó a Jana a entrar a su despacho. Me fui acercando y el sonido era cada vez más claro.
—Respira —decía él—. No dejes que te altere así.
Silencio.
Y entonces lo oí. El sonido que menos esperaba: Jana llorando. Un llanto contenido. Como si intentara que no se notara.
Sentí el cambio dentro de mí bruscamente. El enfado desapareció de golpe, sin transición. En su lugar llegó otra cosa. Culpa. Y algo más primitivo. Protección.
—No tienes que demostrar nada —seguía diciendo Marcos—. Puedes apoyarte en mí.
Me quedé quieta en mitad del pasillo. No veía la escena, solo escuchaba. Y lo que escuchaba no me gustaba. No porque estuviera haciendo nada malo de forma evidente. No había nada que señalar, nada incorrecto. Pero había algo en el tono, algo demasiado íntimo, demasiado rápido.
Y sentí vergüenza por lo que le había dicho, por haberle pedido que se fuera y por haber convertido su incomodidad en un ataque personal. Y me odié un poco.
Me di la vuelta, caminé hacia mi habitación, entré y cerré. Luego miré alrededor. La camiseta seguía sobre la cama, el bolso abierto y los libros tirados sin orden alguno.
Respiré hondo y empecé. Doblé la camiseta con cuidado.
No como lo habría hecho yo. Como lo habría hecho ella.
Coloqué los pantalones dentro del armario, paralelos.
Recogí los calcetines, los doblé iguales.
Cerré el bolso. Ordené el contenido. Guardé los pintalabios.
Moví la silla hasta que quedó exactamente paralela a la mesa.
Me arrodillé para ajustar la colcha. Milímetro a milímetro.
No sabía si lo hacía por ella o por mí. Pero necesitaba que, cuando entrara, no hubiera nada que la desbordara. Nada que la hiciera sentirse fuera de control.
Cuando terminé, la habitación parecía otra. Después me senté en mi cama y por primera vez desde que había llegado al Vall de la Pau, el orden no me pareció una imposición. Me pareció una forma de pedir perdón.