Capítulo 3
Nuevas incorporaciones
Los lunes en el Vall de la Pau sabían a nuevos propósitos y a desesperanza institucional. Era el día de los “ajustes de medicación”, lo que básicamente significaba que los internos estábamos dopados o irritables, según el turno.
Pol entró en el comedor con una sonrisa de oreja a oreja.
—Tenemos fichajes nuevos.
—¿Otro loco? —pregunté.
—No, un médico joven. Y dicen que guapo.
—Guapo y psiquiatra: combinación letal.
Teresa se abanicaba con una servilleta.
—Yo ya lo he visto. Me apuesto lo que sea a que no dura más de un mes aquí.
A media mañana apareció Marcos: bata nueva, entusiasmo de principiante y la mirada de quien cree que puede salvar al mundo con empatía.
La doctora Sanz lo acompañaba como si lo escoltara hacia la guerra.
—Este es el doctor Marcos Pardo, nuestro nuevo médico residente —anunció.
—Buenas —dijo él, amable—. Me alegra conoceros. Espero aprender mucho de vosotros.
Pol aplaudió una sola vez.
—No lo dudes, chaval. De aquí se sale doctorado en locura aplicada.
—Eso ya lo tengo, en teoría —intentó bromear Marcos.
—Te faltará práctica —remató Teresa, sin levantar la vista del té.
La doctora sonrió y lo dejó allí, rodeado de todos nosotros.
Marcos respiró hondo y tragó saliva. En sus ojos se podía ver el miedo, y en sus manos, los nervios, que hacían que el papel que sujetaba se moviese sin parar.
—Bueno —dijo, mirando el papel como si esperara que le dijera qué hacer a continuación—. Supongo que iremos coincidiendo estos días.
Teresa fue la primera en romper el silencio.
—No te enamores de ninguno de nosotros —dijo, llevándose la taza a los labios—. Tenemos mala reputación incluso entre nosotros mismos.
Marcos sonrió, pero no supo si aquello era una broma.
—Lo tendré en cuenta.
Pol levantó la mano, como si estuviera en una clase de colegio.
—Pregunta importante, doctor.
Marcos lo miró, agradecido por cualquier forma de estructura.
—Dime.
—¿Eres de los que miran a los pacientes a los ojos o de los que miran solo el diagnóstico?
Marcos dudó solo una fracción de segundo. Lo suficiente para que todos lo viéramos.
—A la persona —respondió al final.
Pol asintió, como si tomara nota mental.
—Bueno —intervino la doctora Sanz, recuperando el control de la escena—. Marcos estará observando las sesiones esta semana. No cambiará nada en vuestra rutina.
Marcos asintió.
—Estoy aquí para ayudar —añadió.
Pol me miró de reojo, con esa sonrisa suya que significaba ya veremos.
Después de aquella escena, el día siguió su ritmo, y al llegar la tarde decidí salir al patio a respirar un poco de aire fresco.
El sol caía detrás del muro, pintándolo todo de naranja.
Me senté en uno de esos bancos de hierro frío durante unos minutos, hasta que escuché pasos detrás de mí.
Cuando giré la cabeza, era Jana. Llevaba una sudadera gris con las mangas dobladas exactamente igual en ambos brazos.
—¿Puedo? —preguntó.
—Prueba.
Se sentó. Durante unos segundos, ninguna de las dos habló. Y no fue incómodo. Fue… inesperadamente fácil. Eso era nuevo para mí. Normalmente, estar cerca de alguien, implicaba tensión. Anticipación. El miedo constante a decir algo incorrecto o a decir demasiado.
La vi sacar algo del bolsillo. Una piedra pequeña. La sostenía entre los dedos, girándola lentamente, como si la estuviera examinando desde todos los ángulos posibles.
—La encontré en el patio —dijo.
—¿Y cumple los requisitos?
—Es simétrica.
Me reí bajito.
—Eres la primera persona que hace que la palabra “simétrica” suene casi bonita.
—El mundo es más fácil cuando las cosas encajan.
Pensé en eso un momento.
—Yo nunca he sido muy de encajar.
—Yo tampoco, la verdad.
El cielo se estaba volviendo violeta. Jana miró hacia la valla del fondo, esa que separaba el césped de la nada. El aire se había enfriado lo suficiente como para justificar que cualquiera de las dos se levantara y volviese adentro, pero ninguna lo hizo.
—Tienes algo aquí —dije, señalándole la cara.
Jana frunció el ceño.
—¿Dónde?
Me incliné un poco hacia ella, levanté la mano despacio, dándole tiempo a apartarse si quería, y le rocé la piel con la yema de los dedos.
Jana giró la cabeza y me sostuvo la mirada.
—Ya está, es algo que ha caído del árbol.
Pol gritó desde dentro:
—¡Jana! ¿Vienes a perder a las cartas o qué?
—¡Ahora voy! —contestó.
Empezó a caminar hacia la puerta. Antes de entrar, tocó el marco con los dedos cuatro veces. Uno, dos, tres, cuatro. Al verlo sonreí lo justo para admitir, en silencio, que me empezaba a gustar verla hacerlo.
Cuando entré en la sala común, las cartas ya estaban sobre la mesa y Ramón discutía con Teresa sobre las reglas. Pol hablaba más de la cuenta, como siempre, convencido de que el volumen podía inclinar la suerte a su favor.
Y entonces vi la escena. Jana estaba de pie, junto a la ventana. No estaba sola. El chico que tenía delante llevaba la misma pulsera que nosotros, pero de otro color. Azul. Ala C. Lo reconocí vagamente. Lo había visto alguna vez por los pasillos.
Jana le alisó el cuello de la camisa y él esperó sin moverse, como si supiera que interrumpir ese gesto sería un error.
Se besaron.
Imaginé que debía ser su novio, Robert.
Me quedé quieta en la puerta, observando más de lo que tenía derecho.
Jana abrió los ojos al separarse de él. Miró alrededor. Su mirada pasó por mí y se detuvo una fracción de segundo. Yo miré hacia la mesa antes de que pudiera notar demasiado en mi cara.
—Mira quién ha vuelto —dijo Pol—. Pensábamos que te habías escapado saltando la valla.
—Lo intenté —respondí—. Pero me falta coordinación.
Me senté en la silla que estaba libre y notaba la presencia de Jana detrás de mí. Escuché sus pasos acercarse. También los de él.
—Nos vemos mañana —dijo él, en voz baja.
—Sí.
Cuando Jana se sentó, dejó las cartas sobre la mesa y las alineó con el borde. Robert hacía lo mismo al otro lado de la sala, hablando ahora con otro interno. El mismo gesto. La misma precisión. El mismo mundo.
Sentí una punzada que no supe nombrar. No era rabia exactamente, era más bien la conciencia repentina de estar fuera de algo, como llegar tarde a una conversación que había empezado mucho antes de que tú existieras.
Me concentré en las cartas. No tenía sentido sentir nada. La acababa de conocer.
La partida ya había empezado cuando Marcos, el nuevo médico, apareció por la puerta.
—¿Interrumpo? —preguntó.
Pol levantó la vista.
—Depende, ¿Quieres unirte?
—Claro.
Marcos se acercó a la mesa y se sentó al lado de Jana.
—¿A qué jugáis? —preguntó.
—Al mentiroso —respondió Teresa, removiendo el té en su tetera blanca de siempre.
Marcos apoyó una mano en el respaldo de la silla de Jana para inclinarse y ver las cartas. No la tocó, pero invadió su espacio lo suficiente como para que Jana se tensara.
—Interesante —dijo él—. Jana, ¿sigues con el ejercicio de reducir repeticiones?
Jana levantó la vista despacio.
—Sí.
—¿Cuántas hoy?
—No las he contado.
Marcos sonrió, pero había algo en esa sonrisa que me incomodó. No era amable, era evaluativa, como si estuviera tomando nota.
—Podríamos intentar bajar a tres esta semana —añadió él—. Forzar un poco el límite.
Jana no respondió y yo sentí una rabia irracional.
—Igual es un poco pronto para que empieces a dar clases —dije, antes de pensarlo demasiado.
Marcos me miró, sorprendido.
—Es parte del tratamiento.
—Claro —respondí—.
—Y tú Ramón, ¿Has tenido algún pensamiento recurrente hoy?
—¿Cómo sabes mi nombre? No te lo he dicho —dijo Ramón, sospechando de él, como si de un espía ruso se tratase—.
—He leído atentamente las fichas de todos. Creedme, os conozco bien.
Empezó a molestarme su tono condescendiente. El hecho de que creyese conocernos sólo por leer un papel con datos sin contexto comenzó a generar un ambiente de tensión entre todos.
Teresa dejó la cuchara dentro de la taza de golpe.
—¿Y no has leído que no nos gusta que nos evalúen en la hora libre? —dijo, sin mirarlo.
Marcos levantó las manos en gesto conciliador.
—Perdón, no quería molestar.
Se movió hacia atrás para apartarse de la mesa y en ese gesto torpe, su codo golpeó la tetera.
Por un segundo nadie reaccionó. Luego, la tetera cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
El silencio que siguió a continuación no fue normal.
Todos allí sabían que esa tetera era lo más importante para Teresa.
Ella se quedó mirando los restos, paralizada.
Se levantó y se puso las manos sobre la boca.
—¡AAAAAAAAAH! ¡Dios mío! ¿Pero cómo has podido?
Marcos dio un paso hacia ella.
—Lo siento, de verdad. Ha sido un accidente.
Teresa negó con la cabeza, una vez, muy despacio.
—No entiendes nada.
—Teresa, respira —dijo él, intentando recuperar el tono profesional—. No pasa nada. Es solo una tetera. Podemos conseguir otra.
Pol dejó las cartas sobre la mesa con cuidado.
—No es solo una tetera.
Marcos lo miró, ya irritado.
—Pol, no ayuda dramatizar.
—No estoy dramatizando —respondió él, levantándose—. Estoy diciendo que, para ella, no es solo una tetera.
Teresa empezó a caminar de un lado a otro, cada vez más rápido.
—¡Es la tetera que me regaló mi madre antes de irse, es lo único que me recuerda que aún hay gente buena, como ella! —Se golpeó el pecho con la palma—. ¡Y ahora ya no está, y ella tampoco!
Marcos se pasó la mano por la frente.
—Entiendo que estés alterada, pero esto no justifica—
—No la psicoanalices ahora —lo cortó Pol, colocándose ligeramente entre los dos—. Será mejor que te marches.
Marcos lo miró como si no diera crédito.
—Estoy haciendo mi trabajo.
—Tu trabajo no es empeorar las cosas —respondió Pol.
Ramón, desde la esquina, murmuró:
—Es uno de ellos. Lo sabía.
Marcos lo ignoró y volvió a mirar a Teresa, que ahora tenía los ojos húmedos y la respiración descompasada.
—Teresa, necesitas calmarte —insistió, y esta vez su voz perdió el barniz amable—. Esto es desproporcionado, estás actuando como una loca.
Pol dio un paso más hacia él.
—Vete.
No gritó, pero ya no sonaba a sugerencia.
Fue entonces cuando la doctora Sanz apareció en la puerta. Observó la escena completa en un segundo: los restos de porcelana, Teresa temblando, Pol erguido, Marcos con la mandíbula tensa.
—Doctor Pardo —dijo con voz serena y firme—. Acompáñeme.
Se dio la vuelta y salió.
Esa fue la primera vez que hubo un conflicto con el doctor Pardo, pero no la última.