Cuando descubras la verdad Capítulo 2
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Capítulo 2

Terapia grupal

El primer día dormí mal. Pol no había exagerado con lo de que se escuchaban muchos ruidos por la noche. Aunque yo ya estaba acostumbrada a cierto tipo de sonidos. En mi barrio siempre había ruido: vecinos peleando, perros, sirenas. En fin, la vida.

A las siete y media, la puerta se abrió sin que nadie llamara.

—¡Desayuno en quince minutos! —anunció una enfermera desde el umbral.

Jana se incorporó de inmediato, como si ya estuviera despierta. Yo tardé unos segundos más en entender dónde estaba.

—¿Siempre entráis así? —pregunté, con la voz todavía espesa.

—Siempre —respondió la enfermera.

Jana apartó la manta y la dobló con cuidado, alisando los bordes con las manos. Luego ajustó la almohada y cerró la ventana con cuatro golpes secos. Ni uno más, ni uno menos. Yo la observaba como quien mira un documental de especies en peligro de extinción: fascinada y un poco asustada.

—¿Siempre lo haces? —le pregunté, mientras la veía cuadrar la ventana por cuarta vez. —¿Hacer qué?

—Controlarlo todo.

—Se llama poner orden. Un concepto que, sin duda, pareces no conocer

Me quedé callada, fingiendo que no me había dejado sin réplica. La tía tenía lengua de bisturí. La mujer del orden acababa de ganar el primer asalto.

—¿Te molesta? —preguntó sin mirarme.

—No —respondí—. Solo intento entenderlo.

Se dirigió al armario mientras yo seguía sentada en la cama, observándola con una mezcla de curiosidad y cautela. Había algo en su forma de moverse que imponía una distancia natural, como si no esperara ser interrumpida.

Entonces se quitó la camiseta y buscó otra ropa en el armario. Yo aparté la vista. No estaba acostumbrada a compartir habitación con nadie, y todavía me tenía que acostumbrar a todo aquello.

Me levanté, todavía sintiéndome perezosa, y me puse el primer chándal que vi entre mi montón de ropa. Necesitaba comer algo que me diera fuerzas para afrontar el día.

El comedor tenía un olor persistente a café recalentado. Nada invitaba a quedarse más de lo necesario.

Pol me hizo un gesto desde una mesa.

—Ares. Aquí.

Me acerqué. Teresa estaba sentada a su lado, con un pañuelo de lunares anudado al cuello y unas gafas oscuras que no se había quitado, a pesar de estar en el interior. Ramón, frente a ellos, sostenía su grabadora cerca de la tostadora.

—Escucha —me dijo en voz baja.

La tostadora emitió un clic.

Ramón asintió, concentrado.

—Hay interferencias.

—Es una tostadora —dijo Pol.

Ramón no respondió. Se limitó a pulsar el botón de grabar otra vez.

Jana estaba en otra mesa, sola. Tenía la bandeja colocada con exactitud: la taza en el centro, la cuchara paralela al borde y la servilleta doblada en un rectángulo perfecto.

—¿Siempre se sienta sola? —pregunté.

—Casi siempre —respondió Pol—. Le gusta tener su espacio.

La vimos coger la cuchara. Removió el café con lentitud.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Dejó la cuchara sobre el plato y esperó unos segundos antes de acercar la taza a los labios.

—Si algo la interrumpe, empieza otra vez —añadió Pol.

Asentí, sin apartar la vista.

No parecía una manía, parecía una condición para que el gesto tuviera sentido.

Teresa levantó su taza con convicción.

—Este café me recuerda a mi tercer marido: amargo, quemado y con tendencia a desaparecer.

Pol también levantó su taza.

—Brindemos por los maridos ejemplares.

—No hay tantos —añadí.

—Por eso brindamos con café y no con champán.

Ramón seguía grabando.

El comedor estaba lleno de pequeños rituales que nadie cuestionaba.

A las nueve, sonó el timbre.

“Terapia de grupo.”

O, como lo llamaba Pol, “El club de los locos”.

La sala estaba preparada desde antes de que entráramos: sillas en círculo, ventanas entreabiertas, una mesa lateral con pañuelos de papel y una jarra de agua. El aire tenía ese olor neutro que dejan los desinfectantes cuando ya se han evaporado.

Nos sentamos sin hablar demasiado, pero el círculo nos obligaba a mirarnos. La doctora Sanz entró unos segundos después. Solo llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Buenos días, hoy hablaremos sobre el bienestar y la convivencia.

Ramón levantó la mano.

—¿Convivencia entre quién y quién?

—Entre todos, Ramón.

—¿También entre los que nos espían?.

La doctora parpadeó, tragó saliva y sonrió como si no hubiera oído nada.

—Empecemos. Teresa, ¿cómo te has sentido esta semana?

—Infravalorada. He intentado aportar arte a esta institución gris, pero al parecer, los soliloquios en el comedor “interfieren con la digestión del resto”.

—Te lo dijeron por los gritos, Teresa.

—Era Shakespeare, no era yo.

La doctora suspiró.

—Pol, ¿quieres compartir algo tú también?

—Claro. Hoy no he pensado en drogarme ni en fugarme.

—¿Dirías que estás más estable?

—Diría que estoy entretenido.

Me tocó a mí.

—Ares, ¿cómo estás?

—Todavía no lo sé.

—¿Alguna emoción intensa esta semana?

—Todas.

—¿Quieres nombrarlas?

—Rabia, miedo, ganas de fumar, nostalgia, hambre, odio, culpa, y un poco de curiosidad.

La doctora se ajustó las gafas.

—Y tú, Jana —dijo la doctora Sanz—, ¿cómo estás gestionando la ansiedad y los rituales?

—Bien —contestó, con voz tranquila.

—¿Podrías contarme un poco más?

—He conseguido retrasar el primero de la mañana.

—¿Cuál era?

—Comprobar que la puerta está cerrada.

—Eso es un avance.

—Para mí, es medio infarto —dijo, con una media sonrisa.

La doctora le devolvió otra, sincera.

Pol carraspeó, intentando disimular una carcajada.

Jana se percató de que lo que había dicho, quizás era algo difícil para ella, pero ridículo a los ojos del resto y por un momento cambió el gesto de su cara.

—Yo creo que es un buen avance —dije.

Jana levantó la mirada y clavó sus ojos en mí. Su expresión cambió, haciendo que algo en ella se aflojase, apenas perceptible. Asintió levemente y luego volvió a mirar sus manos, con menos tensión que antes.

Después de la terapia vino el llamado “tiempo libre supervisado”.

Pol me llevó al patio. Era grande, vallado, con bancos y un árbol que parecía arrepentido de haber crecido ahí.

Ramón estaba mirando al cielo, Teresa recitaba a Lorca en voz baja, como si ensayara para un público invisible.

Jana caminaba de un extremo al otro, mientras contaba en voz baja.

Me acerqué.

—¿Cuántos llevas? —pregunté.

—Treinta y dos —respondió sin detenerse.

—¿Siempre paras en un número concreto?

—Siempre paro en número par.

—Ah.

Esperé medio segundo.

—¿Puedo caminar contigo?

—Si mantienes el ritmo.

—Lo intentaré.

El movimiento era sencillo, pero exigía atención. A la tercera vuelta noté que mi cuerpo quería adelantarse o retrasarse. Jana no miraba mis pies, pero sabía exactamente cuándo yo rompía la cadencia.

—Suelo dar cuatro vueltas al patio antes de volver.

—¿Por qué cuatro? —pregunté.

—Porque es estable.

—¿Y tres?

—Incompleto.

—¿Cinco?

—Excesivo.

Por algún motivo, su discurso no sonaba del todo caprichoso. Empezaba a sonar estructural.

—Oye Jana, creo que no hemos empezado con muy buen pie. Pero si vamos a compartir habitación, será mejor que nos llevemos bien.

—Te voy a ser sincera. Llevo aquí mucho tiempo ya, y siempre he tenido una habitación para mí sola. No me gusta compartir el espacio con gente poco higiénica.

—Que forma tan amable de llamarme guarra —dije, riendo.

—Perdón, es que... ¿Podrías intentar ser menos desordenada?

—Veré que puedo hacer... ¿Y tú podrías intentar ser menos exigente?

—Veré que puedo hacer.

La miré de reojo. Tenía esa manera de decir las cosas sin levantar la voz que hacía que todo sonara más cierto. Me sorprendí sonriendo sin querer. Ella se mantenía seria.

Por la tarde, Pol organizó lo que llamó una “reunión no autorizada” en la sala común. Apareció con una baraja de cartas desgastada y una bolsa de patatas que, según él, habían decidido cambiar de propietario sin previo aviso.

—Quien pierda —anunció mientras repartía cartas— tiene que confesar un delito.

—¿Penal o moral? —pregunté.

—Ambos son válidos.

Ramón perdió la primera mano. Se aclaró la garganta antes de hablar.

—Confieso que desmonté un enchufe del pasillo para comprobar si había micrófonos del CNI.

Teresa perdió la siguiente.

—Confieso que fingí un desmayo para evitar la terapia de autoestima.

—Tiene sentido —murmuró Pol.

Jana intentó mantenerse al margen, pero Pol la señaló cuando perdió por un punto.

—Turno.

—Confieso que el otro día robé una caja de galletas de la despensa del comedor.

—¡Criminal! —grité.

Ella se sonrojó. No fue una reacción exagerada; fue apenas un cambio de color en las mejillas, una fisura mínima en su control habitual. Por primera vez, su perfección se resquebrajó. Y en esa pequeña imperfección había algo inesperadamente bello.

Yo perdí la siguiente ronda.

—Confieso que a veces digo que estoy bien solo para no darle a la gente la satisfacción de tener razón.

—Eso no es un delito, Ares.

—Entonces dame otra carta.

Cuando anocheció, el centro adoptó su rutina de siempre. Cenamos, nos dieron medicación, y uno a uno, fuimos desapareciendo hacia nuestras habitaciones.

Jana tardó un rato en entrar. Cerró la puerta con su secuencia habitual.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Yo ya estaba acostada.

—¿Sabes? —dije en voz baja—. Creo que me estoy acostumbrando a este sitio.

—Mala señal —respondió.

—¿Por qué?

—Porque significa que fuera estabas peor.

—Puede ser.

Se metió en la cama. La estructura del colchón crujió ligeramente bajo su peso.

—Jana.

—¿Sí?

—Gracias por dejarme caminar contigo hoy.

Tardó un segundo en responder.

—No lo hice por ti.

Sonreí en la oscuridad.

—¿Entonces por qué?

—Porque el número era impar.

Me reí. Aunque en el fondo sabía que eso era más verdad que chiste. Pero también era su manera de decir que mi presencia no había entorpecido su orden.