Cuando descubras la verdad
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Capítulo 1
Bienvenida al club
Al entrar me llegó un fuerte olor a lejía. Una enfermera me colocó una pulsera de identificación en la muñeca. El gesto fue automático e impersonal.
—Nombre —dijo, sin mirarme.
—Ares.
—¿Motivo de ingreso?
—No estoy segura.
Esta vez sí levantó la vista, con esa mezcla de cansancio y distancia que tienen las personas que trabajan rodeadas de sufrimiento ajeno y han aprendido a no tomárselo como algo personal.
Pensé que, probablemente, era la única manera de aguantar en un sitio como ese.
—Tuve un episodio micropsicótico disociativo —seguí.
En la pared, justo frente a mí, había un cartel impreso en letras grandes:
Aquí cuidamos tu salud mental.
Debajo, un enchufe suelto y una marca oscura.
“Centro Psiquiátrico Vall de la Pau”.
Más tarde descubriría que de paz tenía lo justo.
Me pidieron que me sentara en una silla de plástico pegada al suelo. No parecía pensada para estar cómoda. La enfermera —Núria, según la placa— tecleaba en un ordenador antiguo, de esos que hacen ruido incluso cuando no hacen nada.
—¿Alergias?
—No.
—¿Medicamentos?
Negué con la cabeza. No tenía ganas de entrar en matices. Intuí que, en ese momento, cualquier explicación sobraba.
Núria marcó una casilla y pasó a la siguiente pantalla.
—Inventario.
Señaló la mesa metálica y me pidió que vaciara el bolso.
Fui sacando mis cosas despacio: un cuaderno, un pintalabios, un mechero que no funcionaba, auriculares, un recibo viejo, restos de un bocadillo, chicles sueltos sin envoltorio y pañuelos usados. Todo quedó expuesto, ordenado por alguien que no era yo.
—Madre mía... —susurró Núria.
No sentí vergüenza. Sentí algo más incómodo: la certeza de que, durante unos minutos, mis objetos decían más de mí que cualquier informe.
—¿Tijeras? ¿Cuchillas? ¿Cables?
Negué con la cabeza.
Asintió, sin hacer más comentarios. Me devolvió el bolso y seguimos adelante.
Al poco, apareció un celador alto, con cuerpo de gimnasio y expresión distraída.
—Te acompaño a la habitación —dijo—. Soy Dani.
Me habló con una familiaridad que no había pedido, pero que parecía venir incluida en el uniforme.
Subimos en un ascensor y en el espejo vi mi reflejo con más claridad de la que me apetecía: ojeras marcadas, el pelo enredado y la cara de alguien que lleva mucho tiempo sin dormir. Dani iba recitando las normas con tono práctico, como si estuviera explicando una receta aprendida de memoria.
—Desayuno a las ocho. Comida a la una y media. Cena a las siete. Terapias por la mañana, actividades por la tarde. Nada de móviles en grupo. Nada de alcohol. El resto ya te lo irán contando.
—¿Hay piscina? —pregunté.
—Sí, al final del pasillo.
El ascensor se abrió a un pasillo largo, con puertas numeradas a ambos lados. 101, 102, 103…
La 108 era la mía.
—Si necesitas algo, llamas —dijo, señalando un botón rojo junto a la puerta—. Mejor no tocarlo sin motivo.
—¿Qué pasa si lo hago?
—Que viene todo el mundo.
—Suena tentador
Dani se fue y yo me quedé de pie unos segundos, con el bolso colgado del hombro, intentando entender en qué momento exacto había acabado en ese lugar.
Entré en la habitación. Dos camas, dos mesillas, dos lámparas.
Ningún rastro de personalidad. Una habitación diseñada para que nadie dejara huella o, al menos, para que nadie creyera que valía la pena hacerlo.
En la cama, junto a la ventana, había una mochila colocada con una precisión casi militar: calcetines doblados al mismo tamaño, camisetas alineadas sin una arruga.
La cama estaba intacta. No había nadie dentro.
Dejé mi bolso en la otra cama, abrí la persiana y la luz me obligó a entrecerrar los ojos. Me deslumbró un campo de césped tan verde que dolía en la retina. Más allá, una valla alta. Después, nada. Barcelona quedaba reducida a un concepto, como si la ciudad fuera algo que había pasado en otra vida.
Me puse de pie en la colcha para ver mejor, ignorando deliberadamente las normas que todavía no me había aprendido.
Fue entonces cuando la vi por primera vez. Estaba en el pasillo, a unos metros. Morena, alta, pelo suelto. Abría y cerraba una puerta. Abre. Cierra. Abre. Cierra.
Lo hizo cuatro veces.
Lo noté de inmediato, con la misma claridad con la que una reconoce su propia adicción. Abre-cierra-abre-cierra. Cuatro golpes secos, el cuarto más suave, seguido de un gesto mínimo de satisfacción. Luego se fue, como si nada.
Me senté en la cama y mi cuerpo protestó con ese cansancio que aparece cuando llevas tiempo sosteniéndote por pura inercia. Me quité las botas y miré a mi alrededor. Estaba intentando hacerme con el lugar justo cuando alguien asomó la cabeza por la puerta sin llamar.
Era un chico rubio, despeinado, con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía los ojos claros y una mirada que mezclaba curiosidad y cálculo, como si siempre estuviera midiendo el terreno.