Capítulo 2
La línea que no cruzábamos
Después de aquel otoño empecé a acostumbrarme a su presencia de una forma peligrosa.
Digo peligrosa porque cuando alguien se convierte en parte de tu rutina sin que te des cuenta, el día que falta todo se descoloca.
Yo todavía no pensaba en eso. Solo vivía el presente, esa especie de equilibrio extraño entre la amistad y algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
El trabajo en grupo nos dio la excusa perfecta para seguir viéndonos casi a diario, pero incluso cuando ya no era estrictamente necesario, seguíamos quedando.
Al principio fingíamos que era por estudiar otras asignaturas, por intercambiar apuntes o por «aprovechar la tarde».
Luego dejó de hacer falta justificarlo. Simplemente ocurría.
Si yo salía antes de clase, sabía que podía escribirle y, de alguna manera, acabaríamos sentados en la misma cafetería de siempre, compartiendo una mesa demasiado pequeña y conversaciones que cada vez eran menos superficiales.
Había algo en él que me hacía bajar la guardia con una facilidad que me desconcertaba.
Yo siempre había sido prudente, de las que piensan demasiado antes de hablar, de las que miden lo que sienten por miedo a que no sea correspondido.
Con él, en cambio, me descubrí contando cosas que no solía compartir.
Le hablé de mis inseguridades, de esa sensación constante de no ser suficiente, de la presión que me imponía a mí misma por hacerlo todo bien.
No me miró con lástima ni con impaciencia.
Me escuchó. Y cuando terminó de hacerlo, me dijo algo tan sencillo como: «No tienes que demostrar nada todo el tiempo». Nadie me lo había dicho así antes.
A veces me preguntaba si él era consciente de lo importante que empezaba a ser para mí.
Si notaba cómo mi humor mejoraba cuando sabía que lo iba a ver, o cómo mi día se torcía un poco cuando no coincidíamos.
Intentaba mantenerme racional. Me repetía que no había pasado nada, que no había promesas, que solo éramos dos personas que se llevaban bien.
Pero luego estaban los pequeños gestos. Los detalles que parecían insignificantes y que, sin embargo, iban construyendo algo más grande.
Una mañana llegué a clase especialmente cansada. Había pasado la noche estudiando y apenas había dormido. Me senté en mi sitio habitual y apoyé la cabeza sobre los brazos. Cuando levanté la vista, él estaba frente a mí con dos cafés en la mano.
—Hoy tienes cara de necesitar esto —dijo, dejándolo delante de mí como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Cómo sabes cómo lo tomo? —pregunté, sorprendida.
Se encogió de hombros con una sonrisa leve.
—Te he visto pedirlo suficientes veces.
Ese era el tipo de cosas que hacía. Observaba. Recordaba. Se fijaba en detalles que otros pasaban por alto. Y yo, que siempre había sentido que era invisible en ciertos aspectos, empezaba a sentirme vista.
Las semanas avanzaban y la línea que no cruzábamos se volvía cada vez más evidente. No éramos solo amigos, pero tampoco éramos algo más oficialmente. Nuestros amigos empezaron a notarlo antes que nosotros. O quizá lo notaron antes y decidieron esperar a que lo admitiéramos.
Una tarde, mientras estaba con mis amigas en la biblioteca, una de ellas me miró por encima del libro y dijo sin rodeos:
—Te gusta.
Intenté hacerme la sorprendida, pero no fui muy convincente.
—¿Quién?
Rodaron los ojos al unísono.
—Ollie, Clara. No eres precisamente sutil.
Me defendí diciendo que solo éramos amigos, que me caía bien, que no había nada más.
Mientras hablaba, notaba que mis argumentos sonaban débiles incluso para mí.
Porque la realidad era que sí, me gustaba.
Me gustaba su forma de pensar antes de hablar.
Me gustaba cómo me hacía reír incluso cuando estaba enfadada.
Me gustaba la tranquilidad que sentía cuando caminábamos juntos sin necesidad de llenar todos los silencios.
Lo que no sabía era si yo le gustaba a él de la misma manera o si simplemente estaba siendo amable.
A veces me parecía evidente que sí. Otras, dudaba de todo.
Había momentos en los que nuestras miradas se sostenían un segundo más de lo habitual, en los que el aire parecía volverse más denso, como si algo estuviera a punto de ocurrir.
Pero siempre había una interrupción: alguien que llamaba, una risa cercana, el inicio de una clase. Y ese segundo se desvanecía.
Recuerdo especialmente una tarde en la que decidimos salir a caminar después de estudiar.
El campus estaba casi vacío y el frío empezaba a hacerse notar.
Caminábamos sin rumbo fijo, hablando de cualquier cosa.
En un momento dado, el tema derivó hacia relaciones pasadas.
Fue la primera vez que mencionamos el amor de manera directa.
—¿Te han roto el corazón alguna vez? —me preguntó de repente.
La pregunta me pilló desprevenida. Tardé un segundo en responder.
—No exactamente —admití—. Creo que nunca he llegado tan lejos como para que duela de verdad.
Me miró de una forma que no supe interpretar del todo.
—A veces eso es una suerte.
—¿Y tú?
Sonrió, pero había algo serio detrás de esa sonrisa.
—Sí. Y no es agradable.
No profundizamos mucho más en el tema, pero desde ese día supe que ambos éramos más vulnerables de lo que aparentábamos. Quizá por eso ninguno se atrevía a dar el paso. Porque cruzar esa línea significaba arriesgar algo que ya empezaba a importar demasiado.
Sin embargo, cuanto más intentábamos mantenernos en ese terreno seguro, más evidente se volvía que estábamos caminando hacia otro lugar.
Las pequeñas citas comenzaron casi sin planificación.
Un día fue el cine. Otro, una exposición que él quería ver.
Otro, simplemente tomar algo después de clase.
Nunca lo llamábamos «cita», pero la forma en que nos preparábamos para vernos decía lo contrario.
Yo empezaba a elegir la ropa con más cuidado del habitual.
Él llegaba puntual, incluso antes, algo que según sus amigos no era común en él.
Había una complicidad que no necesitaba explicación. Bastaba con una mirada para entendernos. A veces me sorprendía imaginando cómo sería besarlo. Y esa simple idea hacía que el estómago se me llenara de mariposas y de miedo a partes iguales.
Una noche, después de una de esas salidas improvisadas, me acompañó hasta la puerta de mi casa.
El aire estaba frío y el cielo despejado.
Nos quedamos unos segundos en silencio, frente a frente.
Yo sentía que el momento se estiraba, que algo estaba a punto de suceder.
Él dio un paso más cerca. Yo contuve la respiración. Pensé que iba a besarme.
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, me apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza que me desarmó más que cualquier beso.
—Descansa —dijo en voz baja.
Entré en casa con el corazón acelerado y una mezcla extraña de alivio y frustración. Me apoyé en la puerta cerrada y me dejé caer al suelo, sonriendo como una adolescente que no sabe muy bien qué le está pasando.
Esa noche entendí que la línea que no cruzábamos no era por falta de ganas. Era por miedo. Miedo a estropear algo que estaba siendo demasiado bonito.
Y, aun así, cada día que pasaba, la distancia entre nosotros se hacía más pequeña. No físicamente, sino emocionalmente. Ya no era solo que me gustara. Era que empezaba a imaginar un futuro en el que él estuviera presente. Y esa idea, aunque todavía era tímida, empezaba a echar raíces.
No sabía cuándo ocurriría, ni quién daría el primer paso. Solo sabía que estábamos avanzando hacia algo inevitable. Y que, por primera vez, no quería huir de ello.
Pensaba que lo difícil sería empezar.
No sabía que lo verdaderamente difícil sería aprender a sostenerlo cuando ya no hubiera vuelta atrás.