Cuando dejemos de mirarnos Capítulo 3
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Capítulo 3

El primer paso

No recuerdo exactamente quién lo dijo primero, si fui yo o fue él.

Solo recuerdo el momento en que todo cambió, sin ceremonias, sin anuncios, sin la teatralidad que uno espera de las películas.

Fue una tarde de domingo, gris y fresca, en la que habíamos quedado para estudiar en la biblioteca.

La luz del sol se filtraba por las ventanas altas, dibujando líneas cálidas sobre la mesa.

Yo estaba concentrada en los apuntes, y él revisaba algo en su portátil, con esa expresión de calma que me provocaba un extraño nudo en el estómago.

Hablábamos de todo y de nada. De los planes para la próxima semana, de lo que haríamos en vacaciones, de una película que había visto recientemente y que me había hecho reír.

En algún momento, nuestras manos se rozaron al alcanzar un bolígrafo al mismo tiempo.

Fue un roce breve, casi imperceptible, pero suficiente para que el corazón me diera un salto.

Nos miramos. Esa mirada duró más de lo normal.

No había duda, no había confusión. Todo lo que habíamos estado construyendo se concentró en ese segundo, y supe que ambos lo sabíamos.

—Clara… —empezó él, su voz bajita, como temiendo romper algo invisible—, creo que…, bueno, creo que me gustas.

Me quedé paralizada. Por un instante el mundo desapareció.

La biblioteca, los libros, la luz, incluso el sonido de las otras personas, todo se volvió un telón de fondo para esas palabras que había esperado sin saberlo durante semanas.

Quería reír, quería llorar, quería gritar, quería abrazarlo y nunca soltarlo.

Pero nada de eso salió. Solo asentí, incapaz de articular palabra.

—Yo… yo también —logré decir, con un hilo de voz, mientras mis mejillas ardían—. Te he estado queriendo desde hace tiempo… creo que desde que empezamos a vernos para el proyecto.

Él sonrió. No fue la sonrisa ligera de siempre. Fue más profunda, más cálida, como si en ese momento el mundo entero se hubiera detenido solo para nosotros. Se inclinó ligeramente y tomó mi mano entre las suyas. No había prisa, no había dramatismo, solo un gesto simple que significaba todo.

Ese fue nuestro primer paso.

Después de eso, todo cambió de forma casi imperceptible.

Ya no había necesidad de excusas para vernos.

Cada tarde juntos, cada paseo, cada café, cada conversación se sentía diferente.

Todo lo que antes era agradable ahora era vital.

Descubrimos pequeñas rutinas: si uno llegaba primero a clase, el otro siempre lo encontraba, aunque fuera unos minutos después; si uno tenía un examen difícil, el otro aparecía con algún detalle que hacía que el día fuera más soportable.

Ollie era increíblemente atento sin ser exagerado.

Notaba cosas que yo decía de manera casual y las recordaba.

Me enviaba canciones que él sabía que me gustaban, me hablaba de sus pequeños triunfos y fracasos, y siempre encontraba la forma de hacerme sentir que mi presencia era importante.

Por mi parte, sentía la misma necesidad de cuidarlo, de prestarle atención, de estar ahí de manera constante. Era una entrega natural, no forzada.

Empezamos a pasar más tiempo juntos fuera de las clases. Nos reíamos, nos contábamos cosas que no habíamos dicho antes, nos mirábamos de formas que solo nosotros entendíamos. No había prisa por definirlo todo. Todo era paso a paso, instante a instante.

Recuerdo un día especialmente claro: era noviembre, el aire estaba frío, y el campus estaba casi vacío.

Decidimos dar un paseo después de estudiar, y caminábamos sin rumbo, simplemente disfrutando de la compañía del otro.

En un momento, mientras hablábamos de nuestras familias y de los planes de vacaciones, se detuvo y me miró fijamente.

—Clara…, quiero que sepas algo —dijo con suavidad.

Me acerqué un poco, curiosa, con el corazón latiendo fuerte.

—Dime.

—No sé cómo explicarlo —dijo, pero sus manos buscaron las mías—. Pero sentirme así contigo… nunca había sentido algo parecido.

Lo miré y supe que lo entendía. No necesitábamos palabras más grandes. Sus ojos, su manera de sostener mi mano, todo decía lo mismo: estaba empezando algo que ninguno de los dos podría detener.

Fue en ese momento que sentí que todo lo que habíamos estado construyendo, todas las miradas, los roces, los silencios, habían culminado en algo que no podía ignorar. Y tampoco quería hacerlo.

Esa tarde caminamos juntos hasta que oscureció, hablando de cosas triviales, pero sabiendo que cada gesto, cada sonrisa, cada roce era parte de algo más grande.

Nos despedimos en la puerta de mi casa, y él se inclinó ligeramente para rozar mi mejilla con su frente.

Nada más. Pero el corazón me latía como si hubiera corrido kilómetros.

Esa noche me quedé despierta mucho tiempo recordando cada momento. Cada detalle. Cada palabra. Cada gesto. Y comprendí que no había vuelta atrás. Lo que habíamos sentido como amistad se había transformado en algo más profundo, más esencial, más real.

Durante los días siguientes, todo fue igual y diferente al mismo tiempo.

La rutina continuaba: clases, trabajos, biblioteca, cafés.

Pero ahora había una certeza que antes no existía: nos gustábamos.

Estábamos juntos. Pero lo mejor de todo era que seguíamos siendo nosotros mismos.

No teníamos que fingir. No había máscaras. Solo estábamos. Y eso era suficiente.

Había una alegría sutil en todo. Pequeña, constante, que se filtraba en los momentos cotidianos.

Cuando me enviaba un mensaje para preguntarme cómo había sido el examen, cuando me hacía un regalo insignificante «porque pensé en ti», cuando me tomaba de la mano en el pasillo de la biblioteca y no soltaba la mirada.

Cada detalle me hacía darme cuenta de que lo que sentía no era pasajero.

También había miedo. Un miedo silencioso.

Porque lo que es importante siempre da miedo.

Teníamos miedo de estropearlo. Teníamos miedo de avanzar demasiado rápido.

Teníamos miedo de que la vida nos recordara que nada es para siempre.

Pero por primera vez, decidimos ignorar ese miedo, disfrutar de cada instante, de cada conversación, de cada sonrisa.

Y así pasó aquel mes de noviembre: estudiando juntos, caminando juntos, riendo juntos. Cada momento era pequeño pero perfecto. Cada gesto era una declaración sin palabras. Cada silencio era compartido y no incómodo.

Recuerdo la primera vez que cruzamos una verdadera línea: una tarde de lluvia ligera, bajo un cielo gris y húmedo, él me tomó de la mano mientras caminábamos hacia la cafetería.

Yo sentí un temblor que no pude disimular.

Él me miró y sonrió, esa sonrisa que me hace sentir segura y vulnerable al mismo tiempo.

—No me importa la lluvia —dijo—. Solo quiero estar contigo ahora.

No había drama, no había urgencia. Solo la certeza de que, por fin, estábamos juntos en algo que importaba. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la vida podía ser simple y perfecta, aunque solo fuera por unos momentos.