Cuando dejemos de mirarnos Capítulo 1
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Cuando dejemos de mirarnos

Cuando dejemos de mirarnos

Por Laura Castillo Gutierrez

© inepub.com

Capítulo 1

Antes de que supiera que era él

Si alguien me hubiera dicho aquel año que en una asignatura cualquiera de último curso iba a conocer al amor de mi vida, probablemente me habría reído.

No porque no creyera en el amor, sino porque en ese momento de mi vida estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir a la universidad, como para pensar en historias grandes.

Yo estaba en tercero, todavía con la sensación constante de que todo el mundo sabía más que yo, de que iba un poco por detrás, de que tenía que demostrar algo que ni siquiera sabía definir.

Él estaba en último curso. Eso lo supe después.

En aquel momento solo era un desconocido más que entró en clase un lunes cualquiera de octubre y se sentó unas filas más adelante.

Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi, aunque entonces no le di importancia.

Llevaba una sudadera gris y tenía esa expresión concentrada de quien escucha de verdad, no solo por cumplir.

No fue un flechazo. No fue una escena de película.

Fue simplemente una sensación leve, casi imperceptible, como cuando algo te llama la atención pero no sabes por qué.

Me sorprendí mirándolo más de una vez durante la clase, y cada vez que lo hacía apartaba la vista rápido, fingiendo que buscaba algo en el cuaderno.

Durante varios días todo se quedó ahí. Miradas que no significaban nada —o eso me repetía—.

Coincidíamos en el pasillo al salir, a veces caminábamos en la misma dirección unos metros, pero ninguno decía nada.

Había algo cómodo en esa distancia. Yo lo observaba sin que él lo supiera, o al menos eso creía.

La forma en que se reía con sus amigos, cómo se pasaba la mano por el pelo cuando estaba pensando, la tranquilidad que transmitía incluso cuando el profesor hacía preguntas difíciles.

Una tarde, mientras esperaba a que empezara la clase, noté que alguien se sentaba a mi lado. Levanté la vista y era él. Sentí ese pequeño sobresalto interno que intenté disimular bajando la mirada al móvil.

—¿Está libre? —me preguntó señalando la silla, aunque ya estaba sentado.

Asentí, demasiado rápido.

Esa fue la primera vez que escuché su voz de cerca.

Era más suave de lo que esperaba. No recuerdo exactamente de qué hablamos los primeros minutos; seguramente algo trivial sobre la asignatura, el profesor o la fecha del próximo trabajo.

Lo que sí recuerdo es la sensación de naturalidad.

No hubo silencios incómodos ni esfuerzos forzados por impresionar.

Era como si nos conociéramos de antes, como si esa conversación fuera la continuación de algo que había empezado en silencio días atrás.

A la semana siguiente el profesor anunció un trabajo en grupo. El típico proyecto final que ocupa más tiempo del que uno cree. Antes de que pudiera girarme para buscar a alguien con quien hacerlo, él habló.

—Si quieres, podemos hacerlo juntos.

Lo dijo con una seguridad tranquila, como si la idea hubiera estado ahí desde hacía tiempo.

Acepté intentando que mi voz no delatara la pequeña alegría que me recorrió por dentro.

Fue así como empezamos a hablar de verdad.

Quedábamos en la biblioteca por las tardes.

Al principio cumplíamos estrictamente con el guion del trabajo: investigar, organizar ideas, dividir tareas.

Pero poco a poco las conversaciones empezaron a desviarse.

Hablábamos de música, de planes después de la carrera, de viajes que queríamos hacer, de miedos que no solíamos contar en voz alta.

Descubrí que tenía una forma muy particular de escuchar.

No interrumpía. No intentaba dar soluciones rápidas.

Solo estaba presente, y eso, sin que yo lo supiera entonces, era algo que siempre había necesitado.

Hubo un día en concreto que se me quedó grabado.

Estábamos sentados frente a frente en una mesa pequeña de la biblioteca, rodeados de libros abiertos que apenas tocábamos.

Fuera llovía con esa lluvia fina que parece no hacer ruido pero lo empapa todo.

Yo estaba contándole una anécdota absurda sobre mi primer año en la universidad cuando me di cuenta de que me miraba de una forma distinta.

No incómoda. No invasiva. Solo distinta.

Como si de repente estuviera viendo algo más allá de lo que yo estaba diciendo.

Me quedé callada a mitad de frase.

—¿Qué? —pregunté, medio riendo.

Negó con la cabeza y sonrió.

—Nada. Es que cuando hablas de cosas que te importan se te iluminan los ojos.

Sentí el calor subirme por el cuello hasta las mejillas. Aparté la mirada fingiendo que buscaba un bolígrafo.

Ese fue el primer momento en el que algo cambió. No supe ponerle nombre, pero cambió.

A partir de ahí, empezamos a buscar excusas para alargar las tardes.

Si terminábamos antes el trabajo, íbamos a tomar algo.

Si uno tenía un mal día, el otro aparecía con un café sin que hiciera falta pedirlo.

Todo fue sucediendo sin grandes declaraciones, sin decisiones solemnes. Simplemente ocurría.

Recuerdo la primera vez que fuimos al cine.

Oficialmente no era una cita. Ninguno usó esa palabra.

Habíamos terminado una parte importante del proyecto y él dijo que necesitábamos despejarnos.

Elegimos una película cualquiera, de esas que ninguno recordaría después.

Lo importante no era la pantalla, sino el hecho de estar sentados uno al lado del otro en la oscuridad.

Sentía su brazo rozando el mío y una electricidad suave recorriéndome la piel.

No pasó nada. No hubo manos entrelazadas ni gestos valientes.

Pero salí del cine sabiendo que algo se estaba construyendo.

Durante semanas vivimos en esa frontera cómoda entre la amistad y algo más. Nuestros amigos empezaron a hacer comentarios. Yo lo negaba todo con una sonrisa que probablemente no convencía a nadie. Él, según supe después, hacía lo mismo.

Había momentos en los que sentía que estaba a punto de decir algo importante, y justo entonces cambiaba de tema. Como si ambos supiéramos que cruzar esa línea lo cambiaría todo, y todavía no estuviéramos preparados.

Lo que más me sorprendía era la facilidad con la que me hacía sentir segura.

No intentaba impresionarme. No jugaba a ser interesante.

Era detallista sin que se notara, atento sin resultar pesado.

Si mencionaba de pasada que me gustaba cierta canción, días después me la enviaba diciendo que la había escuchado y se había acordado de mí.

Si tenía un examen difícil, aparecía con chocolate «por si el cerebro necesitaba ayuda».

Yo, que siempre había sido prudente con mis emociones, empecé a bajar la guardia sin darme cuenta.

Una tarde, mientras caminábamos por el campus casi vacío, el cielo empezaba a oscurecer y el aire olía a invierno.

Hablábamos de planes para Navidad cuando nuestras manos se rozaron por accidente.

Ninguno apartó la suya de inmediato. Fue un roce breve, pero suficiente para que el corazón me latiera con una fuerza que me sorprendió.

Nos miramos.

Hubo un segundo suspendido en el aire, cargado de todo lo que aún no habíamos dicho.

Y, sin embargo, no pasó nada.

Seguimos caminando como si ese instante no hubiera existido, aunque los dos sabíamos que sí.

Si pienso ahora en aquellos días, lo que más recuerdo no es la intensidad, sino la calma.

La sensación de estar encontrando algo bueno, sano, sin prisas.

No había promesas. No había declaraciones grandilocuentes.

Solo dos personas descubriéndose poco a poco, aprendiendo los gestos del otro, construyendo una confianza que parecía natural.

Yo no sabía entonces que estaba empezando la historia más importante de mi vida.

Solo sabía que cada vez que entraba en clase, buscaba su figura casi sin querer. Que si un día no coincidíamos, lo notaba demasiado. Que su nombre empezaba a aparecer en mis pensamientos en momentos inesperados.

Y aunque todavía no lo había dicho en voz alta, una parte de mí empezaba a tener miedo.

Miedo de que aquello fuera demasiado bonito para ser verdad.

Miedo de perderlo antes siquiera de tenerlo.

Pero en ese momento, mientras caminábamos bajo las luces tenues del campus y hablábamos de cualquier cosa sin importancia, elegí no pensar en el miedo.

Elegí disfrutar de la forma en que me miraba.

De la manera en que mi nombre sonaba distinto cuando lo decía él.

De la certeza silenciosa de que algo hermoso estaba empezando.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez el amor no era algo que te golpea de repente, sino algo que se construye despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que un día miras atrás y entiendes que ya no sabes cómo era tu vida antes de esa persona.

Aquel otoño no sabía que estaba a punto de enamorarme.

Solo sabía que cada vez que él se sentaba a mi lado, el mundo parecía colocarse un poco mejor en su sitio.

Y eso, aunque todavía no tuviera nombre, ya significaba algo.