Capítulo Veintinueve #2
No me detengo hasta que siento que el orgasmo me envuelve, y me deshago en su boca con un ronco jadeo.
Julie termina al mismo tiempo, cerrando los ojos al alcanzar el clímax.
Observo embelesado cómo abre los ojos y me mira al tragarse mis fluidos.
Me endurezco de nuevo sin poder evitarlo, arrancándole una sonrisa de suficiencia.
Me apoyo en la mesa mientras recuperamos el aliento.
“Entonces…,” comienza, todavía a mis pies. “¿Bendecimos esta mesa también?”
Suelto una carcajada que me hace echar la cabeza hacia atrás y resuena por el pequeño despacho. Contagio a Julie, que ríe conmigo, y suelta un chillido cuando la sujeto por la cintura y la siento sobre el escritorio.
“¿Es una promesa?,” pregunto antes besarla con fiereza.
“Hazme tuya, Tate Weston.”
La noche estrellada ya ha cubierto Almond Valley cuando conseguimos salir del despacho varias horas más tarde. El frío de noviembre nos obliga a correr hacia mi camioneta, aparcada al lado de la puerta de los establos.
Mis planes de pasar por casa a cambiarme para después ir a cenar se han visto alterados por cierta mujer de pelo dorado y sonrisa irresistible. Por primera vez desde que estamos juntos, vamos a ir a la casa principal como pareja.
A Julie le parece bien, pero creo que no está preparada mentalmente para la cena que nos espera. Mi familia puede llegar a ser muy… intensa con estos temas.
“Venga, Tate, no puede ser tan malo. Deja de preocuparte y no seas gallina,” dice Julie riendo cuando salimos de la camioneta, después de estacionar frente a la casa de mi madre.
Dejo escapar un suspiro cansado, pasándome la mano por la cara. “No sabes lo que estás diciendo.”
“Conozco a tu familia desde hace mil años. Además, tu hermano no tuvo ningún problema en presentar a Sage como su pareja.”
“Porque la que daba miedo era ella, no mi familia…,” mascullo entre dientes, siguiéndola por las escaleras.
Entramos en la calidez de la casa principal, que nos recibe con un fuerte olor a pasta y salsa de tomate casera.
Las voces de mi familia se escuchan desde la entrada, entremezclándose con el suave sonido de la televisión del salón.
Avanzamos hacia la cocina, donde nos encontramos con mi madre discutiendo con mi hermano mediano.
Al otro lado de la estancia está Sage, observándolo todo con una mueca divertida que se transforma en una sonrisa al vernos.
“¡Julie!,” exclama envolviendo a su amiga en un fuerte abrazo. “¡Vaya sorpresa!”
“Perdón por no avisar antes,” me disculpo, mirando a mi madre con una diminuta sonrisa. “Julie se queda a cenar.”
Emily intercambia una mirada inexpresiva entre ella y yo, hasta que por fin esboza una sonrisa orgullosa.
“¡Ya iba siendo hora de que vosotros dos os llevarais bien!,” exclama con alegría, dándole un abrazo a Julie antes de volverse hacia mí para darme un golpe en el hombro.
Me quejo en silencio, frotándome la zona dolorida. Julie me lanza una mirada burlona desde el otro lado de la habitación, ganándose una amenaza silenciosa que pienso cumplir cuando vayamos a mi casa después de esto.
“Déjame decirte que creo que se llevan más que bien, hija mía,” dice la abuela Mira con una sonrisita desde su silla, en una esquina de la cocina.
Mi hermano nos mira con un brillo divertido en los ojos, pero no dice nada. Es un hombre de pocas palabras. Y todo lo relacionado con las emociones y los sentimientos no le interesa. A no ser que tenga que ver con su amada Sage.
Es un pagafantas de manual .
“Pondré un plato más,” anuncio, acercándome al mueble de la vajilla.
Termino de poner la mesa mientras la conversación de la cocina se reanuda.
Mi madre vuelve a discutir con mi hermano sobre dónde debería tatuarse unas flores de almendro.
Ella dice que cerca del pecho, donde está el corazón, pero él insiste en hacérselo en la espalda.
Sage me echa una mano en silencio, pendiente de lo que dicen, esbozando una sonrisa rebosante de amor.
Cuando nos sentamos a la mesa y cenamos los canelones caseros de mi madre, les cuento cómo van las clases de cross. Están siendo todo un éxito, y todos me dan la enhorabuena por las buenas noticias. Hablamos de temas familiares, de Almond Valley y del huerto que lleva Sage.
Incluso Julie también se anima a hablar de cómo es ser socia de un Weston.
Mi madre se ríe con cada comentario que Julie hace sobre mí, porque es una mujer lista y no me pasa una. Me fijo en la manera en la que Sage me sonríe cuando entrelazo mi mano con la de Julie cuando mi hermana se levanta para traer el postre.
“¿Ya habéis decidido la fecha para el concurso de cross?,” pregunta Lib al dejar la bandeja de fruta sobre la mesa.
Julie asiente, girándose para mirarme con una tierna sonrisa.
“Y el nombre también,” añade, orgullosa.
“¿Le has puesto nombre al concurso?,” pregunto con incredulidad. Me parece fascinante cómo Julie siempre piensa en cada detalle.
Ella asiente, apretando nuestras manos entrelazadas.
“Creo que te va a encantar.”
Le devuelvo el apretón, incapaz de no mirarla con adoración.
“No me cabe la menor duda, campanilla,” confieso, conteniéndome para no besarla. “¿Cuándo lo haremos?”
Julie pasea la vista por la mesa con una enorme sonrisa antes de volver a clavar esos ojos verde oliva en mí.
“Antes de que caiga la nieve.” Hace una pequeña pausa. “Será el segundo sábado de diciembre. Ya está todo organizado.”
“¿Y el nombre?,” pregunta Sage desde el otro lado de la mesa.
Julie se muerde el interior de las mejillas, pero no aparta la vista de mí al contestar.
“ Cuando brille la escarcha .”
Abro la boca para decirle que es perfecto, que ha hecho un gran trabajo y que podría morir de la felicidad. Pero, en cambio, digo todo eso y más cuando encuentro mi voz entre tanta emoción.
“Te quiero,” murmuro con la voz bañada de amor.
Mi madre ahoga un grito, a la vez que Sage y Lib se ríen. La abuela Mira aplaude y Wade se mantiene impasible como siempre.
Pero Julie parece ajena a todo, perpleja ante mí. Tiene la boca entreabierta y las cejas levemente alzadas.
“Ahora soy yo quien te ha hecho cortocircuitar, campanilla,” susurro, inclinándome hacia ella.
“Yo… yo…”
Recorro su mejilla sonrosada con las yemas de los dedos.
“No hace falta que digas nada, cariño. Me basta con que lo sepas.”
Rozo sus labios con los míos, sin llegar a besarla.
Pero entonces Julie respira hondo, y enmarca mi rostro con sus delicadas manos.
“Pero yo también quiero que lo sepas tú,” dice en un susurro. “Te quiero, Tate.”
Y, por primera vez en mucho tiempo, tengo la certeza de que Julie y yo hemos encontrado nuestro equilibrio. No importa cuántas veces todo se tambalee, porque, al final, siempre acabaremos cayendo juntos.