Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

Tate

N unca me había sentido tan eufórico como en estos últimos meses.

El concurso de cross en Almond Valley es dentro de unas semanas, aunque todavía no sé la fecha exacta.

Menos mal que no lo planeamos más tarde, porque parece que este año el invierno va a ser muy frío, y es más seguro hacer cross con la hierba seca que empapada de nieve.

Estiro las mangas de mi gruesa camisa granate cuando la gélida brisa me da la bienvenida al salir del establo.

Acabo de terminar de entrenar con Raven en los nuevos obstáculos para la competición, y, a pesar de que me den bastante envidia los binomios del concurso, esta vez yo solo voy como entrenador.

Ya organizaremos más eventos en los que pueda participar como jinete. Estoy seguro de que Julie todavía tiene mil ideas.

Me dirijo hacia mi despacho, a un lateral de la nave, donde sé que encontraré a Julie. Tengo que hablar con ella antes de ir a cambiarme para cenar en la casa de mi madre.

Después de todos estos meses, no solo estamos saliendo de manera oficial, sino que también somos socios. Le llevó un par de semanas aceptar mi propuesta de trabajo, pero, a pesar de que me sorprendió de que tardara tanto, una pequeña parte de mí sabía que no se iba a poder resistir.

Hemos trabajado duro para conseguir sacar adelante la escuela de cross y el evento en Almond Valley, donde jinetes de todas las categorías participarán en el primer concurso de la zona.

Durante este tiempo, Julie no ha dejado el trabajo en la tienda de Lib, pero los tres sabemos que continuar así a largo plazo es algo inviable.

Depende de Julie dejar o no el trabajo, y yo la apoyaré sea cual sea su decisión final.

A cambio de ser mi socia, le he cedido temporalmente mi oficina para cuando necesite arreglar el papeleo, por eso sé que me la voy a encontrar ahí en cuanto abra la puerta.

Le dejé un hueco en la estantería para que pueda tener sus cosas organizadas, pero, conociéndola, va a necesitar mucho más espacio.

Gran parte de mis papeles se pueden tirar porque son de proyectos que nunca se llevaron a cabo o intentos fallidos, así que un día de estos tendré que hacer limpieza para que Julie esté cómoda ahí dentro.

Giro la esquina para encontrarme con la puerta cerrada del despacho. No se escucha ni un ruido del interior; a Julie le gusta trabajar en silencio. Abro la puerta, y no puedo evitar sonreír de oreja a oreja cuando miro hacia abajo.

Está Julie sentada en el suelo con un bolígrafo detrás de cada oreja, rodeada de un montón de papeles y con su libreta de trabajo sobre el regazo.

Es la viva imagen de una mujer que pone el cuerpo y alma en sus trabajos y desea la perfección más que nadie.

La escena me recuerda a cuando la encontré de la misma manera hace cuatro meses mientras preparaba la inauguración.

La similitud me arranca una sonrisa, porque nuestra relación no podría ser más distinta ahora.

Entro en la pequeña habitación, fijándome bien dónde piso para no rozar los papeles con los zapatos sucios de andar por el campo.

“¿Cómo puede ser que, aun estando en noviembre y haga un frío que pela, sigas empeñada en trabajar tirada en el suelo?”

Julie chasquea la lengua contra el paladar sin levantar la vista.

“No me toques las narices, Tate. Primer aviso.”

Hago lo que me pide, manteniéndome callado tanto como el cuerpo me lo permite.

Porque no aguanto más de cinco minutos, deseando que deje el bolígrafo de una vez y me preste atención.

Llevamos sin vernos solo un par de días, pero después de haber dormido juntos prácticamente cada noche durante tres meses, estas últimas cuarenta y ocho horas han sido un infierno.

Me acerco con pasos inseguros hasta que rozo su rodilla con mi pie. Julie sigue sin mirarme, así que soy yo quien se agacha para quedar a su altura.

“Campanilla…,” canturreo, jugueteando con un mechón suelto de su coleta baja.

“Segundo aviso, Tate. A la tercera te la llevas,” suelta con dureza. Me duelen las mejillas de sonreír.

“¿Qué me llevo, exactamente?,” pregunto en un tono burlón, haciendo que suelte un gruñido.

“Te doy a elegir entre una bofetada, un puñetazo en el estómago o un tirón de orejas.”

Me humedezco los labios, acercándome a su oreja.

“¿Y con la boca no me ofreces nada?”

Observo cómo la piel de su nuca se eriza y se le entrecorta la respiración. Aunque hace un esfuerzo por mantener la concentración y mirar los papeles que tiene delante con determinación, sé que la tengo en el bolsillo.

Julie es incapaz de resistirse a mis caricias.

Bajo la cabeza para rozar su cuello con los labios.

En cuanto los poso sobre su piel, deja escapar un largo suspiro e inclina el cuerpo hacia mí.

Beso cada centímetro de su piel desnuda, bajando hasta donde me lo permite su camiseta ancha, rozando su clavícula.

Julie me agarra del pelo para que me aparte.

“¿Por qué siempre acabamos haciéndolo sobre una mesa y no en la cama como la gente normal?,” pregunta con los ojos vidriosos del deseo.

“Te estás adelantando a los acontecimientos, campanilla,” murmuro bajando la vista a sus labios húmedos. “No hemos acabado nada. Esto no ha hecho más que empezar.”

Atrapo su boca con fiereza, fundiéndonos en un beso apasionado que la hace gemir contra mis labios. Deslizo la lengua dentro de su boca y la agarro de la nuca para intensificar el beso. Jadeamos a la vez, parando para recuperar el aliento.

Me levanto del suelo, arrastrándola conmigo mientras la sujeto por las axilas para sostenerla y después rodear su cuerpo con mis brazos.

Me agacho delante de ella, dejando un reguero de besos desde la boca hasta el estómago.

Desabrocho sus vaqueros, deslizándolos por sus musculadas piernas de entrenar duro tantos meses.

“Apóyate contra el escritorio y abre las piernas para mí,” le ordeno con voz firme, poniéndole una mano en la barriga para inclinarla hacia atrás.

Julie hace lo que le pido sin protestar, alzando una de las piernas para ponerla sobre mi hombro cuando le quito la ropa interior. Sonrío contra su piel desnuda y alzo la vista para mirarla mientras deslizo la lengua lentamente por su entrada. Julie jadea y se agarra al borde del escritorio.

“Nunca me cansaré de tu sabor, campanilla. Podría devorarte durante todo el día,” murmuro con voz ronca contra su humedad.

“Espero que eso sea una promesa,” susurra al mirarme con una sonrisa lasciva. Repito el gesto, saboreándola despacio, arrancándole un agudo gemido.

Aumento la velocidad, succionando y pasando los dientes por encima de su punto más sensible, haciendo que gima cada vez más fuerte.

Introduzco la lengua en su interior, y Julie echa la cabeza hacia atrás.

La pongo al límite sin usar los dedos, ocupados masajeando sus duros pezones por debajo de la ropa.

No tarda en tensarse alrededor de mi lengua, así que libero sus pechos para bajar hacia su húmeda entrada.

Meto los dedos uno a uno sin dejar de succionar con fuerza su clítoris.

Julie mueve las caderas contra mi boca, decidiendo el ritmo, y no dejo de moverme dentro y fuera de ella.

Tira de mi pelo cuando llega al orgasmo, empapándome la mano y la barbilla.

Julie se deshace sobre mi boca, recostada jadeante en la mesa.

Deslizo la lengua para beberme sus fluidos hasta que no queda nada, gimiendo al saborearla.

Levanto la mano para apoyar los dedos en sus labios y que ella también pueda probarse.

Se los mete en la boca sin dudar, y gime con fuerza, endureciendo todavía más mi erección.

Me levanto del suelo, acariciando sus piernas desnudas con las puntas de mis dedos, haciendo que sisee entre dientes.

“Mi turno,” murmura con una sonrisa ladeada, sorprendiéndome al agarrarme por el cinturón para hacerme ocupar su lugar contra el escritorio.

Se agacha delante de mí, plantando las rodillas en el frío suelo. No me da tiempo a protestar, porque con rápidos movimientos me quita el cinturón y se deshace de mis pantalones junto con mis calzoncillos para liberar mi dura erección.

Julie alza la vista para mirarme, ladeando ligeramente la cabeza, y tengo que hacer un esfuerzo enorme para mantener el control. Ninguna mujer me ha desestabilizado tanto como ella, capaz de hacer que me corra sin necesidad de tocarme.

Observo cómo recorre mi longitud con la mano desde la base hasta la punta con movimientos lentos pero firmes.

No deja de mirarme en ningún momento, volviéndome loco.

Se humedece los labios antes de pasar la lengua por el líquido que comienza a gotear de la punta, y me tengo que contener para no agarrarla de la coleta y deshacerme en su boca.

Desliza la lengua de arriba abajo, haciéndome gemir.

“Como no te la metas ya en la boca, me va a dar algo, cariño,” siseo, alargando una mano para sostenerle la barbilla entre el índice y el pulgar.

“Me gusta verte así.” Le da un beso en la punta. “Aguantándote.” Otro en mi vientre. “Antes de perder el control.”

Con un ágil movimiento, se mete toda mi longitud en la boca hasta que choca con su garganta.

Jadeo sin apartar la vista de sus labios, que rodean mi erección con firmeza.

Dejo que Julie marque el ritmo al principio, intercalando la lengua con la mano, llevándome al límite.

Me fijo en cómo desliza una mano entre sus piernas para buscar su propio placer, y maldigo en voz baja cuando jadea contra mí.

Sus gemidos comienzan a entremezclarse con los míos, haciendo que sus movimientos se vuelvan más torpes.

Mi mano se enreda en su coleta, tomando el control de las embestidas.

Me muevo contra su boca con dureza, haciendo que se atragante con mi longitud y sus ojos se llenen de lágrimas.

“Voy a correrme, cariño,” aviso con la voz entrecortada, todavía en la calidez de su boca. Julie suelta un gemido contra mí, pero no se aparta.