Capítulo Veintiocho #2
Como le había dicho a mi madre, el fin de semana dormí todo lo que pude.
Tate me escribió todos los días para preguntarme cómo estaba, por si me encontraba mal.
Estaba preocupado por mí, por si me había hecho más daño del que creíamos en el último entrenamiento.
Quitando las agujetas y los moratones que colorean todo mi cuerpo, estoy mejor que nunca.
Me siento llena de energía, feliz y con un sentimiento de estabilidad que no había sentido nunca. Por primera vez en mucho tiempo, todo en mi vida parece cuadrar y haber encontrado su lugar.
Termino de apuntar en mi libreta del proyecto de cross todo lo que me falta por organizar justo cuando la campanita de la tienda anuncia un nuevo cliente.
Alzo la vista con el bolígrafo metido entre los dientes y el ceño levemente fruncido.
Siento cómo el calor comienza a acumularse en mis mejillas cuando veo quién acaba de entrar.
Tate lleva puesta una camisa granate que le queda como un guante junto con unos vaqueros.
Los mechones rubios sobresalen en su nuca bajo el sombrero, dándole un aire despreocupado.
Entra en The Green Basket con una sonrisa tranquila, quitándose el sombrero al acercarse a mí.
“Buenas tardes, campanilla.”
“¿Qué hay, vaquero?” Inclino la cabeza como si llevara un sombrero, esbozando una sonrisa ladeada que hace que Tate suelte una risa.
“¿Estás ocupada?,” pregunta con esa voz grave.
“Justo estaba organizando el concurso de Almond Valley.” Cojo la libreta, girándola hacia él.
“Me falta por cerrar lo que está subrayado. Pero son cosas pequeñas: el programa, inscripciones, decoración… En las próximas semanas tendremos que quedar con todas estas personas.” Señalo los nombres con la punta del boli.
“Son gente de la federación, profesionales y todo eso que es papeleo y más papeleo. Está todo bajo control, jefe, así que no deberías preocuparte por nada.”
“ ¿Jefe?, ” pregunta con diversión, enarcando una ceja.
Me encojo de hombros.
“Quieras o no, lo eres. Estoy literalmente trabajando para ti.”
“No por mucho tiempo…,” murmura, pero no lo suficiente bajo como para que no lo escuche.
Lo miro con el ceño fruncido, pero él me regala otra sonrisa que me pone colorada. Extiende una mano hacia mi rostro, y pasa los dedos con delicadeza por encima de la arruga entre mis cejas.
“Mucho mejor,” susurra. Baja la vista hacia mis labios y la mantiene varios segundos antes de volver a mis ojos. Trago saliva con fuerza, intentando no caerme de la silla. “¿Puedo besarte, campanilla?”
Exhalo con fuerza, sintiendo mis hombros relajarse.
“Pensaba que no lo preguntarías nunca.”
Tate sonríe enseñando los dientes antes de inclinarse por encima del mostrador y darme un delicado beso.
No tiene nada que ver con los que nos hemos dado hasta entonces.
Este está lleno de ternura y… ¿amor? Inhalo para respirar su aroma, sujetándome al cuello de su camisa para no perder el equilibrio.
Cuando se separa de mí, no se aleja del todo. Apoya la frente sobre la mía y habla sobre mis labios.
“Esperaré a que salgas de trabajar,” susurra, volviendo a besarme. “Te prometí otra cena, ¿no?”
Suelto una risa ligera, empujándolo hacia atrás para poder mirar a esos ojos azules como el mar en calma. “¿Otra?”
Tate se ríe entre dientes, pero me guiña un ojo antes de volverse hacia la puerta.
“La última vez no me dio tiempo a probar el postre.”
Tal y como prometió, Tate me espera fuera de la tienda a las ocho y media, cuando termino de trabajar y cierro la enorme verja de metal del escaparate.
Vamos a cenar a The Red, el único local donde merece la pena comer en River Cross.
Nos sentamos en una mesa alejada de las demás para tener algo de intimidad.
Aunque… a quién queremos engañar. Es imposible tener intimidad en este pueblo.
Los vecinos nos saludan cuando pasamos por delante de ellos, observando nuestras manos entrelazadas con sorpresa y diversión.
Tate se encuentra con un par de amigos, que en cuanto me ven le dan unas palmadas en el hombro, diciéndole cosas como: «por fin» o «esta vez espero que sea diferente».
No saben cuánto rezo para que se cumplan sus palabras .
Pedimos la cena, y, mientras esperamos, hablamos del concurso.
Le cuento con más detalle lo que le comenté en la tienda por la tarde.
Tate me habla sobre las clases, lo contento que está y lo divertido que es tener a alumnos de todas las edades.
Algunos llevan sus caballos propios a los entrenamientos, pero otros utilizan los de los Weston.
La edad no es lo único diferente entre los nuevos clientes, sino también el nivel.
Hay desde chavales que saben saltar lo básico, pero que nunca se han enfrentado a un obstáculo hecho de madera, hasta los que llevan varios años perfeccionando la técnica y necesitan un nuevo enfoque.
Tate me cuenta que todos parecen contentos con su manera de dar clase.
Era lo que más miedo le daba, pues, sin contar conmigo, nunca había hecho de profesor a tan gran escala.
También me habla de Ada Sterling, la amazona que da clases en Blue Ranch.
Lo ha estado ayudando a organizar las horas y algunos tecnicismos de la modalidad de cross.
Sonrío durante toda la conversación, pendiente de la forma en la que su expresión se ilumina cada vez que habla del proyecto.
“Estoy muy feliz por ti, Tate,” digo, pasando las manos por encima de la mesa para acariciar las suyas.
Tate gira las muñecas y abre las palmas, cambiando las tornas.
“Yo también, campanilla.” Esboza una tierna sonrisa que afecta directamente a mi corazón, acelerando sus latidos. “Quería pedirte algo.”
“Si es volver a tener el mismo entrenamiento que el otro día, lo siento pero tengo que pasar.”
Tate se ríe entre dientes, pero sacude la cabeza, negando.
“No te voy a obligar a nada, cariño. Puedes negarte o mandarme a la mierda si quieres. Estás en tu derecho.” Lo miro con confusión, poniéndome en lo peor.
Se toma su tiempo para respirar hondo y volver a mirarme.
“Quiero que seas mi socia,” dice con firmeza.
“Eres una amazona buenísima y la mejor en tu trabajo, así que quiero que dejes de trabajar para mí y trabajes conmigo .”
Abro la boca, presa de la sorpresa.
Esto sí que no me lo esperaba.
“Yo… no sé qué decir.”
Tate me da un apretón en las manos.
“No hace falta que contestes ahora. La oferta seguirá estando en pie el tiempo que necesites.”
Lo pienso durante unos segundos, dándole vueltas en la cabeza, intentando aclararme antes de hablar.
“¿Crees que es buena idea?” Tate frunce el ceño, sin seguirme. “Quiero decir… después de lo que ha pasado entre nosotros.”
Lo miro con los ojos bien abiertos, sin querer perderme su reacción.
Suelta un profundo suspiro, recostándose en el asiento.
“Cariño…” Se humedece los labios, sujetando mis manos con fuerza.
“Ya me lo había planteado antes de que pasara nada entre nosotros. Pero después de todo esto… lo tengo aún más claro. Quiero que seas mi socia.” Hace una pequeña pausa, sin soltarme.
“Nos complementamos muy bien, campanilla. Y creo que podemos hacernos bien el uno al otro.”
“Porque esta vez es diferente,” murmuro, sin aliento.
Asiente.
“Lo que hay entre nosotros no tiene nada que ver con lo que teníamos antes. Quiero estar contigo de la misma forma que tú quieres estar conmigo. Démonos una oportunidad, cariño.”
Siento que el mundo deja de girar. Si esto es un sueño, que alguien me pellizque. Espero unos segundos, pestañeando despacio como si en cualquier momento fuera a desaparecer, pero, cuando vuelvo a abrir los ojos, Tate sigue ahí, mirándome con el mismo amor.
“No deseo nada más, Tate,” respondo con la voz tomada por la emoción.
Tate no dice nada. Me sujeta la cara entre sus manos, se inclina sobre la mesa y acorta la distancia entre nosotros. Me besa lento, como si quisiera quedarse para siempre en este momento.
Siento que nos caemos al vacío, pero no me importa. Porque ahora sé que, pase lo que pase, siempre caeré entre los brazos de la persona de la que estoy enamorada.